CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

DOMINGO QUINTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
[Mt 5, 20-24] Mt 5, 17-37
R. P. Leonardo Castellani


DOMINGO QUINTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Lady Julia de Strindberg, Servicios prestados de Sommerset Maugham, La muerte de un viajante de Miller, Llega un Inspector de Priestley, Seis personajes en busca de autor de Pirandello...: éstas son piezas que se han dado el año pasado en Buenos Aires, y nadie puede negar que son de lo más alto que ha producido el arte contemporáneo. ¿Qué representan esas piezas? Representan la perdición del alma: la condenación eterna... en esta vida.

Francamente, no valía la pena haber negado el infierno en la otra vida para instalarlo en ésta...

Cualquiera que conozca la gran literatura contemporánea sabe que está infiernada: que el ateísmo ha traído consigo la desesperación. Fuera de los autores que han conservado la fe cristiana y han puesto al servicio de ella su talento (un Claudel, un Belloc, una Selma Lagerlöf) la desesperación, la miseria total sin remedio, en un millar de formas diferentes es el verdadero “tema de nuestro tiempo”.

Pero eso no es todo... No, eso no es todo. El resto es tango, zarzuela y sainete, saltimbanquería, y sofística para “divertir” a la gente a fin de que pueda pasar la vida a un nivel inferior al de las bestias y no darse cuenta... hasta que llega el momento inevitable de darse cuenta. Hacer olvidar a la gente de la Muerte, y de la misma Vida. El título de las revistas “humorísticas” porteñas... el mismo título indica quién es la aristocracia porteña, supuesto que el “humor” es señal de aristocracia: Avivato, Rico Tipo y Pobre Diablo, la cual es pornográfica o poco menos. Pero todos estos aristocráticos “avivatos” porteños llega un día que van a la quiebra: y entonces se ve que no eran más que “pobres diablos”; o ni siquiera eso: pobres gatos.

Esto es lo que podemos llamar “el Mundo”. La otra alternativa es el Sermón de la Montaña.

Estos grandes literatos de la desesperación han leído también el Sermón de la Montaña. Dicen que es sublime, hechicero y encantador. Dicen después que hoy ya no se cumple, que nunca se ha cumplido, que no se puede cumplir. ¡Qué lástima! La humanidad sería tan hermosa si se pudiera cumplir...

El Sermón de la Montaña no es sublime, hechicero ni encantador en el sentido de los estetas. Es una composición áspera y descarnada –por lo menos tal como la dan los tres capítulos de Mateo–, que comprende tres grandes temas generales y una cantidad de avisos particulares al final. Puede llamarse con el título general de “Relación de la Antigua Ley a la Nueva”; o simplemente “La Transmutación de la Ley”. Es evidente que Mateo ha resumido y quizás ha unido varios sermones o recitados: los recitados de estilo oral no son tan largos. Es probable que se profirió lentamente en varios días consecutivos. Se puede llamar el núcleo vital de la moral cristiana.

El Sermón tuvo lugar en la Primera Misión de Galilea sobre “un monte” que la tradición retiene fue la colina llamada “Cuernos de Háttim” en las estribaciones del gigantesco y siempre nevado Hermón (Según Bover S. J. en su comentario a la Vida de Cristo, en láminas de W. Hole): donde dos salientes rocallosas forman una especie de púlpito natural para los que se sitúen al pie, en el “Valle de la Paloma”, a la vista del mar de Galilea, y de Magdala y de Bethsaida Julia. Cristo había iniciado ya su trabajo en Jerusalén, con la irrupción violenta en el Templo, la conversión de Nicodemus, y la llamada de los discípulos: había curado al hijo moribundo del Régulo y a la suegra de San Pedro, y a “innumerables enfermos”; la primera pesca milagrosa y otros milagros; había condenado el fariseísmo y sido expulsado de la sinagoga de Cafarnaúm e intentado ser muerto en la de Nazareth, su ciudad natal; en consecuencia su nombre había corrido por toda Siria, y era seguido por una inmensa muchedumbre (turba multa) de Galilea, de Judea, de Jerusalén, de la Decápolis y la Transjordania. “Ha surgido un gran profeta en Nazareth.” Hacía siglos que en Israel no se levantaba ningún profeta. Era eso para el pueblo una de las señales de que el Mesías estaba cerca.

En el evangelio del Domingo quinto después de Pentecostés (Mt V, 17) se lee un pequeño trozo muy característico de este Sermón, que comienza en las sorprendentes y paradojales “Bienaventuranzas”: bienaventurados los pobres, los que lloran, los que tienen hambre y sed, bienaventurados los perseguidos... Después de esta especie de contradicción seca al sentido y a la felicidad del mundo, Jesús anuncia que va a dar su Ley: “no para destruir la Ley Antigua sino para completarla”; porque ni una sola i de la ley, ni un punto sobre la i, ha de pasar, sino que toda ella durará más allá de los siglos. Y después condena la “santidad” de los escribas y fariseos, que no sólo habían abrumado la ley de Moisés con sus mandatos supererogatorios, sino que de hecho la habían cambiado; fenómeno general en todas las morales: el núcleo primitivo y vivo de la moral se concreta primero en mandatos positivos de la autoridad, los cuales terminan –si no se tiene ojo– por hacer desaparecer el núcleo; y así la moral viva puede ser sustituida por la moral formalista y rutinaria, el convencionalismo muerto; cuyo extremo es el fariseísmo. La moral se va en follaje y palabrería, primero, vaciándose por dentro, y después se llena de hipocresía: ése es en suma el proceso, que puede ser muy largo y tiene varios grados.

“Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás: y el que mate será reo de juicio capital... Pero Yo os digo: todo el que se aire con su hermano, será reo de Juicio: y el que lo llame “Idiota” será reo de Sinedrio; y el que lo llame “Loco” será reo de la gehenna del fuego”, es decir, del infierno. Con esta impetuosa declaración comienza Cristo la corrección de la Ley farisaica. ¿Pena de muerte al que trate a otro de “loco”? ¿No es exagerar un poco? ¿Demasiada delicadeza?

Se puede matar con la lengua: con una calumnia, con una difamación, con una contumelia; y el que lo hace con la lengua no es menos homicida que el que lo hace con las manos; ni menos digno del castigo de los homicidas. Se. puede llamar loco a uno ligeramente y aún tal vez amistosamente; pero la contumelia, el insulto grave lanzado a la cara, no menos que la calumnia, puede ser pecado mortal porque puede tener efectos mortales; y por de pronto, rompe la convivencia, lo cual es grave. Los moralistas estoicos decían: “No hagas caso de las lenguas de los hombres, déjalos que digan lo que quieran; con la lengua no se puede romper ningún hueso...”. Son cuentos: con la lengua se pueden ocasionar daños enormes y permanentes, irreparables a veces; y se puede romper un corazón. Ojo con las “palabras irreparables”.

Cristo añade un precepto gravísimo, y muy olvidado hoy día. “Si estás ante el altar para ofrecer tu sacrificio y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí mismo tu sacrificio, y vete a reconciliar con tu hermano; y después retorna a ofrecer tu sacrificio.” Esto lo han olvidado hoy día incluso algunos que ofrecen cada día sacrificio. Pero el que no repara en esta vida los daños, ofensas o iniquidades que ha hecho, tendrá que pagar mucho más caro en la otra; porque la injusticia no reparada es una cosa inmortal; y tiene una cosa curiosa, que el que ha hecho una injusticia y no la repara, se ve llevado a hacer muchas otras: es como una úlcera que crece; cosa que se puede ver todos los días, y notó nuestro Martín Fierro. Por lo tanto:

“Arréglate con tu adversario cuanto antes, mientras estés en el camino con él, antes de llegar al juzgado; no sea que –si se te acaba el camino– el adversario te entregue al juez y el juez te entregue al alcaide, y el alcaide te meta en el calabozo: palabra de honor, te digo que no saldrás del calabozo hasta después de pagar el último centavo.”

Este es uno de los textos –el principal– en que leen los Doctores la existencia del Purgatorio; porque evidentemente dice que se pueda pagar también en la otra vida; y ese calabozo que está al fin del camino, y en donde se puede acabar de pagar y después salir, no puede ser el Infierno: no es la “Desesperación”, no es el “lasciate ogni speranza voi ch'entrate”. Es el Purgatorio.

Y así continuó Jesucristo interiorizando la ley exterior de Moisés y la ley falsificada de los fariseos; prohibiendo los pecados no solamente de obra, sino de pensamiento y deseo; no solamente los daños visibles, sino también el odio invisible; no sólo los errores de las manos, sino principalmente los del corazón: los deseos deshonestos, el divorcio, el juramento vano y ligero y no sólo el perjurio; y añadiendo a lo que es de pura justicia –que era el núcleo de la moral hebrea– lo que está más allá de la justicia, y es de pura caridad y grandeza de alma. “Oísteis que ha sido dicho: amarás a tu hermano y odiarás a tu enemigo; yo os digo: amad a vuestros enemigos. Oísteis que ha sido dicho: pagarás tus deudas. Yo os digo: dad a quien os pida, prestad sin interés, si es posible. No resistáis al mal: si alguien te golpea una mejilla, dale la otra...”. Y siguen los consejos positivos de la limosna, del ayuno, de la confianza total en Dios, “como los lirios del campo”; y sobre todo, de la oración.

La notable fórmula con que encabeza Cristo todos estos Preceptos y Consejos morales: “Oísteis que fue dicho a los antiguos, Yo empero os digo” dejó asombrados a los oyentes; efectivamente, muchos de los preceptos ampliados o corregidos eran del mismo Moisés; y la fórmula significaba pues por lo menos que Cristo tenía más autoridad que Moisés: que Él era nominalmente el “Gran Profeta” que Moisés había predicho vendría después de él, “a enseñarnos todo lo demás”. Pero bien mirado, significaba mucho más todavía: sólo Dios puede imponer preceptos de este tipo al hombre, pues solamente en nombre de Dios los impuso Moisés; y Cristo los imponía en nombre suyo. No decía como Moisés: “En el nombre del Señor os mando: esto me ha dicho el Señor...”, mas decía tranquilamente: “Yo os digo.” Y la gente no dejó de entender esto, pues exclamaron: “Un gran profeta se ha alzado en Israel: y ¿quién es Este, que habla con tal autoridad?”

Hoy dicen que no tenía tal autoridad, que fue un gran poeta gnómico y lírico...

–El Sermón Montano no se puede cumplir.

–Usted no sabe si se puede cumplir o no, porque no lo ha probado. Muchos lo han probado y saben más que usted en la materia.

–El Sermón Montano nunca se ha cumplido en el mundo.

–El Sermón Montano se ha cumplido por una minoría desde que Cristo habló hasta hoy: y esa minoría actuando a manera de levadura, levantó la Moral de Occidente, y en consecuencia su prosperidad y su felicidad, a un nivel que hubiese asombrado a los moralistas paganos.

–Por lo menos, ahora no se cumple más el Sermón Montano: eche usted una mirada a la Humanidad de hoy; el que quisiera seguir a la letra a Cristo sería hecho trizas o tenido por loco... la lucha por la vida... no hay más remedio.

–Confieso que hoy los que siguen perfectamente a Cristo son pocos; y “la multitud” ha apostatado, con los halagüeños resultados que usted dice; pero hasta que se acabe el mundo, habrá algunos o al menos uno que obedezca a Cristo, el cual dará “testimonio de la Ley contra ellos”. Y la Ley durará siempre, y será restaurada, sancionada y vindicada un día, aunque sea con la mayor violencia; y ¡ay de aquel que en ese día sea hallado fuera de ella! –cuando sean sacudidos los basamentos de la tierra, se derrumbe todo lo edificado sobre la mentira y vuelva en gloria y majestad el Legislador a hacer “nuevos cielos y nueva tierra”... Porque “los cielos y la tierra pasarán; pero mis palabras no pasarán”.

Tomado de: "El Evangelio de Jesucristo", del P. Leonardo Castellani, Ediciones Dictio, 4a. Ed., 1977 (Pag.. 265 a 270)

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