CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

SERMÓN DE MONSEÑOR ANDRÉS MORELLO EN
EL JUBILEO DE NOTRE DAME DU PUY-EN-VELAY


Notre Dame du Puy, 2016

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Agradezco profundamente la caridad de haberme permitido estar aquí para acompañarlos en esta peregrinación querida por Nuestra Señora, por Ella misma, desde hace siglos.

En mi lugar debería encontrarse aquí un Obispo francés, ¡tantos ha habido a lo largo de la historia! Sólo la Bretaña, antes del Concilio ordenaba 500 Sacerdotes por año. ¡Qué desgracia! Casi ya no hay sacerdotes, ningún Obispo.

Al menos haría falta aquí alguien con la elocuencia necesaria como la tenían los oradores sagrados que predicaron tatas veces en el Puy; haría falta alguien con los méritos necesarios, al menos con suficiente conocimiento de vuestra bella historia nacional.

No teniendo, sin duda, esas cualidades, yo cuento con dos razones para hablaros: Primero, vuestra benevolencia y la Fe heredada de aquellos que me precedieron en la vida y en el episcopado.

Permitidme ser francés durante algunos minutos para dirigirme a vosotros como a hermanos e intentar demostrar a vuestras inteligencias lo que significa esta jornada de Gracia, e intentar así tocar vuestras voluntades para que esta misma Gracia inunde vuestros corazones y los empuje al bien.

Nosotros no somos hermanos por el nacimiento, pero hay entre nosotros una fraternidad aún más grande, una herencia común más profunda, una marcada identidad, porque tenemos la misma Fe, el mismo Dios, los mismos principios, la misma Madre en el Cielo.

Se escucha aquí. . . prestad atención, aprestad el oído. . . Se escucha en esta tierra bendita el latir del corazón de la Francia católica. Aquí, durante 10 siglos, mostraron su devoción a la Reina del Cielo los Santos, los Reyes, Reyes Santos, el Clero y los fieles. Cincuenta años de modernismo no fueron capaces de ahogar 10 siglos de Fe y de devoción.

Vamos a caminar sobre la huellas de Santos canonizados, de reyes virtuosos, de los Cruzados, aún de los Mártires de las revoluciones que asistieron aquí a la Misa Católica y que dijeron las mismas oraciones.

Las naciones, como los individuos, valen lo que ellas valen delante de Dios, y su mérito es hacer la voluntad de Dios y cumplir lo que Dios pensó para ellas desde la eternidad.

Un gran escritor extranjero ha dicho que tres cosas son las que hacen la esencia de una nación, a saber: La unidad de su territorio, la unidad de su lengua y de su religión. Es claro para la unidad territorial y para la unidad de la lengua. Es sobre el territorio en donde se desenvuelve y se desarrolla la historia de la nación, allí están la vida y los siglos de esfuerzo de individuos y familias. La lengua es, por cierto, la expresión del pensamiento, del genio, de los sentimientos de la raza que fundó y sostiene la nación.

Pero es sobre todo es la religión la que hace la unidad nacional porque es la expresión de un mismo destino eterno y de un idéntico destino temporal. La religión da los principios de la manera de vivir, la razón de la existencia, las leyes de la vida común, las reglas de la conducta, los motivos de los esfuerzos y de los sacrificios.

En este sentido, aún si la pre-historia de Francia remonta hasta muy lejos, es en el bautismo de Clodoveo y en la conversión de sus súbditos a la Fe, en donde nace la Francia de siempre. Es a partir de él e “in crescendo”, que ella nació y creció cristiana y católica.

Ninguna otra religión hizo la unidad francesa, al contrario, si hubo otras, si hubo herejes y heresiarcas, eso fue solamente para dividir y perturbar. Ni los albigenses ni los protestantes, ni la Revolución hicieron la unidad francesa, solamente sembraron la división, la confusión y el desorden.

Sólo la religión, con su unidad fundamental, fundó la nacionalidad, la unidad de la nación, y de allí dio fundamento a todo lo grande o hermoso que nació en ella.

Las herejías, las revoluciones y las sectas cayeron sobre la Francia Católica para aniquilarla y Francia permanece católica. Lo que la Revolución no pudo obtener por el filo de la espada, intentó obtenerlo por la corrupción de las costumbres y de las ideas. Napoleón III escucha a las Logias y su espose visita Lourdes. La Revolución cae sobre S.S. Pío IX y el Cielo le da la razón en Lourdes.

La Revolución hace su trabajo en el país, y Dios hace el suyo en Ars, y en la Salette.

En el curso de la historia la Revolución intenta destruir, ahora con la ayuda de los hombres del Vaticano, tratando de quitar todo espíritu de oposición a los católicos, pero ella olvida que Dios es el único Señor de la historia; el Diablo lo sabe y es por eso que la Escritura dice que “el Diablo viene con una gran rabia porque el sabe que sólo tiene poco tiempo”. (Apoc. 12, 12)

Ahora bien, siempre, gracias a Dios, Dios hace su trabajo en la Nación y contra sus enemigos que son los enemigos de Dios y de la Nación. A pesar de los enemigos siempre hubo los Santo Domingo, los San Francisco de Sales, los San Vicente de Paul y los Cura de Ars.

Es lo que falta hoy en las filas de la Tradición. Mons. Fulton Sheen decía: “Quien ha perdido el poder de indignación moral y el valor para echar a los que compran y venden en el Templo, ha perdido también un amor vivo y ardiente por la Verdad”.

Y el Padre Faber, a quien todos Uds. conocen, decía: “El máximo de la falta de lealtad respecto a Dios es la herejía. Es el pecado de los pecados, la cosa más abominable a los ojos de Dios en este mundo perverso. ¡Qué poco comprendemos su carácter excesivamente odioso! La miramos y nos quedamos tranquilos. La tocamos y no temblamos. Nos mezclamos con ella y no la tememos. Vemos como ella toca las cosas sagradas y no tenemos el sentido del sacrilegio. Porque nuestra caridad no es severa ya no es veraz, porque ella no es tal ya no llega a convencer. Allí en donde no se odia la herejía no hay santidad.”

¿Qué es lo que quiero decir? Lo que dijo Cristo, es la Misa del Sagrado Corazón: “Consolantem quæsivi et non inveni”, “Busqué quien me consolara y no lo encontré”. Ya no hay hombres que amen a Cristo y a su Iglesia como se debe, como los Cruzados, como San Luis, como el Cura de Ars.

¿Qué debemos hacer? ¿Qué obtener de esta peregrinación, de estos días de Gracia? Francia tiene sin duda una misión. Quienes conservaron la Fe en este ambiente herético e inmoral tienen sin duda una misión. Vosotros podríais decirme: “Dios ayudará a la Francia, le fue prometida una misión”.

Es cierto. Pero acordémonos del pueblo judío, es el pueblo de la historia que recibió las más grandes promesas y traicionó a Cristo.

En la promesa divina está siempre considerada la cooperación humana, no es algo automático, son precisos los Franciscos de Sales, los San Luises, los Curas de Ars.

Entonces, es preciso crecer delante de Dios, hay que llegar a ser gigantes, valientes y llenos de generosidad y de esfuerzo. Es lo que dice el primer libro de los Macabeos. (I Mac. 2, 27-30) “Tunc descenderunt multi quærentes judicium et justitiam in deserto.” “Entonces, muchos que buscaban la ley y la santidad se fueron al desierto.” Lo dejaron todo. Las cosas mundanas, para los que están en el mundo ya en un estado fijo y definitivo. Para aquellos que están libres todavía, ellos pueden dejarlo todo para seguir a Cristo. “Consolantem quæsivi et non inveni” “Busqué un consolador y no lo encontré”.

Cristo nos dice a todos, libres o no: “Num et vos vultis abire?” “¿También vosotros queréis iros?” (S. Jn. 6, 68)

Ya comulgados, digamos a Nuestro Señor en nuestros corazones: Nosotros queremos a Dios, lo queremos para nosotros, para los otros, para Francia, y lo que parece inaudito, queremos Dios para la Iglesia, para los Sacerdotes y Obispos.

Que Nuestra Señora del Cielo, quien señorea aquí sobre Francia y sobre su historia, nos obtenga esta gracia inmensa de fidelidad, de valor y de generosidad.

En el nombre del Padre . . .
+ Mons. Andrés Morello.:

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