CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

CAPITULO II
MÍSTICA DEL TIEMPO DE NAVIDAD
Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger


Todo es misterioso en los dias que nos ocupan. El Verbo divino, cuya generación es anterior a la, aurora, nace en el tiempo; un Niño es Dios; una Virgen es Madre quedando Virgen; se entremezcla lo divino con lo humano y la sublime e inefable antitesis expresada por el discípulo amado en aquella frase de su Evangelio: EL VERBO SE HIZO CARNE, se repite en todas las formas y tonos en las oraciones de la Iglesia; resumiendo admirablemente el gran prodigio que acaba de veriñcarse en la unión de la naturaleza divina con la humana. Misterio desconcertador para la inteligencia, pero dulce al corazón de los fieles; es la consumación de los designios divinos en el tiempo, motivo de admiración y pasmo para los Angeles y Santos en la eternidad, y al mismo tiempo principio y motivo de su felicidad. Veamos cómo se lo propone la Iglesia a sus hijos en la Liturgia.

EL DÍA DE NAVIDAD. — Hénos ya llegados, como a un. término deseado, al día veinticinco de diciembre, después de cuatro semanas de preparación, símbolo de los miles de años del antiguo mundo; lo primero que sentimos es un movimiento natural de extrañeza al ver que este día es el único que posee la inmutable prerrogativa de celebrar el Nacimiento del Salvador; todo el ciclo litúrgico parece fatigarse en cambio, todos los años al tratar de dar a luz ese otro día variable, al que está ligada la memoria del misterio de la Resurrección.

Ya en el siglo cuarto, San Agustín se creyó obligado a explicar esta diferencia en su famosa epístola ad Ianuarium; en ella dice que, únicamente celebramos el dia del Nacimiento del Salvador para conmemorar el Nacimiento efectuado por nuestra salvación, sin que el dia mismo en que ocurrió tenga en si significado misterioso alguno; en tanto que el dia de la semana en que se realizó la Resurrección, fué escogido en los decretos eternos, para expresar un misterio del que se debía hacer expresa conmemoración hasta el fin de los siglos. San Isidoro de Sevilla y el antiguo comentador de los ritos sagrados que durante mucho tiempo se creyó sería Alcuino, se adhieren en esta materia al parecer del Obispo de Hipona; Durando, en su Rationale, no hace más que explicar sus palabras,

Estos autores hacen notar que, conforme a la tradición eclesiástica, habiendo ocurrida,la creación del .hombre en viernes y muerto el Salvador en ese mismo dia para expiar el pecado de los hombres; y habiéndose por otra parte, realizado la Resurrección de Jesucristo al tercer día, es decir el Domingo, día en que señala el Génesis la creación de la luz, "las solemnidades de la Pasión y Resurrección, como dice San Agustín, no tienen por objeto solamente el conmemorar los hechos, sino que además tienen un sentido sagrado y misterioso"

Pero no creamos que, por no estar ligada a ningún día de la semana en particular la celebración de la fiesta de Navidad el 25 de diciembre, haya quedado completamente exenta de un significado místico. En primer lugar, podríamos afirmar con los antiguos liturgistas, que la fiesta de Navidad recorre sucesivamente todos los días de la semana, para santificarlos y absolverlos de la maldición que el pecado de Adán había hecho recaer sobre cada uno de ellos. Pero existe otro mucho más sublime misterio que declarar en la elección de este día; misterio que, si no se refiere a la división del tiempo que Dios mismo trazó y que llamamos Semana, se relaciona del modo más significativo con el curso del gran astro por cuyo medio renacen y se conservan sobre la tierra el calor y la luz, es decir, la vida. Jesucristo, nuestro Salvador, la luz del mundo ', nació en el momento en que la noche de la Idolatría y del pecado tenía sumergido al mundo en las más espesas tinieblas. Y he aquí que el día de ese nacimiento, el 25 de diciembre, es precisamente cuando este sol material, en lucha con las tinieblas y ya próximo a extinguirse, se reanima de repente y se dispone al triunfo.

En el Adviento, hemos advertido ya con los Santos Padres, la disminución de la luz física como un triste símbolo de estos días de universal espera; con la Iglesia hemos suspirado por el divino Oriente, por el Sol de Justicia el único que nos podrá librar de los horrores de la muerte del cuerpo y del alma. Dios nos ha oído, y en el mismo día del solsticio de invierno, célebre en el mundo antiguo por sus terrores y regocijos, nos concede juntamente la luz material y la antorcha de las inteligencias.

San Gregorio Niseno, San Ambrosio, San Máximo de Turln, San León, San Bernardo y los más celebrados liturgistas se complacen én señalar el profundo misterio impreso en su obra, a la vez natural y sobrenatural, por el Creador del universo; veremos que también hacen alusión a él las oraciones de la Iglesia en el Tiempo úe Navidad, como lo hicieron en el Adviento.

"En este día que hizo el Señor, dice San Gregorio de Nisa en su Homilía sobre Navidad, las tinieblas comienzan a disminuir y crece la luz, siendo arrojada la noche más allá de sus fronteras. En verdad, hermanos míos, esto no sucede al azar, ni al capricho de una extraña voluntad, el día en que resplandece El que es la vida divina de los hombres. Es la naturaleza quien bajo este símbolo revela un secreto a los que tienen la mirada penetrante, y son capaces de comprender esta circunstancia de la venida del Señor. Paréceme oír decir: ¡Oh hombre! piensa que, bajo las cosas que contemplas, te son revelados escondidos misterios. La noche, ya lo sabes, había llegado a su más larga duración y de repente se detiene. Considera la funesta noche del pecado, que había llegado a su colmo reuniendo en sí toda clase de culpables artificios; en el día de hoy ha sido detenida su ca- . rrera. Desde hoy será más pequeña y pronto quedará reducida a la nada. Contempla ahora los rayos del §ol más vivos, el astro mismo más elevado en el cielo, y al mismo tiempo considera la verdadera luz del Evangelio que aparece ante todo el mundo."

Alegrémonos, hermanos míos, exclama a su vez San Agustín, porque este día es sagrado, no por razón del sol visible, sine por el nacimiento del invisible Creador del sol. El Hijo de Dios eligió este día para nacer, como eligió también una Madre, El, creador al mismo tiempo del día y de la Madre. Este día, efectivamente, en el que la luz comienza a crecer, era a propósito para simbolizar la obra de Cristo, quien, por medio de su gracia, renueva continuamente nuestro hombre interior. Habiendo resuelto el Creador eterno nacer en el tiempo, convenía que el día de su nacimiento estuviese de acuerdo con la creación temporal'.

En otro Sermón sobre la misma fiesta, el obispo de Hipona nos da la clave de una misteriosa frase de San Juan Bautista, que confirma maravillosamente el pensamiento tradicional de la Iglesia. Este admirable Precursor había dicho hablando de Cristo: Es necesario que El crezca, y que yo disminuya¿. Profética frase, que, en su sentido literal, significaba que la misión de San Juan Bautista iba a concluir, mientras que la del Salvador estaba comenzando; pero, podemos ver también en ella, con San Agustín, un segundo misterio: "Juan vino al mundo cuando los días empiezan a disminuir, Cristo nació en el momento en que comienzan a crecer3." De este modo, todo es misterioso: la salida del Astro Precursor en el solsticio del verano, y la aparición del Sol celestial en el tiempo de las tinieblas.

La ciencia miope y ya anticuada de los Dupuis y de los Volney creía haber derrumbado los fundamentos de la superstición religiosa, por haber descubierto, entre los pueblos antiguos, la existencia de una fiesta del sol en el solsticio de invierno; les parecía que una religión no podía considerarse como divina, desde el momento en que su culto ofrecía analogías con fenómenos de un mundo, que si hemos de creer a la Revelación, no fué creado por Dios sino en vista de Cristo y de su Iglesia. Nosotros, en cambio, los católicos, hallamos la confirmación de nuestra fe donde estos hombres creyeron momentáneamente hallar su ruina (Ya hemos visto anteriormente que la fiesta de Navidad no ocupó en un principio un lugar uniforme en los distintos calendarios de la Iglesia. Piensan hoy muchos autores que esta fiesta fué fijada definitivamente en el 25 de diciembre para alejar a los fieles de una fiesta pagana muy popular, la fiesta del solsticio, que celebraba el triunfo del sol sobre las tinieblas la noche del 24 al 25 de diciembre. Este sistema de oponer una fiesta cristiana a otra pagana muy en boga, lo empleó la Iglesia con frecuencia en los siglos primeros y siempre con feliz resultado),

Ya hemos, pues, explicado el misterio fundamental de esta festiva cuarentena, al descorrer el velo que ocultaba en la predestinación eterna, el misterio de ese día veinticinco de diciembre, que iba a ser el día del Nacimiento de Dios sobre la tierra. Tratemos de descubrir ahora con todo respeto un segundo misterio, el del lugar donde se realizó el Nacimiento.

EL LUGAR DEL NACIMIENTO. ^—Se trata de Belén. De Belén saldrá el caudillo de Israel. Lo había dicho el Profeta': lo saben los Pontífices judíos y dentro de unos días se lo declararán a Herodes2. Pero ¿por qué razón fué escogida esta obscura ciudad con preferencia a otra, para ser el escenario de tan sublime suceso? Estad atentos, ¡oh cristianos! El nombre de la ciudad de David significa casa del Pan: he ahí por qué la escogió para manifestarse en ella, el que es Pan vivo bajado del cielo \ Nuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron6; pues, he ahí al Salvador del mundo, que viene a alimentar la vida del género humano por medio de su carne, que es verdadero manjar5. Hasta ahora Dios permanecía alejado del hombre: en adelante, ambos no serán más que una sola cosa. El Arca de la Alianza, que contenía sólo el maná corporal, es reemplazada por el Arca de la nueva Alianza; Arca más pura e incorruptible que la antigua: la incomparable Virgen María, la cual nos presenta al Pan de los Angeles, alimento que transforma al hombre en Dios; pues, según dijo Jesucristo: El que come mi carne, vive en mí y yo en él.

JESÚS, PAN NUESTRO. — Esa es la divina transformación que el mundo esperaba desde hace tanto tiempo y por la que ha suspirado la Iglesia durante las cuatro semanas del Tiempo de Adviento. Por fln ha llegado la hora y Cristo va a entrar en nosotros, si queremos recibirle Su deseo es unirse a nosotros como ya se unió a la naturaleza humana en general, y para eso quiere hacerse nuestro Pan, nuestro alimento espiritual. No tiene otra finalidad su venida a las almas en este místico período. No viene a juzgar al mundo sino a salvarle, para que todos tengan vida, y una vida más abundanteNo descansará, pues, el divino amigo de nuestras almas hasta que se haya adentrado en nosotros de forma, que no seamos nosotros los que vivamos, sino El en nosotros; y para que con más suavidad se realice el misterio, el dulce fruto de Belén se dispone a entrar en nosotros bajo la forma de niño, para Ir luego creciendo en edad y sabiduría delante de Dios y de los hombres

Y cuando nos haya transformado en si, después de habernos visitado por su gracia y por el alimento de su amor, aún realizará en nosotros un nuevo prodigio. Hechos una misma carne y un mismo corazón con Jesús, Hijo del Padre celestial, seremos también, por el hechó mismo hijos de su Padre, de mañera que ei Discípulo amado pueda exclamar: Hijitos míos, mirad qué caridad nos ha hecho el Padre, ser hijos de Dios no sólo de nombre sino en realidad Mas de esta suprema felicidad del alma cristiana y dé los medios que se la ofrecen para mantenerla y acrecentarla, hablaremos en otro lugar más desahogadamente.

LITURGIA DE NAVIDAD. — Nos queda por decir unas palabras sobre los colores «imftffiHnqs uahdos por la Iglesia en este tiempo. El adoptado durante los veinte primeros días, que van hasta la Octava de Epifanía, es el blanco. Solamente lo abandona para honrar la púrpura de los mártires Esteban y Tomás de Cantorbery y para asociarse al duelo de Raquél que llora por sus hijos, en la fiesta de los Santos Inocentes; fuera de estos tres casos, la blancura de los ornamentos sagrados manifiesta la alegría que los Angeles comunicaron a los pastores, el brillo del naciente Sol divino, la pureza de la Virgen Madre y el candor de las almas peles que se apiñan alrededor de la cuna del Niño Dios.

Durante los veinte últimos días, las frecuentes fiestas de los Santos exigen que los ornamentos de la Iglesia estén en armonía, bien con las rosas de los Mártires, bien con las Inmortales que forman la corona de los Pontífices y Confesores, bien con los lirios que adornan a las Vírgenes. Los domingos, cuando con ellos no coincide ninguna fiesta de rito doble de segunda clase que imponga el color rojo o blanco, y cuando la Septuagésima no ha comenzado aún esa serie de semanas que preceden a la Pasión de Cristo, los ornamentos de la Iglesia son de color verde. La elección de este color quiere indicar, según los liturgistas, que con el Nacimiento del Salvador, que es la flor de los campos, ha nacido también la esperanza de nuestra salvación y que, pasado el invierno de la gentilidad y del judaismo, comienza a reverdecer la primavera de la gracia.

Terminamos aquí la explicación mística de las prácticas generales del tiempo de Navidad. Sin duda nos quedan todavía numerosos símbolos que aclarar; pero, como los misterios a que se refieren son propios de ciertos días en particular, más-bien que del conjunto de esta parte del Año Litúrgico, de ellos hemos de tratar detalladamente y día por día, sin omitir ninguno.

---------------------------------------

TIEMPO DE NAVIDAD