CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

SERMÓN DEL BUEN PASTOR
Mons. Miguel de Santander


SERMÓN DEL BUEN PASTOR - Mons. Miguel de Santander

¿Qué esperáis oír de mí al verme presentar hoy en esta cátedra de la verdad, en donde no debéis escuchar al hombre, si no al Espíritu de Dios que habla por la boca de sus ministros? ¿No oísteis innumerables veces las grandes verdades que sobre la esencia de la Caridad entre todas las virtudes, y la utilidad que resulta al pueblo cristiano de su práctica?

Me refiero a la doctrina de aquel libro divino, dictado por el mismo Dios, que nos enseña los medios de gozar para siempre de su adorable presencia: aquel libro que nos dice: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia: aquel mismo libro en que están escritas estas memorables palabras: “Venid benditos de mi Padre a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo: tuve hambre , y me disteis de comer: tuve sed, y me disteis de beber: era peregrino , y me hospedasteis: estaba desnudo, y me vestisteis: me hallaba enfermo, y me visitasteis: me veía sumergido en una cárcel , y me consolasteis. No lo dudéis, lo que habéis hecho con un pequeñuelo, con un pobrecillo de mis hermanos, yo lo he recibido como si conmigo mismo lo hubierais hecho”. Estas son las palabras de aquel Señor que es el Camino, la Verdad y la Vida: verdad que debemos creer, camino por donde debemos andar, y vida con que debemos vivir: de aquel Señor que es nuestro Maestro sapientísimo, nuestro Médico piadosísimo, y nuestro amabilísimo Pastor bueno que conoce las ovejas dóciles a su voz, y es conocido de ellas:   pero añade, que tiene otras ovejas aviesas, inquietas, e insubordinadas a quienes trata de llamar, dirigir, y mejorar, para formar entre todos un solo rebaño bueno, conducido y gobernado por un solo buen Pastor. “Yo soy el buen Pastor, conozco mis ovejas, y las ovejas mías me conocen a MÍ. Así como el Padre me conoce a M í, así conozco Yo al Padre, y doy mi vida por mis ovejas” Aquí tenéis delineado el oficio de un buen Pastor aquí halláis las obligaciones de un perfecto apóstol de Nuestro Señor Jesucristo.

Dios amable, Dios benigno, Dios misericordioso que ceñiste toda vuestra ley a los dos grandes preceptos de la Caridad para con Vos, y con el prójimo , infundid por vuestro divino espíritu esta virtud teológica en nuestras almas, para que con el mutuo amor, puro, santo y perfecto, las pestes de la envidia, el interés, la maledicencia, el odio, y los demás vicios se destierren y desaparezcan entre los hombres; y el candor, la sinceridad, la buena fe, la verdad, la justicia, la beneficencia, y las otras virtudes se practiquen y observen, para que todos unidos en caridad lleguemos a ser  un solo rebaño ,y ovejas de un mismo Pastor, que es nuestro Redentor Jesucristo, por cuyos méritos, oh Padre Eterno, lo suplicamos, poniendo también por intercesora a su Bendita Madre María Santísima, a quien devotamente saludamos diciendo: ¡Ave María!

Yo soy el buen Pastor, dice el Señor, y El solo es quien puede decirlo con verdad : El solo es quien todo lo hizo bien: El solo a quien nadie pudo argüir de pecado: el mismo que era la luz del mundo que ilumina a todo hombre que viene a este valle de lágrimas, rodeado de obscuridades y miserias: El solo es el santo, el bueno, el Señor, el Maestro de la vida, el Médico del cielo, el Pontífice justo, inocente, inmaculado, Jesucristo Dios y Hombre verdadero, Hijo del Eterno Padre, y de María Virgen, es El el solo Pastor bueno. Nosotros somos sus ovejas, pero por desgracia descarriadas, cada una por su camino: nosotros todos somos hombres frágiles, mortales, enfermos, llenos de ignorancias y de errores, y lo peor de todo, pecadores por origen, y pecadores por nuestras faltas personales. Sin embargo, su misericordia infinita se compadeció de nosotros, y nos llamó para que fuésemos virtuosos y verdaderamente santos. Su misericordia nos introdujo en el redil de su Iglesia por la puerta de la fe que recibimos en el sagrado bautismo: su misericordia nos concedió la esperanza de nuestra eterna felicidad; y su misericordia nos favoreció gratuitamente con los auxilios de su gracia para que viviésemos en santidad y justicia para con Dios, y nuestros prójimos. ¡Qué grande es, qué infinita, amados míos, la misericordia de Dios! Con cuanto consuelo de nuestras almas deberemos cantar con el santo Rey David: " y cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen"

Mas no penséis, Señores, que se agotaron aquí las fuentes de la divina misericordia. Nuestro amable Pastor bueno no solo nos llamó para que como ovejas dóciles á su voz entrásemos en su rebaño, sino que también se puso al frente de nosotros para conducirnos á los pastos saludables, y defendernos de todos nuestros enemigos. Sabía bien el Señor la debilidad de nuestra naturaleza: miraba desde su eternidad las terribles ocasiones en que nos hallaríamos en el curso de nuestra vida: conocía la implacable fiereza de los enemigos de nuestra alma, y determinó acompañarnos y protegernos, para que no sucumbiésemos a las sugestiones del Demonio, a las falsas máximas del mundo, y a los violentos impulsos de nuestras propias pasiones. Esta es la diferencia que se encuentra, decía el mismo Señor, entre el buen Pastor, y el interesado mercenario: aquel resiste al lobo para que no dañe sus ovejas, y se sirve del estallido de su honda, de la voz que clama y avisa, y del báculo que amenaza y hiere, para defender sus propias ovejas: son suyas, dice, las ama entrañablemente, y primero entregará su vida a la muerte, que su ganado a quien pretenda devorarlo. El Buen Pastor “conoce sus ovejas”. ¡Qué conducta tan opuesta observa el que no es Pastor! ¡El cobarde e incrédulo mercenario! Apenas ve el lobo que se acerca a las ovejas, inmediatamente se aparta de ellas, huye, las desampara, permite que el lobo las devore, y poniéndose a salvo las deja perecer. “el mercenario, y el que no es el propio pastor, de quien no son propias las ovejas, en viendo venir al lobo, las desampara y huye, y el lobo las arrebata, y dispersa el rebaño” (Jn. 10, 12)

En efecto, ¿de qué serviría que un Pastor residiese personalmente entre sus ovejas, sino las aparta de los precipicios, no las separa de los riesgos, no las conduce a buenos pastos, y si con el báculo, y el ejemplo no las instruye, ampara y defiende? ¡O con cuánta razón decía el Pastor bueno, que el espíritu de Dios le asistía para instruir a los pobrecillos!  ¡Con cuánta energía encargaba al mismo a San Pedro, que apacentase sus ovejas y sus corderos!  ¡Con cuánto espíritu el Apóstol lo mandaba a todos los Sacerdotes!  Cuanto lo encomendaba San Pablo a Timoteo cuando le decía: instruye, enseña las palabras de Dios, insta sobre la doctrina de Jesucristo, sea con oportunidad o sin ella: tu siembra, planta, siega, llena dignamente tu ministerio; arguye, ruega, reprende con toda paciencia y doctrina. (Ep. 2. Pablo, a Tim. c. 4.) Tan necesaria es ésta, decía San Agustín, que así como el cuerpo pierde las fuerzas, enferma, y viene a morir cuando le falta la comida, de la misma suerte el espíritu se hace estéril, se vuelve inútil y sin provecho para toda obra de virtud cuando le falta la instrucción (S. Agustín, Serm. 56 de tempor.).

Esta es, Señores, es la doctrina de Jesucristo: esta la que enseñó a sus Apóstoles, la que los santos Padres aprendieron de ellos, y nos han comunicado como a sus legítimos sucesores, y ésta la que en toda su integridad y pureza anuncio para que ejercitéis. Reflexionadlo bien, y advertiréis, que la ignorancia es madre de todos los errores, la corruptora de las buenas costumbres, el envenenado principio de la relajación, y la atrevida protectora de todos los vicios. La ignorancia de un hijo, de un criado, y de un vasallo, ocasiona todos los días desobediencias a los padres, inquietudes en las casas de los amos, desatenciones y faltas a las órdenes del Soberano. ¡Cuántos matrimonios viven desgraciados por la ignorancia de las mutuas obligaciones entre marido y mujer! ¡Cuántos ciudadanos cristianos viven en el desorden por ignorar que se debe a Dios lo que es de Dios, y al Cesar lo que es del Cesar! ¡Ved que campo tan vasto se ofrece a vuestra caridad! ¡Qué ocupación tan digna la de un Sacerdote virtuoso, de un caballero distinguido, de un hombre de bien, enseñar a los ignorantes la existencia de los adorables atributos de su Dios: su omnipotencia, su justicia, su clemencia, su misericordia! ¡La unidad de la divina esencia, la trinidad de las personas, la encarnación del divino Verbo, su vida, su pasión, su muerte, su gloriosa resurrección, con los demás misterios de la religión cristiana: el número de los santos Sacramentos, las disposiciones que piden para recibirlos, y las gracias que confieren! ¡Qué horas tan útilmente empleadas en adoctrinar muchachos díscolos, a hombres rudos y agrestes, a mujeres relajadas, a quienes la ignorancia de sus obligaciones arrastró en gran parte a su perdición! ¡Enseñar la Doctrina cristiana con el Catecismo del santo Concilio de Trento: Catecismo que debía estar en las manos de todos: Catecismo sólido en sus pruebas, claro en sus razones, santo en su doctrina: Catecismo que enseña los dogmas de nuestra santa religión, y los preceptos de las costumbres con la mayor energía y precisión: este es el Catecismo que debe enseñarse con método, con orden, y con toda paciencia, como lo encarga el Apóstol, con toda paciencia y doctrina. (Ep. 2. Pablo, a Tim. c. 4.).

¡Ay Señores! Es menester confesarlo: aún hay fe en Israel. Si algunas personas olvidadas de las promesas de su bautismo, y de los preceptos del Evangelio doblan las rodillas al ídolo del mundo, dan pábulo a sus pasiones, y se entregan a los placeres criminales de los sentidos, también hallamos otras que siguen a jesucristo, se niegan a sí mismas, contradicen sus apetitos, y practican sus virtudes. Seguid firmes y constantes en el bien, y será vuestra la corona de la vida. No hablo solo de la vida eterna de que habla el santo Evangelio; yo os aseguro, que aun en esta misma vida, que parece a primera vista tan miserable, experimentaréis en vuestras almas con dulzuras inexplicables el premio del Señor.

Cuanto más se consideran las obligaciones de un Pastor bueno, otro tanto  hacen estremecer al corazón humano: son tantas, son tan pesadas, tan arduas y enojosas, que hasta los hombros de los Ángeles parecen insuficientes para sostenerlas; ¿cómo las podrá soportar dignamente la debilidad del hombre? El buen Pastor debe vivir en perpetuo divorcio con la ociosidad, con las diversiones mundanas, con el deseo de adquirir riquezas, y con una vida muelle, delicada y deliciosa: en su sueño breve, en su comida parco, en su trato dulce, y en sus modales cortés y comedido: el buen Pastor, decía San Pablo, debe ser un justo dispensador de los misterios de Dios, no soberbio , no iracundo, no vinolento, no avaro; pero sí benigno, sobrio, justo, continente, santo, defensor de los que anuncian el evangelio, adornado del don de la palabra para instruir con sana doctrina a sus ovejas, entre quienes debe vivir, decía el santo Concilio de Trento, para visitar a los enfermos , consolar a los afligidos, socorrer corporal y espiritualmente a las necesitadas , enseñar a las ignorantes; y buscar a las descarriadas; el buen Pastor debe emplear su tiempo animando a las ovejas débiles, confirmando en sus buenos propósitos a las virtuosas, reprehendiendo las soberbias e insubordinadas, arrancando los abusos, destruyendo los desórdenes, sin perdonar trabajos, fatigas y desvelos; subiendo cuando es menester, para visitar y consolar su grey los más elevados riscos, bajando a los más profundos valles, atravesando intrépidamente los riscos y los torrentes, entrando en las chozas más pobres, y desaliñadas para administrar los Sacramentos a los enfermos más miserables y extenuados, socorriéndolos con sus limosnas, y dando por fin la vida del cuerpo para que sus ovejas no pierdan la del alma; imitando en todo esto al buen Pastor Jesús, que cargó sobre sus hombros caritativos la oveja descarriada, y dio después por ella la vida en una cruz. El buen pastor da su vida   por las ovejas.

Ved, Señores, ¡qué ejemplo tan edificante nos presenta el sacrosanto evangelio de este día! Un Pastor lleno de misericordia socorriendo a su cansada oveja, y llevándola sobre sus caritativos hombros. Este es su oficio como Pastor bueno. este el vuestro como individuos perfectos.

Bueno es visitar las Iglesias, bueno y excelente asistir a la santa Misa, y procurar el culto de los Santos, bueno es el ayuno, el rosario, el escapulario, las novenas y otros ejercicios de piedad y devoción. Si, hijos míos, lo confieso: todo esto es bueno, y digno de alabanza; pero debemos decir en obsequio de la verdad, que ejercitando todas estas cosas, os podréis condenar eternamente, pero no es posible os acontezca esta desgracia si tenéis caridad, esta virtud teológica cubre la multitud de los pecados: ésta justifica el alma, y la hace amiga de Dios, unirse a Dios, estar en gracia de Dios, y ser heredera del reino de Dios. Tanta es la diferencia de la caridad a las demás virtudes : todas sin caridad, nada son, decía San Pablo, y todas con caridad se aumentan, se mejoran, se perfeccionan. ¡Oh cuánto se habrán multiplicado vuestras virtudes, y las de los demás fieles con el ejercicio de esta santa caridad! ¡Unos dando sus limosnas: otros repartiéndolas, y otros recibiéndolas! 

Hagamos, pues, con nuestros prójimos aquello mismo, que para nosotros queramos; y no hagamos aquello, que no quisiéramos hicieran con nosotros. ¡Verdad luminosa!  ¡Principio infalible! Que la razón nos manda, la religión consagra, el prójimo pide, y Dios lo quiere, a quien sea dada sempiterna gloria por los siglos de los siglos. Amen Jesús.

Sermón del Buen Pastor, del Exmo.Mons. ,Miguel de Santander, Obispo de Amizona , Auxiliar y Gobernador de la Ciudad de Zaragoza, predicado en el Real Seminario de San Carlos, el día 12 de abril de 1907.

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