CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

SERMÓN SOBRE SAN JOSÉ
Jacobo Benigno Bossuet


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DEPOSITUM CUSTODI
GUARDA EL DEPÓSITO

(I Timoteo, 6, 20)

De las tres virtudes de San José: por
la primera, la sencillez, buscó a Dios;
por la segunda, el desapego, encontró
a Dios; por la tercera, el amor de la
vida oculta, gozó de Dios.

(Sermón predicado primeramente el 19 de marzo de en las Grandes
Carmelitas, después de la aparición de San José en el monte Bessillon).

   Este hombre según el corazón de Dios no se muestra para afuera y Dios no lo escoge según las apariencias, ni por el testimonio de la voz pública. Cuando envió a Samuel a la casa de Jesé para encontrar allí a David, el primero de todos que mereció esta alabanza, ese gran hombre, al cual Dios destinaba para la más augusta corona del mundo, no era conocido ni siquiera en su familia. Le presentan al profeta todos sus mayores, sin pensar en él; pero Dios, que no juzga al modo de los hombres, le advertía en secreto no mirar a su rica estatura, ni a su atrevido porte; de tal modo que, rechazando a aquéllos introducidos en el mundo, hizo acercarse a aquél, al cual mandaban a apacentar los rebaños: y derramando sobre su cabeza la unción real, dejó a sus padres asombrados, por haber hasta ese momento conocido tan poco a ese hijo, al cual Dios elegía con tan extraordinaria supremacía.

   Parecido proceder de la Providencia divina me hace aplicar hoy a José, el hijo de David, lo que se dijo del mismo David. Había llegado el tiempo de que Dios buscase un hombre según su corazón, para depositar en sus manos lo que le era más caro; quiero decir la persona de su Hijo único, la integridad de su santa Madre, la salvación del género humano, el secreto más sagrado de su disposición, el tesoro del cielo y de la tierra. Deja a Jerusalén y las otras famosas ciudades; se detiene en Nazaret; y en esta aldea desconocida elegirá también a un hombre desconocido, un pobre artesano, en una palabra a José, para confiarle un cargo, con el cual los ángeles del primer orden se hubieran sentido honrados, para que, señores, entendamos que el hombre según el corazón de Dios debe ser buscado él mismo en el corazón y que son las virtudes ocultas las que lo hacen digno de esta alabanza. Como me propongo hoy tratar estas virtudes ocultas, es decir, descubriros el corazón del justo José, necesito más que nunca, cristianos, que aquél que se llama el Dios de nuestros corazones(1), me ilumine con su Espíritu Santo. Pero que injuria haríamos a la divina María, si estando acostumbrados a pedirle su ayuda en otros temas ahora cuando se trata de su santo esposo, no nos esforzáramos a decirle con particular devoción: Ave.

   Es un vicio común de los hombres el darse totalmente a lo exterior y descuidar lo interior, el trabajar para mostrar y aparentar y despreciar lo efectivo y lo sólido, el pensar a menudo cómo parecen y no pensar cómo deben ser. Es por eso, que las virtudes estimadas son aquéllas que se ocupan de negocios y que forman parte del trato con los hombres: al contrario, las virtudes ocultas e interiores en las que el público no toma parte, donde todo ocurre entre Dios y el hombre, no solamente no son seguidas, sino ni siquiera escuchadas. Y sin embargo es en este secreto en el que consiste todo el misterio de la verdadera virtud. En vano pensáis formar un buen magistrado, si no hacéis antes un hombre de bien; en vano consideráis qué puesto podréis ocupar en la sociedad civil, si antes no meditáis qué hombre sois en particular. Si la sociedad civil construye un edificio, el arquitecto hace primero tallar una piedra y después se la pone en el edificio. Antes de meditar qué lugar se dará a un hombre entre los otros, es necesario formarlo en sí mismo; y si no se trabaja sobre esta base, todas las otras virtudes, por brillantes que puedan ser, no serán sino virtudes de ostentación y aplicadas por afuera, que no tendrán cuerpo ni verdad. Podrán obtenernos el respeto y hacer nuestras costumbres agradables, en fin, nos podrán formar a gusto y según el corazón de los hombres; pero no hay sino las virtudes particulares, que tengan este admirable derecho de formarnos al gusto y según el corazón de Dios.

   Estas virtudes particulares, este hombre de bien, este hombre a gusto de Dios y según su corazón, es lo que quiero mostraros hoy en la persona del justo José. Quito los dones y los misterios que podrían elevar su panegírico. No os digo más, cristianos, que él es el depositario de los tesoros celestiales, el padre de Jesucristo, el conductor de su infancia, el protector de su vida, el esposo y guardián de su santa Madre. Quiero callar todo cuanto reluce, para hacer el elogio de un Santo, cuya principal grandeza es haber sido de Dios sin ostentación. Las virtudes mismas, de las cuales os hablaré, no son ni de la sociedad, ni del trato: todo está encerrado en el secreto de su conciencia. La simplicidad, el desapego, el amor a la vida oculta son pues las tres virtudes del justo José, que intento proponeros. Me parecéis sorprendidos al ver el elogio de un santo tan grande, cuya vocación es tan alta, reducido a tres virtudes tan comunes: pero sabed que en estas tres virtudes consiste el carácter de este hombre de bien del que estamos hablando; y me es fácil haceros ver que también en estas tres virtudes consiste el carácter de San José. Pues, Hermanas, a este hombre de bien, al cual contemplamos, para ser según el corazón de Dios, le es necesario primeramente que lo busque; en segundo lugar, que lo encuentre y en tercer lugar, que se complazca en él. Quienquiera busca a Dios, que busque con simplicidad a aquél que no puede soportar los caminos desviados. Quienquiera quiere encontrar a Dios, que se desapegue de todas las cosas para encontrar a aquél que quiere ser él solo todo nuestro bien. Quienquiera quiere gozar de Dios, que se esconda y se retire para gozar en el reposo, en la soledad, de aquél, que no se comunica entre la turbación y la agitación del mundo. Es lo que ha hecho nuestro patriarca. José, hombre simple, buscó a Dios; José, hombre desapegado, encontró a Dios; José, hombre retirado, gozó de Dios: tal es la división de este sermón.

PRIMER PUNTO

   El camino de la virtud no es de esas grandes rutas, en las cuales uno puede extenderse libremente: al contrario, aprendemos por las Sagradas Escrituras, que no es sino un pequeño sendero, y un camino estrecho y apretado y al mismo tiempo extremadamente recto: Semita justi recta est, rectus callis justi ad ambulandu (2).De esto debemos aprender que es necesario caminar por él con simplicidad y gran rectitud. Por poco no sólo que uno se desvíe, sino incluso que vacile en esta vía, se cae en los escollos con los que se halla rodeada por todas partes. Por eso el Espíritu Santo, viendo este peligro, nos advierte tan a menudo de caminar por la ruta que nos ha marcado, sin desviarnos nunca ni a la derecha ni a la izquierda: Non declinabitis neque ad dexteram neque ad sinistram(3); enseñándonos con estas palabras que para mantener este camino, hay que rectificar de tal modo su intención, que no se le permita nunca aflojar ni hacer el más mínimo paso a un lado o al otro.

   Esto se denomina en las Escrituras tener el corazón recto con Dios y caminar en sencillez ante su rostro. Es el único medio de buscarlo y el único camino para ir a él, porque, como dice el Sabio: "Dios conduce al justo por los rectos caminos": Justum deduxit Dominus per vías rectas(4). Pues Él quiere que se lo busque con mucho ardor, y así que se tomen los caminos más cortos, que son siempre los más rectos: de suerte que Él no cree que se lo busca, cuando no se va en camino recto hacia Él. Por eso no quiere a los que se detienen, no quiere a los que se apartan, no quiere a los que se dividen. Quienquiera pretende repartir su corazón entre la tierra y el cielo, no da nada al cielo y todo a la tierra, porque la tierra retiene lo que él le empeña y el cielo no acepta lo que él le ofrece.

   Debéis entender por este sermón que esta bienaventurada sencillez tan alabada en las Sagradas Letras es cierta rectitud del corazón y pureza de intención; y el acto principal de esta virtud es ir a Dios de buena fe y sin proponérselo a sí mismo. Acto necesario e importante, que es necesario explicaros. No os persuadáis, cristianos, que yo hablo así sin razón. Porque si en el camino de la virtud hay quienes engañan a los otros, muchos también se engañan a sí mismos. Los que se reparten entre los dos caminos, que quieren tener un pie en uno y en otro, que se dan a Dios de tal manera que tienen siempre una mirada en el mundo; éstos no caminan en simplicidad ni delante de Dios, ni delante de los hombres y, por consiguiente, no tienen una virtud firme. No son rectos con los hombres, porque impresionan su vista con la imagen de una piedad, que no puede ser sino falsificada, estando alterada por la mezcla: no son rectos ante Dios, porque para agradar a sus ojos, no es suficiente, cristianos, presentar con estudio y artificio actos de virtud prestados y forzadas direcciones de la intención.

   Un hombre empeñado en el amor al mundo viola diariamente las leyes más santas de la buena fe, o de la amistad, o de la equidad natural que debemos a los más extraños; para satisfacer su avaricia. Sin embargo, por una cierta inclinación vaga y general que le queda para la virtud, se imagina ser hombre de bien y quiere exhibir actos tales: pero, ¿qué actos, oh Dios todopoderoso? Ha oído decir a sus directores lo que es un acto de desprendimiento o un acto de contrición y de arrepentimiento: saca de su memoria las palabras que lo componen, o la imagen de los sentimientos que lo forman. Los aplica como puede sobre su voluntad, pues no puedo decir otra cosa, puesto que su intención le es opuesta y se imagina ser virtuoso; pero se engaña, se equivoca, se burla a sí mismo.

   Para hacerse agradable a Dios, cristianos, no basta sacar por artificio actos forzados de virtud y direcciones de intención premeditadas. Los actos de piedad deben nacer del fondo del corazón y no ser prestados del espíritu o de la memoria. Pero los que salen del corazón, no se pueden dividir: "Nadie puede servir a dos señores"(5). Dios no puede soportar esta intención bizca, si puedo hablar de esta manera, que mira a dos lados al mismo tiempo. Las miradas así repartidas vuelven chocante y deforme el trato de un hombre; y el alma se desfigura ella misma, cuando dirige sus intenciones hacia dos lugares, "Vuestro ojo, dice el Hijo de Dios, debe ser simple"(6), es decir, que vuestra mirada sea única; y para hablar aún en términos más claros, aplicándose la intención pura y desprendida por completo al mismo fin, que el corazón tome sinceramente y de buena fe los sentimientos que Dios quiere. Pero lo que he dicho en general sobre esto, se conocerá mejor en el ejemplo.
   Dios ordenó al justo José recibir a la divina Virgen como a su Esposa fiel, mientras su embarazo parece acusarla; considerar como a su Hijo propio un niño que no es suyo sino porque está en su casa; reverenciar como a su Dios a aquél al cual está obligado a servir como protector y guardián. En estas tres cosas, hermanos, en las que se deben tener sentimientos delicados y que la naturaleza no puede dar, sólo una extrema simplicidad puede hacer al corazón dócil y disponible. Veamos lo que hará el justo José. Señalaremos aquí, que con respecto a su santa Esposa, nunca fue más modesta la sospecha, ni la duda más respetuosa: pero en fin era tan justo, que no podía desengañarse sin la intromisión del cielo. Por eso, un ángel, de parte de Dios, le anuncia que ella ha concebido por el Espíritu Santo(7). Si su intención hubiera sido menos recta, si no hubiera pertenecido a Dios sino a medias, no se hubiera rendido del todo; le hubiera quedado en el fondo de su alma algún resto de sospecha mal curada y su cariño por la Virgen santa hubiera sido siempre incierto y tembloroso. Pero su corazón que busca a Dios con simplicidad, no sabe dividirse de Dios: no tiene dificultad en reconocer que la incorruptible virtud de su santa Esposa merecía el testimonio del Cielo. Supera la fe de Abrahán, aunque éste nos es presentado en las Escrituras(8), como el modelo de la fe perfecta. Abrahán es alabado en las santas Escrituras, por haber creído en el alumbramiento de una estéril(9): José creyó en el de una virgen, y reconoció con sencillez ese grande e impenetrable misterio de la virginidad fecunda.
   Pero he aquí algo más admirable. Dios quiere que recibáis a este Niño de la pureza de María como a vuestro Hijo. No compartiréis con esta Virgen el honor de ser causa de su nacimiento, porque eso dañaría la virginidad; pero compartiréis con ella esas preocupaciones, esas vigilias, esas inquietudes, con las cuales educará a ese querido Hijo: ocuparéis el lugar del padre de este santo Niño, que no lo tiene en la tierra; y aunque no lo seáis por la naturaleza, es necesario que os volváis tal por cariño. Pero ¿cómo se efectuará tan grande obra? ¿Dónde tomará ese corazón paterno, si la naturaleza no se lo da? ¿Esas inclinaciones se pueden adquirir por elección; y no temeremos aquí esos movimientos prestados y esos afectos artificiales, que acabamos de mencionar? No, hermanos; no lo temamos: un corazón que busca a Dios con sencillez es una tierra húmeda y blanda, que recibe la forma que Él le quiere dar; le sucede naturalmente lo que Dios quiere. Si pues es la voluntad del Padre celestial que José ocupe su lugar en este mundo y que sirva de padre a su Hijo, él sentirá por este santo y divino Niño, no lo duden, esa inclinación natural, todas esas dulces emociones, todos esos tiernos anhelos de un corazón paterno.
   Efectivamente, durante esos tres días cuando el Hijo de Dios se evadió para permanecer con los doctores en el templo, él está tan perturbado como la misma Madre, y ella bien que lo reconoce: Pater tuus et ego dolentes quaerebamus te(10). Tu padre y yo estábamos muy afligidos. Ved, que ella lo une consigo en la sociedad de los dolores. No temo llamarlo aquí tu padre, ni pretendo dañar la pureza de tu nacimiento: se trata de cuidados y ansiedades; y por eso yo puedo decir que es tu padre, porque tiene verdaderamente inquietudes paternales. Ved, señores, cómo este hombre santo acepta simplemente y de buena fe los sentimientos que Dios le ordena. Pero, amando a Jesucristo como a su Hijo, ¿podrá ser, hermanos, que lo reverencie como a su Dios? Sin duda, y no habría nada más difícil, si la santa sencillez no hubiera hecho su alma dócil para someterse sin dificultad a las órdenes divinas.

   He aquí, cristianos, el último esfuerzo de la sencillez del justo José en la pureza de su fe. El gran misterio de nuestra fe es creer en un Dios en la debilidad. Pero, para comprender bien, hermanas, cuan perfecta es la fe de José, es necesario, por favor, señalar que la debilidad de Jesucristo puede considerarse en dos situaciones: o como estando sostenida por algún efecto del poder, o como estando abandonada y dejada a sí misma. En los últimos años de la vida de nuestro Salvador, aunque fuese visible la fragilidad de su carne por sus padecimientos, su omnipotencia divina no lo era menos por sus milagros. Es verdad que parecía hombre; pero este hombre decía cosas que ningún hombre había dicho nunca; pero este hombre hacía cosas que ningún hombre había hecho jamás. Estando entonces sostenida la debilidad, no me asombro que en ese estado Jesús haya atraído adoradores, las señales de su poder pudiendo permitir juzgar que la fragilidad era voluntaria; y la fe no era de tan gran mérito. Pero en el estado en que lo vio José, me cuesta comprender cómo creyó tan fielmente, porque nunca la debilidad pareció más abandonada, ni siquiera, lo digo sin temor, en la ignominia de la cruz. Pues era esta hora importante para la cual había venido: su Padre lo había abandonado; él estaba de acuerdo con él, que lo abandonaría ese día; él mismo se abandonaba voluntariamente para ser entregado a manos de los verdugos. Si durante esos días de abandono el poder de sus enemigos ha sido muy grande, ellos no deben vanagloriarse de eso, porque habiéndolos derribado primero con una sola de sus palabras, les dio bien a entender, que no se les sometía sino por una voluntaria debilidad: Non haberes potestatem adversum me ullam nisi tibí datum esset desuper(11); no tendrías ningún poder sobre mí, si no te hubiera sido dado de lo alto. Pero en el estado del cual hablo y en el cual lo ve San José, la debilidad es tanto mayor, en cuanto parece de alguna manera forzada.

   Pues, al fin, mi divino Salvador ¿cuál es en este encuentro la conducta de vuestro Padre celestial? Él quiere salvar a los Magos que vinieron a adoraros y los hace escapar por otro camino. No lo invento, cristianos, no hago más que seguir la historia santa. Quiere salvaros a vos mismo y parece que tiene dificultad en hacerlo. Un ángel viene del cielo, a despertar, por así decirlo, a José sobresaltado, y decirle como acosado por un peligro imprevisto: "Huid rápido, partid esta noche con la Madre y el Niño, id a Egipto"(12). Huid: ¡oh, qué palabra! Todavía si hubiera dicho: Retírate. Pero: Huid durante la noche: ¡oh, precaución de debilidad! ¿Pero qué? ¡El Dios de Israel no se salva sino al amparo de las tinieblas! Y ¿quién lo dice? Es un ángel que viene súbitamente a José como un mensajero espantado: "De manera, dice un autor antiguo, que parece que todo el cielo se alarmó, y que el terror se esparció ahí antes de pasar a la tierra";(13) ut videatur caelum timor ante tenuisse quam terram. Pero veamos la continuación de esta aventura. José se salva en Egipto y el mismo ángel vuelve a él: "Volved, dice, a Judea, porque quienes querían la muerte del Niño están muertos"(14). ¡Pero cómo! ¡Si ésos vivieran, Dios no estaría en seguridad! ¡Oh, debilidad abandonada y descuidada! He aquí el estado del divino Jesús; y en este estado San José lo adora con la misma sumisión, como si hubiera visto sus más grandes milagros. Reconoce el misterio de este milagroso abandono; sabe que la virtud de la fe es tener la esperanza sin ningún tipo de esperanza: In spem contra spem(15). Se abandona a Dios con sencillez y ejecuta sin investigar todo lo que Él manda. En efecto, es demasiado curiosa la obediencia que examina las causas de la orden: ella no debe tener ojos sino para considerar su deber y debe querer su ceguera que la hace caminar con seguridad. Pero San José tenía esta obediencia, porque creía con sencillez; y porque su espíritu, sin vacilar entre la razón y la fe, seguía con recta intención las luces que venían de arriba. ¡Oh, fe viva, oh fe simple y recta, cuánta razón tiene el Salvador de decir, que ya no te encontrará sobre la tierra!(16). Porque, hermanos míos, ¿cómo creemos nosotros? ¿Quién nos dará hoy penetrar hasta el fondo de nosotros mismos para ver si estos actos de fe que hacemos a veces, están verdaderamente en el corazón, o si no es la costumbre que los lleva ahí desde afuera?

   Y si no podemos leer en nuestros corazones, examinemos nuestras obras y conozcamos nuestra poca fe. Un signo de su debilidad es que no nos atrevemos a construir sobre ella; no nos atrevemos a confiarnos en ella, ni a establecer sobre ese fundamento la esperanza de nuestra felicidad. Desmentidme, señores, si no digo la verdad. Cuando flotamos inseguros entre la vida cristiana y la vida mundana, ¿no es una duda secreta la que nos dice en el fondo del corazón: Pero esta inmortalidad que nos prometen, es una cosa asegurada; y no es demasiado arriesgar su tranquilidad, su felicidad, el abandonar lo que se ve para seguir lo que no se ve? No creemos pues con sencillez, no somos cristianos de buena fe.
   Pero yo creería, diréis, si viera a un ángel como San José. Oh, hombres desengaños. Jonás discutió contra Dios, aunque estaba advertido de su voluntad por una clara visión; y Job fue fiel, aunque no hubiera aún sido confirmado por apariciones extraordinarias. No son los caminos extraordinarios los que doblegan nuestro corazón, sino la santa sencillez y la pureza de intención que produce la verdadera caridad, que ata gustosamente nuestro espíritu a Dios, apartándolo de las creaturas. Este abandono, Hermanas, constituirá nuestra segunda parte.

SEGUNDO PUNTO

   Dios, que ha instituido su Evangelio sobre contrariedades misteriosas, se da solamente a quienes se conforman con Él y se desprenden de los otros bienes. Era necesario que Abrahán abandone su casa y todos los apegos de la tierra antes de que Dios le dijera: Yo soy tu Dios. Hay que abandonar todo lo que se ve, para merecer lo que no se ve y nadie puede poseer ese gran todo si no está en el mundo, como si no tuviera nada. Tamquam nihil habentes"(17). Si alguna vez hubo un hombre a quien Dios se haya dado de buena gana, es sin duda el justo José, quien lo tiene en su casa y entre sus manos y ante quien Él está presente a toda hora mucho más en el corazón, que delante de los ojos. He aquí un hombre que ha encontrado a Dios de una manera muy particular: así se hizo digno de tan grande tesoro, por un desprendimiento sin reservas, pues se despegó de sus pasiones, se despegó de su interés y de su propio reposo.

   Dos clases de pasiones acostumbran conmovernos, quiero decir, las pasiones suaves y las pasiones violentas. ¿Cuál de las dos, Hermanas, es la más difícil de dominar? No es fácil decidirlo. He aprendido del gran Santo Tomás, que aquéllas son temibles por la duración, éstas por la rapidez y la impetuosidad de sus movimientos; aquéllas nos halagan, éstas nos empujan por la fuerza; aquéllas nos conquistan, éstas nos arrastran. Pero, aunque por vías diferentes, unas y otras trastornan los sentidos, unas y otras empeñan el corazón. Oh, pobre corazón humano, ¿de cuántos enemigos eres la presa? ¿De cuántas tempestades eres el juguete? ¿De cuántas ilusiones eres el teatro?

   Mas aprendamos, cristianos, del ejemplo de San José a vencer esas suavidades que nos encantan, esas violencias que nos arrebatan. Ved cómo está desapegado de sus pasiones, pues ha podido vencer sin esfuerzo entre las suaves a la más halagadora, entre las violentas, a la más feroz, quiero decir, al amor y los celos. Su Esposa es su hermana. Se conmueve, si puedo decir así, solamente por la virginidad de María; pero la ama para conservarla en su casta Esposa; y después para grabarla en sí mismo, por una completa unión del corazón. La fidelidad de este matrimonio consiste en guardarse uno al otro la perfecta integridad que se han prometido. Tales son las promesas que los juntan, tal es el pacto que los ata. Son dos virginidades que se unen para conservarse una a la otra eternamente por una casta correspondencia de púdicos deseos; y me parece ver dos astros que no se juntan en conjunción sino porque sus luces se unen. Tal es el vínculo de este matrimonio, tanto más firme, dice San Agustín(18), que las promesas que se dieron deben ser más inviolables por eso mismo que son más santas.

   Pero los celos, cristianos, pensaron romper sagrado vínculo de esta amistad conyugal, desconociendo aún los misterios de los cuales era hecha digna su amada Esposa, no sabe qué pensar de su embarazo. Los poetas y pintores presenten a vuestros ojos los horrores de los celos, el veneno de esta serpiente y los cien ojos de este monstruo: me basta deciros que es una especie de complicación de las pasiones más furiosas. Aquí, un amor ultrajado impulsa el dolor hasta la desesperación y el odio hasta la furia; y es quizás por esta razón que el Espíritu Santo nos ha dicho: Dura sicut infernus aemulatio(19); los celos son duros como el infierno, porque reúnen en efecto las dos cosas más crueles que tiene el infierno» la rabia y la desesperación.

   Pero este monstruo tan furioso no puede nada contra el justo José. Admirad, pues, su moderación hacia su santa y divina Esposa. Comprende el mal de modo que no puede defenderla; y no quiere condenarla del todo. Toma un parecer atemperado. Obligado por la autoridad de la ley a alejarla de su compañía, evita por lo menos difamarla, se queda en el límite de la justicia y bien lejos de requerir el castigo, le ahorra incluso la deshonra. He aquí una resolución bien moderada: pero tampoco apura su ejecución. Quiere esperar la noche, esta sabia consejera de nuestros fastidios, de nuestras ligerezas, de nuestras peligrosas precipitaciones. Y en efecto esa noche le descubrirá el misterio; un ángel vendrá a aclarar sus dudas; y me atrevo a decir, señores, que Dios le debía al justo José este socorro. Porque, puesto que la razón humana sostenida por la gracia se había elevado a su punto más alto, era necesario que el Cielo concluyera el resto; y aquél era digno de conocer la verdad quien, sin haberla reconocido, no había dejado sin embargo de practicar la justicia: Mérito responsum subvenit mox divinum, cui humano deficiente consilio justitia non defecit(20).

   Por cierto, San Juan Crisóstomo tiene razón de admirar aquí la filosofía de José(21). Era, dice, un gran filósofo, completamente desapegado de sus pasiones, puesto que lo vemos vencer la más tiránica de todas. ¿Cuan dueño de sus movimientos es un hombre, que en esta situación es capaz de tomar una resolución y una resolución moderada y que habiéndola tomado tan sabiamente, puede todavía suspender su ejecución y con esos pensamientos dormir un sueño tranquilo? Sí su alma no hubiese estado tranquila, estad seguros que las luces de arriba no hubieran descendido tan pronto a ella. Es pues indudable, hermanos, que él estaba bien desapegado  sus pasiones, tanto de las que encantan por su suavidad como de las que arrastran por su violencia.

   Muchos pensarán, quizás, que siendo tan desapegado de sus pasiones, es superfluo deciros, que también lo es de sus intereses. Pero no sé, cristianos, si esta consecuencia es bien segura. Porque este apego a nuestro interés es más bien un vicio que una pasión, porque las pasiones tienen su rumbo y consisten en cierto ardor que los oficios cambian, que el alma modera, que el tiempo se lleva, que se consume al final a sí mismo; mientras que el apego al interés se arraiga cada vez más con el tiempo, como dice Santo Tomás(22), procediendo de la debilidad, se fortifica todos los días a medida que todo el resto se debilita y se agota. Pero sea como sea, cristianos, no hay nada más desasido de este interés que el alma del justo José. Representaos un pobre artesano, que no tiene otra herencia que sus manos, otro bien que su taller, otros recursos que su trabajo; que da con una mano lo que acaba de recibir con la otra, y se ve todos los días con sus recursos agotados; obligado sin embargo a hacer grandes viajes, que le impiden todas sus prácticas; porque hay que hablar de este modo del padre de Jesucristo, sin que el ángel enviado le diga nunca una palabra de su subsistencia. Él no tuvo vergüenza de sufrir lo que nosotros tenemos vergüenza de decir: ¡Humillaos, oh grandezas humanas! Sin embargo, él sigue sin inquietarse, siempre errante, siempre vagabundo, solamente porque está con Jesucristo; demasiado feliz de poseerlo a ese precio. Se considera todavía demasiado rico, y todos los días hace nuevos esfuerzos para vaciar su corazón, para que Dios extienda allí sus posesiones y dilate en él su reino; abundante, porque no tiene nada; teniendo todo, porque todo le falta; feliz, tranquilo, asegurado porque no encuentra ni reposo, ni morada, ni estabilidad.

   Éste es el último efecto del desapego de José, y el que debemos señalar, reflexionando más seriamente. Porque nuestro vicio más común y más opuesto al cristianismo es una desgraciada inclinación a establecernos sobre la tierra, cuando debemos avanzar siempre y no detenernos nunca en ninguna parte. San Pablo nos enseña, en la divina Epístola a los Hebreos, que Dios nos ha construido una ciudad: y es por eso, dice, que no se avergüenza de llamarse nuestro Dios; ideo non confunditur Deus vocari Deus eorum: paravit enim illis civitatem(23). Y en efecto, cristianos, como el nombre de Dios es un nombre de padre, con razón se avergonzaría de llamarse nuestro Dios, si no proveyese a nuestras necesidades. Este buen Padre ha pues pensado en proveer cuidadosamente a sus hijos: les ha preparado una ciudad que tiene fundamentos, dice San Pablo, fundamenta habentem civitatem(24), es decir, que es sólida e inconmovible. Si Él tiene vergüenza de no socorrer, ¡qué vergüenza el no aceptarla! ¡Qué injuria hacéis a nuestra patria, si os encontráis bien en el exilio! ¡Qué desprecio hacéis a Sión, si estáis a gusto en Babilonia! Id y caminad siempre y no tengáis nunca morada fija. Así vivió el justo José. ¿Disfrutó alguna vez de un momento de alegría, desde que tenía a Jesucristo a su cuidado? Este Niño no deja a los suyos en reposo: los inquieta siempre en lo que poseen y siempre les ocasiona algún nuevo trastorno.

   Él quiere enseñarnos, Hermanas, que es una disposición de la misericordia el mezclar la amargura en todas nuestras alegrías. Pues somos viajeros, expuestos durante el viaje a la intemperie del aire y a la irregularidad de las estaciones. Durante las fatigas de tan largo viaje el alma agotada por el trabajo busca algún lugar donde descansar. Uno se divierte en un empleo, otro se consuela en su mujer, en su marido, en su familia; otro tiene su esperanza en su hijo. De este modo cada uno se divide y busca algún apoyo en la tierra. El Evangelio no censura estos afectos: pero como el corazón humano es atropellado en sus movimientos y le es difícil moderar sus deseos, lo que le era dado para relajarse, poco a poco descansa en eso y al final se le apega. No era sino un bastón para sostenerlo durante la fatiga del viaje y se hace de él una cama, para dormir ahí; y se queda, se para, sin acordarse más de Sión. Universum stratum ejus versasti in infinítate ejus(25). Dios le da vuelta esta cama donde se adormecía en medio de las felicidades temporales y por un azote saludable le hace sentir a este corazón cuan peligroso era ese reposo. Vivamos pues en este mundo como desasidos de él. Si estamos en él como no teniendo nada, seremos en efecto como poseedores de todo; si nos desasimos de las creaturas ganaremos al Creador; y no nos quedará otra cosa más que ocultarnos con José, para gozar de Él en el recogimiento y la soledad: esto es nuestra última parte.

TERCER PUNTO

   La justicia cristiana es un asunto particular de Dios con el hombre, y del hombre con Dios; es un misterio entre ellos dos, que se profana cuando se lo divulga y que no puede estar oculto con demasiada fidelidad ante quienes no están en el secreto. Por eso, el Hijo de Dios nos ordena, cuando nos proponemos rezar, y lo mismo debe entenderse de todas las virtudes cristianas; nos ordena, digo, retirarnos privadamente y cerrar la puerta detrás nuestro(26). Cierra, dice, la puerta detrás tuyo y celebra tus misterios con Dios solo, sin admitir ahí a nadie, excepto a quienes le placerá llamar; solo pectoris contentus arcano orationem tuam esse mysterium(27). Así, la vida cristiana debe ser una vida oculta y el verdadero cristiano debe desear ardientemente permanecer cubierto bajo el ala de Dios, sin tener otro espectador.

   Pero aquí toda la naturaleza protesta y no puede soportar esta oscuridad y si no me equivoco, es esta la razón: es que a la naturaleza le repugna la muerte; y vivir oculto y desconocido, es como estar muerto en el espíritu de los hombres. Pues como la vida está en la acción, el que deja de obrar parece haber dejado de vivir. Ahora bien, Hermanas, los hombres mundanos, acostumbrados al tumulto y a los apresuramientos, no saben lo que es una acción apacible e interior; y creen que no obran si no se agitan y que no se mueven si no hacen ruido; de manera que consideran el retiro y la oscuridad como una extinción de la vida: al contrario, ponen tanto la vida en este esplendor del mundo y en este ruido tumultuoso, que osan persuadirse que no estarán del todo muertos mientras su nombre haga ruido sobre la tierra. Es por eso que consideran la reputación como una segunda vida: les interesa mucho sobrevivir en la memoria de los hombres; y poco falta, para que crean que saldrán secretamente de sus tumbas, para oír lo que se dirá de ellos; tan persuadidos están de que vivir es hacer ruido y remover todavía las cosas humanas, porque para ellos la vida es ruido. Ésta es la eternidad que promete el siglo: eternidad por los títulos, inmortalidad por la fama: Qualem potest praestare saeculum de titulis deternitatem, de fama immortalitatem(28). Vana y frágil inmortalidad, pero la cual tanto importaba a los viejos conquistadores. Esta falsa imaginación, hace que la oscuridad parezca una muerte a los amadores del mundo e incluso, si oso decirlo, algo más duro que la muerte, puesto que, según su opinión, vivir oculto y desconocido, es sepultarse en vida y enterrarse, por decirlo así, en medie del mundo.

   Nuestro Señor Jesucristo, habiendo venido para morir e inmolarse, quiso morir e inmolarse por nosotros de todas las maneras: de modo que no se contentó, Hermanas con morir la muerte natural, ni la muerte más cruel y más violenta; sino quiso aún agregarle la muerte civil y política. Y como esta muerte civil viene por dos medios, o por la infamia, o por el olvido, quiso sufrir una y otra. Víctima del orgullo humano, quiso sacrificarse por toda clase de humillaciones; y dio a esta muerte de olvido los primeros treinta años de su vida. Para morir con Jesucristo debemos morir con esta muerte, para poder decir con San Pablo: Mihi mundus crucifixus est et ego mundo(29); el mundo está crucificado para mí y yo estoy crucificado para el mundo.

   El gran Papa San Gregorio da a este párrafo del Apóstol una hermosa interpretación: el mundo, dice(30), está muerto para nosotros cuando lo abandonamos; pero, agrega, eso no basta: para llegar a la perfección es necesario que nosotros estemos muertos para él y que él nos abandone; es decir, que debemos ponernos en tal estado que no agrademos al mundo, que nos considere muertos, y que ya no nos cuente más como de sus partidos y de sus intrigas, ni siquiera de sus entretenimientos y de sus pláticas. Eso es la alta perfección del cristianismo, allí se encuentra la vida, porque se aprende a gozar de Dios, quien no vive ni en el torbellino ni en el tumulto del siglo, sino en la paz de la soledad y del retiro.

   Así estaba muerto el justo José: enterrado con Jesucristo y la divina María, no se fastidiaba de esta muerte, que lo hacía vivir con el Salvador. Al contrario, nada teme tanto como que el ruido y la vida del siglo vengan a turbar o a interrumpir ese reposo oculto e interior. Misterio admirable, Hermanas: José tiene en su casa con qué atraer los ojos de toda la tierra y el mundo no lo conoce: tiene al Dios-Hombre y no dice ni una palabra de Él: es testigo de tan gran misterio y lo disfruta en secreto, sin divulgarlo. Los magos y los pastores vienen a adorar a Jesucristo, Simeón y Ana publican sus grandezas: ningún otro podía dar mejor testimonio del misterio de Jesucristo que aquél que era su depositario, que sabía el milagro de su nacimiento, al cual el ángel había instruido tan bien de su dignidad y de la causa de su envío. ¿Qué padre no hablaría de un hijo tan amoroso? Y, sin embargo, el ardor de tantas almas santas que se desahogan delante de él con tanto celo para celebrar las alabanzas de Jesucristo, no es capaz de abrir su boca para descubrirles el secreto de Dios, que le ha sido confiado. Erant mirantes, dice el Evangelista(31): aparecían asombrados, parecía que no sabían nada; escuchaban hablar a todos los otros; y guardaban silencio con tanta fidelidad, que aún se dice en su ciudad al cabo de treinta años: "¿No es éste el Hijo de José?"(32), sin que se hayan enterado nada durante tantos años del misterio de su concepción virginal. Ambos sabían que para gozar verdaderamente de Dios era necesario hacerse una soledad, que era necesario llamar a sí tantos deseos que andan errantes y tantos pensamientos que se extravían, que era necesario retirarse con Dios y contentarse con su vista.

   Pero, cristianos, ¿dónde encontraremos esos hombres espirituales e interiores en un siglo que da todo a lo que reluce? Cuando observo a los hombres, sus empleos, sus ocupaciones, sus afanes, cada día encuentro más verdadero, lo que dijo San Juan Crisóstomo(33), que si entramos en nosotros mismos, encontraremos que todas nuestras acciones se hacen por pareceres humanos. Pues para no hablar en este lugar de esas almas prostituidas, que no procuran sino agradar al mundo, ¿cuántas podremos encontrar que no se desvían del camino recto, si encuentran en su camino a las potestades, poderes, que no aflojan, al menos, si es que no amainan del todo; que no procuran mantenerse entre la justicia y el favor, entre el deber y la complacencia? ¿Cuántas encontraremos a quienes el prejuicio de las opiniones, la tiranía de la costumbre, el temor de chocar al mundo, no hagan buscar por lo menos arbitrio; para conciliar a Jesucristo con Belial y al Evangelio con el siglo? Que si hay alguno; entre ellos en quienes los miramientos humanos no ahogan ni estrechan los sentimientos de la virtud, ¿habrá alguno que no se canse de esperar su corona en la otra vida y que no quiera sacar siempre algún provecho por adelantado en las alabanzas de los hombres? Es la peste de la virtud cristiana Y como tengo el honor de hablar en presencia de una gran reina, que diariamente escucha las justas alabanzas de sus pueblos me será permitido insistir un poco en esta moral.

   La virtud es como una planta que se puede morir de dos maneras: cuando la arrancan o cuando la secan. Vendrá un gran raudal de agua, que la desarraigará y la llevará por la tierra; o mejor, sin emplear tanta violencia, vendrá alguna inclemencia que la hará secar en su tronco: parecerá todavía viva, pero ya tendrá sin embargo la muerte en su seno. Lo mismo sucede con la virtud Amáis la equidad y la justicia: se os presenta un gran beneficio, o alguna pasión violenta, que desaloja impetuosamente en vuestro corazón este amor que tenéis por la justicia: si se deja arrastrar por esta tempestad, será un caudal de agua, que desarraigará la justicia. Suspiráis algún tiempo por la debilidad que experimentáis; pero, al final, os dejáis arrancar ese amor de vuestro corazón. Todo el mundo está asombrado de ver que habéis perdido la justicia, que cultivabais con tanto cuidado.
   Pero cuando habréis resistido a esos violentos esfuerzos, no creáis por eso haberla salvado si no la cuidáis de otro peligro, quiero decir, el de los elogios. El vicio contrario la desarraiga, el amor a las alabanzas la deseca. Parece que está en buen estado, parece sostenerse bien y engaña en alguna manera a los ojos de los hombres. Pero la raíz se secó, ya no absorbe más alimento, ya no sirve sino para el fuego. Es esa hierba de los techos, de la cual habla David, que se seca por sí misma antes que la arranquen: Quod priusquam evellatur exaruit(34). ¡Cuánto sería de desear, cristianos, que no hubiera nacido en un lugar tan alto y que durase más tiempo en cualquier valle desierto! ¡Cuánto sería de desear, que esta virtud no estuviera expuesta en un lugar tan eminente y que se alimentase en cualquier rincón por la humildad cristiana!

   Que si es necesario que haya que llevar una vida pública y escuchar las alabanzas de los hombres, he aquí lo que hay que pensar. Cuando lo que se dice no está adentro, tememos un juicio más grande. Si las alabanzas son verdaderas, temamos perder nuestra recompensa. Para evitar esta última desgracia, Madame, he aquí un sabio consejo, que os da un gran Papa, San Gregorio el Grande(35); él merece que Vuestra Majestad le preste audiencia. No escondáis jamás la virtud como una cosa de la cual tengáis vergüenza: es necesario que luzca delante de los hombres, para que glorifiquen al Padre celestial(36). Debe lucir principalmente en la persona de los soberanos, para que las costumbres depravadas sean no solamente reprimidas por la autoridad de sus leyes, sino además confundidas por la luz de sus ejemplos. Pero para ocultar algo a los hombres, propongo a Vuestra Majestad un inocente artificio. Además de las virtudes que deben dar ejemplo, "poneos siempre algo en el interior que el mundo no conozca", haceos un tesoro oculto, que reservéis para los ojos de Dios; o, como dice Tertuliano: Mentire aliquid ex his quae intus sunt, ut soli Deo exhibeas veritatem(37). Amén.


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SERMONES

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(1) S., 72, 26.

(2) Is., 26,7. ("La senda del justo es recta; recta la vereda por donde camina el justo". N. del E.).

(3) Deut, 5,32; 17,11; Prov., 4,27; Is., 30,21.

(4) Sapient, 10, 10.

(5) Mt., 6, 24.

(6) Lc., 11, 34.

(7) Mt., 1, 20.

(8) Rom., 4, 11 ss.

(9) Gen., 15, 6.

(10) Lc., 2, 48.

(11) Jo., 19, 11.

(12) Mt., 2, 13.

(13) San Pedro Crisólogo: Sermón 151.

(14) Mt., 2, 20.

(15) Rom., 4, 18.

(16) Lc., 18, 8.

(17) 2, Cor., 6, 10.

(18) De nupt. et concup., lib. I, n. 12.

(19) Cant., 8, 6.

(20) San Pedro Crisólogo: Sermón 175.

(21) In Mat., hom. IV, n. 4.

(22) 2-2, 118, 1, 3m.

(23) Hebr., 11, 16.

(24) Ibíd.., 10.

(25) Sal., 40, 4. ("Diste vuelta toda su cama en su enfermedad". N. del E.).

(26) Mt., 6, 6.

(27) San Juan Crisóstomo: in Mat., homilía 19, n. 3. ("Ocupado con el solo arcano de tu pecho haz que tu oración sea el misterio". N. del E.).

(28) Tertuliano: Scorp., n. 6. ("Qué eternidad puede dar el siglo a los títulos, e inmortalidad a la fama", N del E.).

(29) Gal., 6, 14.

(30) Moral, in Job, lib. 5, cap. 3.

(31) Lc., 2, 3.

(32) Juan, 6, 42.

(33) In Mat., hom., 19, n.1.

(34) Sal., 128, 6.

(35) San Gregorio Magno: Moral., lib. 22, cap. 8.

(36) Mt., 5, 16.

(37) Tertuliano: De Virg. veland., n. 16.

De: Sermones dobre San José - Jacobo Benigno Bossuet, Editorial ICTION, Buenos Aires 1980