CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

ISABEL DE ESPAÑA «LA REINA»
Pedro Rizo


ISABEL DE ESPAÑA «LA REINA» Pedro Rizo

Homenaje a tan grande princesa, nacida un 22 de abril, a la vez que a la Fiesta del Libro, en razón de su biografía escrita por uno de los más nobles hispanistas, el citado Thomas Walsh. Que lo fue doblemente, sabido que por el estudio de nuestra historia desembocó en sincera conversión al catolicismo. Y no sólo él sino sus descendientes. (Pedro Rizo)


Respetando la ortografía de cuando fue traducido, les paso a continuación el prólogo que William Thomas Walsh escribió a su novelada biografía de Isabel la Católica, en su obra Isabella of Spain (1930) editada en España en 1931.

Antes, unas líneas.

Para facilitar su lectura lo he seleccionado en bloques, I y II, que cuelgo en Plano Picado para aproximarme a su 565 cumpleaños, el 22 de abril.

En esta biografía el historiador estadounidense empezó a pensar en la Iglesia Católica para pocos años después escribir sobre Santa Teresa en cuya investigación se convirtió al catolicismo y una hija profesó en el Carmelo. También, ya convertido en hispanista, nos regaló otro estudio sobre Felipe II y su tiempo. Aparte de otros trabajos más o menos afortunados, entre los que leí una estupenda biografía de San Pedro, que parece un tratado de teología y Personajes de la Inquisición donde Moisés es el inquisidor más terrible de la historia.

El prólogo que se transcribe fue publicado en la edición en inglés y se tradujo para la realizada en 1939 por Cultura Española. Un prólogo que no se incluye en posteriores ediciones, como la de Espasa Calpe, en Colección Austral, que se tituló Isabel, la Cruzada. En ella tampoco se incluyó el Epílogo de Martínez Almagro que denuncia y corrige gazapos, quizás atribuibles al propósito novelador de Walsh y sus obsesiones antijudías.

Mi elección del prólogo se avala por el crudo retrato del mundo en que apareció aquella mujer increíble que, hoy, aún, inspira apasionados amores... y odios. Amores, en sus hijos españoles y católicos y, odios, en aquellos que no son católicos ni españoles.

. . . PRÓLOGO DEL AUTOR

Este libro pretende contar la extraordinaria historia de Isabel, Reina de Castilla tal como apareció a sus contemporáneos destacando de entre el fondo sangriento de aquellos tiempos. Es un relato tan dramático y tan fantástico, que no necesita embellecerse ni ser dramatizado con la sabiduría –o la locura- de otros tiempos.

Penetrar en el mundo interior de hombres y mujeres muertos hace muchos años, a la luz de un seudociencia, hacer jirones con despiadada ironía de toda apariencia noble y generosa; abrir, con aire de infalibilidad personal, los más profundos secretos del íntimo santuarios de la conciencia humana, que es inviolable aun para los confesores, es un oficio para el que no tengo ni talento ni afición: y si alguna vez he caído en él por descuido, tentado por los diablos de la megalomanía, pido anticipado perdón.

En la sencilla retórica de los cronistas del siglo décimo quinto hay amplio material de lo que Joseph Conrad decía que traía vibraciones de vida, y de lo que Michelet llamaba la resurrección de la carne, sin que en ello se mezcle una impresión subjetiva y personal. Y me ha parecido lo mejor seguir aquellos objetivamente, y dejarlos hablar a ellos mismos; porque, aunque parezca extraño, la vida de la protectora de Colón y madrina de América nunca fue narrada de una manera completa y coherente en nuestra lengua.

Durante casi un siglo la biografía oficial de Isabel ha sido la Historia de Fernando e Isabel, de Prescott. A este maestro paciente y cuidadoso debemos un trabajo de valor no pequeño. Pero, sin embargo, era incapaz de comprender el espíritu del siglo XV en España, porque, con toda su erudición, no sabía dejar de lado los prejuicios de un bostoniano del siglo XIX. Investigaciones modernas han abierto tesoros de documentación ignorados por él. Llorente, a quien él siguió ciegamente al narrar la historia de la Inquisición ha sido convicto, no solo de inexactitud histórica, sino de malicia deliberada, y los historiadores serios le han negado ya toda confianza.

Un gran número de los documentos originales descubiertos por Lea, y los de tanto valor que el Padre Fita publicó en el Boletín de la Real Academia de la Historia, no salieron a la luz sino más de cincuenta años después de que Prescott escribiera su obra. Las investigaciones colombianas de Harrisse, Thacher y de otros, han completado el retraso del historiador, resaltando sus trazos humanos que desvanecen los legendarios. Los estudios del señor de los Ríos, del doctor Meyer Kaiserling y de M. Isidoro Loeb han traído nuevas luces sobre la historia de los judíos españoles. Y Bergenroths, descifrando secretos papeles de Estado, muchos de ellos aún cifrados cuando Prescott escribió, trajo nuevos datos para estudiar las relaciones de Isabel con Francia, Inglaterra y el Sacro Romano Imperio.

Casi todos los biógrafos de Isabel en lengua inglesa, y algunos de los franceses, han seguido las conclusiones de Prescott, aun cuando hacían uso de material más moderno. Casi todos han hecho frente con cierto aire de condescendencia al siglo XV, y tal actitud es a peor para un historiador, porque la condescendencia no es una ventana, sino un muro… Para comprender a una persona, especialmente la representativa de una edad, es preciso imaginarse a uno mismo viviendo en aquellos tiempos, teniendo los mismos quereres, las mismas fuentes de información, sintiendo las mismas emociones. Saldrá una caricatura del que se pretende retratar, si desconocemos su época y las pasiones y las debilidades que nosotros suponemos que no sentiríamos. Lo comprenderemos mejor si decimos: «Veamos lo que él creía de sí mismo y del mundo, y, si tal creencia fuese verdad, ¿habríamos nosotros actuado de forma diferente?» La humildad es la madre de todas las virtudes y muy necesaria para escribir la historia.

Así, para comprender a una mujer con alma de cruzado, que cambió el curso de la civilización y el aspecto del mundo entero, como lo hiciera Isabel, es esencial comenzar con una visión de conjunto de la escena de Europa cuando ella apareció.

El mundo que se encontró Isabel

Cuando ella nació España no existía como una sola nación. Por su temperamento, Isabel fue más cristiana y europea que propiamente española. Todos los cronistas del tiempo –Bernáldez, Pulgar, Zurita- informan con detalle a sus lectores de todo lo que sucedía en todas las naciones de Europa, del mismo modo que un diario de los Estados Unidos trae información de todos los estados, no solamente de aquel en que se publica. Y, sin embargo, muchos de los modernos biógrafos de Isabel dan la impresión de que ella trataba de los asuntos de Italia y de Inglaterra del mismo modo que nosotros tratamos de los de Siam. La Cristiandad –todo el mundo de civilización europea- era para el europeo medio de aquel tiempo, una entidad de vida más real aun que la del propio país en que habitaba. Solamente esforzándonos para comprender la concepción que tenía la Reina Isabel de una civilización cristiana, podremos comprender el mundo en que nació.

Era un mundo que agonizaba. El Occidente era como un viejo navío consumido por un fuego interior, presto a naufragar bajo las olas de un mahometanismo triunfante. Porque apenas pudo sacudir de sí la Cristiandad a los bárbaros que hundieron Roma, cuando se vio obligada a emprender una lucha titánica para conservar su propia existencia; no una primera, ni una cuarta Cruzada, como cuenta la Historia, sino una supercruzada que mantuvo a Europa a la defensiva durante mil años, desde los comienzos del siglo VIII hasta el final del XVII. El fanatismo y el espíritu guerrero de nuestros antepasados medievales era una necesidad impuesta por la lucha inevitable que constantemente tenían que sostener con enemigos fanáticos y guerreros. Después de las invasiones de los bárbaros vinieron las devastaciones de magiares y vikingos, y por fin los temibles islamitas.

Cuando Isabel vino al mundo los turcos habían paseado sus cimitarras, incendiando la Europa oriental, asesinando hombres, mujeres y niños. Conquistada el Asia Menor, se habían lanzado hasta el Danubio, invadido la baja Hungría y dominado gran parte de los Balcanes. Cuando Isabel contaba tres años, en 1453, se apoderaron de Constantinopla, haciéndose dueños de Grecia. Los Papas exhortaron a los Príncipes cristianos a olvidar sus mutuas querellas y a unirse en defensa de la Cristiandad, que amenazaba ser destruida. Pero los príncipes cristianos prefirieron seguir luchando entre sí a seguir los consejos de los Pontífices. Francia e Inglaterra se hallaban exhaustas a causa de la guerra de los Cien Años; cuando nació Isabel sólo habían transcurrido unos veinte desde el martirio de Santa Juana de Arco. Y Luis XI se preparaba otra vez en Francia para combatir a los señores feudales, y en Inglaterra iba a prender presto el fuego de la guerra de las Dos Rosas que la desgarró interiormente durante más de una generación. Polonia se defendía de los saqueos de los barones germanos en la frontera occidental, y en la oriental, de los paganos de Lituania. Los supervivientes de los pueblos balcánicos, de Albania y de Hungría, se reunían para oponer una desesperada resistencia a los mahometanos invasores. Italia se hallaba dividida en estados rivales entre sí, de los que los principales eran Roma, Nápoles, Génova, Florencia y Venecia; todos envueltos siempre en querellas dinásticas y rivalidades comerciales, y corrompidos por su excesiva riqueza y por las costumbres paganas, que habían hecho su aparición bajo la sombra del Renacimiento. Solamente los pueblos que luchaban en vanguardia se hallaban dispuestos a escuchar la llamada de los Pontífices Romanos. El Emperador Federico III, dueño de toda la Europa Central, se hallaba muy ocupado proyectando jardines y cazando pájaros; y el Rey de Dinamarca, en despojar la sacristía de la Catedral de Roskilde de la plata donada para la Cruzada. Todo esto, mientras Mohamed II, el Gran Turco, amenazaba con sus feroces guerreros la costa oriental del Adriático, y parecía dispuesto a cumplir la amenaza de su predecesor Bayaceto, «El Rayo», y hacer pastar a sus caballos en el altar de San Pedro, en Roma.

El Islam arrollador

Por otra parte, los musulmanes, desde hacía muchos años, se habían apoderado de un gran trozo de Europa occidental, dominando a España. De las tres grandes penínsulas que la Cristiandad había plantado, como gigantes pies, en el Mediterráneo, poseían ya Grecia y se preparaban para atacar a Italia; España era un campo de batalla desde hacía ochocientos años.

Cuando hacía poco tiempo que los árabes musulmanes habían sometido y organizado bajo su yugo a los bereberes del Norte de África, recibieron una invitación de los judíos de España para que, atravesando el Estrecho de Gibraltar, se apoderasen de aquel reino cristiano. El complot fue descubierto y los judíos severamente castigados. Sin embargo, una segunda tentativa triunfó, en momentos en que la monarquía de los visigodos sucumbía víctima de sus locuras. «Hay un hecho cierto ─ dice la Enciclopedia Judía, ─ y es que los judíos, bien directamente o por mediación de sus correligionarios de África, animaron a los mahometanos a conquistar España.» En el año 709 el general árabe Tarik atravesó el estrecho a la cabeza de un ejército de bereberes, en el que militaba gran número de judíos africanos. Tras derrotar al Rey Don Rodrigo, con ayuda de los traidores cristianos, en la gran batalla de Jerez de la Frontera, las hordas sembraron la muerte y la ruina por toda la Península. Por todas partes por donde los invasores iban, los judíos les abrían las puertas de las principales ciudades; y, así, en poquísimo tiempo, los africanos se hicieron dueños de toda España, excepto del pequeño reino de Asturias, en las montañas del Norte, donde los cristianos supervivientes, que rehusaron abrazar la religión del Islam, se reunieron dispuestos a reconquistar la tierra de sus padres.

Los bereberes llegaron también a penetrar en Francia, por las costas del Mediterráneo. Toda la cultura occidental romana peligraba por segunda vez y por el mismo enemigo; porque, por una extraña coincidencia, era la misma raza berebere la que, mil años antes, había seguido a Aníbal hasta el corazón de Italia. La suerte de la Cristiandad dependía sólo del resultado de una batalla.

España reacciona

La gloriosa victoria de Carlos Martel en 732 salvó nuestra civilización; pero durante varios siglos España quedó fuera de la Cristiandad. Sus iglesias fueron transformadas poco a poco en ciudades de placer, al estilo oriental, para recreo de los califas. Córdoba, en el siglo X, bajo Abderrahman, de la dinastía de los Omniadas, era más bella que Bagdad, y rivalizaba en esplendor con Constantinopla, la más hermosa ciudad de toda Europa; en sus escuelas se enseñaba la medicina, la filosofía y las matemáticas. En una época en que los cristianos del Norte luchaban penosamente para defender sus vidas, los califas disfrutaban de rentas superiores a las que reunieran todos los reyes de Europa.

Lenta y penosamente, animados por la esperanza que nacía de su fe, los caballeros cristianos se abrieron camino hacia el Sur, a través de la tierra de sus antepasados. A costa de grandes sacrificios de sangre, nacieron cinco pequeños Estados: Castilla y León, sobre la gran meseta central; Navarra, a la sombra de los Pirineos; Aragón, nacido de una colonia franca, y Cataluña ─antigua Marca Hispánica─ en la costa oriental. Alfonso VI de Castilla conquistó Toledo en el año de 1085, aunque poco después fue derrotado por los sarracenos, auxiliados por las hordas de los almorávides, que llegaron de África. Alfonso Sánchez reconquistó el sagrado lugar donde Santiago Apóstol construyó la primera iglesia cristiana de España. Aragón y Cataluña se unieron bajo unos mismos Soberanos. Portugal se hizo independiente en 1143. Poco después, en 1195, una gran derrota que sufrió Alfonso VIII puso nuevamente en peligro lo que tan penosamente había sido rescatado.

En aquel momento crítico se dejó oír la voz del Papa Inocencio III invitando a toda Europa a unirse a la Cruzada española, y así pudo evitarse una segunda catástrofe. Diez mil caballeros y cien mil infantes acudieron de Francia y de Alemania a tiempo para reforzar los ejércitos de Castilla y de Aragón. Y en 1212 el poderoso ejército sarraceno fue completamente derrotado en la batalla de las Navas de Tolosa, dejando doscientos mil muertos en el campo.

Fue el punto culminante de la historia de la Gran Cruzada. Pronto Fernando III el Santo reconquistó Córdoba, Sevilla, Jerez y Cádiz. La exuberante Andalucía y el Sur de Castilla se vieron libres de los invasores. Al comenzar el siglo XV sólo quedaba el reino de Granada, al Sur de la Península. Era, no obstante, la parte más rica, más deliciosa y más fértil de España, con una población numerosa y guerrera, que disponía de grandes recursos, proporcionados por tierras fecundas, protegidas contra todo peligro de invasión por los enormes baluartes que forman los elevados picos de Sierra Nevada. La ciudad de Granada y el cinturón de ciudades fortificadas que la rodeaban, podían movilizar en pie de guerra un ejército de cincuenta mil hombres. Además, amenaza gravísima para los reinos cristianos, los moros podían recibir en poco tiempo ilimitados refuerzos y gran cantidad de provisiones de sus correligionarios, los millones de musulmanes de África. Por esto, mientras el Islam tuviese un pedazo de tierra española, existía el grave peligro de poder perder en poco tiempo los heroicos esfuerzos de siete siglos de continua lucha.

Para prevenir tal desastre y acabar la obra de la reconquista, España tenía necesidad de realizar su unidad política bajo un Gobierno fuerte.

Los judíos y su Sefarad[*]

Pero el problema de su unidad era más difícil que el que Luis XI intentaba con éxito en Francia. También este Príncipe tenía que combatir a la arrogante nobleza feudal, restaurar el orden y salvar al país de una quiebra inminente; pero tenía la ventaja enorme de que sus súbditos formaban un Estado único y profesaban una sola religión. Ni una ni otra unidad, política ni religiosa, existían en España, donde una poderosa minoría de judíos resistía toda tentativa de asimilación.

En 1450 el número de israelitas que frecuentaba las sinagogas era de doscientos mil solamente, y gozaban de completa libertad. Pero infinitamente más numerosos ─se calcula su número en unos tres millones─ eran los judíos que guardaban secretamente los ritos y costumbres de la vieja Ley, mientras exteriormente pretendían pasar por católicos. Eran los llamados conversos o cristianos nuevos. Los judíos de la sinagoga (antes citados) les llamaban marranos ─del hebreo Maranatha, el Señor viene─ para burlarse de su creencia, real o fingida, en la divinidad de Jesucristo. Superficialmente, a primera vista, parecía que los conversos habían sido asimilados por completo, porque muchos de ellos habían contraído matrimonios que les emparentaban con las más nobles familias de España, gozaban de los mismos privilegios que los cristianos, y poco a poco habían concentrado en sus manos toda la riqueza del país, el poder político y la inspección de los impuestos. Sin embargo, todo el mundo creía que, con ocasión de alguna crisis grave, se mostrarían claramente como judíos, enemigos de la fe cristiana, y aliados, como en otros tiempos, con los moros circuncidados y medio orientales.

Buscar el medio de fusionar estos dos elementos, tan difíciles de mezclar como el aceite y el agua, y formar una unidad capaz de hacer salir el orden del caos y de domar la fortaleza occidental del inmenso frente de batalla del Islam, expulsándole hacia el Mediterráneo, era la formidable tarea a que se dedicaron sin éxito los inmediatos predecesores de Isabel. Semejante empresa parecía necesitar de un genio maravilloso para ser llevada a cabo.

Por un misterioso concurso de extrañas circunstancias, por sucesivos acontecimientos, más novelescos que reales, aquella labor formidable fue confiada a las manos de una mujer.

De: "Isabel de España, «La Reina» - I" e "Isabel de España, «La Reina» - II"

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LA VERDADERA HISTORIA

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[*] En lengua hebrea Sefarad alude a la Península Ibérica. Es el topónimo con que los judíos señalan a España y Portugal; se aplicó después de su expulsión en 1492. Aquellos y sus descendientes se llaman sefarditas. Recientemente el gobierno español ha ofrecido el reconocimiento de ciudadanía a cerca tres millones de descedientes sefarditas.