CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

DOMINGO DE SEXTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Mc 8, 1-10
R. P. Leonardo Castellani


DOMINGO SEXTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS - R. P. Leonardo Castellani

Hemos dicho en el evangelio anterior que cuando Cristo repite un milagro (un gesto, una parábola en acción) eso tiene una significación. Cristo no hacía cosas superfluas. Tenía poco tiempo para cumplir su obra, y no podía gastarlo en fiorituras.

Poco tiempo después de la multiplicación de los panes en la colina de Batiha cerca de Cafarnaúm y de Bethsaida de Julia, que ya hemos considerado, Cristo repitió ese milagro a poca distancia de allí, en las orillas del Lago, no lejos de la hoy indeterminada región que Mateo llama “Magadán”; y Marcos, “Dalmanutha”. La opinión de los racionalistas alemanes de que se trata de un solo hecho –mítico por lo demás– que los cuatro Evangelistas han desdoblado, es tan descabellada que no merece detenernos. Los dos milagros están narrados talmente que hay que creer o reventar: es decir, o bien aceptar el relato evangélico ut jacet, o bien descartar totalmente esos cuatro documentos como ahistóricos y sostener que de Cristo no sabemos absolutamente nada, ni su existencia siquiera: posición absurda, pero no tan ilógica como la de recortar el Evangelio en trocitos, y, éste-quiero éste-no-quiero, componer un nuevo libro con los retazos, sin más autoridad para ello que la más presuntuosa impiedad.

Mateo y Marcos narran el milagro casi con las mismas palabras; Mateo más escueto, como suele. El milagro segundo parece coincidir en todo con el primero, excepto en las cifras: la misma muchedumbre heterogénea y ferviente, la curación de innumerables enfermos y estropeados, el hambre por oír la palabra, la compasión de Cristo: “Tengo lástima del pueblo, porque hace tres días que me siguen y no han comido”; la objeción de los Apóstoles, el mandato de que “les den ellos de comer”, la colecta de vituallas (7 panes y algunos pececillos), el ordenamiento del pueblo en grupos regulares (anápéssein) de cincuenta y cien (4.000 varones), la solemne bendición del pan, la recolección de los fragmentos (7 espuertas o canastos grandes), la inmediata retirada de Cristo a bordo de la lancha de Pedro a través del Lago; y en una conversación posterior –después de un choque doloroso con los fariseos en Dalmanutha, que hizo “gemir” a Cristo, dice Marcos– la misma reprensión a los Apóstoles de “no entender la Palabra de los Panes”. “Sois siempre los mismos, cabezudos, poco fidentes, ¿todavía estáis sin inteligencia? ¿Hasta cuándo, Dios mío?”. Porque “no habían entendido la palabra de los panes”, dirá más tarde el cronista sacro. Hay pues aquí una palabra que entender.

Lo que difiere son únicamente las cifras: notadas exactamente por todos los Evangelistas y repetidas por Cristo más adelante.

“Cuando repartí cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas espuertas recogisteis?
–Doce.

–Cuando repartí siete panes entre cuatro mil, ¿cuantos canastos de sobrantes quedaron?

–Siete.

–¿Y todavía no entendéis?”.

He aquí el rasgo misterioso: cuanto menos panes, más gentes alimentadas y más excedente; cuando más panes hechos de mano de hombre, menos gentes (un millar menos) y menos superabundancia; una inexplicable proporción inversa. Parecería según esa proporción que si hubiese habido un solo pan, se hubiese podido alimentar con él a un quíntuple ejército, a veinticinco mil hombres; y a lo mejor con medio pan alimenta Cristo a todo el Universo. De hecho en la Ultima Cena, al repetir el gesto ya dos veces advertido, levantó en sus manos un medio pan. Para hacer su obra Cristo pide primero lo poco que tenemos –eso sí, todo lo que tenemos–; pero cuanto más poco es, más parece exaltarse su poder. Porque ese pan multiplicado representaba la Palabra de Dios; y también –y después de eso– la Eucaristía.

Un filósofo católico, Jácome Maritain, ha explicado bien la función de los medios ricos y los medios pobres en manos de la Iglesia: Dios ama los medios o instrumentos pobres, para que el hombre no se alce con la gloria, que es de Dios. Cuando la Iglesia esta en posesión de instrumentos ricos o quiere trabajar con ellos, el poder, la influencia, el renombre, la astucia política, la diplomacia, los ejércitos, los nombres ilustres, y en fin, ese útil de útiles que es el dinero, queda herida de esterilidad o al menos de sequía; tanto que a veces permite Dios que violentamente se los arrebaten o anulen. Esas son las armas del mundo, y la Iglesia, tentada de mundanidad, se enreda con ellas o se lastima, como David con la armadura de Saúl. Cuando Mendizábal en España, hace un siglo y medio ahora, arrebató con violencia los bienes materiales de la Iglesia –como Rivadavia su imitador entre nosotros en 1825–, el filósofo Balmes en un luminoso opúsculo condenó ese despojo inicuo y sacrílego, prediciendo iba a traer malas consecuencias al país, como las trajo en efecto; pero sacó en limpio también una lección para los eclesiásticos que no empleaban rectamente esos bienes, puesto que los estudios eclesiásticos estaban por el suelo; y lo primero que necesita la Iglesia son sacerdotes bien formados. El medio pebre que usa Dios para salvar a un país es la Palabra de Dios; que es un útil pobre; es una espada de acero, no es un cofre de oro. Pero hay que prepararse para ser digno de ella: todo es poco para prepararse a manejar la Palabra.

Se quejan de que en la Argentina no hay sacerdotes... ¿Y cómo los va a haber? ¿De dónde van a salir? En realidad en la Argentina faltan unos doscientos cincuenta sacerdotes; pero sobran unos quinientos... como dijo el cardenal Dubois. En Washington hace ya más de un siglo –exactamente 116 años– existe una Universidad Católica; y aquí ni por sueños; y Washington es una capital protestante. Aquí se ha gastado dinero en hacer grandes templos vacíos y feos y grandes edificios de seminarios desteñidos. ¿De dónde van a salir los buenos sacerdotes sino de jóvenes bien educados, universitariamente educados? ¿Por ventura de grandes arriadas de pobrecitos muchachitos reos de los suburbios de Buenos Aires, prácticamente ineducables en general, porque lo que se mama en la cuna sólo se quita en la sepultura?

La palabra es una cosa débil, es un soplo, un vientito, unas patas de moscas sobre un papel; pero aun en el orden humano, es bien rudo aquel que no conoce el tremendo poder de “las palabras concertadas en orden”, que dijo Belloc. Mas cuando ese vientito se conecta con el viento de Pentecostés; cuando sale de la boca de un hombre que se ha vaciado de sí mismo para ser un simple resonador de la Verdad; de un hombre que cuando tiene que ir al encuentro de los enemigos de su Dios, no piensa largamente ni concierta en orden sus dichos y respuestas, porque se siente anonadado, pequeño y nulo; pero sabe que llegado el trance, el Espíritu le pondrá en la boca la palabra que El quiere... entonces el medio pobre de la palabra es fuego y es luz, es estoque y daga, es alimento y es arma. Y no tiene otra arma la Santa Madre Iglesia; pues todas las otras son para servir a ésta. ¡Y ay de nosotros cuando las otras pretenden suplantarla!

Después de la primera Multipanificación, Jesús dijo en la Sinagoga de Cafarnaúm que les iba a dar el Pan de Vida, el Maná, el Alimento Celeste; y declaró paladinamente que ese alimento era la palabra de Dios, que se multiplica maravillosamente tanto más cuanto más pequeñita y pura es; porque si yo reparto una verdad, yo no me quedo sin ella ni ella disminuye, antes aumenta en mí; y aumenta en todos aquellos que de mí la reciben y la enseñan, como los panecillos en manos de los Discípulos. Ésta es la verdadera multiplicación del Pan de Vida. “No Moisés os dio a vosotros el pan del cielo; mi Padre os da el Pan del cielo verdadero. El Pan de Dios es el que descendió del Cielo y da la vida al mundo. –Señor, danos siempre de ese pan–. Yo soy el Pan de Vida, el que viene a Mí no hambreará más; y el que cree en Mí no se ensedientará jamás. Pero vosotros no creéis”...

Maldonado advierte que todo este largo sermón y diálogo de Cafarnaúm versa al principio directamente sobre la Fe y la Palabra de Dios e indirectamente sobre el Sacramento de la Fe, que es la Eucaristía; para divergir insensiblemente al final a hablar directamente de la Eucaristía, que presupone la fe y sin la fe nada es. Pero ambas cosas van y deben ir juntas. Y así San Agustín resume enérgicamente todo el Sermón diciendo: “Si no comes primero a Cristo con la mente, de balde lo comes con la boca; si el Verbo hecho carne no te entra primero al corazón por los oídos, poco ganarás con que te entre en el estómago.” Ésta debe ser la explicación del poco fruto de tantísimas “comuniones”.

“Tened cuidado con el fermento”, añadió Cristo estando ya en la barca. Los fariseos le habían pedido “un signo en el cielo”, es decir, un milagro como el de Josué por ejemplo: que hiciese parar el sol. “¿Y tú qué milagro mayor haces?”. Cristo había gemido en su corazón y había gritado con los labios: “Esta generación bastarda pide un signo en el cielo; os juro que no se dará ese signo.” Los Apóstoles cuchicheaban entre sí: “Porque nos hemos olvidado de traer pan, por eso nos dice: cuidado con la levadura.” Cristo les dijo: “¿No veis que os hablo de la levadura de los fariseos (“fermentum pharisaeorum”)”.

La “levadura de los fariseos” consiste en la palabrita que hace levantar toda la masa, pero para volverla agria y venenosa; es también un vientito sutil. El fariseo no miente del todo ordinariamente, se contenta con decir media verdad y callar la otra. El fariseo cuando es Superior dice: “¡Debéis obedecer a vuestros superiores!” lo cual es verdad; pero no dice: “Mas los Superiores deben mandar según la palabra de Dios, y deben incluso poner su vida por sus súbditos.”

                        Dijiste, media verdad.
                        La partiste por el eje.
                        Ahora ya es mejor que calles.
                        Porque mentirás dos veces.

Esas medias verdades que son a veces peores que mentiras penetran y fermentan la mente colectiva, contaminando imperceptiblemente incluso los ánimos buenos y bienintencionados, que las repiten inocentemente; como las repetían en su conversación los discípulos al mismo tiempo que remaban, mientras Cristo en la popa del bote acunaba su tristeza. “Cierto, nunca ha hecho ningún signo en el cielo; y ¿por qué será?”. Había hecho un signo en el cielo cuando nació; y había de hacer otro al morir.

Así pasó la segunda multiplicación de los panes; y largo trecho después, el Evangelista interrumpe otro relato para decir rememoriosamente: “Porque ellos no habían entendido aún La Palabra de los Panes.”

Tomado de: "El Evangelio de Jesucristo", del P. Leonardo Castellani, Ediciones Dictio, 4a. Ed., 1977 (Pag.. 271 a 276)

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