CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

CAPITULO III
PRÁCTICA DEL TIEMPO DE NAVIDAD
Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger


IMITAR A LA IGLESIA
, — Ha llegado el momento en que el alma fiel va a recoger el fruto de los esfuerzos realizados en la carrera penosa del Adviento, para preparar una morada al Hijo de Dios, que quiere nacer en ella. Ha llegado el día de las bodas del Cordero, y la Esposa está preparada '. Ahora bien, esta Esposa es la Santa Iglesia; toda alma fiel es esposa. Dios infinito se da enteramente y con una especial ternura a todo el rebaño y a cada una de sus ovejas. ¿Cuál será nuestro ornato para salir al encuentro del Esposo? ¿Cuáles las perlas y joyas con que decoraremos nuestras almas para tan afortunada entrevista? La Santa Iglesia nos da instrucciones sobre este punto en su Liturgia; y sin duda, lo mejor que podemos hacer es imitarla en todo, ya que ella es siempre bien atendida y, por ser nuestra Madre, debemos siempre escucharla.

Pero antes de hablar de la venida mística del Verbo a las almas, antes de publicar los secretos de esta sublime intimidad entre el Criador y su criatura, señalemos primeramente con la Iglesia los deberes que la naturaleza humana y cada una de nuestras almas tienen que cumplir con el divino Infante, que nos han otorgado por ñn los cielos como un benéfico rocío. Durante el Adviento, nos hemos unido a los santos del Antiguo Testamento para implorar la venida del Mesías Redentor; ahora que ya ha nacido, consideremos los honores que debemos tributarle.

ADORACIÓN. — Pues bien, en este santo tiempo, la Iglesia ofrece al Niño Dios el tributo de sus profundas adoraciones, los transportes de sus inefables alegrías, el homenaje de su agradecimiento infinito, la ternura de su amor incomparable. Estos sentimientos, adoración, alegría, agradecimiento, amor, expresan el conjunto de actos que toda alma fiel debe también tributar al Emmanuel en su cuna. Las oraciones de la Liturgia la prestarán su voz pura y perfecta; mas penetremos en la naturaleza de esos sentimientos para sentirlos mejor y hacer totalmente nuestra la forma con la que los expresa la Santa Iglesia.

Nuestro primer deber ante la cuna del Salvador es la adoración. La adoración es el primero de los actos de religión; pero se puede decir que, en el misterio de Navidad, todo parece contribuir a hacer ese deber más sagrado todavía. En el cielo, los Angeles se cubren el rostro y se postran ante el trono de Dios; los veinticuatro ancianos deponen continuamente sus diademas ante la Majestad del Cordero; ¿qué hemos de hacer nosotros, pecadores, miembros indignos del pueblo redimido, cuando el mismo Dios se humilla y anonada por nosotros; cuando, por el más sublime de los cambios, los deberes de la criatura para con su Creador son por El mismo realizados, cuando Dios eterno no sólo se inclina ante la Majestad Infinita, sino ante el hombre pecador?

Es, pues, justo que, a la vista de un espectáculo semejante, procuremos con nuestras profundas adoraciones devolver al Dios que se humilla por nosotros una partecita de lo que le sustrae su inmenso amor al hombre y su fidelidad a los mandatos de su Padre. Debemos, en cuanto nos sea posible, imitar en la tierra los sentimientos de los Angeles del cielo, y no acercarnos nunca al divino Niño sin ofrecerle el incienso de una sincera adoración, las protestas de nuestro vasallaje y la pleitesía del acatamiento debido a su Infinita Majestad, tanto más digna de nuestro respeto cuanto más se rebaja por nosotros. ¡ Ay de nosotros si, demasiado familiarizados con la aparente flaqueza del divino Infante, y con sus tiernas caricias, creyéramos poder prescindir de esa primera obligación y olvidarnos de lo que El es y lo que somos nosotros!

El ejemplo de la Purísima Virgen María nos ayudará mucho a conservar en nosotros esa humildad. María era humilde delante de Dios antes de ser Madre; después de serlo, es más humilde todavía ante su Dios y su Hijo. Pues nos - otros, despreciables criaturas, pecadores mil veces perdonados, adoremos con todas nuestras potencias a Aquel que desde tan elevadas alturas baja hasta nuestra miseria, y tratemos de compensar con nuestros actos de humildad, ese eclipse de su gloria que se realiza en la cueva y en los pañales.

Mas en vano intentaríamos colocarnos al nivel de su humildad; sería preciso ser Dios para llegar a las humillaciones de un Dios.

ALEGRÍA. — Pero la Santa Iglesia no ofrece solamente al Niño Dios el tributo de sus profundas adoraciones; el misterio del Emmanuel, del Dios con nosotros, es también para ella fuente de inefable alegría. El respeto debido a Dios se conjuga de un modo admirable, en sus cánticos sublimes, con la alegría que los Angeles la recomendaron. Tiene a gala imitar el regocijo de los pastores, que a toda prisa y rebosantes de contento acudieron a Belén y también la alegría de los Magos, cuando a su salida de Jerusalén volvieron a ver la estrella. Es el motivo de que toda la cristiandad consciente celebre el divino Natalicio con cantos alegres y populares, conocidos con el nombre de Villancicos.

Unámonos, oh cristianos, a esa jubilosa alegría; no es tiempo de lágrimas ni suspiros: Un Niño nos ha nacido. Ha llegado el que esperábamos y ha llegado para morar con nosotros. Como ha sido larga la espera, deberá ser embriagador el gozo de poseerle. Día llegará, y muy pronto, en que este niño que hoy nace, hecho ya hombre, será el varón de dolores. Entonces nos lamentaremos con El; ahora debemos alegrarnos de su venida y cantar con los Angeles junto a su cuna. Estos cuarenta días pasarán veloces; recibamos con el corazón dilatado la dicha que nos viene de arriba como un don celestial. La Sabiduría divina nos enseña que el corazón del justo es una continua fiesta¡, porque en él reside la paz: ahora bien, estos días ha venido la Paz a la tierra, la Paz a los hombres de buena voluntad.

AGRADECIMIENTO. — A esta mística y deliciosa alegría viene como por sí mismo a unirse el sentimiento de gratitud para con Aquel que, sin detenerse ante nuestra indignidad ni ante las consideraciones debidas a su infinita Majestad, quiso escoger una Madre entre las hijas de los hombres, y una cuna en un establo: tan empeñado estaba en la obra de nuestra salvación, en apartar de sí todo lo que pudiera inspirarnos miedo o timidez y en animarnos con su divino ejemplo a seguir el camino de la humildad, por donde debemos marchar para llegar al cielo, perdido por nuestro orgullo.,

Recibamos, pues, con el corazón emocionado el precioso regalo de un Niño libertador. Es el Hijo único del Padre, de ese Padre que amó al mundo hasta el extremo de entregarle su propio Hijo '; y es el mismo Hijo único quien confirma plenamente la voluntad de su Padre, vi"-1 niendo a ofrecerse por nosotros porque El lo quiso '. En verdad, al entregárnosle el Padre ¿no nos lo ha dado todo con El, como dice el ApóStdl? 3 ¡Oh inestimable dádiva! ¿Podríamos ofrecer un agradecimiento equivalente al regalo, cuando, en el fondo de nuestra miseria, somos incapaces de estimar su valor? En este misterio, sólo Dios y el divino Infante, que guarda el secreto en el fondo de su cuna, saben perfectamente lo que'nos dan;

AMOR. —Pero, si la gratitud no puede ser proporcionada a la dádiva ¿quién habrá de pagar la deuda? Sólo el amor será capaz de hacerlo, porque, por muy limitado que sea, no tiene medida, y siempre puede ir en aumento. Por eso la santa Iglesia se siente invadida de una inefable ternura en la cueva, después de haber adorado, bendecido y dado gracias, y exclama: ¡Cuán hermoso eres, oh amado mío! ¡Oh divino Sol de justicia, cuán suave es a mi vista, tu despertar! ¡Cuán vivificantes tus rayos para mi corazón! ¡Cómo se afianza tu triunfo en mi alma cuando la vences con las armas de la pobreza, de la humildad y de la infancia! Y todas sus palabras son palabras de amor; la adoración, la alabanza, la acción de gracias no son en sus Cánticos más que expresión variada e íntima del amor que transforma todos sus sentimientos.

Sigamos también nosotros, oh cristianos, a nuestra Madre la Iglesia y llevemos ^nuestros corazones al Emmanuel. Los Pastores le ofrendan su sencillez, los Magos le llevan ricos presentes; unos y otros nos enseñan que nadie debe presentarse ante el divino Infante sin ofrecerle un donativo digno. Ahora bien, es preciso que lo sepamos: ningún tesoro estima tanto como el que ha venido a buscar. El amor le hizo bajar del cielo; i compadezcamos al corazón que no le entrega su amor!

Estos son los deberes que nuestras almas deben tributar a Jesucristo en la primera venida, que hizo en carne y flaqueza, como dice San Bernardo, no para juzgar al mundo sino para salvarle.

Sobre el Advenimiento del último dia envuelto en gloria y terrible majestad, ya hemos meditado bastante en las semanas del Adviento. El temor de la futura ira ha debido despertar de su somnolencia a nuestros corazones, disponiéndolos a recibir humildemente la visita del Salvador en esta venida intermedia, que se realiza secretamente en el fondo de las almas, y cuyo inefable misterio vamos a tratar de esclarecer.

LA VÍA ILUMINATIVA. — Ya hemos demostrado que el Tiempo de Adviento pertenece a esa fase de la vida espiritual que la Teología Mística designa con el nombre de Via purgativa, durante la cual el alma se desprende del pecado y de las ataduras del mismo, por temor del juicio de Dios, por la mortificación y por la lucha cuerpo a cuerpo contra la concupiscencia. Suponemos, por tanto, que toda alma fiel ha pasado ya por este valle de amargura antes de ser admitida al banquete al que convidaba la Iglesia en nombre del Señor y por boca del Profeta Isaías a todos los pueblos, cuando nos invitaba a cantar. He aquí mostró Dios; le hemos estado esperando.; por fin viene a. salvarnos'; hemos soportado su tardanza; saltemos de gozo por la salvación que nos trae. Se puede también decir con verdad que, así como hay muchas moradas en la casa del Padre celestial, de la misma manera la Iglesia admite en esta solemne fiesta una gran variedad de sentimientos y disposiciones entre los numerosos hijos suyos que en estos días se agolpan alrededor de la mesa en que se distribuye el Pan divino. Los unos estaban muertos a la gracia y el auxilio del santo tiempo de Adviento los ha hecho revivir; otros que gozaban ya de vida, han reanimado su amor con sus anhelos, y la entrada en Belén ha sido para ellos un acrecentamiento de vida divina.

Asi pues, el alma que ha entrado en Belén, o sea en la Casa del Pan, unida al que es la Luz del mundo no camina en tinieblas. El misterio de Navidad es un misterio de luz, y la gracia que comunica a nuestra alma, la sitúa, si permanece fiel, en ese segundo estado de la vida mística conocido con el nombre de Vía iluminativa. En adelante no tenemos que afligirnos esperando al Señor, ha venido ya y ha hecho luz en nosotros, y su luz no se extinguirá. Más bien crecerá a medida que el Año litúrgico se vaya ' El Sábado de la segunda semana de Adviento ¡Ojalá no perdamos de vista en nuestras almas el crecimiento de esa luz, y lleguemos con su ayuda al don de la unión divina que corona al mismo tiempo al Año litúrgico y ál alma por él santificada!

Mas, en el misterio de Navidad y de sus cuarenta días, la luz se nos da todavía proporcionada a nuestra flaqueza. Sin duda es el Verbo divino, la Sabiduría del Padre, el que se nos propone a nuestro conocimiento e imitación; pero este Verbo, esta Sabiduría, aparecen bajo formas infantiles. Nada hay, por consiguiente, que nos impida acercarnos. No se da aquí un trono sino una cuna; no un palacio sino un establo; no se trata todavía de penas, de sudores, de cruz o de sepultura; pero tampoco de gloria y triunfo; sólo aparecen la dulzura, la sencillez y el silencio. Acercáos, pues, nos dice el Salmista, y seréis iluminados.

¿Quién sería capaz de declarar dignamente el misterio de la infancia de Cristo en las almas, y de la infancia de las almas en Cristo? Este doble misterio, que se realiza en este santo tiempo, ha sido explicado maravillosamente por San León en su sexto Sermón sobre la Natividad del Salvador, cuando dice: "Aunque esta infancia, que la majestad del Hijo de Dios no desdeñó, haya dado paso sucesivamente a la edad del hombre perfecto, y aunque, después del triunfo de la Pasión y de la Resurrección, toda la serie de actos de humildad de que habla hecho gala el Verbo haya terminado para nosotros, la festividad del día viene a renovarnos el Nacimiento de Jesús por medio de la Virgen María; al adorar el Nacimiento de nuestro Salvador, no hacemos más que celebrar nuestro propio nacimiento. Efectivamente, esta generación temporal de Cristo es el origen del pueblo cristiano y el nacimiento de la Cabeza lo es también del cuerpo. Sin duda, cada uno de los llamados tiene su rango propio y los hijos de la Iglesia se distinguen unos de otros en la sucesión de los tiempos; pero el conjunto de los fieles, salido de la fuente bautismal, así como fué crucificado con Cristo en su Pasión, resucitado en su Resurrección, colocado a la diestra del Padre en su Ascensión, así también es dado a luz con El en este Nacimiento. Todo hombre, en cualquier parte del mundo creyente que habite, es regenerado en Cristo; se le borra la antigüedad de su primera generación; renace a un nuevo hombre, y en adelante no se hallará en la filiación de su padre carnal, sino más bien en la naturaleza de ese Salvador que se ha hecho Hijo del hombre para que nosotros podamos llegar a ser hijos de Dios."

EL NUEVO NACIMIENTO.— ¡He ahí el misterio de Navidad! Aquí cuadra perfectamente lo que nos dice el Discípulo amado en la lectura del Santo Evangelio que la Iglesia nos propone en la tercera Misa de esta gran fiesta. A los que quisieron recibirle, les dió poder para hacerse hijos de Dios, a los que creen en su Nombre, que no han nacido de la carne ni de la sangre, ni de la voluntad del hombre, sino de la voluntad de Dios. Por consiguiente, todos los que, después de haber purificado su alma y de haber sido liberados de la esclavitud de la carne y de la sangre, después de haber renunciado a cuanto del hombre pecador tenían, quieren abrir su corazón al Verbo divino, a esa Luz que brilla en las tinieblas y que las tinieblas no comprenden, todos esos nacen con Jesucristo, nacen de Dios; comienzan una nueva vida en este misterio lo mismo que el Hijo de Dios.

¡Qué hermosos son estos preludios de la vida cristiana! ¡Cuán grande la gloria de Belén, es decir de la Santa Iglesia, la verdadera Casa del Pan, en cuyo seno nace estos días tanta multitud de hijos de Dios en todo el mundo! ¡Oh perpetua lozanía de nuestros Misterios que nada es capaz de agostar! El Cordero inmolado desde el comienzo del mundo se sacrifica continuamente después de su inmolación histórica; y ved cómo, nacido una vez de la Virgen María, pone su gloria en renacer de nuevo en las almas. Y no creamos disminuir el honor de la divina Maternidad, pensando que cada uno de nosotros puede llegar a la dignidad de María. "Lejos de eso, nos dice el Venerable Beda en su Comentario sobre San Lucas, es necesario que en medio de la muchedumbre, levantemos la voz como la mujer del Evangelio, que representaba a la Iglesia católica, para decir al Salvador: ¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron"! Prerrogativa incomunicable, en efecto, y que consagra para siempre a María como Madre de Dios y Madre de los hombres. Esto no quiere decir que vayamos a olvidar la respuesta que dió el Salvador a la mujer de que habla San Lucas: Má$< dichosos aún, dice, los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica'. "Por medio de esta frase, continúa el Venerable Beda, Cristo declara feliz no sólo a la que tuvo el privilegio de engendrar corporalmente al Verbo divino, sino también a todos aquellos que tratan de concebir espiritualmente a ese mismo Verbo por la obediencia de la fe y que, por la práctica de las buenas obras, le dan a luz en su propio corazón y en el de sus hermanos, cuidándole allí con maternal solicitud. Si la Madre de Dios, fué por tanto, llamada con justicia dichosa, porque fué ministro de la Encarnación del Verbo en el tiempo, ¡cuánto más dichosa fué permaneciendo siempre en su amor"!

¿No es acaso idéntica doctrina la que nos declara el Salvador en otra circustancia, cuando dice: El que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre!. Y, ¿por qué fué enviado el Angel a María con preferencia a otra cualquiera de las hijas de Israel, sino porque había ya concebido al Verbo divino en su corazón, por la entereza de su amor, lo profundo de su humildad y el mérito incomparable de su virginidad? Del mismo modo, ¿cuál es la causa de ese brillo de santidad que resplandece en la Madre de Dios hasta la eternidad, sino el que esta mujer bendita entre todas las mujeres, después de haber concebido y dado a luz según la carne al Hijo de Dios, le concibe y engendra continuamente según el espíritu, por su fidelidad a la voluntad del Padre celestial, por su amor a la luz increada del Verbo divino, por su unión con el Espíritu Santo que habita en ella?

Mas ningún humano debe creerse desheredado del honor de poder seguir a María, aunque de lejos, en este privilegio de la maternidad espiritual, cuando esta soberana Virgen ha realizado ya la gloriosa misión de abrirnos el camino por medio del alumbramiento temporal que ahora celebramos, y que ha sido para el mundo la iniciación en los misterios divinos. En las semanas de Adviento hemos debido preparar los caminos del Señor, y hemos debido concebirle en nuestras almas; apresurémonos a darle a luz con nuestras obras, para que el Padre celestial, no viéndonos ya a nosotros dentro de nostros mismos, sino sólo a su Verbo desarrollándose en nosotros, pueda decirnos, en su misericordia, lo que en otra ocasión dijo con plena verdad: Ese es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias

Para conseguirlo, fijémonos en la doctrina del seráfico San Buenaventura, quien elocuentemente nos declara cómo se opera el Nacimiento de Cristo en las almas. "Este feliz nacimiento se realiza, dice el santo Doctor en una Exhortación de la fiesta de Navidad, cuando el alma preparada por una larga meditación pasa por fin a la acción; cuando estando la carne sometida al espíritu, se ejecuta también la obra buena; entonces la paz y la alegría interiores renacen en el alma. En este nacimiento no hay quejas, dolores ni lágrimas; todo es admiración, emoción y gloria. Mas, si este nacimiento te agrada ¡oh alma devota!, piensa en ser María. Ahora bien, este nombre significa amargura: llora amargamente tus pecados; significa estrella: sé resplandeciente en virtudes; significa, finalmente, señora: aprende a sojuzgar las pasiones de la carne. Entonces nacerá en ti Cristo, sin dolor y sin trabajo. Entonces el alma conoce y gusta cuán dulce es el Señor Jesús. Experimenta esta dulzura cuando con santas meditaciones alimenta a este divino Niño, cuando le baña en sus lágrimas, cuando le envuelve en sus castos deseos, cuando le aprieta con abrazos de santa ternura, cuando le da calor en lo más íntimo de-su corazón. ¡Oh feliz cueva de Belén! en ti me es dado encontrar al Rey de la gloria; pero más feliz todavía que tú es el corazón devoto, que posee espiritualmente al que tú sólo pudiste poseer corporalmente."

Ahora bien, para pasar de la concepción del Verbo a su nacimiento en nuestras almas, es decir, para pasar del Adviento al Tiempo de Navidad, es necesario que tengamos continuamente fijos los ojos de nuestro corazón en Aquel que quiere nacer en nosotros, y en el cual vuelve a nacer la naturaleza humana. Debemos mostrarnos celosos de reproducir sus rasgos con nuestra débil y lejana imitación, y con tanto más interés, cuanto que nos dice el Apóstol que lo que buscará en nosotros el Padre celestial cuando se trate de declararnos capaces de la divina predestinación, no será otra cosa que la Imagen de su Hijo.

Escuchemos, pues, la voz de los Angeles y pasemos hasta Belén. He ahí la señal, se nos dice: encontraréis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre2. Por tanto, cristianos, debéis haceros niños; debéis conocer nuevamente los pañales de la infancia; debéis bajar de vuestras alturas y acercaros al Salvador descendido del cielo, para ocultaros también en la humildad de la cueva. De esta manera comenzaréis con El una nueva vida; y la luz, que continúa siempre creciendo hasta el día perfecto, os iluminará sin abandonaros ya nunca; de suerte, que, empezando por ver a Dios en su naciente esplendor, el cual da lugar todavía a la fe, mereceréis contemplarle en la gloria de su Transfiguración divina, y os prepararéis para la dicha de aquella UNIÓN que no es sólo la luz sino la plenitud y el descanso del amor.

LA CONVERSIÓN. — Hasta ahora hemos hablado a los miembros vivos de la Iglesia; hemos tenido en vista a los que se llegaron al Señor durante el santo tiempo de Adviento, y a los que, viviendo de la gracia del Espíritu Santo al terminar el Año litúrgico, comenzaron el nuevo esperando, preparándose y disponiéndose a renacer con el Sol divino; pero no debemos olvidar a aquellos de nuestros hermanos que voluntariamente han estado muertos, a los cuales ni la proximidad del Emmanuel, ni la expectación universal han logrado despertar de sus sepulcros. A ellos también debemos anunciarles, en el seno de esa muerte, voluntaria, sí, pero capaz de resurrección, que la benignidad y la misericordia de nuestro Dios Salvador han aparecido en el mundo . Así pues, si por casualidad cayera nuestro libro en manos de algunos de esos que invitados a darse al Niño Todopoderoso no lo hubiesen hecho todavía, y que, en vez de suspirar por El durante las semanas pasadas, hubiesen seguido en el pecado y en la indiferencia, a todos esos podríamos recordarles la antigua costumbre de la Iglesia, confirmada por el canon décimoquinto del Concilio de Agda (506), en el que se ordena que todos los fieles se acerquen a la sagrada Eucaristía en la fiesta de Navidad, así como en la de Pascua y Pentecostés, bajo pena de no ser considerados como católicos. Nos agradaría poder describirles la alegría de la Iglésia que, en el mundo entero y a pesar del enfriamiento de la caridad, contempla estos días a innumerables fieles celebrando el Nacimiento del Cordero que quita los pecados del mundo y comulgando en el sacramento de su cuerpo y de su sangre.

Entendedlo, bien, pecadores: la fiesta de Navidad es una fiesta de perdón y misericordia, en la que el justo y el pecador se reúnen en torno a la misma mesa. El Padre celestial ha determinado conceder amnistía a muchos culpables, en gracia al Nacimiento de su Hijo; es más, no excluye del perdón sino a los que voluntariamente se obstinan en rechazarlo. Así y no de otro modo se debe celebrar la venida del Emmanuel.

Por lo demás, estas frases de invitación no las lanzamos nosotros por cuenta propia e imprudentemente; lo hacemos en nombre de la Iglesia que os invita a comenzar el edificio de vuestra nueva vida, el dia en que el Hijo de Dios comienza la carrera de su vida humana. Las tomamos de un ilustre y santo Obispo de la Edad media, el piadoso Rabano Mauro, que, en una Homilía sobre el Nacimiento del Salvador, no temía invitar a los pecadores a venir a sentarse al lado de los justos, en aquel dichoso establo donde los brutos animales supieron reconocer a su Señor.

"Os ruego, mis queridos hermanos, decía, recibáis en buena disposición las palabras que el Señor me va a dictar para vosotros en este dulcísimo día, que trae la compunción a los mismos infieles y pecadores, en este día que ve al pecador implorando perdón con lágrimas de arrepentimiento, al cautivo no desesperando ya de volver a su patria, al herido deseando su salud. En este día nace el Cordero que quita los pecados del mundo, Cristo nuestro Salvador: nacimiento que es fuente de deliciosa alegría para aquel cuya conciencia está tranquila; que despierta la intranquilidad en aquel cuyo corazón está enfermo; día verdaderamente dulce y lleno de perdón para las almas arrepentidas. Os lo prometo pues, hijitos míos, y os lo digo con seguridad: todos los que en este día se arrepientan y no quieran volver más al vómito de sus pecados, recibirán cuanto pidieren. Sólo una condición se les impone: que tengan una fe ciega y que no busquen más sus vanos placeres.

Verdaderamente, ¿cómo podría desesperar el pecador el día mismo en que es destruido el pecado del mundo entero? En este día en que nace el Señor, hagamos promesas, mis queridos hermanos, hagamos promesas a este Redentor y guardémoslas, conforme a lo que está escrito: Venid al Señor Dios vuestro y presentadle vuestros votos. Prometamos en paz y confianza; que El nos dará medios para que podamos cumplir nuestras promesas. Pero entended que no se trata aquí de ofrecer cosas caducas y terrenas. Debemos ofrecerle lo que el Señor ha redimido en nosotros, es decir, el alma. Y si me decís: ¿Cómo ofrecer mi alma al Salvador si ya la tiene en su poder? os responderé: Le ofreceréis el alma por medio de vuestras piadosas costumbres, por vuestros castos pensamientos, por vuestras obras vivas, apartándoos del mal y practicando el bien, amando a Dios y al prójimo, obrando misericordia, porque también nosotros fuimos desgraciados antes de recibir misericordia; perdonando a los que nos ofenden, porque también le hemos ofendido; arrrojando a núestros pies la soberbia, porque ella fué la que perdió al primer hombre."

Así se expresa la piedad de la Santa Iglesia, que convida a los pecadores al banquete del Cordero hasta que el salón esté repleto. La Esposa de Jesucristo vive en alegría, como efecto de la gracia regeneradora que el Sol divino la presta. Comienza un nuevo año para ella, que, como los anteriores, deberá ser fecundo en flores y frutos. La Iglesia renueva su juventud como el águila; una vez más va a dirigir en la tierra el desarrollo del sagrado ciclo, derramando a su vez sobre el pueblo fiel las gracias de que es portador. En este momento nos ofrece el conocimiento y el amor del Niño Dios: seamos dóciles a esta primera iniciación para que merezcamos crecer con Cristo en edad y en sabiduría, delante de Dios y de los hombres2. El misterio de Navidad es la puerta de todos los demás; pero puerta de la tierra y no del cielo. "No podemos todavía, dice San Agustín (Sermón XI sobre el Nacimiento del Señor), no podemos todavía contemplar el resplandor de Aquel que es engendrado por el Padre antes que la aurora3 ; visitemos al que ha nacido de una Virgen a media noche. Imposible comprender cómo su Nombre es antes que el sol1; confesemos que ha puesto su tienda en la que es pura como el sol*. No nos es dado ver aún al Hijo que habita en el seno del Padre; acordémonos del Esposo que sale de la cámara nupcial 3. No estamos todavía maduros para el banquete de nuestro Padre; reconozcamos el pesebre de Jesucristo nuestro Señor'".

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TIEMPO DE NAVIDAD