CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

HOMILÍA DE SU EXELENCIA MONSEÑOR ANDRÉS
MORELLO EN LA FIESTA DE LA INMACULADA
CONCEPCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA.


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¡Ave Maria!

            Los hombres estamos acostumbrados a cansarnos cuando hablamos repetidamente de algún tema o cuando nos hablan de lo mismo muchas veces.

            Eso sucede generalmente por dos razones, la primera es la pobreza de las cosas que, aunque sean hermosas tienen un límite y cuando ya se conoce allí se detiene el interés; la segunda por la escasez de nuestra inteligencia que se satura fácilmente o a duras penas llega a conocer y entender lo que entiende y conoce.

            Siempre nuestra inteligencia tendrá sus límites, pero aún así no hay nada creado que la llene por completo que satisfaga o sacie sus deseos de conocer. Si ve una flor hermosa sabe que podría ser aún más bonita, sabe que mañana se secará y marchitará. Lo mismo le pasa con las personas que conoce y que quiere y por eso la gente buena y el buen cristiano entienden que toda lozanía está llamada a desaparecer y que el fundamento de los afectos no puede estar en las bellezas pasajeras sino en los verdaderos adornos del alma que son las virtudes, la nobleza, la fidelidad, el interés por el bien del otro, el sacrificio por los seres queridos.

            Para que algo no canse a nuestra inteligencia y a nuestro corazón debe tener un atractivo universal, completo, interminable, imperecedero.

            Eso sólo pasa con Dios y con las cosas divinas, con aquellas tan unidas a la Divinidad que o son el mismo Dios o están en el límite posible de la unión con Dios y lo creado.

            Repetiré una afirmación conocida de Santo Tomás de Aquino quien ha sido el más brillante Doctor de la Santa Iglesia. El Santo ha dicho que hay sólo tres cosas que Dios no puede hacer más grandes: El Verbo Encarnado, la Sagrada Eucaristía, la Madre de Dios. No es que Dios no pueda más; es la creatura la que no podría contener mayor perfección.

            Que la naturaleza humana perfectísima de Jesucristo Nuestro Señor al unirse a la Persona del Verbo y de manera substancial forma un solo sujeto con el Verbo. No hay ni puede haber nada tan grande ni nada igual.

            Que la Hostia bendita ya consagrada sea realmente el mismo Jesucristo Nuestro Señor con su Cuerpo y Sangre y Alma y Divinidad. Sin nada del pan a no ser sus accidentes visibles y reales, sin nada de lo visible de Jesucristo Nuestro Señor y con toda su realidad, su Divinidad entera y su Humanidad por completo.

            Es el límite de lo posible, es grandísimo, no puede siquiera concebirse más para un trocito aparente de pan y para cada Hostia realmente consagrada de cada copón de la tierra y esto durante toda la historia.

            Por último que una Virgen perpetua sea Madre sin dejar de ser Virgen, Madre sin concurso de varón, Virgen antes y después del parto, parto sobrenatural sin ningún parangón con ningún nacimiento, nacido el Hijo como la luz que pasa un cristal, Hijo más Hombre que nadie y Dios total y completo a la vez, Hombre y Dios en una sola Persona y unido así por todos los siglos y por toda la eternidad.

            Es inconcebible algo mayor en una Madre, en una mujer o en una Virgen. Es la Maternidad, la Femineidad, y la Virginidad las que allí tocan los límites de la creación, de la creatura, de lo posible en este mundo.

            El Verbo Encarnado, la Sagrada Eucaristía, la Madre de Dios son entonces los tres tesoros más grandes encerrados en el universo, las tres realidades más valiosas y necesariamente insuperables bajo el cielo de la Creación.

            Por eso San Bernardo, como si hablara en nombre de todos los predicadores de la historia decía “De Maria nunquam satis,” porque encierra más de los que podemos concebir y entender, enormemente más de los que podríamos pretender, y encerrando más que lo que todas las mujeres de la tierra y de la historia podrían haber querido, soñado, y deseado.

            La belleza de algo nace de sus dotes, de su integridad (que no le falte), de su armonía que es su equilibrio, de su durabilidad.

            La Virgen Inmaculada, la Madre de Dios es la única Madre posterior a su Hijo.

            Dios la pensó, la concibió, la hizo a su medida, a su voluntad, de acuerdo al ejemplar que desde siempre tuvo de Ella. Es la idea cuajada en la realidad de manera tan perfecta como es posible de aquello que Dios pensó y quiso desde que Dios es Dios. Por eso dice la Sagrada Escritura “quando vallabat abyssos”, desde que Dios cavaba los abismos de este universo ya estaba allí.

            La Inmaculada Concepción que celebramos hoy es el ámbito de integridad, es el espacio de Gracia en que fue concebida la Santísima Virgen y en el que permaneció toda su vida y permanecerá toda la eternidad.

            Jamás nada malo, jamás un pecado, jamás un movimiento o una inclinación opuesta a la Gracia. Más todavía, todos los movimientos, todas las inclinaciones, todos los pensares y los quereres siguiendo a la Gracia.

            La Santa Iglesia pone hoy en los Maitines del Breviario un sermón de San Jerónimo sobre la Santísima Virgen, es la 5ª lección la que llamó más nuestro interés, dice allí el Santo:

            “Porque todo lo que fue generado en Ella es todo pureza y simplicidad, todo verdad y Gracia, todo misericordia y justicia que se inclina a mirar desde el Cielo.”

            Lo que fue generado en Ella es el Verbo Encarnado, es Jesús Bendito Hijo de Dios todo pureza, simplicidad, verdad, Gracia, misericordia y justicia.

            Y saca el Santo la conclusión: “Por eso es Inmaculada y en nada corrupta” era la condición necesaria, inevitable, adecuada para ser Madre de Dios encarnado.

            ¿Qué no hubiera dado uno a su madre si hubiera pedido dárselo antes de engendrarnos?

            Eso hizo Dios, pero no por puro sentimiento sino haciéndose justicia a Sí mismo, dándose una Madre adecuada a Él, no en lo infinito que es imposible pero sí poniendo a su Mamá en la cumbre posible, real y absoluta de la Creación, hasta donde la condición de la creatura podía soportarlo.

            Por eso concluye San Jerónimo:

Fons igitur signatus sigillo totius Trinitatis. “Fuente pues sellada con el sello de toda la Trinidad.

            Dios Padre tuvo a la más perfecta y pura creatura que podía tenerse.

            Dios Espíritu Santo al ámbito de la Gracia más capaz de entre los que no son Dios.

            Dios Hijo a la Madre por excelencia cuya grandeza inaudita e inmedible, inconmensurable nace de la grandeza infinita del Hijo.

            Está en Ella y desde que empezó a ser y para toda la eternidad el sello de toda la Santísima Trinidad.
            A Ella nuestra devoción, nuestro amor, nuestra confianza sin límites para que su bondad haga en nosotros lo que nosotros queremos y apenas podemos.

                                                                                                        ¡Ave María Purísima!

El Retiro, Molinari, Córdoba, Argentina. 8 de diciembre de 2016. (MisaVespertina).

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