CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

SERMÓN DE LA FESTIVIDAD DEL
GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSÉ

San Alfonso Mª de Ligorio


Otro de los innumerables medios de salvación que Dios, movido del grande amor que nos tiene, y de los deseos que siente por nuestra salvación, nos ha proporcionado, consiste en la devoción de los Santos, a quienes como a  amigos suyos encarga intercedan por nosotros, y con sus méritos y oraciones nos alcancen las gracias que nosotros no tenemos merecidas. No procede esta intercesión de que los méritos de Jesucristo no sean más que superabundantes para enriquecernos de toda suerte de bienes, sino porque place a su divina voluntad honrar a sus fieles servidores, haciéndoles cooperadores de nuestra salvación; y, por otra parte, quiere alentar la confianza que, a fin de alcanzar las divinas gracias, tengamos puesta en la mediación de los Santos. Ahora bien; ¿quién ignora, que San José es, entre todos los Santos y después de María Santísima, muy apreciado de Dios, y muy poderoso para con Dios, para impetrar las divinas gracias a favor de sus devotos? Veamos pues, en los dos siguientes puntos:

1º Cuanta veneración debemos tributar al santo Patriarca, por razón de su elevada dignidad.
2º Cuanta confianza debemos poner en el patrocinio del Santo, por razón de su eminente santidad.

PUNTO 1
CUÁNTA VENERACIÓN DEBEMOS TENER AL PATRIARCA
SAN JOSÉ POR RAZÓN DE SU ELEVADA DIGNIDAD.


1. Bien nos cumple venerar al patriarca San José, a quién el propio Hijo de Dios quiso honrar llamándole padre suyo: Josephum parentis honore coluit Christus. (Orig. Hom. XVII, in Luc. cap. 2) Idéntica denominación le dan los Evangelios: Erat pater ejus et mater mirantes super his, quæ dicebantur de illo. (Luc. II, 33). Con el propio nombre le designó también la Santísima Virgen: Ego et pater tuus dolentis quærebamus te, (Id. II, 48). Si el Rey de los reyes encumbró, pues, a José a tan elevada honra, justo y debido es, que nosotros procuremos ensalzarlo cuanto podamos: Ad hominibus valde honorandus, quem Rex regum sic voluit extoltere, (Car. Camer. tract. de San Josseph). ¿Qué ángel o que santo, dice San Basilio, mereció jamás der llamado padre del Hijo de Dios? Nomine patris neque angelus, neque Sanctus meruit appelari, hoc unos Joseph potuit nuncupari. Muy propiamente, pues puede aplicarse a San José lo que dice San Pablo: Tanto melior angelis effectus nomen hœreditavit. (Hebr. I, 4). Con el nombre de Padre, Dios honró a José sobre todos los patriarcas, profetas, apóstoles y pontífices: éstos llevan el nombre de siervos; José obtiene el de Padre.

2. Y vedlo como a tal padre, constituido señor de aquella reducida familia, reducida por el número, pero grande por los dos eminentes personajes que la integran, esto es, la Madre de Dios, y el Unigénito de Dios, humanado. En aquella casa José manda, y el Hijo de Dios obedece: Et erat subdilus illis. (Luc. II, 51). Esta sujección de Jesucristo, dice Gerson, al paso que ostenta la humanidad de Jesús , patentiza la elevada dignidad de José: Et erat subditus illis; qœ subjectio sicut nolat humilitatem in Christo, ita dignitatem signat in Joseph. (Gerson, Serm. de Nat. Virg.) ¿Y puede darse mayor dignidad, ni más encumbrada celsitud, prosigue diciendo el mismo Gerson, como la de mandar al que impera sobre todos los reyes? Quid sublimius quam imperare ei, qui in femore habet scriptum: Rex regum, et Dominus dominantium?

3. Llenó de pasmo al mundo Josué cuando mandó parar al sol en mitad de su carrera, porque le cumplía cabal tiempo para exterminar a sus enemigos, y el sol obedeció: Obediente deo voci hominis (Jos. X, 14); más ¿qué genero de comparación puede caber entre Josué, a quien presta obediencia el sol, criatura inanimada, y José a quien se sujeta Jesucristo, que es el Hijo de Dios? Jesucristo, en toda la duración de la vida de José, le respetó como padre, y por treinta años, y hasta que alcanzó el punto de la muerte le obedeció como a padre: Erat subditus illis. Y en efecto, en toda aquella serie de años, la ocupación continua de Jesús Salvador, fue la de obedecer a José. A José cumplió ejercer en todo aquél tiempo el oficio de gobernar, como cabeza que era de la familia; a Jesús, como súbdito, el oficio de obedecer a José, designado por Dios para hacer las veces de padre; de ahí es que Jesús, no practicaba acción alguna, no daba un paso, no acercaba a los labios los manjares, no se entregaba al descanso, sino conformándose a las órdenes de José, poniendo antes bien la más exquisita atención en escuchar y obedecer los mandatos que de José provenían. En las revelaciones que el Señor hizo a Santa Brígida, se lee: Sic Filius meus obedient erat, ut cum Joseph diceret fac hoc, vel illud, statim ille faciebat (Lib. VI, Rev. cap. 18). Por lo cual escribió Juan Gerson: Sæpe cibum et potum parat, vasa lavat, bajulam indam de fonte, nuncque domum scopit. (In Joeeph. distine. 3) Y San Bernardo, al hablar de San José, dice: Fidelis servus et prudens, quem constituit Dominus suœ carnis nutritium solum denique in terris magni consili coadjutorem fidelissimum. (Hom. 2, suæ. Missus). De suerte, que José no fue destinado para servir de alivio a la Madre de Dios, que por tamañas tribulaciones hubo de pasar en esta vida; ni para proveer al sustento de Jesús, sino todavía para, en cierto modo, ser el cooperador de la redención del mundo, que fue la obra del gran consejo de las tres divinas Personas. Al revestirle, pues, el Señor, respecto de su Hijo, de la cualidad de padre, puso igualmente a su cuidado la solicitud de alimentarle y de defenderle de las asechanzas de los enemigos: Accipe puerum, como si le dijera las palabras del salmo 10, 14: Tibi derelictus est pauper. José, yo le he enviado mi Hijo a la tierra, cubierto de pobreza y de humildad, despojado del esplendor de las riquezas y sin aparente dignidad: por eso le menospreciará el mundo, y se complacerá en llamarle el hijo del artesano. (Nonne hic est fabri filius? Matth. XIII, 55), conforme al humilde oficio que tu ejerces, pues yo quise que fuese pobre al elegirte para llenar las veces de padre respecto de mi Hijo también pobre; puesto que vino, no ya a sojuzgar al mundo, sino a padecer y morir por la salvación de los hombres. Sé pues, en la tierra su custodio y su padre en lugar mío: Tibi derelictus est pauper; en tus manos le abandono. Será blanco de persecuciones, y tú participarás en ellas; atiende  a su custodia, y séasme fiel. Por cuya razón, dice San Juan Damasceno, que el Señor otorgó a José con respecto a Jesús, el amor, la vigilancia y la autoridad de padre: dedit ei affectum, solicitudinem et auctoritatem patris. Otorgóle el afecto de padre, afin que le custodiase con amor extremado; la solicitud de padre, a fin de que le asistiese con cumplida cautela, y la autoridad de padre a fin de asegurarle toda obediencia en cuanto dispusiese respecto de la persona del Hijo.

4. Llamándole a coadyutor de la obra de la redención, según dice San Bernardo, quiso que autorizase con su presencia la Natividad de Jesús, a fin de dar fiel testimonio de la gloria que tributaron los ángeles al Señor por el nacimiento de su Hijo, de la revelación que de la misma tuvieron los pastores, cuya revelación refirieron ellos mismos a María y José al visitar al Salvador que les fuera anunciado; y fuese además testigo de la llegada de los Magos, que guiados por la estrella, acudieron de remotos países a prestar adoraciones al Niño Jesús, conforme ellos mismos declararon: Vidimus enim stellam ejus in Oriente, et venimus adorare eum. (Matth. II, 2) Dispuso Dios además, que José y María le ofreciesen al recién nacido Jesús, como lo cumplieron: tulerunt ipsum in Jerusalem, ut sisterent eum Domino. (Luc. II, 22), presentándole en holocausto a la muerte por la salvación del linaje humano, conforme en las Escrituras, no ignoradas de María, ni de José, estaba ya predecida la Pasión de Jesucristo.

5. De ahí es, que viendo el Señor como Herodes llevado de su ambición de reinar buscaba como apoderarse de la persona del Divino Infante para darle muerte, envió a decir de su parte y por ministerio de un ángel a José, que tomase al Niño y a la Madre, y se encamina a Egipto; y sin perder tiempo, recoge los instrumentos de su oficio que pudo llevar consigo, los cuales debían servirle en la tierra de Egipto para acudir al sustento de su pobre familia. María de otra parte, lleva en brazos al Niño, con los sencillos pañales que debían servir para  su Hijo y entreambos cogen solos el camino, sin siervo alguno que les acompañe; y cual infelices peregrinos emprenden un viaje largo, rodeado de peligros, y obligados a cruzar por regiones desiertas hasta llegar a Egipto, en donde carecían de amigos y de parientes y daban con gente bárbara y desconocida. Llegado ya a Egipto, se afana en el trabajo día y noche, conforme dice San Bernardo, para proveer el sustento de su santísima Esposa y del divino Infante. regresa después de Egipto, al recibir nuevo aviso del ángel, que le dice: Surge et accipe puerum et matrem ejus, et vade in terram Israel. (Matth. II, 20) José sale inmediatamente de Egipto y vuelve a Judea; más avisado por segunda vez por el ángel, deja la residencia en Judea, temeroso de Arquelao, que allí reinaba por muerte de su padre Herodes, y pasa a habitar a Nazareth en la región de Galilea, en cuya ciudad fijó en compañía de su amado Jesús, su permanencia hasta la muerte, llevando una vida llena de privaciones en el ejercicio de su humilde ocupación.

6. Acaeció por aquella sazón, que yendo José junto con María y Jesús, jovencito entonces de doce años, a visitar el Templo, al regresar a casa, se halló solo con María, en cuya compañía juzgaba estaría el Hijo, y echó de ver que no era así: por tres días consecutivos José no cesó un punto de llorar, al verse separado de Jesús, que era el amor de su corazón; pero lo que mayor angustia le causaba era, el recelo que le atormentaba de que quizás Jesús le hubiese abandonado por razón de algún disgusto que él tuviese recibido, y no le considerase ya digno de conservar en su cuidado tan precioso tesoro, conforme escribía Laspergio: Tristabatur ex humiliate, qui arbitrabatur se indignum, cuitam pretiosus commissus esset thesaurus. Pero llevóle el consuelo al corazón al oir de la boca de Jesús mismo, que había quedado en el Templo por los intereses de la gloria de Dios. Desde entonces prosiguió José proveyendo a la asistencia de Jesús, hasta que ocurrió su muerte, en cuyo trance obtuvo la inefable dicha de concluir la vida entre María y Jesús, que en aquel momento le prodigaron sus consuelos; por lo que, dice San Francisco de Sales, que debe tenerse la certidumbre, de que José murió de amor, como murió también de amor la Virgen esposa suya.

PUNTO II
CUÁNTA CONFIANZA DEBEMOS PONER EN EL PATROCINIO
DE SAN JOSÉ POR RAZÓN DE SU EMINENTE SANTIDAD

7. Gran confianza debemos colocar en la protección de San José, por el señalado amor que le mereció de Dios su eminente santidad. Para formar concepto del grado de santidad a que alcanzó San José, basta saber que fue elegido por Dios para hacer las veces de padre respecto a la persona de Jesucristo. Qui et idoneos nos fecit ministros novi testamenti, escribe San Pablo en su 2ª. ep, a los Cor., cap. 3, vers. 6. Lo que equivale a decir, conforme indica Santo Tomás, que cuando Dios elige a un hombre para determinar su encargo, derrama sobre él todas las gracias conducentes para adquirir idoneidad en aquel cargo: Quando Deus quosdam ad aliquid eligit, ita disponit, ut ad id inveniatur idonei. (S. Thom. 3, prop. qu. 27, art, 4). Al disponer pues, Dios, que José ejerciese el oficio de padre respecto de la persona del Verbo encarnado debese tener certidumbre, de que le confirió todos los dotes de sabiduría y santidad para que tal cargo se requerirían; ni cabe poner en duda que le enriqueció, además, con todos los privilegios especiales que caracterizaron a José: 1º el de ser santificado desde el vientre de su madre, al par que un Jeremías y un Bautista: 2º el de haber sido así mismo confirmado en la gracia: 3º el de estar exento de los apetitos de la concupiscencia: de cuyo privilegio suele San José, por los méritos de su pureza, hacer participantes a sus devotos, librándoles de los movimientos de la carne.

8. El Evangelio atribuye a José el nombre de Justo: Joseph autem vir ejus, cum esset justus (Natth. I, 19) ¿Que nos viene a significar lo de hombre justo? Significa, dice San Pedro Crisólogo, un hombre perfecto, que posee todo género de virtudes: Joseph vocari justam, attendite, propter omnium virtutum perfectam possessionem. Y con efecto; José era santo antes de los desposorios; acrecentóse sin embargo, señaladamente su santidad, después de verificados aquellos con la Virgen santísima, cuyo ejemplo sólo hubiera sido suficiente para santificarle.Y siendo María, conforme dice San Bernardino de Sena, la dispensador a de las gracias de Dios concede a los hombres, ¿con cuánta profusión, no es de creer, enriquecerse de ellas a su esposo a quién tanto amaba, y del que era respectivamente amada? ¿Cuánto, no es también de creer aumentase la santidad de San José, el trato familiar que tuvo con Jesucristo, en el tiempo que vivieron unidos? ¿Que llamas de acendrada caridad no debemos suponer encendidas en el pecho de José, por las conversaciones que, por espacio treinta años consecutivos, tuvo con Jesucristo, escuchando sus palabras de vida eterna, observando sus ejemplos de perfecta humildad, de paciencia y obediencia, viéndole aparejado para ayudarle en sus laboriosas fatigas, y servicial en todos los domésticos quehaceres?

9. Jesucristo remunera en la otra vida a cada cual según sus méritos: Reddet unicunique secundum opera ejus. (Rom. II,6); ¿que cúmulo de gloria no debemos juzgar fuese otorgado a José, que tan tiernamente sirvió y amó a Jesús, mientras viviera sobre la tierra? San José, procuró el sustento, la habitación y el vestido de la misma persona de Jesús. Fuera de que el Señor prometió su recompensa, al que en su santo nombre diere a los pobres un sólo vaso de agua, ¿cuál no será, pues, el galardón de José, quien puede decir a Jesucristo: Yo proveí, no sólo a tu alimento, a tu habitación y a tu vestido, sino que además, te libré de la muerte, salvándote de las manos de Herodes? Sirvan por tanto estas consideraciones para acrecentar nuestra confianza en José, persuadidos de que Dios, en obsequio de los elevados méritos del Santo, no denegará a concederle lo que pida a favor de sus devotos.

10. Si bien José no obtuvo de éste mundo autoridad alguna como padre natural sobre la humanidad de Jesucristo, ejercióla, sin embargo, siquiera en cierta manera, como esposo de María, a quién, cual Madre natural del Salvador, compitió una autoridad real sobre su Hijo. El que tiene dominio sobre un árbol, tiénele también sobre el fruto que el mismo árbol produce. De ahí dimanó, que Jesucristo respetó y obedeció  en la tierra a José como a su propio superior, y que, actualmente en el Cielo, las súplicas del Santo sean atendidas por Jesucristo como órdenes. Ya dijo Gerson, que cuando un padre ruega al hijo, sus ruegos son mandatos. Dum pater orat natum, velut imperium reputatur. (De S. Joseph loc. cit.).

11. Santa Teresa, por experiencia adquirida, dice: «A los demás Santos parece que el Señor les concedió el ser protectores en una necesidad especial: pero a San José la experiencia acredita que es protector universal». Y no pongamos duda de ello; porque así como en la tierra Jesucristo se sometió voluntariamente a José, también atiende en el Cielo a cuantas súplicas le ruegue el Santo. Hagámonos, pues, cargo, oyentes míos, que movido el Señor a la vista de las miserias que nos afligen, nos dice a todos nosotros las palabras que el Faraón dirigió a su pueblo, cuando ocurrió la penosa carestía de trigo que afligió el Egipto: Ite ad Joseph. (Gen. XLI, 55). Id a José si quieres hallar consuelo. Por la misericordia del Señor, no hay en la tierra cristiano alguno que no sea devoto de San José; más entre sus devotos, ninguno recibe más caudal de gracias que aquél que al Santo acude con mayor frecuencia y confianza. No dejemos pasar día sin ofrecerle alguna oración especial; y señaladamente en la época de su novenario, acrecentemos nuestra súplicas, ayunemos la vigilia de su festividad, y pidámosle gracias, y él nos las obtendrá en cuanto redunden en provecho de nuestra alma. Y muy especialmente os exhorto a que le pidáis tres gracias particulares, conviene a saber; el perdón de los pecados, el amor a Jesucristo, y una buena muerte. En cuanto al perdón de los pecados, raciocinio de esta suerte: si cuando Jesucristo vivía acá en la tierra en casa de José, un pecador hubiese deseado alcanzar el perdón de sus culpas, ¿que remedio pudiera hallar más eficaz que el de José para obtener el anhelado consuelo? Si deseáramos, pues, ser de Dios perdonados, acudamos a José, que más amado es ahora de Dios en el Cielo, que no lo fué en la tierra. Pidamos igualmente a San José, que nos alcance amor a Jesucristo, que, a mi entender, es la gracia más singular que el Santo impetra para sus devotos; un tierno amor hacia el Verbo encarnado, por los méritos del que tan acendradamente le profesó San José en este mundo; supliquémosle, por fin, nos alcance una buena muerte, pues a todos consta, que José es abogado para conseguir una muerte dichosa, puesto que él obtuvo la dicha de morir entre Jesús y María; por lo cual deben esperar sus devotos, que en la hora de la muerte merecerán ver a San José, que, junto con Jesús y con María, les asistirán en aquel trance.

Tomado de: Ecce Christianus

-------------------------------------------
SERMONES