CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

LA ERA DE LA ‘DESEMEJANZA’
[EL ANHELO DE UNA FALSA INFINITUD]
Fernando Roqué Garzón


23 de junio de 2018 - Se intenta ocultar o negar la íntima conexión entre la enfermedad, ésta en particular, y la ausencia de valores morales y espirituales por los que el hombre ha de regir su vida. A modo de ejemplo, existe hoy una universal aceptación de la sodomía como una conducta sexual más, plenamente justificada desde que el hombre -se afirma- puede optar ‘libremente’ por una forma cualquiera de vida, cuando en realidad se trata de una perversión del sentido moral.


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        “No sabemos lo que nos pasa,  y esto es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa: el hombre de hoy empieza a estar desorientado con respecto a sí mismo...”  Así se expresaba Ortega y Gasset allá por los años 30 del último siglo, es decir hace unos 70 años largos. Es fácil adivinar lo que diría hoy. Basta con mirar el mundo, nuestro mundo, y por supuesto, mirarnos a nosotros mismos. En efecto, lo que Ortega describía en aquel tiempo, no ha hecho más que agravarse, al punto que en nuestros días el hombre ni siquiera percibe –o en todo caso se resiste a admitir- la radical desorientación que padece, con la consiguiente extrema penuria existencial que esto conlleva; antes al contrario, se siente muy orgulloso de sí y de sus logros, en una palabra, de ser como es: supuestamente libre y dispuesto a discutirlo todo, experimentarlo todo y vivirlo todo, aunque se esté hundiendo en la desesperación. Y es que tal des-orientación (falta o pérdida de orientación) lo sume en la niebla letal del sin-sentido, al que le sigue por necesidad un profundo vacío existencial.

       Podríamos tal vez representarnos esta dramática situación que hoy vive el hombre, con la imagen de un barco perdido en alta mar, en medio de oscura y prolongada borrasca, a punto  de naufragar, mientras su tripulación se empecina en  discutirlo todo: el derecho a comandar la nave,  el rumbo y el destino elegido, incluso si tiene algún sentido un rumbo cualquiera, o el hecho mismo de navegar. Más aún, el para qué de cada uno de ellos en general..., en lugar de ponerse a repetir la tabla de multiplicar -como aquel personaje de una novela de Kipling, que, a punto de caer en los engaños de un hipnotismo, realiza ese gesto como un modo de distinguir, de reafirmarse espiritualmente y recobrar el ‘sentido’ de la realidad y la sensatez,  evitando así la amenaza del extravío de su mente por las ”mentiras que parecen verdad”. Claro está que no bastará con la tabla de multiplicar para recobrar el rumbo: precisarán, por cierto, tornar la mirada confiada a Aquel que vela más allá de nuestras cabezas. El final de este imaginario viaje es previsible, sólo que antes que la brújula,  lo que se perdió allí es el sentido...

        En nuestros días, tenemos al alcance de nuestros ojos muchas muestras de aquella desorientación denunciada por Ortega, particularmente cuando la Humanidad, amenazada de algún modo, ya por catástrofes de orden natural, ya por enfermedades y flagelos en los que el humano tiene directa participación o responsabilidad, desvía la mirada sobre el fondo del problema, intentando neciamente remediar el mal con el mismo mal. Este es precisamente el caso del sida y los remedios que se proponen para frenar la expansión del flagelo. En efecto, a nadie que no haya perdido el sentido se le puede ocurrir enfrentar este mal poniendo en juego, ante todo, los  recursos preventivos de la medicina –al modo que se recomienda lavarse las manos antes de comer, o el uso obvio de guantes y barbijos en cirugía, por ej., para evitar contagios-, como tampoco desde los criterios de la llamada ‘higiene social’, o peor aún con la impropiamente llamada ‘educación’ sexual. Desde ya, huelga decirlo, la atención médica resulta imprescindible para todos aquellos que han contraído la enfermedad, y en buena hora que se utilicen todos los recursos de que dispone hoy la ciencia médica para curar o aliviar la dolencia en aquellos que la padecen, amén de su ‘contención’ humana. Pero cuando hablamos de enfrentar el mal, estamos obligados a pensar en la raíz o las raíces del problema, y en esta dirección no podemos de ningún modo desviar la vista de sus últimas razones, que son de orden metafísico-moral y espiritual; y no sólo de este problema sino de muchos otros, como la drogadicción, el terrorismo, la violencia, etc., etc. Querer solucionar el problema del sida saturando a las gentes con información y  con medios de prevención, aparte de ser discutible  en sus resultados objetivos, a mediano y a largo plazo sólo conseguirá reafirmar una conciencia errada sobre el sentido de la sexualidad humana, como parte de una determinada concepción del hombre que no hace honor a la elevada dignidad de su ser.

         Efectivamente, nadie puede ignorar o hacerse el distraído con respecto al hecho de la irrupción de este que podríamos llamar ‘morbo del siglo’, en los llamados eufemísticamente grupos de riesgo, para extenderse luego al conjunto de la sociedad; pero sin dejar por ello de acompañar conductas y modos de relación promiscuos y desnaturalizados,  lo que provoca  -como se reconoce- la expansión geométrica del mal. Dicho en otras palabras, se intenta ocultar o negar la íntima conexión entre la enfermedad, ésta en particular, y la ausencia de valores morales y espirituales por los que el hombre ha de regir su vida. A modo de ejemplo, existe hoy una universal aceptación de la sodomía como una conducta sexual más, plenamente justificada desde que el hombre -se afirma-  puede optar ‘libremente’ por una forma cualquiera de vida, cuando en realidad se trata de una perversión del sentido moral. Demás está decir la valoración del hombre y de la vida misma que este modo de pensar entraña, y que por lógica se pone de manifiesto también a la hora de juzgar otras conductas y realidades estrechamente vinculadas a la dimensión ética de la persona humana: me refiero en particular al aborto y la ablación  de órganos. No cabe duda, al respecto, sobre la idea o ‘filosofía’ de la vida que sostiene tales juicios y prácticas, y que podríamos resumir en el apotegma: la vida como tal, es el valor supremo del hombre. Frente a estas valoraciones mezquinas, se levanta con carácter de amonestación para nuestro tiempo, la voz de un antiguo poeta latino, Juvenal, quien bellamente expresa: Summum crede nefas animam praeferre pudori et propter vitam, vivendi perdere causas  (“Considera como el mayor crimen preferir la vida antes que el honor y, por la vida, perder las razones de vivir”).

        Intentando ahondar un poco en la cuestión, y situar así correctamente este fenómeno que abordamos, en un cuadro de referencia conceptual más amplio que el que se nos presenta habitualmente, hilvanamos a seguido algunos hilos reflexivos referidos a los perfiles fundamentales de nuestro tiempo histórico.

        Si el hombre no se acepta a sí mismo como ser dado por un Otro, por aquel que dijo: “Yo soy El que Soy” (Ex. 3,14), lo que implica aceptar su límite, su contingencia y finitud, sin impedir por otra parte la apertura de su espíritu a la infinitud divina; y si por el contrario, desligado de su Fuente, radica o ‘disuelve’ su existencia en cualquier sistema de leyes naturales o históricas, pierde ipso facto su más honda significación, quedando reducido a la pura inmanencia, aunque sin renunciar por ello  a una infinitud equivocada y falsa: el vértigo sin fin de su existencia histórica, con todas sus posibles exaltaciones intramundanas y otras tantas katábasis o ‘descensos’ abisales. De aquí se deriva por propio peso ese afán de progreso ilimitado que caracteriza a nuestra civilización, al que acompaña por necesidad el deseo de dominio sobre todo el orden natural y cósmico. De aquí también la angustia que caracteriza a nuestro mundo, el vacío y la nada existencial antes mencionada. Pero lo más trágico de este fundamental desvío, es lo que queda anulado o tronchado del ser del hombre, a saber, a partir de su connatural aspiración a lo Absoluto, la posibilidad de encuentro ‘en’ la infinitud de Dios. Pero he aquí que el rechazo de tal posibilidad de re-ligación y reencuentro con el Tú divino, el abandono o renuncia a la divino-humanidad por parte del hombre, precipita a éste, inexorablemente, hacia los fondos abisales de la bestial-humanidad  -como presumía certeramente Berdiaeff, aludiendo a la ‘Bestia’ que la Revelación presenta como síntesis y culmen del mal en la Historia. Entre estas dos opciones, pues, se ‘juega’ el destino del hombre: o la aceptación de su ‘finitud abierta’, o la insumisión –como dice Guardini- en “el engaño de la mala infinitud en que se funden las distinciones y todo puede llegar a ser todo, porque nada es realmente lo que es” (el engaño del que huía justamente el personaje de Kipling mencionado antes). No existe entonces, como categoría definitiva de ‘lo humano’, un homo naturalis, como pretendieron los naturalistas del siglo XIX o los evolucionistas de ayer y de hoy.

         Resultan desde luego imponderables las implicaciones de todo género que se derivan de aquellos dos modos fundamentales de ‘ver’ y entender la realidad ‘hombre’, y su relación con el ordo mundi [ordenamiento del universo]. Y aunque los presupuestos metafísicos y espirituales a menudo  no son fáciles de desentrañar en la compleja trama del acontecer humano e histórico, con todo, es fácil colegir la diferente visión de uno y otro punto de vista en relación con dicho acontecer, tanto en la esfera de lo humano íntimo, como en el universo circundante. En efecto, absolutamente todo será mirado y se encaminará de distinto y aun contrapuesto modo, desde la existencia de Dios y de las realidades substanciales hasta el sentido de nuestros pensamientos y acciones, pasando por la existencia o no de un orden moral de validez universal, o la convicción de que hay una verdad de las cosas, no menos que los valores sobre los que asentar el orden político y social, etc., etc.

        Pues bien, estamos en presencia de una cultura y una civilización en las que imperan los ‘principios’ y ‘valores’ de aquella concepción inmanentista, bio-naturalista y evolucionista, escéptica y crecientemente nihilista (Nietzsche habló de una “pleamar del nihilismo” en nuestro tiempo). Vale aclarar aquí, que cuando hablamos de ‘concepción’, no nos referimos a un  sentido  meramente conceptual-especulativo, a una abstracción o construcción mental de la realidad, sino más bien a un modo fundamental de captar o aprehender la realidad, de ‘pararse’ frente a todas las cosas: el hombre, la Historia, el Mundo y lo Divino. Y bien, para esta concepción que estamos delineando, el viviente humano es básicamente –como anticipábamos- un producto o expresión más de la Naturaleza (entendida obviamente como fuerza o energía generadora de todas las cosas, incluso la inteligencia, a partir de un principio material). Sólo que el hombre, en un determinado punto de la general evolución, por ser el más dotado en inteligencia de entre todas las especies, resulta el único capaz de ‘construirse’ a sí mismo en el curso de la historia  -más aún, ésta misma depende en cierto modo de él-  pero desdeñando por cierto toda apertura cognoscitiva hacia aquellas realidades que superan las fronteras de lo aceptado como verdad ‘positiva’ por la ciencia. En este contexto, la fe es entendida simplemente como una expresión más de los trasfondos de la subjetividad humana, cuando ésta aún no ha logrado avanzar suficientemente en el camino del progreso, entendiendo por tal, desde luego, el del conocimiento racional y científico.

        Insisto nuevamente, aunque resulte una obviedad, sobre la íntima relación que hay entre estas opciones de fondo que los hombres en conjunto -pero también cada hombre en particular- hacen, y el estado de honda inquietud y zozobra que hoy agita a la Humanidad, su desconcierto y extravío frente al hecho mismo de la existencia; en fin este verdadero callejón sin salida en que parecemos haber ingresado. Pero es el caso que tal extravío se muestra hoy en casi todas las expresiones de la vida humana, al punto que los ‘remedios’  para los grandes flagelos que sacuden el planeta, lejos de apuntar a la raíz u origen de los mismos, en el mejor de los casos ‘cauterizan’ apenas sus expresiones fenoménicas, cuando no dinamizan sus efectos. Tal es el caso –repito- del sida y la orientación general de la lucha contra este mal. En efecto, como decía antes, se pretende combatirlo  promoviendo de todas las formas posibles conductas supuestamente ‘educadas’, ‘conscientes’ y ‘maduras’,  pero que en realidad conducen a la falta de respeto y al deshonor de la persona humana, y por lo mismo al rebajamiento del hombre; por donde tales conductas guardan relación con la base misma del mal, o con sus verdaderas raíces. ¡Patética y trágica contradicción en la sedicente ‘era de los derechos humanos’!

        Huelga decir que lo afirmado aquí en relación con el fenómeno del sida,  en lo que hace al fondo del problema, vale también para esas otras manifestaciones del mal, trágicas y lacerantes, como la drogadicción, la prostitución infantil, el tráfico de órganos, el terrorismo y la violencia, etc. –que, por lo demás, antes que en las calles están  en el corazón mismo del hombre. Y si es cierto que en tales flagelos, propios de nuestro tiempo, descubrimos tal vez el rostro más visible y más odioso de la profunda deshumanización de nuestra civilización y de nuestra cultura, justamente caracterizada por algunos como ‘cultura de la muerte’, no es menos cierto que tal  deshumanización del hombre sólo se explica a partir de su desorden inicial, el de su autodeificación. Y así, desde aquellos orígenes, en sucesivas rebeldías y exaltaciones egolátricas, arribamos a nuestro hoy signado por la máxima potenciación de las energías destructivas que acechan desde siempre la vida del hombre. A partir de estas premisas resulta claro, entonces, el hecho de la responsabilidad del conjunto de los hombres en el caos presente, por la general autoafirmación de su ego -como lo entendía Soloviev. En otras palabras, mientras el hombre más alimente su yo natural e inmanente, con olvido de su verdadero ser  -precisamente uno de los rasgos de nuestro tiempo-, tanto más se hará substancialmente ‘solidario’ con los trastornos profundos del mundo y de la Humanidad.     

       Frente a esto, se trata entonces de recrear mediante la educación –entendida ésta en su verdadera dimensión de paideia,o formación integral de la persona-, la conciencia de la esencial dignidad del ser humano, como portador que es de un ethos de trascendencia, y por lo mismo abierto a la participación definitiva en la beatituddivina, en cuyo marco la sexualidad, antes que cualidad, instrumento o disposición psico-somática para el disfrute yoístico, es potencia interior estrechamente vinculada al amor, fuente de vida mediante la entrega de sí mismo, y no satisfacción hedonista de las apetencias primarias del ego  Resultan al respecto dramáticamente absurdas las advertencias de las autoridades y de los medios de información, cuando se hacen eco de las opiniones de ciertos profesionales tendientes a combatir el mal (el sida) con información, y peor aún cuando se confunde información con educación, cuando en realidad estamos frente a una creciente depravación de las costumbres –como decíamos-, y a una evidente desnaturalización de la sexualidad humana, expresiones de la decadencia de lo más íntimo y propio del hombre: su ser moral y espiritual. Pero de esto no se habla. Y de esto justamente se trata  -lo repetimos- de optar o por un modelo de hombre que se entiende como procedente de la Naturaleza, y por lo tanto insumido en ella, con sus ritmos de nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte, aunque finalmente ‘resuelto’ en lo abisal (como lo quería Berdiaeff), o bien por el hombre auténtico, que procede de la Inteligencia y el Amor divinos, creado por y en el Logos eterno, dotado de un alma espiritual de naturaleza inmortal, y por ende, con un destino de eternidad. Entre estas dos opciones, entonces, la del hombre natural, inmanente, abisal, por un lado, y la del hombre sobrenatural, trascendente y vocado a la gloria celestial, por otro, se define todo lo que el hombre piensa, dice y hace en torno a toda  realidad, sea ésta el hombre mismo, sea lo que le rodea: la economía no menos que el arte, la religión lo mismo que la política, la familia tanto como la sociedad, en fin la educación, en cuanto sintetiza de algún modo los principios y valores escogidos.

     Así pues, entre las necesarias y múltiples  manifestaciones de aquel modo de pensar, o mentalidad, nacida del ‘espíritu de desemejanza’, nos encontramos con el pensamiento o idea del relativismo, que postula principialmente  -es decir, como idea central o matriz-  la ausencia de toda verdad absoluta, más allá del hombre. En la conocida sentencia de Protágoras  -antiguo sofista griego- según la cual  ‘el hombre es el centro de todas las cosas’, tenemos una formulación liminar del pensamiento relativista, conforme al cual la certeza de que hay una ‘verdad de las cosas’ –y el camino para ‘descubrir’ esa verdad es precisamente el conocimiento- cede el paso al imperio de la opinión, es decir, del subjetivismo radical. Demás está decir cuán arraigada está esta forma de pensar en el hombre de hoy, al punto que para él todas las realidades son relativas y sujetas al parecer de cada quien, incluidas por cierto las verdades del orden moral impresas en la conciencia del hombre por su Creador, y a fortiori las verdades del orden sobrenatural reveladas también por Aquél al hombre.

        Otra manifestación del ‘espíritu de desemejanza’íntimamente vinculada con  el relativismo, lo constituye lo que podemos llamar  ‘conciencia agnóstica’, que asume los rasgos de un indiferentismo ante toda realidad trascendente, sin negarla explícitamente, pero que fácilmente se une al espíritu de duda del escepticismo y al de negación del nihilismo. De tales presupuestos mentales y espirituales que caracterizan en su conjunto al hombre de hoy, no cabe sino esperar frutos como los que vemos. Y la secuencia es sumamente clara: si no hay ninguna verdad absoluta, si toda afirmación acerca de Dios:  su existencia, su naturaleza, su ser, no pasa de la categoría de lo personal y subjetivo - lo que vale tanto como la presunción de que Dios no existe-, o bien simplemente se lo niega, o no interesa la cuestión, entonces el hombre es ‘libre’ de elegir su propio camino según le plazca, o no elegir ninguno y dejarse arrastrar  por el ‘torrente’ de sus deseos, emociones y apetencias (lo que constituye el permisivismo, o expresión formal del relativismo).  De aquí se deriva naturalmente, como decíamos más arriba, la inexistencia de ley moral alguna, ni hay –repetimos- una verdad de las cosas, esto es, el sentido o logos íntimo que constituye la razón de ser de cada cosa, y que al hombre le es dado desvelar y conocer a partir de la “virtud lumínica del logos” (Xavier Zubiri) de que es portador.     

         Finalmente, me permito citar a Romano Guardini, quien en su ensayo La aceptación de sí mismo dice: El hombre no procede de la Naturaleza, sino del conocimiento y del amor, y eso significa a su vez: de la responsabilidad del Dios vivo. Un hombre que viniera sólo de la Naturaleza no se podría respetar; así como tampoco puede respetarse un animal. Y es importante que aprendamos a respetarnos a nosotros mismos, pues la historia de la Humanidad amenaza cada vez más con ir hacia el deshonor del hombre; así como amenaza destruirle, y lo uno sólo se hace posible por lo otro....; y ningún totalitarismo tendría éxito si en el hombre no hubiera algo que está de acuerdo con su propia deshonra. (El subrayado es mío).

     No puede ser menos que congruente con la línea de estos pensamientos, la idea de un necesario y estrechísimo vínculo entre las más variadas formas de violencia que hoy padecemos -y que culminan naturalmente con el propio exterminio del hombre a manos del hombre- y la profunda decadencia y degradación de lo humano implícitas en aquellas ‘ideas’ y ‘doctrinas’ mencionadas, las que llevan en su seno, por así decir, el germen de todas las destrucciones y desbordes como los que hoy día vemos. La razonabilidad de esta idea, se ve corroborada por el proporcional ‘ritmo’ de ambos fenómenos, esto es, a mayor desprecio y deshonra del hombre, tanto más agudas y crueles las expresiones de la violencia. O dicho de otro modo: mientras más aumentan los abortos, y la desnaturalización del sexo, y la ruptura de los vínculos familiares; mientras más el hombre alimenta su ego, dando rienda suelta a sus impulsos y pasiones, y quiere imponer de forma omnímoda su voluntad, traspasando sus límites, el vértigo de su autodestrucción no sólo no se detiene sino que se incrementa.

        Ante esto, resultan  patéticamente estériles los esfuerzos de los gobiernos y de diversas organizaciones en su  fallido intento de frenar estas ‘plagas’, llámese sida o tráfico de drogas, guerra o prostitución infantil o violencia en las calles, etc., con publicidades masivas y toda clase de recursos materiales, mientras por otro lado se alimenta sin cesar al hombre con todo aquello que lo embrutece, lo cosifica, lo entenebrece. Y no son menos miopes los ‘sesudos’ comentarios de algunos periodistas ‘top’ y columnistas tenidos por lúcidos analistas de la realidad, que en respuesta a la apremiante pregunta: ¿qué nos está pasando?, lejos de reconocer en las decrepitudes de la Humanidad a lo largo de los últimos siglos, con sus ‘olvidos’ del ser y sus orgullosas negaciones de Dios, el origen mediato de todos los desbordes presentes; ni mucho menos aceptar la parte de responsabilidad que les cabe a los propios periodistas en la dinamización de la violencia, por la continua difusión que hacen los medios de comunicación, de lo más feo, sórdido, o ‘bestial’ que hay en el ser humano, se revelan por el contrario como fervientes admiradores del itinerario recorrido por el hombre en estosúltimos tramos de la Historia, y aún se declaran apasionados cultores del ‘credo’ racionalista -que cuenta desde ya con sus propios ‘dogmas’ y ‘canonizaciones laicas’, empezando por Galileo y siguiendo por los ‘iluministas’ del siglo XVIII, y muchos otros-; para terminar siempre, alarmados cuando no horrorizados, pidiendo más controles, mayor seguridad, mejor respuesta por parte del Estado, etc., etc., desconociendo por completo, con necia ignorancia, el origen de todos estos males, a saber, la profunda decadencia del hombre por el abandono de sus principios y fundamentos  espirituales  -como luminosamente lo advertía Soloviev, Con justicia se les pueden aplicar las oportunas palabras  del gran orador Bossuet, el cual decía: “Dios no puede tomar en serio a aquellos que deploran las consecuencias de causas que sin embargo aman”.

        Nada miopes, por el contrario, sino visionarias, resultan las palabras de Donoso Cortés, allá a mediados del siglo XIX, quien afirmaba que “hay secretas analogías y correspondencias entre las perturbaciones físicas y las morales”, y agregaba  que “las catástrofes se proporcionan siempre a las negaciones”. Sin duda, su mente clara y su espíritu alerta le permitían ‘mirar’ en profundidad la realidad, más allá de los  ilusionismos fenoménicos y de la niebla del sentido que hoy todo lo confunde.

        Frente a este panorama, la alternativa al alcance del hombre,  hoy como ayer, no es sino el ‘camino’ de la fe,  entendida no como escape y evasión ante la amenaza del vacío y de la nada, ni tampoco como una forma de refugiarse en el ‘irracionalismo del sentimiento’ -como a menudo se la juzga o se la vive-, sino “como única vía de acceso a la verdad del ser: la verdad sobre nosotros mismos, sobre el universo y sobre Dios”. Pues la fe es en última instancia ‘conocimiento’  (“Credo ut intelligam”, decía san Agustín). Claro que conocimiento, no como racionalización del misterio, sino como vía de iluminación interior del mismo, como ‘lumbre en el fuego de la caridad’. Reafirmamos con esto, pues, la natural ‘razonabilidad’ de la fe, al tiempo que  rescatamos a la ‘razón’ del carácter meramente instrumental atribuido a la misma por los reduccionismos positivistas y racionalistas. Es hora, pues, de urgir al hombre a retornar a la relación filial con el que es Principio y Fuente de su ser y de su existencia: el Dios vivo revelado en Jesucristo, Logos (Palabra) del Padre, humanado para nosotros en Él ser divinizados.       

  Fernando Roqué Garzón

VILLA RUMIPAL 

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