CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

DE LA JUSTA Y SANTA GUERRA DE ESPAÑA
Julio Meinvielle


18 de noviembre 2018 - Los «nacionales» españoles, como nuevos macabeos salieron a combatir por sus vidas y por su religión y por su patria, contra una turba de gente insolente y orgullosa que venía contra ellos a fin de aniquilarlos a ellos, a sus mujeres y sus hijos y de despojarlos de todo. (Libro I de los Macabeos, cap. 3, vers. 20 y 21.).


Conocida es la polémica que suscitó en Buenos Aires la actitud imprudente del filósofo católico aritain, quien invocando un fenelonismo de la acción, restó méritos al heroico pueblo español que con denuedo se lanzó a la lucha armada contra el comunismo, que amenazaba apretar en sus garras a la noble nación hispana.

Me cupo a mí el honor de salir con decisión a la defensa de los«nacionales» españoles, quienes, como nuevos macabeos salieron a combatir por sus vidas y por su religión y por su patria, contra una turba de gente insolente y orgullosa que venía contra ellos a fin de aniquilarlos a ellos, a sus mujeres y sus hijos y de despojarlos de todo. (Libro I de los Macabeos, cap. 3, vers. 20 y 21.)

En los números 488, 493 y 494 de Criterio, expuse como se planteaba el caso de España a los tólicos españoles, de acuerdo sobre todo a las Directivas terminantes de los Obispos españoles, únicos autorizados a regir las almas a ellos encomendadas. Voy a reproducir aquí lo que pueda conservar interés de esta polémica, con el propósito de destruir los prejuicios sentimentales de muchos, que no sirven sino para ayudar a la causa comunista, que es el supremo peligro de la humanidad en la hora presente, contra el cual de acuerdo a la exhortación del Romano Pontífice, debieran unirse como un solo hombre todos cuantos creen en Dios.

Antes de entrar a demostrar el carácter sacro de la guerra española voy a sostener que la posición de Maritain, quien emite un juicio sobre los«nacionales» españoles que no coincide con el de los Obispos, es ilícita y culpable en el foro externo, que no se justifica de ningún modo. De sus intenciones, lo mismo que de las nuestras, que nos juzgue solo Dios, a quien están únicamente abiertas las conciencias de los hombres.

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LA VERDADERA HISTORIA