CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

SÍNTESIS DE LOS PRIVILEGIOS DE MARÍA
Cardenal Isidro Gomá y Tomá


SÍNTESIS DE LOS PRIVILEGIOS DE MARÍA - Cardenal Isidro Gomá y Tomá

Es la Concepción Inmaculada el singularísimo privilegio concedido por gracia de Dios omnipotente a María Santísima, en virtud del cual y en previsión de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fué preservada inmune de toda mancha original en el mismo instante primero de su Concepción.

De los millares de millones de descendientes de Adán, sólo Jesucristo, nuestro divino Redentor, y su benditísima Madre han sido libres del universal naufragio en que sucumbió toda la humanidad, al sucumbir nuestros primeros padres a la sugestión del infernal enemigo. Jesucristo, porque su concepción es obra del mismo Dios santísimo, y no podía ser el Santo Hijo de Dios mancillado por el enemigo de Dios. La Virgen María, Madre de Jesucristo, porque aún concebida según el orden natural establecido por Dios en la propagación del género humano, quiso Dios fuera librada del pecado de origen que a todos mancilla, interviniendo el mismo Dios en forma sobrenatural y excepcional, en el primer momento de su vida, represando la invasión del pecado por una redención preservativa en virtud de los futuros méritos de Jesucristo, su divino Hijo, previstos por Dios y a Ella aplicados en el primer instante de su Concepción.

Todos los hijos de Adán, excepto Jesús y la Virgen, decimos con toda verdad “He aquí que he sido concebido en iniquidad, y en el pecado me concibió mi madre” (Ps. 50, 7): entre las puras creaturas, sólo la Virgen está exenta del peso tremendo de las consecuencias que en esta sentencia de David se encierran. Baja la Humanidad, en llenísima corriente, por el cauce de los siglos, decía el viejo poeta, y toda ella, sin una excepción canta la elegía lúgubre del pecado universal: “¡Ay de nosotros, que hemos pecado!” En medio de esta hecatombe de la humana inocencia solamente la Virgen puede cantar el himno del triunfo total y absoluto sobre el poder del mal. Sólo ella es toda hermosa, más pura que el rayo de la luz primera, reproducción, con muchísima ventaja, del tipo de inocencia primitiva que saliera de las manos de Dios al crear a nuestros primeros padres. Si cuando creaba Dios a Adán pensaba en el Adán segundo, prototipo del hombre perfecto, según dice un Santo Padre, cuando creaba a Eva, tenía en su mente a esa Mujer de privilegio, bendita en todas las mujeres y prototipo de justicia, más que nuestra madre primera.

Aparecía ya la inmaculada figura de María, la futura Madre de Dios, en los horizontes del paraíso terrenal, cerrados por Dios a toda esperanza que no fuera la de esta Madre y su Hijo por las realidades tremendas de la maldición de Dios: “Pondré enemistades entre ti y la mujer -dijo Dios a la infernal serpiente- Ella aplastará tu cabeza con su pie” : no hubiese aplastado totalmente la cabeza de su enemigo si por un solo instante hubiese estado bajo el poder de él. Lo que  presagiaba Dios en las palabras del “Protoevangelio”, lo declaraba, en nombre de Dios que le enviaba, el arcángel San Gabriel, en el histórico mensaje de Nazaret, cuando saludó a la Virgen “llena de gracia” : hubiérale faltado la plenitud de la gracia a la doncella de Nazaret si hubiese sufrido la mordedura del pecado, aunque hubiese sido un solo instante de su vida.

He aquí, venerables Hermanos y amados hijos nuestros, por qué el solo pensamiento de este privilegio sin par de nuestra Madre debe llenar de gozo exultante nuestros pechos de hijos de tal madre. Porque no se trata ya sólo de un ser de nuestra naturaleza y de nuestra raza que ha sido encumbrado a las alturas de un privilegio único y de una santidad única en el mundo -lo que debiera engendrar en nuestro pensamiento y en nuestro corazón la admiración y el entusiasmo por esta obra selecta de la mano de Dios-, sino que se trata de nuestra Madre en el espíritu,  que precisamente fué elevada a las alturas de su santidad inmaculada para ser la Madre del Hijo de Dios y la Madre universal de todos los que hemos sido hechos hijos de Dios.

El sentimiento de gozo filial por tan singular privilegio de nuestra Madre llena la Historia de la piedad mariana de todos los siglos. “Nada tomó más a pechos la Iglesia Romana, dice Pío IX en la bula Ineffabilis, que afirmar, defender, promover y vindicar el culto y doctrina de la Concepción Inmaculada, por todos los medios”. Los Padres en sus obras, las Liturgias, especialmente las orientales en formas profundamente llenas y hermosamente expresivas, las fiestas en honor  de este misterio de la Señora, ya celebradas en el siglo VII, los himnarios de los mejores tiempos de la piedad mariana; todo ello no es más que un himno secular con que cantan los hijos este privilegio de María su Madre: himno de notas cada vez más universales y llenas a medida que se acercan los tiempos de la definición dogmática del gran misterio. Las mismas controversia, agudísimas, de los siglos XII y XIII, habidas entre los teólogos de las distintas escuelas, no hicieron más que levantar una polvareda pasajera en el campo de la piedad y de la ciencia mariana para que brillara luego más radiante el sol de la verdad.

A este himno debemos acoplar nuestra voz: a este latir veinte veces centenario de la cristiandad debemos sumar el latido de nuestro corazón de hijos, siempre que nos ocurra la memoria de este privilegio que levanta a nuestra Madre sobre la criatura.

DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
SANTORAL