CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DE RAMOS
San Alfonso María de Ligorio


DEL MAL HÁBITO

 

Qué esperáis oír de mí al verme presentar hoy en esta cátedra de la verdad, en donde no debéis escuchar al hombre, si no al Espíritu de Dios que habla por la boca de sus ministros? ¿No fue bastante me vieseis el año antecedente en aquel sagrado Altar, rebestido de los ornamentos Pontificales, ofreciendo al Cielo una hostia pura , una hostia santa, una hostia inmaculada, el pan santo de la vida eterna , y el cáliz de perpetua salud por los vivos y los difuntos? ¿No oísteis ya entonces las grandes verdades que aquel célebre Predicador os anunciò sobre la esencia de la Caridad entre todas las virtudes, y la utilidad que resultaba al pueblo Cristiano del ejercicio misericordioso de vuestro instituto, dirigido al socorro, y alivio temporal y espiritual de los pobres presos en las cárceles públicas de esta nobilísima ciudad? Si ya en aquel dia en que manifestasteis en este templo por la primera vez vuestro espíritu patriótico y religios , visteis, y oísteis grandes verdades y misterios, ¿qué podréis hoy apetecer venerables individuos de esta real y caritativa Asociación? ¿Pretendereis acaso que mi débil voz sea suficiente para insinuarse en los corazones Zaragozanos, y moverlos á imitaros en vuestro misericordioso ejercicio de cuidar de las cárceles y los pobres encarcelados? ¿Pues que, es este algún asunto nuevo, y particular de un solo pueblo? ¿No son las cárceles de institución divina? ¿No son tan antiguas como el mundo? ¿Hay alguna nación con leyes y gobierno sin ellas? ¿Ya sea que se consideren como lugar de castigo, o como casa de seguridad, y detención de los reos verdaderos? ¡Si Dios inmortal, omnipotente, y santo! Mi alma se abalanza al principio de los tiempos, y se estremece llena de horror mirando á vuestra justicia sumergir en la cárcel eterna del infierno a Lucifer, y los demás angeles reveldes á vuestra santísima voluntad. Desde entonces veo formada por vuestra mano poderosa aquella cárcel espantable para castigo de los primeros delincuentes! Desde entonces veo yo otra cárcel á que es conducida poco después el alma del justo Abel muerto por su cruel y envidioso hermano Cain; y succesivamente las almas de Adan, Eva, Seth, Noé, Abrahan, Isaac , Jacob, Melchisedech, Job, Moises, y otros inumerables, que aunque virtuosos y justos por su conducta personal, fueron detenidos en ella por los formidables efectos del pecado original , hasta que el alma de Jesuchristo triunfante de la muerte, del pecado, y del infierno , bajo aquella obscura cárcel conocida con el nombre de Seno de Abrahan, y sacó de ella todos los justos, que esperaban su libertad con su presencia. Desde entonces veo también una tercera cárcel, el Limbo tenebroso, á que han sido conducidas todas las almas que han muerto con la mancha de pecado original, que funestamente heredamos de nuestros primeros Padres. Desde entonces se me representa la cárcel del Purgatorio en que son detenidas las almas, hasta que la justicia de Dios se da por satisfecha con los tormentos que padecen, con los sufragios de los fieles que les aplican, ó por los méritos del Sacrificio incruento que desde los Altares del christianismo se les ofrecen. Aquí teneis, Señores, las cuatro primeras cárceles establecidas por la justicia de Dios todo poderoso, y si damos algunos pasos mas para reflexionar sobre las establecidas por los hombres, qué numero tan prodigioso nos presentarán los santos libros, y las historias de la Iglesia y de los reinos!

Mil setecientos y diez y ocho años antes del nacimiento de Jesucristo, veo en las cárceles de Egipto al casto é inocente José, por la vengativa calumnia de la torpe muger de Putifar. Veo encerrado en una cárcel, y luego apedreado por orden del gran Moises, un blasfemo que habia maldecido á su próximo, y deshonrado el santo y terrible nombre del Señor: veo preso y luego ajusticiado por mandado de Dios, a un hombre que con escándalo habia quebrantado el precepto de la santificación de las fiestas: veo al fortisimo Sansón encarcelado , sacados los ojos, y hecho el juguete de los Filisteos por los engaños de Dalila: al Profeta Micheas entre las prisiones de una horrorosa cárcel por orden de Achaz, Rey de Israel, á quien incomodaban las verdades duras de aquel hombre justo, é irreprehensible: á Oseas Rey de Israel atado y encarcelado por mandado de Salmanasar Rey de los Asirios , a quien no había pagado los tributos acostumbrados, según los pactos entre ellos establecidos: á Sedecias Rey de Jerusalen preso y encarcelado por orden de Nabucodonosor, muertos sus hijos violentamente en su presencia, y por colmo de su desgracia arrancados los ojos, y hecho ejemplar lastimoso de la mas deplorable situación, á que pueden llegar los Reyes de la tierra: veo... pero gran Dios! ¿Quando acabaría si hubiera de referir los ¡numerables casos que de cárceles y encarcelados se refieren en vuestros santos libros? ¡Cuántos inocentes entre las prisiones! ¡Cuántos malvados atados con cadenas! Los primeros, para que nadie piense mal de los encarcelados, solo porque estén presos: los segundos, para que nadie censure la conducta de los Magistrados cuando detienen y aprisionan. En efecto, vemos los Geremias, los Bautistas, los Pedros , los Pablos y otros hombres santísimos, agavillados en las cárceles entre los asesinos , los ladrones, los fraudulentos, los traidores, los ingratos, y otra multitud de facinerosos, que justamente experimentan el peso de la justicia, al mismo tiempo que los otros acrisolan con los grillos y las cadenas el candor de su inocencia. En vista de estas verdades tan prácticas, tan expresas y constantes en nuestros santos libros, qué necesidad tenemos de pedir auxilio para la confirmación de estos hechos, á las historias de la Iglesia y de los reinos? ¿Nos podrán ensenar otra cosa que las cárceles son un establecimiento de todos los siglos, de todas las naciones, y aun de todos los pueblos, principiado por Dios, y continuado por el hombre? ¿Podrán decirnos mas que se han considerado siempre como precisas y necesarias para mantener la salud pública , regla fundamental y primaria de todas las Sociedades humanas? Sin embargo de haberse visto encarcelados en ellas, Emperadores, Reyes, Príncipes, Generales , famosos Capitanes, distinguidos Caballeros, Damas delicadas, santísimos Pontífices, Arzobispos, Obispos, y Sacerdotes de toda edad, clase y gerarquia? Si venerables individuos de esta caritativa Asociación: todo cuanto en esta parte nos enseñan las instituciones divinas, y las leyes humanas, se reduce á que las cárceles son un establecimiento preciso y necesario entre los hombres; pues ahora aplicad toda vuestra atención á mis palabras. ¿Cómo creyendo esta verdad todos los hombres, se han mirado con tanto horror y tan universal abandono las cárceles? ¿Cómo tan estrechas, tan obscuras, tan hediondas, sin ventilación, sin luz, y sin limpieza? ¿Cómo llenas de miasmas pútridos, eflubios pestilenciales, andrajos asquerosos, y al mismo

De

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