CATÓLICOS ALERTA

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LAS DOS ROMAS. SÍNTESIS
DE DOS CIVILIZACIONES
(La Roma del Foro y la de las Catacumbas)
Vázquez de Mella


LAS DOS ROMAS. SÍNTESIS DE DOS CIVILIZACIONES (La Roma del Foro y la de las Catacumbas) - Vázquez de Mella

"Antes de deducir las consecuencias jurídicas de la naturaleza de la Iglesia con relación a la Sociedad y al Estado..... un recuerdo me asalta; y como la voluntad suele llegar por el amor a donde a veces no alcanza por el raciocinio el entendimiento, quiero evocarlo ante vosotros, aunque no sé si podré reflejar con mis pobres palabras un estado de espíritu que no se borrará jamás de mi memoria. Hace algunos años estaba yo en Roma. Había visitado las grandes Basílicas y, queriendo evocar el espíritu de la Roma clásica, recorría sus restos y sus ruinas; había admirado la columna de Trajano y las termas de Caracalla; había contemplado la "Domus Aurea" de Nerón y las ruinas imponentes del Palatino; había recorrido la Vía Apia, viendo los sepulcros de Séneca y de Pompeyo y descendido por la galería subterránea a la tumba de los Escipiones; había subido la gran escalinata en cuya cima aparece la soberbia estatua de Marco Aurelio, como huyendo del Capitolio, para dejar el puesto al Dios perseguido por su dureza estoica.

Había evocado a sus cónsules, a sus tribunos, a sus dictadores, a sus gloriosos caudillos, a su Senado de reyes y a la plebe amotinada en el Aventino, y no encontraba un lazo que uniese mi alma con la suya. Y una tarde, procurando reunir todos mis recuerdos clásicos y concentrar como en una síntesis el espíritu de aquella Roma que quería poner en correspondencia con mi alma latina, me dirigí al Foro, pasé al lado de las grandiosas columnas estriadas del Teatro de Claudio; vi los restos todavía erguidos de los templos de "Dii consenti" y de Saturno como última reliquia de una creencia muerta; muda y deshecha la tribuna de las arengas que estremeció la palabra rotunda de Marco Tulio; quebrantado el arco de Septimio Severo, mientras permanece triunfadora la Religión que él persiguió; distinguiéndose apenas en el suelo los cimientos del templo de Julio César, dibujados por los escombros; el plano del templo de las Vestales, cuyo fuego se extinguió para siempre, y pasé debajo del arco de Tito, cuyos relieves recuerdan el cumplimiento de las Profecías sobre la ciudad deicida; y se levantó ante mis ojos la enorme mole del Coliseo, como la grandiosa taza de un surtidor de sangre humana que se colmó con ella hasta verterla y gastar sus bordes, inundando aquel solar de la Roma pagana que acababa de recorrer, y del cual sólo quedaban como mástiles rotos aquellos arcos que servían para señalar al viajero cristiano el sitio de la catástrofe.

Y entonces, queriendo borrar una impresión dolorosa, recordé que no había visitado aún las Catacumbas, y me dirigí a la de San Calixto, que son las más notables por haber sido sepultura de los primeros Pontífices. Un religioso, de rostro a la vez dulce y austero, esperaba a la entrada de las Catacumbas... Mientras se disponía a recoger una vela para guiarme, el cicerone que me había acompañado me advirtió que el religioso había estado algunos años en Siria, y que una citatriz que se notaba en su frente la había conquistado como misionero en África; esto me inspiró hacia él viva simpatía, y al oir mis palabras, en mal italiano, me preguntó con cierta benévola curiosidad si era español. Porque el ser español todavía significa, por lo menos en el extranjero, ser católico. Comprendiendo la intención de su pregunta: "Sí, le contesté, y católico ferviente, que no viene a visitar como simple turista estos lugares que perfumaron con su virtud, en los albores de la Iglesia, nuestros hermanos". Sonrió alegremente el religioso, y se apresuró a guiarme por las galerías de las Catacumbas.

Empezamos a andar, y pronto desapareció la claridad de fuera, y al poco tiempo ya no distinguía más que el radio que alcanzaba la luz que llevaba el religioso. Iba mostrándome las lápidas rotas, los sepulcros hacinados, las pequeñas capillas, en donde se advierten los primeros esbozos de la pintura cristiana. "¡Cómo sonreirían, exclamé yo, las voces de aquellas almas puras entonando cánticos de esperanza, mientras hollaban el suelo bajo el cual alentaban, las plantas de los perseguidores y de los tiranos!"

"Es verdad, contestó el religioso, y nosotros, que somos cristianos, también podemos entonar, como ellos, nuestros cánticos. Y sin esperar a que yo contestase, súbitamente, como si su voz fuera el eco de las que resonaron allí, empezó a entonar con acento vibrante el "Te Deum". No sé entonces lo que pasó por mi alma.... Creí que los sepulcros se abrían para exhalar los aromas de la santidad y del martirio, perfumando aquella atmósfera sagrada; que voces celestiales contestaban a la voz del religioso, y, al ver la sombra de su hábito oscilar sobre los muros, creí que se movían y que aquellas galerías subterráneas eran como departamentos de la nave de la Iglesia, que yo era un marinero de aquella nave; y cuando el canto cesó e hicimos alto bajo una grieta, las Catacumbas me parecieron la fuente de donde había brotado el surtidor del Coliseo ; y entonces comprendí que, cuando el mar de sangre de los mártires no pudo ser contenido en ellas, abrió con sus ondas el suelo de Roma, y que a los esplendores del sol de la justicia divina satisfecha, se fueron evaporando hasta trazar en los cielos la cruz de Constantino, como una imagen de la Cruz de dolor del Calvario, que extendía ya sus brazos triunfadores, para tomar definitiva posesión del Universo".

La verdadera alma latina la forjó la Iglesia Católica sobre el yunque del Calvario, el más fuerte del mundo, porque lo formó Dios para poner en él su planta y dividir en dos hemisferios la Historia; la moldeó con el martillo ensangrentado en aquellas llagas que apagaron la sed de amor de doce siglos de ascetas; la caldeó para que tuviera temple sobrenatural en las llamas del Cenáculo; la llevó, como el soplo de la inspiración en los labios del más elocuente de los Apóstoles, al Areópago, para que iluminara con luz desconocida el suelo de Atenas, y en las plumas de sus doctores, a bañarse en las aguas del Liceo y de la Academia; y la hizo aparecer como una aurora en la frente y una espada de oro en el brazo atlético de Roma resucitada, para que la alzara al lado de la catedral de Cristo como el centro de la civilización en el mundo, y el Arte cayó de rodillas para entonar los cánticos más hermosos que han salido de los labios de los hombres.

(Santiago de Compostela, 18 de Mayo de 1902)

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