CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

EN LA ANUNCIACIÓN DE LA
BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA
Santo Tomás de Villanueva


SERMON I
Envió Dios al ángel Gabriel a Nazaret, ciudad de Galilea
(Lc. 1. 26)

EN LA ANUNCIACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

I. Deseando celebrar con todo el afecto, según mis cortos alcances, a Ja Virgen Madre de Dios, tan admirable y resplandeciente en todo género de virtudes, no he podido encontrar en las Sagrada Letras un elogio digno que nos exprese cabalmente la gloria de su excelencia. Pues aunque muchísimos pasajes de los profetas se le apropien místicamente y la simbolicen muchos hechos, en los cuales podemos ver su grandeza, rara es la alusión y más rara aún la alabanza que se le atribuye en los escritos apostólicos o evangélicos. Aunque, a decir verdad, no se ha pasado tan en silencio que no resplandezcan los rayos de los fulgores de sus virtudes como a través de los resquicios de ciertas expresiones. Pero, ¿dónde podremos presagiar mejor su gloria, sus virtudes, la prendas de su espíritu, que en su admirable coloquio con el ángel ? En él, a más de llamarla justamente llena de gracia y la primera entre todas las mujeres, brota de sus gestos y de sus palabras una profusa abundancia de elogios suyos. Cierto que nadie duda que tal y tan grande convenía fuera la que había de ser Madre de Dios, que ninguna otra mujer desde el principio del mundo pudiera comparársele; pero siempre nos satisface más saber esto de labios del mismo Dios que bucearlo con nuestro talento.

Recorramos, por consiguiente, cada uno de los detalles de la narración evangélica y aparecerá más claro que la luz lo que afirmamos. Envió Dios, dice, al ángel Gabriel a una virgen, ¿Cuál ha de ser la virgen a quien el Altísimo destina un ángel, cuán pura, cuán noble, cuán hermosa, que lleg a agradar tanto a su Creador? En las ficciones de los Padres encontramos a una cierta Pandora1 que por su admirarble belleza llegó a deslumbrar a sus mismos autores; esta nuestra Pandora más que deslumbrar inflamó en amor a su Dios: le agradó con la virginidad, le agradó con la pureza, le agradó con la humildad; en resumen, con toda suerte de virtudes.

2. Y habiendo entrado el ángel a donde ella estaba. Pues no estaba en el vestíbulo, ni en el foro, ni en público ; no la encontró el ángel entre las multitudes de las fiestas ni en las alegrías de los juegos, sino recluida en el cuarto más retirado de la casa, entregada a piadosas lecturas, escudriñando los secretos de la Escritura y elevando con ardor a Dios sus plegarias. Esta era la ocupación de María, ésta era su vida, éste su descanso, éste su ministerio; en esto se empleaba toda su vida, en esto consumía los días y las noches. Aprended, doncellas, no a visitear las casas de las vecinas, no a entreteneros en públicas conversaciones, ni a corretear por las calles, ni a frecuentar las reuniones, sino a amar el retiro, a entregaros a la lectura, a amar la soledad, a aborrecer el bullicio; porque en las juergas, en los juegos, bailes y pasatiempos se pone en peligro la pureza de la moralidad, se enerva la energía del espíritu y se rinde la constancia del ánimo. Por eso, habiendo entrado el ángel a donde ella estaba, pues podía cerrar las puertas a los hombres, pero no a los ángeles. Y así, habiendo entrado el ángel, porque no estaba la puerta abierta al varón; pues es corriente la presencia de los ángeles donde reina la soledad de los hombres: la mujer que huye la compañía de los hombres tendrá como compañeros a los angeles. Habiendo entrado con alegría, la saludó con reverencia diciendo: Dios te salve, ¡oh llena de gracia!; el Señor es contigo. Llena de gracia, como lo serás también por la Deidad, protegida a modo de sombra por su poder; llena de gracia, de cuya plenitud reciben todos, de cuya abundancia rebosará el mundo; y verdaderamente llena, pues que en tu espíritu no ha quedado lugar alguno al pecado, ni tuvo acceso la iniquidad. El Señor es contigo. Pero, ¿cómo contigo? Ciertamente, no como conmigo, sino como en parte alguna. Contigo en el cuerpo, contigo en la mente, contigo en el ánimo, contigo en la reflexión, en el seno, en la protección, en el nacimiento, en la salida ; contigo en el fin y contigo sin fin.

3. Al oír tales palabras la Virgen se turbó. Y sin embargo, experimentó gran turbación a la primera vista del augel y su rostro empalideció de temor. ¡Esto es recato, esto es timidez ! Nada hay más pavoroso y temeroso para las castas doncellas, puesto que conocen cuán frágil es el vaso en que llevan tan precioso tesoro 2. María se enrojeció a la vista del ángel, a fin de que vosotras, ¡oh doncellas!, evitéis el trato con los varones. No puedo aprobar la charlatanería en las doncellas, ni la cortesanía, ni el donaire; se hace necesario la vergüenza, el silencio, la timidez y la confusión ante la vista o la palabra del varón.

¿Qué podemos decir ahora de las doncellas de nuestro tiempo? Tienen por costumbre aventajar en la desvergüenza de sus dichos a los más chocarreros y descarados rufianes. Buscan su pasatiempo en los cuentos, se dedican a aprender la coquetería de las palabras, conversan día y noche con los hombres; se considera como rústica a la que se muestra vergonzosa y como indigna del matrimonio a la que con el descoco de su comportamiento no ha traicionado su castidad, llevándola materialmente al tálamo nupcial, aunque con la desvergüenza de su espíritu la haya prostituido muchas veces.

4. Habéis escuchado el recató de María, escuchad su prudencia. Púsose a considerar qué significaría una tal salutación 2. Como llena de prudencia, discreción y sabiduría, le daba vueltas en su espíritu, no fuera juguete de una ilusión; ponderaba con riguroso examen las palabras del ángel, a fin de no creer fácilmente y ser burlada, o mostrarse titubeante y ser culpada. No creyó María al ángel que le hablaba en retorno a la facilidad con que creyó Eva a la serpiente. ¡Oh Señor nuestro, cómo aventaja una mujer a la otra! Pues de no haber sido por la necedad del espíritu, bien podía la sola figura de la serpiente haberle advertido a Eva del engaño que pretendía: ¿se podía esperar de la serpiente otra cosa que el veneno? No se le permitió al demonio tomar el aspecto de un cordero o de una oveja, ni brillar con la faz resplandeciente de un ángel, a fin de disminuirle el poder de engañar y quitar la disculpa de la credulidad. Había tomado el diablo una forma muy apropiada, que presentaba al exterior indicios ciertos de su interna malicia. Y así, al no descubrir la fácil mujer las venenosas palabras de la serpierte y dar crédito tan pronto a sus engaños, se atrajo rápidamente la condenación a sí misma y a su posteridad. No hubiera sido tan difícil descubrir el engaño si hubiera parado mientes en la trivial y aun profana conversación, pues que le dijo: (Por qué motivo os ha mandado Dios? Y ¿ por qué no ha de mandar Dios, ¡oh miserable!, siendo el Señor de todo? ¿Por qué, ¡oh maldito!, no ha de mostrar su señorío en el precepto el Dios que todo lo creó con su palabra? ¿Hay algo más insolente y desvergonzado que exigir la razón de un precepto que ha impuesto el Señor y Creador de todas las cosas y pedir }a causa de la orden impuesta?

No había insinuado algo semejante el ángel a la Virgen, sino que, con el saludo de la gracia por delante, bien claro daba a entender estar Dios presente. Y, sin embargo, la Virgen, prudentísima, no presta fácilmente su asentimiento a tan graciosa presencia, a tan piadoso saludo ; sino dice que púsose a considerar qué significaría una tal salutación. Prestad atención, ¡oh vírgenes!, vosotras, sobre todo, que cubrís vuestra cabeza con el velo sagrado, que habéis consagrado a Dios vuestro corazón y vuestra vida. Por eso vosotras, encerradas entre altas paredes, sin peligro de temer por el pudor del cuerpo ante los hombres, habéis, sin embargo, de temer al demonio, mirar por la pureza de vuestro espíritu ; pues a vosotras va dirigido lo del Apóstol: Temo que así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así os seduzca a vosotras, no en cuanto a la integridad del cuerpo, sino en cuanto a aquella sencillez propia de Cristo. Cuidad de que el ángel de Satanás no se transfigure en ángel de luz y os burle.

Por consiguiente, cuando se os presente un espíritu desconocido y os revele sublimes misterios, no le deis fácilmente consentimiento, ni siquiera respondáis precipitadamente ; dominaos, callad, reflexionad con calma, a ejemplo de María, qué clase de conversación insinúa, qué aspecto tiene el que habla, de qué manera lo hace, qué decoro en la palabra, cuál es la utilidad del oráculo, adúnde se dirige la expresión, qué impresión causa dentro, qué pretende en el exterior, qué intención tiene, por qué se ha de ocultar, qué ventaja nos proporciona su revelación, qué motivo os impulsa a hablar, cuál es la ocasión de insinuarse, qué necesidad hay de revelar, qué utilidad en aparecer.

Considerad con detenimiento por qué causa se os descubren esos misterios; si están en consonancia con la Sagrada Escritura, si el oráculo está en armonía con las costumbres recibidas, si lo que se os indica corresponde a vuestro estado. Observad si ha precedido cierta presunción del espíritu, si os ha invadido el apetito de esta clase de visiones, si las habéis solicitado o buscado, o las habéis simulado temerariamente alguna vez y por eso habéis merecido ser burladas de esta guisa.

Finalmente, rogad a Dios, humillad vuestro espíritu, concitad a los maestros, buscad a los espirituales, suspended el asentimiento -de la voluntad hasta que se descubra la verdad y la estrella de la mañana nazca en vuestros corazones. Obrad con cautela, con la inspiración angélica, no sea que pensando se infunde mediante ella Dios en vuestro espíritu, como en María, sea, por el contrario, el virus del pecado el que con el soplo de la serpiente se engendre en vuestro corazón y deis a luz en las obras el fruto de la amargura, como está escrito: Concibió el dolor y parió el pecado. Es cierto que no puede el hombre proporcionar un criterio decisivo para conocer este espíritu. Del Espíritu Santo más bien ha de venir la gracia, que llama el Apóstol discreción de espíritu \ y por eso con humildad y devoción debéis rogar al Espíritu que no permita seáis engañadas por el demonio.

Una diferencia sobre todo suelen notar acerca de estos dos espíritus los varones doctos: el ángel al principio causa temor y luego dulzura, y el diablo todo lo contrario. Y lo vemos también en esta aparición del ángel, pues a la vista del mismo se espantó la Virgen, y al marcharse él se quedo llena de dulce satisfacción. Por eso le dijo el angel: No temas, María: porque has hallado gracia en los ojos Dios; pues comprendió que con su presencia la había atemorizado y trata inmediatamente de apaciguarla con la blandura de sus palabras. También mas tarde las mujeres, sobresaltadas junto al sepulcro por la presencia del ángel, son consoladas por el mismo ángel, que les dice: No tenéis que asustaros .

5. Prosigamos lo que nos queda. Muchas cosas había dicho el ángel, con un gran circunloquio había expresado a satisfacción su embajada, y, sin embargo, aun no había pronunciado palabra la Virgen. Mirad su modestia, considerad su silencio. ¡Qué digna es la reserva en la mujer! ¿Qué ihay más atrayente en la Virgen que la moderación en el hablar? Ni corta al que habla ni se precipita en la respuesta, sino que dispuesta a escuchar y calmosa para hablar, escucha primero con paciencia para responder luego con sabiduría. Le dejó al ángel hablar ampliamente, tomándose ella breves momentos para responder, y no rompio el silencio hasta que se mencionó el pudor. Esta sola preocupación de María es la que tuvo poder para hacerla hablar. ¿Cómo ha de ser esto? Pues yo no conozco varón alguno. ¡Oh admirable solicitud del recato, oh inestimable aprecio de la castidad! Es saludada por el, ángel como Madre de Dios y se inquieta por su virginidad; va a tener a Dios por Hijo, y discute sobre su pudor, y no considera ese honor como compensación suficiente de su pureza: tal predilección era la que sentía por su pureza y santidad.

Y ¿de dónde procedía esta nueva y desacostumbrada piedad? ¿Quién te enseñó, ¡oh María!, que tan agradable era a Dios la pureza? ¿Quién te había enseñado a guardar la virginidad con tal empeño, que te niegas a dar consentimiento para ser Madre de Dios si no es conservándote virgen? Pues ni la Ley te había suministrado enseñanza alguna en este sentido, ni la antigüedad te había dejado ejemplo alguno Precisamente la Ley maldice a la mujer estéril, la antigüedad no aprueba sin restricciones la dignidad de la virginidad perpetua. La hija de Jepté obtiene de su padre tiempo para llorar su virginidad, y llora por largo tiempo, no la muerte que le espera, sino el morir soltera, sin descendencia, juzgando como más terrible que la misma muerte el no tener hijos. Finalmente, nada se consideraba en aquel pueblo más apetecible y dichoso que abundar en estas prendas, engendrar hijos, tener herederos, y así se dice: Tu esposa será como una parra fecunda en el recinto de tu casa: alrededor de tu mesa estarán tus hijos como pimpollos de olivos. Tales serán las bendiciones del hombre que teme al Señor. Por donde vemos cómo Dios había aconsejado a aquel pueblo más bien a multiplicar la descendencia que a conservar la virginidad. Por consiguiente, en dónde habías leído, dónde aprendido que tal estima hacía Dios de la virginidad, sino en el Verbo de Dios omnipotente, que antes que Hijo tuyo se dignó ser tu Maestro, y antes de tenerte por madre te hizo su discípula, y llenó tu espíritu antes que tu seno?

6. Por tanto, ¡oh regia Virgen!, tienes tú la primacía entre las vírgenes, eres tú la primera inspiradora y maestra de las vírgenes, el troquel de la virginidad, la autora y fundadora de la misma, la primera fundadora de esta sagrada religión. ¡Oh vírgenes, qué maestra tenéis! No ha sido el autor de esta guarda de la virginidad San Agustín, ni San Benito, ni San Francisco, ni Santo Domingo, ni ningún otro de los Santos Padres, sino que fué la sagrada Virgen, la Madre de Dios, la primera que descubrió este camino y se lo enseñó a los hijos de Adán. Ella, la primera en enseñar el celibato a los hombres, en enseñarles a llevar una vida angélica en carne humana, a emular la pureza de los espíritus celestes. Ella, la primera en consagrar a Dios su virginidad y en estimular a los demás con su ejemplo a hacer esto mismo, como está escrito: A tu diestra está la Reina con Vestido bordado de oro y engalanada con varios adornos. En el interior está la principal gloria de la Hija del Rey. Serán presentadas al Rey las vírgenes que han de formar el séquito de ella.

¡Oh Virgen pura, Virgen única, Virgen singular! Realmente singular y única, ante la cual no puede presentarse dignamente virgen alguna y en cuya comparación toda otra virginidad pudiera parecer corrupción, ya que a las demás vírgenes les basta mantener incorrupto su cuerpo y ser consideradas impolutas en cuanto a la carne. ¿Existe o ha existido acaso alguna otra virgen que no haya sentido el aguijón de la sensualidad, al menos en su pensamiento, o que no haya soportado las molestias de la carne? Bástale si ha vencido y no sucumbió a la tentación. María, en cambio, fué toda ella virgen, y virgen en todos los aspectos: virgen en la carne, virgen en el espíritu, virgen en la presencia, virgen de contacto, virgen de afecto, virgen en la palabra, en la obra, en el sentido; virgen perfectísima, virgen incorrupta: limpia de cuerpo, limpia de espíritu, limpia de pensamiento, limpia no sólo de la sensualidad, sino aun de la menor mancha de pecado o contagio de los vicios; virgen sagrada, pura e inmaculada; con el privilegio sobre las demás de hacer puros, como si dijera, a cuantos la miraban, pues tenía ella, usando las palabras del Profeta, la virginidad que engendra vírgenes. Cosa maravillosa y gracia admirable, siendo hermosísima sin rival y de rostro en extremo gracioso, no sólo no lastimaba los ojos de los que la contemplaban, sino que los hacía castos y santificaba con su graciosa honestidad.

Finalmente, para expresar en dos palabras lo que siento de esta Virgen, tan alejada se hallaba su mente y su carne de la mancha y aún del sentimiento de la libídine, que su cuerpo más bien que carnal hemos de considerarlo como argénteo o cristalino. Tal es la pureza de María, tal su virginidad, tal es la Virgen que celebramos ; por eso agradó tanto al Altísimo, por eso fué amada sobre todos, por eso fué elegida para Madre de Dios. Y no se vaya a creer que era inferior en las demás virtudes, sino que, como luna llena, lanzaba rayos de virtud de todo su ser, iluminaba con sus fulgores a toda la Iglesia.

7. Con relación a su fe, cuanto podamos decir y ponderar ha de quedar muy por debajo de lo que merece, ya que le causó estupefacción al mismo ángel. En efecto, no eran verdades comunes y ordinarias, sino totalmente nuevas las que creyó María con sola la palabra del ángel; cosas o verdades que sobrepasan toda facultad, que exceden toda inteligencia: que Dios se hacía mortal, que un hombre Dios había de nacer de mujer, que siendo virgen había de concebir sin concurso de varón, que había de dar a luz a Dios y permanecer a la vez virgen. ¿Pueden estas maravillas creerse con el testimonio de una sola palabra? Desde nuestra infancia hemos conocido y aprendido nosotros los misterios, y después de tantos milagros y testimonios, cuando los consideramos con reflexión, siempre nos parecen nuevos y nos sentimos sobrecogidos y temblamos ante su magnitud. ¿Qué hubiera ocurrido en la Virgen, si no la hubuiera Dios prevenido con su gracia y con su luz, cuando sin antecedente humano el ángel anunció por vez primera estos misterios? Ya se lo había dicho el ángel: El Señor es contigo. Si no hubiera estado Dios con ella, ¿cómo hubiera sido capaz, con la sola palabra del ángel, de entender, penetrar y creer tan soberanos misterios? ¡Oh fe admirable y confianza estupenda! Siendo misterios tan importantes los que se comunican, ni solicita un ejemplo, ni «busca un milagro, ni exige demostración, ni pide un testimonio, ni discute la posibilidad de lo que se le anuncia. Creyó con tal facilidad, que el mismo ángel quedó maravillado. Ni fué necesario para la fe de la Virgen el mismo testimonio sobre Isabel que había aducido para fundamentársela, aunque distaba tanto del misterio que se le anunciaba, pues que no se ha podido encontrar uno semejante desde el principio del mundo; tan sometido tenía el entendimiento al beneplácito divino, tan subordinado lo tenía todo a su voluntad, y tan convencida de que nada había imposible para Dios.

Comparemos ahora con la de nuestra Virgen la fe de los santos patriarcas, que con tal entusiasmo ensalza San Pablo (Hebr. 11) en aquel catálogo de la fe, y veremos que en relación con aquélla la de éstos es como la estrella comparada con el sol, la lenteja con el monte, la gota con el océano. Admira el Apóstol de una manera especial la fe de Abraham, y con justa razón ; pues no fué infecunda, sino abundante en obras de obediencia, por lo cual mediante ella alcanzó la justificación y mereció de antemano conseguir las promesas, como está escrito: Creyó Abraham a Dios y reputosele por justicia. Pero, ¿no palidece esta fe si se la compara con la fe de la Virgen? ¿De dónde le vino la justificación por la fe a Abraham, de dónde le vino el ser levantado a ser amigo de Dios, de dónde le vino? Porque, dice, habiendo esperado contra toda esperanza, él creyó que vendría a ser padre de muchas naciones, según se le había dicho: Innumerable será tu descendencia. Y no desfalleció en la fe ni atendió a su propio cuerpo ya desvirtuado, siendo ya de casi cien años, ni a que estaba extinguida en Sara la virtud de concebir. No dudó él ni tuvo la menor desconfianza de la promesa de Dios, antes se fortaleció en la fe, dando a Dios la gloria. Plenamente persuadido de que todo cuanto Dios tiene prometido, es poderoso también para cumplíirlo Por eso le fué reputado por justicia (Rom. 4,18-22.) . ¡Con qué fuerza y elegancia se nos ha ensalzado la fe de Abraham! Pero, ¿dónde queda esta fe ante la de la Virgen? Abraham creyó que una anciana estéril había de dar a luz; la Virgen creyó esto mismo de una virgen ; Abraham creyó que por obra de un varón anciano; la Virgen, sin concurso de varón; en Abraham se trataba de un puro hombre; en la Virgen, de un hombre Dios; en Abraham. de un modo natural y corriente; en la Virgen, fuera del modo corriente de la naturaleza; Abraham creyó que Dios podía incluso resucitar a un muerto para cumplir la promesa; María, que podía Dios nacer y morirla a fin de que todas las promesas tuvieran en El su cumplimiento. Vemos, pues, la diferencia de una fe a la otra, la ventaja que una fe saca a otra fe. Esta es la gran y excelsa mujer que el Altísimo eligió para madre suya y para ejemplo de todos los siglos.

8. Siendo tan excelsa y tan grande, ¿se encontró en ella alguna vez ni siquiera el más ligero vestigio de sober- bia? Precisamente, cuanto mas elevada sobre las demás por la gloria de su dignidad, tanto más baja se juzgó a sí misma. ¡Asombrosa «humildad unida a virtud tan soberana! Que el pecador oprimido con el fardo de sus culpas las reconozca y se humille, no «hace ningún exceso; más que «humillarse es reconoce^ la verdad ; pero que exista la humildad con tal prerrogativa, es, ni más ni menos, gracia sobre gracia una gala sobre otra gala. Por eso en los Cantares: /Qué hermosa eres, amiga mía! ¡Cuán bella eres! Belleza duplicada, la humildad en la pureza, la pureza con la humildad. Nadie se admirará de que aun los más santos varones y las mujeres más ilustres hayan sido humildes delante de Dios, ya que por rectos y santos que fueran siempre tenían algo de que humillarse. ¿Qué santo, en efecto, podemos encontrar completamente libre de la mancha del pecado? ¿Quién no ha caído alguna vez? ¿Quién no encontró en sí alguna vez materia de dolor, de llanto, de humillación, que le sirviera de disgusto ante sí mismo o ante los demás? Puesto que quien pesó las aguas con medida, de tal modo equilibró sus virtudes y sus flaquezas, que cuanto pueden ensalzarlos las unas, tanto los humillen las otras, cor esto, aun al Apóstol de las Gentes, para que la grandeza de las revelaciones no le desvanezca, se le dió el estímulo de la carne, para que le abofetee y le «humille; y Por eso se gloría de sus flaquezas, juzgándose y llamándose a sí mismo el más insignificante de los apóstoles y el abortivo. No es. pues, de admirar esta humildad en el Apóstol a quien abofetea Satanás, a quien abate la tentación, a quien la condición de sus miembros importuna y atormenta con tal vehemencia, que se ve forzado a exclamar: ¡Qué hombre tan infeliz soy yo! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?

En cambio, ¿de dónde te viene a ti, ¡oh María! la humildad y tal humildad? Nada inmundo ni odioso hay en ti, ninguna deformidad o lubricidad, todo es heroico, espléndido, cándido, niveo, puro e ilustre sobre toda ponderación. Como tal te conocía el que decía: Toda tú eres hermosa, ¡oh amiga mía!; no hay defecto alguno en ti. Esto sí que es verdadera humildad, rebajarse a sí misma desde la sublime cumbre de las virtudes y juzgarse en la cima de la dignidad insignificante a los ojos de todos. Me pasmo siempre que contemplo la elevación y humildad de esta Virgen: realmente es un portento glorioso y digno de admiración para todos los siglos el no ensoberbecerse en tan sublime grandeza. ¡Desdichados de nosotros! En el momento de recibir de Dios un poco de devoción, de ciencia, de virtud, ya nos creemos algo; somos grandes a nuestros ojos, se levantan en nuestro espíritu innumerables pensamientos de vanidad; aun contra nuestra voluntad nos vemos obligados a soportar el estruendo de la vanidad e hinchazón de las imaginaciones, y apenas nos reconocemos lo que somos, por la ceguera de nuestra vista espiritual; nuestro corazón, lleno de vanidad, se desvanece con la necia alegría, y el espíritu se ahueca miserablemente, juzgando ciegamente de sí; salen a la superficie síntomas de la interior vanidad y soberbia, y ni por respeto humano reprimimos las propias alabanzas. ¿Qué ocurriría si en realidad fuésemos algo? ¿Si el Señor nos hiciera sus profetas, sus apóstoles o evangelistas? ¿O si investidos de la dignidad pontificia nos pusiera al frente de su Iglesia? ¿Quién podría entonces soportar nuestra arrogancia?

9. ¡Oh sagrada Virgen! ¿Cómo no saltas pletòrica de gozo ante semejante mensaje? ¿Cómo no estallas de alegría con esta tu dignidad? ¿Cómo no recorres calles y plazas pregonando esta tu felicidad? ¡Oh admirable gravedad de esta Mujer ; mejor aún, seriedad, modestia, moderación, humildad, prudencia, pudor, honradez, virtud, energía y constancia de espíritu! ¿Qué puedo decir de ti, oh Virgen? Había sido constituida Madre de Dios, Señora del mundo, Reina de cielos y tierra; en su purísimo seno había tenido ya lugar, por virtud del Omnipotente, el soberano misterio, y, sin embargo, nadie lo conoció de sus labios, nadie se lo oyó, nadie por ella se enteró del secreto; calló siempre, no dijo una palabra, hasta que se dió cuenta que, revelado por Dios, el misterio era ya conocido por su prima Isabel.

Entonces, por vez primera, abrasado su espíritu, rompió el silencio; entonces dió rienda suelta a su boca y a su lengua para alabar a Dios; entonces entonó a Dios aquel maravilloso cántico: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios salvador mío.

Entonces se sintió el espíritu de la santa Virgen aliviado de la tan pesada carga del silencio: el misterio estaba revelado por obra del Espíritu Santo. ¿Qué tiene de extraño aquel silencio, si hasta su mismo esposo, José, a quien las señales evidentes de la concepción habían causado la tremenda amargura de la sospecha, jamás supo nada por ella hasta que por revelación del ángel conoció el misterio? Aprended, ¡oh vírgenes!, a ocultar los secretos, aprended a disimular los misterios que se os hayan manifestado ; a vosotras se refiere aquella sentencia del Profeta: Mi secreto es para mí, y lo que dice otro profeta: Me abstuve de responder aún cosas buenas. El silencio, en efecto, es una especie de culto a la justicia; porque, cuanto el alma es más sobria en la ocultación de los conocimientos espirituales, tanto se hace más idónea y capaz de recibirlos; pues los vasos que comunican pronto, retienen menor cantidad. Guarda para ti, ¡oh alma!, el celestial misterio; que no te causará extorsión alguna, sino que te hará más agradable a Dios, que te lo da. El tesoro que neciamente descubre el viandante en el camino, lo expone a un evidente peligro de hurto; porque, como dice San Gregorio, quien lleva abiertamente un tesoro en el camino, muestras da de querer ser robado. El rey Ecequías se hizo acreedor a la pérdida de los tesoros del rey y del templo, por haberlos manifestado irreflexivamente a los legados de Babilonia al divulgarlos neciamente.

Por consiguiente, tratad de imitar el silencio de la Virgen María, emulad su humildad; pues la que tan excelsa y tan grande era a los ojos de Dios, cuanto más ensalzada se sintió por la embajada angélica, más profundamente se abatió en su estimación. Escuchad el bajo concepto que formaba de sí y lo que respondía al verse llamada por el ángel llena de gracia y bendita entre todas las mujeres: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. j Oh Esclava feliz, a quien sirve todo; oh bienaventurada Criada, a la que todo está sometido! Imitad a esta Esclava, ¡oh esclavas de Cristo! ; servid a esta Criada con todo el fervor de vuestro espíritu. Sea ella el modelo familiar y cotidiano de vuestra vida ; tenedla siempre y en todas partes presente ante vuestros ojos, honradla, amadla, suplicadla con instancia, seguidla, rendios a ella con entera devoción. Repasad con asiduidad este libro de pureza, escrito por el dedo de Dios por dentro y por fuera 3,8: leed en él la santidad, leed el recato, la prudencia, la caridad, la mansedumbre, la humildad; en una palabra, leed la plenitud acabada de todas las virtudes. Leed por dentro la virtud, por fuera la modestia, a fin de correr tras ella en pos del olor de los aromas del Esposo 39, y, entonando los cánticos del poema, poder gozar de la feliz comunicación 40 y el matrimonio del mismo Esposo en el eterno tálamo de la gloria bienaventurada, en el cual vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo, Dios por los siglos de los siglos. Amén.

De: SERMONES DE LA VIRGEN Y OBRAS CASTELLANAS - Santo Tomás de Villanueva

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SERMONES

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3 2 Cor. 4.7.
3 Le. 1,29.
* Gen. 3,1,
SERMÓN 1 2 3 7