CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

MARÍA SANTISÍMA NUESTRA REINA
San Luis María Grignion de Montfort


08 de noviembre de 2013 - Si pues, es cierto que el conocimiento y el reinado de Jesucristo en el mundo deben llegar, no lo es menos que sólo se realizará esto como consecuencia del conocimiento y el reinado de la Santísima Virgen, que es la que lo trajo la primera vez al mundo y quien lo hará tríunfar en la segunda.

MARÍA SANTISÍMA NUESTRA REINA - San Luis María Grignion de Montfort

   María ha estado muy oculta en su vida; por esto el Espíritu Santo y la Iglesia la llaman Alma Mater: Madre oculta y escondida. Su humildad fue tan profunda, que, mientras vivió en la tierra, jamás tuvo otro afán tan poderoso y continuo como el de ocultarse a sí misma y a todas las criaturas, para ser conocida de Dios solo.

   Dios, accediendo a las súplicas que Ella le hizo de que la ocultase, empobreciese y humillase, tuvo gusto de ocultarla en su concepción, en su nacimiento, en su vida, en sus misterios, en su resurrección y en su asunción, a la casi totalidad de los hombres. Sus mismos padres no la conocían y aún los ángeles se preguntaban unos a otros con frecuencia: ¿Quae est ista?. .. ("¿Quién es ésta?"). Y es que el Altísimo se la ocultaba o, si se les manifestaba algo era infinitamente más lo que dejaba de manifestarles.

   Dios Padre, a pesar de haberle comunicado su poder, consintió en que, durante su vida, no hiciera María ningún milagro; al menos estupendo y notorio. Dios Hijo, a pesar del haberle comunicado su sabiduría, le permitió que apenas hablase; y Dios Espíritu Santo, con ser Ella su Esposa fidelísima, convino en que los Apóstoles y Evangelistas dijesen de Ella muy poco, y sólo en cuanto fuese necesario para dar a conocer a Jesucristo.

   María es la excelente obra maestra del Altísimo, cuyo conocimiento y posesión se ha reservado El a sí mismo. María es la Madre admirable del Hijo, quien se ha complacido en humillarla y ocultarla durante su vida, para fomentar su humildad, dándole el nombre de mujer, "mulier", como si se tratara de una extraña, aunque en su Corazón la apreciaba y amaba más que a todos los ángeles y hombres. María es la fuente sellada y la Esposa fiel del Espíritu Santo, quien sólo para sí reserva la entrada. María es el santuario y el reposo de la Santísima Trinidad, donde el Señor mora más magnífica y divinamente que en ningún otro lugar del universo, incluso los mismos Querubines y Serafines; y a este santuario jamás será permitido entrar a criatura alguna, por pura que sea, sin un gran privilegio de Dios.

   La divina María, diré con los santos, es el paraíso terrestre del nuevo Adán, en donde El se ha encarnado, por obra del Espíritu Santo, para realizar allí maravillas incomprensibles; es el excelso y divino mundo de Dios, que encierra bellezas y tesoros inefables; la magnificencia del Altísimo, en donde El ha ocultado, como en su propio seno, a su Hijo único, y en El, todo lo que hay de más excelente y precioso. ¡Oh, qué cosas tan grandes y tan ocultas ha realizado este Dios omnipotente en esta criatura admirable, como Ella misma se ve obligada a confesar, no obstante su profunda humildad: Fecit mihi magna qui potens est! El mundo las ignora, porque es incapaz e indigno de conocerlas.

   Los santos han dicho cosas admirables de esta ciudad santa de Dios y jamás han estado tan elocuentes, y hasta, según ellos manifiestan, jamás han gozado tanto como cuando han hablado de sus excelencias. Reconocen, en efecto, que la sublimidad de los méritos de esta criatura, elevados por Ella hasta el trono de la divinidad, no es dado descubrirla al entendimiento humano; que la extensión de su caridad, dilatada por Ella sobre las dimensiones de la tierra, nadie la puede apreciar; que la grandeza del poder que Ella tiene, aún sobre el mismo Dios, jamás se comprenderá, y, en fin, que lo profundo de su humildad, así como de sus demás virtudes y gracias, que son un abismo, no se pueden sondear. ¡Oh sublimidad incomprensible! ¡Oh extensión inefable! ¡Oh grandeza sin medida! ¡Oh abismo impenetrable!

   Todos los días, en todos los confines de la tierra, en lo más alto de los cielos y en lo más profundo de los abismos, todo nos predica, todo nos habla admirablemente de María. Los nueve coros de los ángeles, los hombres de todo sexo, edad, condición y religión, los buenos y los malos, hasta los mismos diablos, se ven, por la fuerza de la Verdad, obligados a llamarla, de buen o mal grado, bienaventurada. En los cielos, todos los ángeles la proclaman incesantemente, ha dicho San Buenaventura: Sancta, Sancta, Sancta María, Dei Genitrix et Virgo; Santa, Santa, Santa eres Tú oh María, Madre de Dios y siempre Virgen; y todos los días le ofrecen millones de veces la salutación angélica: Ave María... y, postrados ante Ella, le suplican que los honre por favor con alguna de sus órdenes. El mismo San Miguel, dice San Agustín, con ser el príncipe de toda la corte celestial, es el más celoso en rendirle y procurar que los demás le rindan toda clase de honores, a punto siempre para obedecer sus mandatos y acudir, a su palabra, a prestar sus servicios a alguno de sus servidores.

   Toda la tierra está llena de su gloria, particularmente entre los cristianos, en donde se la toma por tutelar y protectora de varios reinos, provincias, diócesis y ciudades, y de muchas catedrales que están consagradas a Dios con su nombre. Jamás se encontrará una iglesia que no tenga un altar levantado en su honor, ni comarca, ni cantón en donde no se venere alguna de sus imágenes milagrosas, a las cuales acuden las gentes para curarse de sus dolencias y obtener toda suerte de bienes. Que hablen, si no, tantas cofradías y congregaciones establecidas para honrarla, tantas familias religiosas puestas bajo su nombre y protección, tantos hermanos y hermanas de todas las cofradías, tantos religiosos religiosas de todas las órdenes, los cuales publican sus alabanzas y anuncian sus misericordias.

   No hay tan sólo un niñito que, diciendo con voz balbuceante el Avemaría, no la alabe, ni pecador apenas que, en medio de su endurecimiento, no conserve en su pecho una chispa de confianza en Ella, ni aún siquiera un demonio que, desde los infiernos, no la venere, temiéndola y respetándola.

   Según esto, debemos en verdad decir con los santos: DE MARÍA NUNQUAM SATIS... "Todavía no se ha alabado, ensalzado, honrado, amado y servido bastante a María". Ella merece aún más alabanzas, más respetos, más amor y más servicios.

   Digamos, pues, con el Espíritu Santo: OMNIS GLORIA EIUS FILIAE REGIS AB INTUS. "Toda la gloria de la Hija del Rey está en su interior", como si toda la gloria exterior que le rinden a porfía el cielo y la tierra fuese nada en comparación de la que recibe en su alma por el Criador, y que es desconocida de las criaturas miserables, por ser éstas incapaces de penetrar el secreto de los secretos del Rey.

   He aquí por qué debemos clamar con el Apóstol: Nec oculus vidit, nec auris audivit, nec in cor hominis ascendit... Ni el ojo ha visto, ni el oído ha escuchado, ni el corazón del hombre ha comprendido jamás las bellezas, las grandezas las excelencias de María, milagro de los milagros de la gracia, de la naturaleza y de la gloria. El que quiera comprender a la Madre, ha dicho un santo, debe antes comprender al Hijo, pues ésta es la Madre digna de Dios: Hic taceat omnis lingua... "ENMUDEZCA AQUÍ TODA LENGUA". 

   Con una alegría particular acabo de escribir aquí lo que me ha dictado el corazón, a fin de mostrar que la divina María ha permanecido desconocida hasta el presente que ésta es una de las razones por qué Jesucristo no es todavía conocido como debe serlo. Si pues, es cierto que el conocimiento y el reinado de Jesucristo en el mundo deben llegar, no lo es menos que sólo se realizará esto como consecuencia del conocimiento el reinado de la Santísima Virgen, que es la que lo trajo la primera vez al mundo quien lo hará tríunfar en la segunda.

"Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen".

DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
SANTORAL