CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

25 de diciembre
MISA DE LA AURORA
El Año Litúrgico - Dom Próspero Gueranguer


MISA DE LA AURORA - El Año Litúrgico - Dom Próspero Gueranguer

Terminado el Oficio de Laudes, concluyen los cantos de regocijo, por medio de los cuales la Iglesia da gracias al Padre de los siglos, por haber hecho nacer al Sol de justicia: es hora ya de celebrar el segundo Sacrificio, el Sacrificio de la aurora. En la primera Misa la Santa Iglesia ha honrado el nacimiento temporal del Verbo según la carne; ahora va a celebrar un segundo nacimiento del mismo Hijo de Dios, nacimiento de gracia y de misericordia, que se realiza en ei corazón del fiel cristiano.

He aquí que en este mismo momento, unos pastores advertidos por los santos Angeles llegan de prisa a Belén; se aglomeran en el establo, demasiado estrecho para su número. Dóciles al aviso del cielo, han venido a reconocer al Salvador que ha nacido para ellos, según se les ha dicho. Y lo hallan todo tal como los Angeles se lo han anunciado. ¿Quién es capaz de describir la alegría de su corazón, la sencillez de su fe? No se maravillan de encontrar a Aquel cuyo nacimiento conmueve a los mismos Angeles, envuelto en la capa de una pobreza semejante a la suya. Sus corazones lo han comprendido todo, y adoran y aman a aquel Niño. Son ya cristianos. La Iglesia cristiana comienza en ellos; sus humildes corazones aceptan el misterio de un Dios humillado. Herodes tratará de hacer perecer al Niño; la Sinagoga rugirá; sus doctores se levantarán contra Dios y contra su Cristo; condenarán a muerte al Libertador de Israel; pero la fe permanecerá firme e inquebrantable en el alma de los pastores, en espera de que los sabios y poderosos se humillen a su vez ante la cruz y el pesebre. ¿Qué ha ocurrido en el corazón de estos sencillos hombres? Cristo ha nacido en ellos y en adelante morará allí por la fe y el amor. Son nuestros padres en la Iglesia; a nosotros nos toca el hacernos semejantes a ellos. Llamemos, pues, también nosotros a Jesucristo a nuestras almas; hagámosle sitio y nada le obstruya la entrada de nuestros corazones. También a nosotros nos hablan los Angeles, también nos comunican la buena nueva; el beneficio no debe limitarse solamente a las moradas de la campiña de Belén. Ahora bien, para honrar el misterio de la silenciosa venida del Salvador a las almas, el Sacerdote se dispone a subir ahora al altar y presentar por segunda vez el Cordero inmaculado a las miradas del Padre celestial que nos le envía.

Permanezcan nuestros ojos fijos en el altar como los de los pastores en el pesebre; busquemos allí como ellos al Niño recién nacido, envuelto en pañales. Al entrar en el establo, no sabían todavía a quién iban a ver; pero sus corazones estaban preparados. De pronto le ven, y sus ojos se posan en este Sol divino. Jesús desde el fondo del pesebre les dirige una amorosa mirada; quedan iluminados y se hace de día en sus corazones. Seamos dignos de que se realice en nosotros aquella frase del príncipe de los Apóstoles: "La luz brilla en un lugar oscuro, hasta el momento en que resplandezca el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana." (II, S. Pedro, I, 19.)

Ha llegado ya esta aurora bendita para nosotros; el divino Oriente que aguardábamos ha aparecido ya y, no se ocultará más en nuestra vida: en adelante hemos de temer más que nada a la noche del pecado de la que El nos libra. Somos los hijos de la luz y los hijos del dia (I, Tes., V, 5); ya no hemos de conocer el sueño de la muerte; pero deberemos estar siempre en vela, acordándonos de que los pastores velaban cuando el Angel los habló y se abrieron los cielos sobre sus cabezas. Los cantos todos de esta Misa de la Aurora nos van a anunciar de nuevo el esplendor de este Sol de justicia; saboreémoslos como prisioneros aherrojados durante mucho tiempo en una cárcel tenebrosa, a cuyos ojos aparece de repente una luz apacible. En el fondo de la gruta, resplandece ese Dios luminoso; sus divinos rayos realzan y embellecen más todavía las graciosas facciones de la Virgen Madre, que con tanto amor le contempla; también el rostro venerable de José resplandece de un modo especial; mas estos destellos no se detienen en el angosto recinto de la gruta. Aunque dejan en sus merecidas tinieblas a la ingrata Belén, se esparcen por el mundo entero, encendiendo en millones de corazones un amor inefable hacia esa Luz de !o alto que arranca al hombre de sus errores y pasiones, y le eleva hacia el fin sublime para el que ha sido creado.

Pero en este momento nos presenta la Santa Iglesia otro objeto de admiración y alegría, en medio de todos estos misterios del Dios encarnado y en el seno mismo de la humanidad. AL recuerdo tan glorioso y amable del Nacimiento del Emmanuel une, en este Sacrificio de la Aurora, la solemne memoria de una de esas almas valerosas que supieron conservar la Luz de Cristo a pesar de los ataques de las tinieblas. En esta misma hora, honra a Santa Anastasia, que, por la cruz y el martirio, nació a la vida celestial en el mismo día del Nacimiento del Redentor [2].

Mas ya es hora de que pongamos los ojos en en el altar donde va a comenzar el santo Sacrificio. El Introito canta la salida del Sol divino. El resplandor de su aurora anuncia ya el brillo que habrá de tener a medio día. Fuerza y belleza son sus cualidades; está armado para vencer y su nombre es Príncipe de la Paz.

INTROITO

La luz brillará hoy sobre nosotros: porque nos ha nacido el Señor: y será llamado Admirable, Dios, Príncipe de la paz. Padre del siglo venidero: cuyo reino no tendrá fin. Salmo: El Señor reinó, se vistió de belleza: el Señor se vistió y ciñó de fortaleza. — Y. Gloria al Padre.

En esta Misa de la Aurora, la oración de la Iglesia solicita la efusión en las almas de los rayos del Sol de justicia para que sean fecundas en obras de luz, y no vuelvan a aparecer las antiguas tinieblas.

ORACION

Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, concedas a los que somos inundados de la nueva luz de tu Verbo encarnado, la gracia de que resplandezca en nuestras obras lo que por la fe brilla en nuestras mentes. Por el mismo Señor. c o n m e m o r a c i ó n de s a n t a a n a s t a s ia Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, hagas que, los que celebramos la solemnidad de tu bienaventurada mártir Anastasia, sintamos su protección delante da ti. Por el Señor.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a Tito (III, 4-7.)

Carísimo: Ha aparecido la benignidad y la humanidad de Dios, nuestro Salvador; nos ha salvado, no por las obras justas que hemos hecho nosotros, sino por su misericordia, mediante el baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó en nosotros con abundancia por Jesucristo, nuestro Salvador: para que, justificados con su gracia, seamos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna: en Nuestro Señor Jesucristo.

El Sol que ha salido para nosotros es un Dios Salvador, lleno de misericordia. Vivíamos lejos de él, en las sombras de la muerte; ha sido necesario que los rayos divinos bajasen hasta el fondo del abismo en que el pecado nos había sumergido; y he aquí que salimos regenerados, santificados, hechos herederos de la vida eterna. ¿Quién nos separará ya del amor de este Niño? ¿Seríamos capaces de hacer inútiles los prodigios de un amor tan generoso, y volver a declararnos esclavos de las sombras de la muerte? Quedémonos más bien con la esperanza de la vida eterna, en la que ya nos han puesto estos sublimes misterios.

GRADUAL

Bendito el que viene en nombre del Señor: el Señor es Dios, y nos ha iluminado. — V. Esto ha sido hecho por el Señor: y es maravilloso a nuestros ojos.

ALELUYA

Aleluya, aleluya- — J. El Señor reinó, se vistió de belleza: el Señor se vistió de fortaleza, y se ciñó de poder. Aleluya.

EVANGELIO

Continuación del santo Evangelio según San Lucas. (II, 15-20.)

En aquel tiempo los pastores decían entre si: Vayamos hasta Belén, y veamos eso que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y se fueron presurosos: y encontraron a María y a José, y al Niño acostado en un pesebre. Y al verle, conocieron ser verdad lo que se les había dicho acerca de aquel Niño. Y todos los que lo oyeron, se maravillaron: y de lo que los pastores les decían. Y María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, según se les había dicho.

Imitemos la diligencia, de los pastores en Ir en busca del recién nacido. Apenas han oído las palabras del Angel cuando inmediatamente se ponen en marcha hacia el establo. Llegados a presencia del Niño, sus corazones ya preparados de antemano, le reconocen; y Jesús nace en ellos por su gracia. Están contentos de ser pequeños y pobres como El; en adelante se consideran unidos a El, y su conducta entera va a dar testimonio del cambio operado en su vida. Efectivamente, no se callan, sino que hablan del Niño y se hacen Apóstoles suyos; su palabra cautiva a los que los oyen.

Ensalcemos con ellos al Dios grande que, no satisfecho con llamarnos a su admirable luz, ha colocado la hoguera en nuestro propio corazón instalándose en él. Guardemos en nosotros con cariño el recuerdo de los misterios de esta inefable noche, imitando el ejemplo de María que medita continuamente en su sacratísimo Corazón los sencillos y sublimes sucesos que por ella y en ella se han realizado.

Durante la ofrenda de los sagrados dones, la Iglesia pone de relieve el poderío del Emmanuel que, para restaurar al mundo caído, se ha humillado hasta el extremo de no tener por cortesanos más que a unos humildes pastores, a pesar de que se asienta sobre un trono de gloria y de divinidad, antes de que existiera el tiempo y por toda la eternidad.

OFERTORIO

El Señor afirmó el orbe de la tierra, que no se conmoverá: tu asiento, oh Dios, está preparado desde entonces; tú existes desde siempre.

SECRETA

Suplicárnoste, Señor, hagas que nuestros dones sean apropiados a los misterios de la Natividad de hoy, y nos infundan siempre la paz: para que, así como resplandeció como Dios el mismo que hoy se hizo hombre, así también este alimento terreno nos confiera lo que es divino. Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor.

CONMEMORACIÓN DE SANTA ANASTASIA

Suplicárnoste, Señor, aceptes propicio estos dones ofrecidos; y por intercesión de los méritos de tu bienaventurada mártir Anastasia, haz que aprovechen a nuestra salud. Por el Señor.

Después de la comunión del Sacerdote y del pueblo, la Santa Iglesia, iluminada por la suave luz de su Esposo al que acaba de unirse, se aplica a si misma las palabras del Profeta Zacarías, que anuncia la venida del Rey Salvador:

COMUNION

Alégrate, hija de Sión, canta, hija de Jerusalén: he aquí que viene tu santo Rey, el Salvador del mundo.

POSCOMUNION

Haz, Señor, que la natalicia novedad de este Sacramento nos renueve siempre, en virtud de Aquel cuya única Natividad destruyó la humana vejez. Por el mismo Señor.

CONMEMORACIÓN DE SANTA ANASTASIA

Has saciado, Señor, a tu familia con dones sagrados: suplicárnoste nos protejas siempre con la Intercesión de aquella cuya fiesta celebramos hoy. Por el Señor.

Terminado el segundo Sacrificio y celebrado ya el Nacimiento de gracia por medio de la nueva ofrenda de la víctima inmortal, los fieles se retiran de la Iglesia y se van a descansar hasta que se celebre el tercer Sacrificio.

LA VIRGEN MADRE. — En el establo de Belén María y José velan junto al pesebre. La Virgen Madre toma con todo respeto al recién nacido en sus brazos y le ofrece el pecho. Como un simple mortal, el Hijo del Eterno acerca sus labios a aquella fuente de vida. San Efrén trata de introducirnos en los sentimientos que embargan en ese momento el corazón de María y nos traduce así su pensamiento: "¿Cómo he merecido yo dar a luz al que siendo simplicísimo se encuentra en todas partes, al que tengo pequeñito entre mis brazos siendo tan poderoso, al que está aquí todo entero, estando también en todo el mundo? El día en que Gabriel se dignó bajar hasta mi pobreza, de criada que era, me volví princesa. De pronto, Tú el Hijo del Rey hiciste de mí la Hija del Rey eterno. De humilde esclava de tu divinidad, llegué a ser madre de tu humanidad, ¡oh Señor e Hijo mío! Te has dignado escoger a esta pobre doncella entre toda la descendencia de David y la has sublimado hasta las alturas del cielo donde reinas. ¡Oh espectáculo! Un niño más antiguo que el mundo, su mirada busca el cielo; sus labios están cerrados; mas en su silencio se entretiene con Dios. Esa vista tan serena, ¿no delata al que con su Providencia gobierna al mundo? Y, ¿cómo me atrevo yo a darle mi leche al que es la fuente de todo ser? ¿Cómo daré yo alimento a quien sustenta al mundo entero? ¿Cómo podré envolver en pañales al que está rodeado de luz?" [3

SAN JOSÉ. — El mismo santo Doctor del siglo iv nos muestra a San José cumpliendo sus sagrados deberes de padre para con el divino Infante. Abraza, dice, al recién nacido, le acaricia, y sabe que ese Niño es Dios. Extasiado exclama: "¿De dónde a mí este honor de que me sea dado por hijo el Hijo del Altísimo? ¡Oh Niño!, es verdad que tuve dudas sobre tu madre: pensé incluso en alejarme de ella. La ignorancia del misterio era para mí una tentación. Y no obstante eso, en tu madre estaba ya el tesoro escondido que debía hacer de mí el más afortunado de los hombres. Mi abuelo David ciñó la corona real; yo no era ya más que un humilde artesano; pero ahora ha vuelto a mí la corona que había perdido, ahora que Tú, Señor de los reyes, te dignas descansar en mi seno" [4].

En medio de estos sublimes coloquios, la luz del recién nacido continúa alumbrando la gruta y sus alrededores; pero, al marchar los pastores y cesar el canto de los Angeles, ha vuelto a reinar el silencio en este misterioso refugio. Al descansar en nuestros lechos, pensemos en este divino Infante y en esa primera noche que pasa en su humilde cuna. Para conformarse en todo con las necesidades de la naturaleza que ha adoptado, cierra sus tiernas pupilas y el sueño voluntario viene a adormecer sus sentidos; mas en medio de ese sueño, su corazón vela y se ofrece constantemente por nosotros. A veces sonríe también a María, que tiene sus ojos fijos en El con inefable amor; ruega a su Padre, implora el perdón para los hombres; con sus actos de humildad expía su soberbia; y se nos muestra como un modelo de infancia que debemos imitar. Pidámosle que nos haga participantes de las gracias de su divino sueño para que, después de haber descansado en paz, nos despertemos en su gracia y podamos continuar generosamente el camino que nos queda por andar.

MISA DEL DIA [5]

El misterio que honra la Iglesia en esta Misa tercera es el Nacimiento eterno del Hijo de Dios en el seno del Padre. Ha celebrado ya a media noche al Hijo del Hombre saliendo del seno de la Virgen en el establo; al divino Niño naciendo en el corazón de los pastores al apuntar la aurora; en este momento va a asistir a un nacimiento más prodigioso aún, si cabe, que los dos anteriores, un nacimiento cuya luz deslumhra las miradas angélicas, y que es por sí mismo el testimonio eterno de la sublime fecundidad de nuestro Dios. El Hijo de María es también el Hijo de Dios; es obligación nuestra proclamar hoy la gloria de esta inefable generación, que le hace consubstancial a su Padre, Dios de Dios, Luz de la Luz. Elevemos nuestra vista hasta ese Verbo eterno que estaba al principio con Dios y sin el que Dios no estuvo nunca; porque es la forma de su sustancia y el esplendor de su verdad eterna.

La Santa Iglesia comienza los cantos del tercer Sacrificio con un aclamación al Rey recién nacido. Ensalza el poderío real que como Dios posee antes de que el tiempo exista, y que recibirá como hombre el dia en que cargue con la Cruz sobre sus espaldas. Es el Angel del gran Consejo, o sea, el enviado por el cielo para llevar a cabo el plan sublime ideado por la Santísima Trinidad para salvar al hombre por medio de la Encarnación y de la Redención. En ese Altísimo Consejo tuvo su parte el Verbo; su celo por la gloria de su Padre, junto con su amor a los hombres, hacen que tome ahora esta tarea sobre sus hombros.

INTROITO

Un Niño nos ha nacido, y nos ha sido dado un Hijo: cuyo imperio descansa en su hombro: y se llamará su nombre: Angel del gran Consejo. Salmo: Cantad al Señor un cántico nuevo: porque ha hecho maravillas. — 7. Gloria al Padre.

En la Colecta la Iglesia pide que el nuevo Nacimiento que acaba de realizar el Hijo de Dios en el tiempo, no carezca de efecto, sino que obtenga nuestra libertad.Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, hagas que la nueva Natividad según la carne de tu Unigénito, nos libre a los que la vieja servidumbre retiene bajo el yugo del pecado. Por el mismo Señor.

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Hebreos (I, 1-12.)

Habiendo hablado Dios en otro tiempo muchas veces y de muchos modos a los Padres por los Profetas: en estos últimos dias nos ha hablado por el Hijo, al cual constituyó heredero de todo, y por el cual hizo también los siglos: el cual, siendo el resplandor de su gloria y el retrato de su substancia, y sustentando todas las cosas con la palabra de su poder, obrada la expiación de los pecados, está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas: hecho tanto más excelente que los Angeles, cuanto más alto es el nombre que heredó. Porque ¿a cuál de los Angeles dijo jamás: Tú eres mi Hiio, yo te he engendrado hoy? Y otra vez: ¿Yo seré para él Padre, y él será para mi Hij'o? Y de nuevo, cuando introduce al Primogénito en la tierra, dice: Y adórenle todos los Angeles de Dios. Y, ciertamente, de los Angeles dice: El que hace a sus Angeles espíritus, y a sus ministros llama de fuego. Mas al hijo le dice: Tu trono, oh Dios, por los siglos de los siglos: el cetro de tu reino es cetro de equidad. Amaste la justicia y odiaste la iniquidad: Por eso te ungió Dios, tu Dios, con óleo de alegría más que a tus compañeros. Y: Tú, Señor, fundaste en él principio la tierra: y obra de tus manos son los cielos. Estos perecerán, mas tu permanecerás; y todos envejecerán como un vestido: y los mudarás como una vestimenta, y serán mudados: tú, en cambio, siempre eres el mismo, y tus años no acabarán.

El gran Apóstol, en este magnífico encabezamiento de su Epístola a sus antiguos hermanos de la Sinagoga, pone de relieve el Nacimiento eterno del Emmanuel. Mientras que nuestros ojos se posan con ternura en el dulce Niño del pesebre, él nos invita a elevarlos hasta aquella Luz soberana, en cuyo seno el mismo Verbo que se digna habitar en el establo de Belén, oye al Padre eterno que le dice: Tú eres mi Hijo, hoy te he engendrado; este hoy es el día de la eternidad, día sin mañana ni tarde, sin amanecer y sin ocaso. Si bien es cierto que la naturaleza humana, que se digna tomar en el tiempo le coloca debajo de los Angeles, el título y la cualidad de Hijo de Dios que le pertenece por esencia, le elevan infinitamente por encima de ellos. Es Dios, es el Señor, y los cambios no le afectan. Envuelto en pañales, clavado en la cruz, muriendo de dolor en su humanidad, permanece impasible e inmortal en su divinidad; para eso goza de un Nacimiento eterno...

GRADUAL

Todos los confines de la tierra vieron la salud de nuestro Dios; tierra toda, canta jubilosa a Dios. — V. El Señor manifestó su salud; reveló su justicia ante la faz de las gentes.

ALELUYA

Aleluya, aleluya. — y. Nos ha iluminado un día santo: venid, gentes, y adorad al Señor: porque hoy ha descendido una gran luz sobre la tierra. Aleluya.

EVANGELIO

Comienzo del Santo Evangelio según San Juan. (I, 1-14.)

En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. El estaba al principio en Dios. Todo fué hecho por El; y sin El no ha sido hecho nada de lo que ha sido hecho: en El estaba la vida y la vida era la luz de los hombres: y la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no se percataron de ella. Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan. Este vino para ser testigo, para dar testimonio de la luz a fln de que todos creyeran por él. No era él la luz, sino (que vino) para dar testimonio de la luz. Era la luz verdadera, la que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. El estaba en el mundo, y el mundo fué creado por El, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Mas, a los que le recibieron, les dió el poder de hacerse hijos de Dios. Esto (concede también) a los que creen en su nombre, a los que no han nacido de la sangre, ni del deseo de la carne, ni de la voluntad de un varón, sino que han nacido de Dios. (Aquí se arrodilla.) Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

¡Oh Hijo eterno de Dios!, al lado del pesebre donde en el dia de hoy te dignas aparecer por amor nuestro, confesamos nosotros con la más humilde reverencia, tu eternidad, tu omnipotencia, tu divinidad. Existías ya en el principio; y estabas en Dios y eras Dios. Todo ha sido hecho por ti y nosotros somos obra de tus manos. ¡Oh Luz infinita! i Oh Sol de justicia! Nosotros no somos más que tinieblas; ilumínanos. Durante mucho tiempo hemos amado las tinieblas y no te hemos comprendido; perdona nuestros errores. Durante mucho tiempo has estado llamando a la puerta de nuestro corazón y no te hemos abierto. Hoy al menos, gracias a los admirables recursos de tu amor, te hemos recibido; porque, ¿quién sería capaz de no recibirte, oh divino Niño, tan dulce y tan rebosante de ternura? Quédate, pues, con nosotros; lleva a feliz término este nuevo Nacimiento que has efectuado en nosotros. No queremos ser ya de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios, por Ti y en Ti. Te has hecho carne, oh Verbo eterno, para que nosotros nos divinicemos. Sostén nuestra débil naturaleza, que desfallece ante una dignidad tan grande. Tú naces del Padre, naces de María, naces en nuestros corazones: ¡Gloria tres veces a Ti, por este triple nacimiento, oh Hijo de Dios, tan misericordioso en tu divinidad, tan divino en tus humillaciones!

En el Ofertorio, la Santa Iglesia recuerda al Emmanuel que el universo es obra suya, pues El ha creado todas las cosas. Son ofrecidos los dones entre nubes de incienso. El pensamiento de la Iglesia está siempre puesto en el Niño del pesebre; y sus cantos vuelven a insistir en el poder y grandeza de Dios encarnado.

OFERTORIO

Tuyos son los cielos, y tuya es la tierra: tú fundaste el orbe de las tierras y su redondez; justicia y juicio son la base de tu trono.

SECRETA

Santifica, Señor, con la nueva Natividad de tu Unigénito, estos dones ofrecidos: y límpianos a nosotros de nuestros pecados. Por el mismo Señor. Durante la Comunión, el Coro celebra la dicha de la tierra, que ha visto hoy a su Salvador gracias a la misericordia del Verbo, hecho visible en carne, sin perder nada del brillo de su gloria. A continuación, la Iglesia, por boca del Sacerdote, pide para sus hijos alimentados con la carne del Cordero inmaculado, la participación en la inmortalidad de Cristo, el cual se ha dignado darles en este día las primicias de una vida completamente divina al tomar en Belén una existencia humana.

COMUNION

Todos los confines de la tierra vieron la salud de nuestro Dios.

POSCOMUNION

Suplicárnoste, oh Dios omnipotente, hagas que, así como el Salvador del mundo nacido hoy, es el autor de nuestra generación divina, así sea también el que nos dé la inmortalidad. El cual vive y reina contigo.

Ha terminado el gran día y se acerca la noche para descansar con un sueño reparador, de las fatigas pasadas en la vigilia de la gloriosa Natividad. Antes de irnos a acostar, dediquemos un piadoso recuerdo a los santos Mártires de quienes la Santa Iglesia ha hecho memoria en el día de hoy en su Martirologio. Diocleciano y sus colegas en el imperio acababan de publicar el célebre edicto de persecución que declaraba a la Iglesia la guerra más sangrienta que jamás padeció. El edicto, clavado en las plazas de Nicomedia, residencia del Emperador, había sido rasgado por un cristiano, que pagó con un glorioso martirio aquel acto de santa audacia. Dispuestos a la lucha, los ñeles se atrevieron a desafiar el poder imperial y continuaron frecuentando su iglesia condenada a ser demolida. Llegó el día de Navidad. En número de varios miles se reunieron en el santo templo para celebrar por última vez el Nacimiento del Redentor. Al saberlo Diocleciano, envió uno de sus oficiales con la orden de cerrar las puertas de la Iglesia y prender fuego por los cuatro costados del edificio. Tomadas estas medidas, por las ventanas de la basílica se dejaron oír sonidos de trompeta, y los fieles escucharon la voz de un pregón que, de parte del Emperador, brindaba la salida a quienes quisieran salvar la vida, con la condición de que ofreciesen incienso a Júpiter en un altar que a este fin se había levantado a la puerta de la iglesia; de lo contrario, serían presa de las llamas. En nombre de la piadosa reunión respondió un cristiano: "Somos todos cristianos; adoramos a Cristo como a Dios único y único Rey; y estamos dispuestos a sacrificarle hoy nuestras vidas." Al oír esta respuesta, los soldados recibieron orden de encender el fuego; en un momento la iglesia se convirtió en una horrible hoguera cuyas llamas subían hacia el cielo, enviando en holocausto al Hijo de Dios, que en este día se dignó dar principio a su existencia humana, la ofrenda generosa de aquellos miles de vidas que daban testimonio de su venida a este mundo. De este modo fué honrado en Nicomedia, en el año 303, el Emmanuel bajado de los cielos para morar entre los hombres. Unamos con la Santa Iglesia el homenaje de nuestros votos al de estos heroicos cristianos cuya memoria se conservará hasta el fln de los siglos, gracias a la santa Liturgia.

Traslademos una vez más nuestro pensamiento y nuestro corazón al feliz establo donde María y José hacen compañía al divino Niño. Volvamos a adorar al recién nacido y pidámosle su bendición. San Buenaventura, en sus Meditaciones sobre la vida de Jesucristo, expresa con una ternura digna de su seráfica alma los sentimientos de que debe estar poseído el cristiano ante la cuna del Niño Jesús: "Tú también, que tanto lo has diferido, dobla la rodilla, adora al Señor tu Dios; venera a su Madre y saluda con reverencia al santo viejo José; luego besa los pies del Niño Jesús, que yace en su cunita, y ruega a Nuestra Señora que te lo entregue y te permita cogerle. Tómale en tus brazos, guárdale y contempla bien su amable rostro; bésale con respeto y deléitate en él con confianza. Puedes hacer todo eso, porque ha venido precisamente para salvar a los pecadores, ha hablado con mansedumbre y por fin se ha dado a ellos en alimento. Por eso en su dulzura se dejará tocar pacientemente cuanto tú quieras, y no lo atribuirá a presunción sino a cariño."

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SANTORAL DE DICIEMBRE

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[1] Los sacramentarlos gelaslano y gregoriano mencionan las tres misas de Navidad. Pero al principio del siglo V, no habla más que una sola misa, la del día, que se celebraba en S. Pedro. La Institución de la misa de media noche data desde fines del siglo V.
[2] Fue en el siglo v cuando se Introdujo una Misa que tenía por objeto celebrar el dies natalis de Santa Anastasia, virgen y mártir, de Sirmium, cuyo cuerpo habia sido trasladado a Constantinopla bajo el patriarca Genadio, (458-471) y depositado en la iglesia llamada Anástasis. La semejanza del nombre hizo que en Roma se escogiera para la celebración de esta Misa el titulus Anastasiae, llamada asi por el nombre de la fundadora de esta iglesia, que era la iglesia parroquial de la Corte.
A fines del siglo v o principios del vi, Santa Anastasia ocupó un lugar en el Canon de la Misa. Al mismo tiempo se formó la leyenda de una Santa Anastasia romana, que fué a padecer martirio a Sirmium. Cuando la fiesta de Navidad recibió una mayor solemnidad, disminuyó la devoción a la Santa; en vez de una misa en su honor no se hacía más que una memoria de la mártir, y la misa fué dedicada a honrar
[3] In Natalem Domini, V, 14.
[4] Ibid., I. 3.
[5] Los documentos antiguos ponen como lugar de la Estatación la Basílica de San Pedro, pero desde el siglo xii se eligió a Santa María la Mayor "por la brevedad del día y luz y las dificultades del camino", dice el Ordo. Romanus.