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01 de diciembre
BEATOS HUGO FARINGDON, ABAD DE
READING Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES
Vidas de los Santos de A. Butler


BEATOS HUGO FARINGDON, ABAD DE READING Y COMPAÑEROS, MÁRTIRES - Vidas de los Santos de A. Butler

(1539 P.C.) - Suele atribuirse al Beato Hugo el apellido de Faringdon porque nació ahí. Su verdadero apellido era Cook. Las armas de su familia (reales o ficticias) eran las de Cook de Kent. El beato ingresó en el monasterio de Reading, donde ejercía el cargo de subcamarlengo cuando fue elegido abad en 1520. La abadía era importante puesto que incluía una curul en la Cámara de los Lores, y quien la ocupaba era magistrado condal. El abad Hugo tomó parte activa en la ejecución de esos deberes civiles, por más que algunos cronistas hostiles afirman que lo hizo "sin ningún discernimiento". En todo caso, Leonardo Cox, maestro de escuela de Reading, no lo consideraba como un iletrado, ya que le dedicó una obra de retórica. El beato mantuvo la disciplina en su monasterio y "no podía soportar" a los predicadores de las nuevas doctrinas, a quienes calificaba de "herejes y hombres sin escrúpulos". Sin embargo, cuando empezó a ejercer el cargo de abad, estaba en muy buenos términos con Enrique VIII, tal vez en demasiado buenos términos. En efecto, el rey fue a visitarle y le llamó "mi propio abad", y éste envió como presente al monarca algunos cuchillos de caza y unas truchas pescadas en el Kennet. La cosa no paró ahí, sino que el abad llegó incluso a firmar una petición a Clemente VII para que anulase el matrimonio de Enrique y dio a éste una lista de libros que podían ayudarle a defender su causa.

En 1536, firmó los artículos de fe de la Convocatoria, que reconocían virtualmente la supremacía regia sobre la Iglesia de Inglaterra. Todavía en 1537, gozaba el abad del favor del rey, puesto que tomó parte muy prominente en los funerales de la reina Juana Seymour en Windsor. Algunas semanas más tarde, ofendió al monarca, al informar a Cromwell y al abad del vecino monasterio de Abingdon, que corría el rumor de que el rey había muerto. Una comisión le juzgó y le puso en libertad. En 1539, fueron suprimidos los grandes monasterios. Todo el mundo sabía que el abad de Reading no estaba dispuesto a entregar el suyo. En efecto, al fin del verano, el P. Hugo fue confinado en la torre de Londres, con el cargo de traición. Con él fueron juzgados el BEATO JUAN EYNON y el BEATO JUAN RUGG. Eynon era un sacerdote de la iglesia de Saint Giles, en Reading que ya desde antes había tenido dificultades con las autoridades por haber copiado y distribuido la proclama escrita por Roberto Aske sobre la "Peregrinación de Gracia" (1536). Rugg era un prebendado de Chichester que vivía retirado en la abadía de Reading. Entre otras cosas, se le acusó de haber conservado una reliquia de la mano de San Anastasio, "sabiendo que Su Majestad ha enviado visitadores a la dicha abadía para que acabasen con tal idolatría." (Camm lanzó la hipótesis de que la mano que se conserva en la iglesia de San Pedro, en Marlow, es es la misma. Gf. LEM, vol. I, p. 376, nota.) Suele afirmarse que estos dos sacerdotes eran monjes, pero no está probado. Como sucede en el caso del Beato Ricardo Whiting, no sabemos en qué términos fue formulada la sentencia; sin embargo, debió aludir indudablemente a la negación de la supremacía regia, ya que el Beato Hugo habló claramente sobre la cuestión en el cadalso, diciendo que la supremacía de la Santa Sede en lo espiritual era "creencia común de aquéllos que mayor derecho tienen a declarar la verdadera doctrina de la Iglesia en Inglaterra". La ejecución de los tres mártires se llevó a cabo frente a la puerta de la abadía de Reading, el mismo día en que fueron martirizados los monjes de Glastonbury.

Los tres fueron beatificados en forma equivalente en 1895. La diócesis de Portsmouth celebra su fiesta el 14 de noviembre, en cambio, los benedictinos ingleses y la arquidiócesis de Westminster la celebran el l9 de diciembre.

Los datos que poseemos sobre el Beato Hugo se hallan en los libros mencionados en nuestro artículo anterior. Véase en particular la obra del cardenal Gasquet, pp. 121-158 y la de Beda Camm, pp. 358-387.

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