CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

25 de julio
SANTIAGO APÓSTOL, LLAMADO EL MAYOR

Patrono de España, de la diócesis de S. del Estero,
y de la Prov. de Mendoza (Argentina),
y de la ciudad y Arquidiócesis de Santiago de Chile

Año Cristiano - P. Croisset


SANTIAGO APÓSTOL, LLAMADO EL MAYOR

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Santiago, cuya memoria celebra hoy la santa Iglesia, se llama el Mayor porque fue llamado al apostolado antes que el otro Santiago, obispo de Jerusalén, hijo de Alfeo, que por esta misma razón se llama el Menor, y su fiesta se celebra el día primero de mayo.

Nuestro Santiago el .Mayor fue hijo del Zebedeo y de María Salomé, hermana mayor de san Juan evangelista. Nació en Betsáida, ciudad de Galilea a dos leguas cortas de Cafarnaum, situada sobre la orilla septentrional del lago de Genezareth, llamado también el mar de Tiberíades. Créese que tenía diez o doce años más que el Salvador del mundo, y su hermano Juan, seis años menos. Vivian con su padre en Betsáida, patria de entrambos, cerno también de san Pedro, do san Felipe y de san Andrés. Eran de oficio pescadores, aunque Orígenes llama barqueros  a San­tiago y a san Juan, porque tenían un barco o una barra propia en que pescaban a las órdenes de su padre; pero san Pedro y san Andrés son llamados simplemente pescadores, porque, no teniendo barca ni barco propio, pescaban a jornal para el patrón de alguna lancha.

Su madre Salomé, una de las primeras mujeres que siguieron a Cristo, era muy piadosa, y por lo mismo era también virtuosa toda su familia, la cual no dejaba de distinguirse por su virtud, a pesar de su humilde condición. San Epifanio es de sentir que Santiago era discípulo de san Juan Bautista, y que fue aquel a quien su maestro envió con la embajada al Salvador. Sea de esto lo que fuere, es cierto que, luego que comenzó a predicar el Hijo de Dios, Santiago y san Juan fueron los que se dieron más prisa por oírle, aunque no le siguieron hasta algunos meses después.

Estaban un día los dos hermanos en el barco con su padre, y todos estaban muy tristes, porque, habiendo trabajado toda la noche, nada habían pescado, cuando llegó el Señor a la orilla del lago acompañado de una inmensa multitud de gente que le seguía. Por librarse de la opresión, se metió en el barco donde estaba Pedro, y mandándole pasar adelante hasta alta mar, le dijo que echase las redes con toda con­fianza. Cayó tanta pesca, que se rompían las redes, y llamaron en su socorro a los que estaban en el barco más inmediato. Eran éstos Santiago y Juan, con los que pescaban a sus órdenes. Acudieron pronto, y se llenaron tanto los dos barcos, que faltó poco para que ambos fuesen al fondo. Atónitos de este prodigio, llevaron los barcos a tierra, y resolvieron dejarlo todo para seguir a Jesucristo, como en efecto lo ejecuta­ron muy presto.

Caminaba un día el Salvador por la orilla del lago de Genesareth, y llamando a Pedro y a Andrés, les mandó que le siguiesen. Un poco más adelante vio a Santiago y a Juan dentro del barco con su padre el Zebedeo, los cuales todos estaban componiendo las redes; díjoles lo mismo que a Pedro y a Andrés, y los dos hermanos le siguieron con tanta prontitud r que ganaron el corazón del Señor. Sin detenerse un momento, dejaron las redes, el barco, los compañeros que se ganaban la vida con ellos, y a su mismo padre: obediencia pronta y generosa, que junta a tan per­fecto de asimiento, contribuyó no poco al particular amor que en todas las ocasiones mostró Cristo des­pués a los dos hermanos.

Desde luego conocieron todos que Santiago era uno de los discípulos más favorecidos. Pocos milagros hizo el Salvador de que él no fuese testigo. Hallóse presente cuando sanó a la suegra de san Pedro. En la resurrección de la hija de Jairo, príncipe de la sinagoga, también quiso el Hijo de Dios que le acompañasen san Pedro, Santiago y san Juan, tres discípulos particularmente amados suyos, a quienes por todo el discurso de su vida distinguió con singulares demostraciones de amor y de ternura.

Fue muy especial la que les manifestó en el Tabor, llamándolos para testigos de su gloriosa transfiguración. Esta elección, para mostrarles una parte de su gloria, fue la mayor distinción que les había hecho desde que estaban en su divina escuela. En vista de tan repetidos testimonios de la preferencia que lograban en los cariños del Señor, se alentaron ellos y su madre a una pretensión que no los acreditaba de muy perfectos, manifestando bien que hasta la venida del Espíritu Santo no formaron concepto adecuado y justo de las verdades y de las máximas espirituales de la religión. Acababa de decirles el Salvador que los doce apóstoles se habían de sentar en doce tronos para juzgar las doce tribus de Israel, pero no les había expresado quiénes habían de estar más cerca de su persona. No ignorando la madre de Santiago y de san Juan el particular cariño que mostraba siempre a sus dos hijos, creyó que le podía pedir con toda confianza los dos primeros tronos para ellos. Presentóse, pues, ante el Señor la buena mujer en medio de los dos hijos, y adorándole con toda reverencia, le dijo que tenía que pedirle una gracia. Habida licencia, añadió: Señor, los tres te hacemos una misma petición; esto es, que, cuando estéis en vuestro reino, dispongáis que uno de mis hijos se siente a vuestra mano derecha y el otro a la siniestra. No contestó el Salvador directamente a la madre, sabiendo muy bien que hablaba en nombre de sus hijos, y así dirigiendo a todos la palabra sin reprenderles su ambición, se contentó con instruirlos, dándoles en esta ocasión aquella admirable lección de humildad, que es el fun­damento del verdadero mérito, y asegurándoles que, si querían ser los mayores en el reino de los cielos, era menester que bebiesen primero su cáliz, y que se hiciesen pequeños y humildes en este mundo.

Aunque el celo de los dos hermanos no era todavía el más puro ni el más arreglado, no por eso era menos ardiente ni menos tierno el amor que profesaban a Jesucristo. Cerca de seis meses antes de la pasión, caminando por Galilea a Judea , quiso entrar en un pueblo de Samaría, cuyos habitadores le cerraron las puertas por saber que iba a Jerusalén, lo que no podían tolerar los samaritanos después del cisma. Irritados Santiago y san Juan en vista del desaire que se hacía a su Maestro, le dijeron que si les daba licencia harían bajar fuego del cielo para exterminar aquellos insolentes. Reprimió el Salvador su demasiado ardimiento, enseñándoles que el espíritu del Evangelio que les anunciaba no era de rigor como el de la ley de Moisés, sino espíritu de dulzura y de caridad; y aun se cree que, cuando dio a los dos hermanos el nembre de Boamrges, que quiere decir hijos del trueno, aludía al ardor y a la fogosidad de su impetuoso celo.

Grande fue sin duda el favor que hizo el Señor a Santiago en escogerle para testigo de las glorias del Tabor; pero no fue menor el que le dispensó llevándole también para que lo fuese en las agonías del huerto. Fue este bienaventurado apóstol uno de los tres que acompañaron al Salvador en el huerto de los Olivos para servirle, digámoslo así, de consuelo en aquella mortal tristeza; queriendo el Señor hacer con él esta nueva demostración de su ternura hasta el día antes de su muerte; pero de mayor consuelo fueron las que hizo después de su gloriosa resurrección. Hallóse presente Santiago a todas sus frecuentes apariciones, teniendo parte en las instrucciones y en ¡as pruebas de bondad que dio el Salvador a sus discípulos.

Después que los apóstoles recibieron al Espíritu Santo, ninguna cosa fue capaz de contener el celo de Santiago. Corría las ciudades, villas y aldeas de la Judea para anunciar a sus hermanos la fe de Jesucristo. Es constante y muy autorizada tradición de todas las iglesias de España que Santiago fue su primer apóstol, y que antes que los apóstoles se separasen para anunciar el Evangelio en todo el universo, viendo que después de la muerte de san Esteban no se podía predicar a Jesucristo en la Judea, Santiago se embarcó, pasó los mares, y llevó a España las primeras luces de la fe. Venérase aun en Zaragoza el sagrado pilar sobre el cual cree la devota piedad muy fundadamente que se le apareció la santísima Virgen, estando aun en vida mortal esta Señora, y le mandó construir en aquel mismo sitio una capilla dedicada a su santo nombre, asegurándole tomaba desde luego bajo su especial patrocinio una nación que hasta el fin de los siglos había de ser muy devota suya. Después volvió Santiago a Judea, donde trabajó con extraordinario celo en anunciar la fe de Jesucristo. Por su elocuencia, por su valor, por la fuerza de sus razones, y por la milagrosa moción que acompañaba a sus discursos, confirmado, sostenido y autorizado todo con gran número de milagros, hizo grandes conversiones.

Alborotóse toda la nación en vista de tantas mara­villas, y se amotinó furiosamente contra Santiago. Hicieron los judíos todo lo que pudieron para perderle. Valiéndose de dos famosos magos, Filetes y Hermógenes que prometieron convencerle y desacreditarle delante de todo el pueblo con sus artificios; pero sucedió todo lo contrario: luego que el santo habló, se convirtió Filetes y Hermógenes quedó convencido del ningún poder de sus encantos y de la maravillosa virtud del apóstol.

Pero los judíos principales no por eso depusieron su encono ni su animosidad. Un día que hablaba al pueblo con grande fuerza acerca de la divinidad de Jesucristo, probándola con el cumplimiento de las profecías, echaron mano de él, y después de haberle maltratado le llevaron a Herodes Agripa, rey de Judea, nieto del que hizo morir a los inocentes, y sobrino del otro Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, que quitó la vida a san Juan Bautista.

Era Agripa poco grato a los judíos, y hacía tiempo que solicitaba ocasión de darles algún gusto para congraciarse con ellos. Parecióle no podía lograr otra más oportuna que la de sacrificar a su odio al que consideraban como cabeza de la religión cristiana, y a uno de los más celosos discípulos de Jesucristo. Sin otras pruebas le sustanció su causa, y le sentenció a que le cortasen la cabeza, San Clemente Alejandrino, que floreció al fin del segundo siglo, asegura que el judío que le prendió, viendo la generosidad con que confesaba a Jesucristo, se sintió tan movido, que confesó era también cristiano, y que por esta confesión fue condenado al mismo suplicio. Cuando los conducían al lugar destinado para la ejecución, el nuevo confesor de Jesucristo se arrojó a los pies del santo apóstol, y le pidió perdón. Abrazóle Santiago tiernamente, y le dijo: La paz sea contigo, de donde se dice tuvo principio la ceremonia que usa la Iglesia en el santo sacrificio de la misa, valiéndose de las mismas palabras para dar la paz al pueblo antes de la comunión. Llegados al lugar del suplicio, Santiago hizo oración, dando gracias al Señor por la honra que le hacía de que derramase su sangre por la gloria de su nombre, y que fuese el primer apóstol que padeciese el martirio por su santo amor. Sucedió el año 44 de Jesucristo, hacia el tiempo de la Pascua, y fue degollado en compañía del otro que entró a la parte en la misma corona. Afirma san Epifanio que Santiago fue perpetuamente virgen como su hermano san Juan, y que por esta razón merecieron los dos el singular amor que el Salvador les profesó.

Después de la muerte del apóstol, que sucedió en Jerusalén, los cristianos enterraron su cuerpo en la misma ciudad, donde se asegura estuvo poco tiempo; y se cree que los discípulos que le fueron siguiendo desde España retiraron el santo cuerpo, y embarcándose con él, le llevaron a Iria Flavia, hoy Padrón, pueblo de Galicia, donde estuvo oculto aquel precioso tesoro todo el tiempo que duró la invasión de los bárbaros hasta el principio de! noveno siglo. Entonces se descubrieron milagrosamente las santas reliquias en tiempo de don Alfonso el Casto, rey de León, aliado de Carlo Magno. Aquel piadoso monarca las hizo trasladar a Compostela; y para autorizar más un lugar que ya era célebre en el universo por la devoción y concurso de los fieles, el papa León III trasladó la silla episcopal de Iría a Compostela, adonde continúa la concurrencia de peregrinos y extranjeros de todo el mundo cristiano después de ochocientos años, publicando lo mucho que puede con Dios el santo apóstol; de manera que, después de la peregrinación a Jerusalén y a Roma, no hay otra más solemne en toda la cristiandad.

Gloríanse algunas iglesias de Francia de poseer alguna parte de las reliquias de nuestro grande apóstol, y aun alguna pretende ser depositaria de su sagrado cuerpo, pero los mismos franceses desprecian esta pretensión acreditándolo con los innumerables peregrinos que de toda aquella nación, más que de otra alguna, concurren cada año en tropel a Compostela. No caben en el guarismo las singulares gracias que España ha recibido siempre de este gran santo. Sobre todo reconoce deberle las victorias más señaladas que ha conseguido de los enemigos de la religión y después de Dios recurre continuamente a su protección en todas las calamidades públicas.

En Jerusalén, a trescientos pasos de la puerta de Sion, hay una iglesia dedicada a Santiago, siendo una de las más hermosas y más grandes de aquella santa ciudad. La cúpula que está en medio se eleva y se sostiene sobre cuatro grandes pilares, rasgada en la parte superior con dilatadas claraboyas, a manera de la del santo sepulcro, y la llenan de extraordinaria claridad. Vense de frente hacia la parte oriental tres magníficos altares, seguidos unos de otros; y a mano izquierda al entrar por la nave hay una capillita en el mismo sitio donde se cree fue degollado el apóstol por mandato de Herodes, porque antiguamente era la plaza del mercado. Pertenece esta iglesia a los armenios, que tienen allí un monasterio con un obispo, y con doce o quince monjes para celebrar los divinos oficios. Dícese que así la iglesia como el monasterio son fundación de los reyes de España para hospedar a los peregrinos españoles. Hay en España la orden militar de Santiago, fundada por el rey don Fernando II el año de 1175. Llámase por su excelencia la Noble, y disputa la antigüedad con la de Calatrava: tiene tres grandes prioratos, el de Castilla, el de León y el de Montalban, con otras ochenta y cinco encomiendas; y el rey es el gran Maestre de la orden.

REFLEXIONES

¿A dónde se fue aquel primitivo espíritu que animaba a los apóstoles y a los primeros fieles? ¿aquel espíritu de humildad que les inspiraba tan bajo concepto de sí mismos; aquel espíritu de mansedumbre con que se compadecían de las ajenas miserias aquel espíritu de mortificación que los inclinaba a vivir y morir en una continua cruz, a triunfar con alegría entre el fuego de la persecución; aquel espíritu de caridad con que correspondían a los ultrajes con oraciones y con beneficios; aquel espíritu de recogimiento y de retiro que los movía a suspirar por el desierto y por la soledad? Este es el espíritu de Jesucristo, que Él mismo vino en persona a derramar en todos sus hijos, este es el que animó a todos los san­tos, y este el que caracteriza y distingue a sus verdaderos discípulos. Pero ¿es este nuestro espíritu? ¿reina el día de hoy en todas las condiciones, en todas las comunidades, en todas las familias? No declamo ahora en tono plañidero y lastimero, no me valgo de exclamaciones, de ayes ni de gemidos estudiados, propongo única y precisamente unas reflexiones sencillas y naturales, que por sí mismas se representan a la razón, y la conducta general de los hombres nos pone cada día delante  de los ojos. Dígase la verdad, ¿se consideran estas máximas del Apóstol como principios sobre los cuales se ha de fundar toda la cristiana filosofía? Pero si no se sigue esta doctrina, ¿no nos dirán las gentes del mundo, en que escuela aprendisteis unas máximas tan contrarias a las de Jesucristo, tan opuestas al Evangelio, tan repugnantes al espíritu de nuestra religión? En punto de filosofía evangélica ¿se piensa hoy en el mundo como pensaban los primitivos cristianos? Y aun aquellas personas que por profesión están consagradas a Dios, ¿no han degenerado del primitivo espíritu de su instituto? ¿se quedan precisamente entre las gentes del mundo la indevoción, los abusos y la relajación? Pero al fin, ello es cierto que el Evangelio no ha envejecido; los mandamientos de la ley se conservan en su primer vigor; los ejemplos de los santos son nuestros modelos, y tanto lo son hoy como siempre. Todo el mundo ve la desproporción y la poca semejanza que hay entre los cristianos de nuestros días, y los de los primeros siglos, con todo eso la regla no se ha mudado; Jesucristo ni ha dispensado, ni ha mitigado el rigor de su ley, ni la santidad de su doctrina; ¿pues cuál será nuestra suerte?

MEDITACIÓN: DE LOS DESEOS
PUNTO PRIMERO

Considera que toda la felicidad de la otra vida consiste en cumplir todos nuestros deseos, y toda la felicidad de ésta en mortificarlos y en anonadarlos. Es decir que, para ser dichoso en este mundo, es preciso no desear cosa alguna de él. Nuestros deseos son nuestros mayores tiranos.

Crecen los deseos al paso que se cumplen. Lo mismo es entrar en posesión de lo que se desea, que comenzar a desearse otra cosa, de suerte que la posesión los fomenta, y no los satisface. Desea el corazón aquel cargo, aquel empleo, aquel feliz suceso; porque, alucinado de los sentidos, y engañado por la falsa opinión de los hombres, juzga que, logrado el suceso y conseguido el cargo, quedará satisfecho. Consiguióle; pero, hallando por experiencia que aque­llo solo fue echar una gota de agua en un horno encendido, pone la mira en otros objetos que se le representan como bienes capaces de apagarle la sed. Logrólos, y se queda más sediento de lo que estaba antes. No hay bien criado que no deje en el alma un gran vacío. Los deseos son enemigos irreconciliables de nuestra quietud. Con razón se dice que el deseo es un martirio. Son nuestros deseos como accesiones y crecimientos de calentura causados por alguna pasión; ¿cuánto nos atormentan? La ambición, la cólera, la codicia, la lujuria y la avaricia son como diferentes especies de hidropesía; cuanto más se bebe, más sed se padece. Nuestros deseos son los que consumen y gastan la salud con los cuidados que engendran, con las fatigas que causan, con los enfados que traen, y con los gastos que ocasionan, haciendo expender mucho para conseguir nada; ¡Buen Dios, qué dichosos seríamos todos, si en nuestra condición, en nuestro estado, en nuestra oscuridad o en nuestra mediocridad de fortuna se apagaran nuestros deseos! Si examinamos la causa de nuestras inquietudes, y si buscamos el origen de nuestras desazones, no hallaremos otro. El hombre verdaderamente dichoso en este mundo es aquel que nada desea, ciéguese este manantial envenenado, y al punto gozaremos un gran sosiego y una dulce tranquilidad, porque elevándose el alma sobre los bienes criados, hallará en Dios todo lo que puede desear. Tanta verdad es que solo Dios puede llenar nuestro corazón, solo él puede contentarle, solo él puede satisfacerle, sea solo Dios el objeto de todos nuestros deseos, y desde luego se­remos dichosos y felices.

PUNTO SEGUNDO.

Considera que, siendo los deseos enemigos de nuestra quietud, hacemos muy mal en no cortar la raíz, convenciéndonos de la vanidad de su objeto, y ocupando el corazón en otros bienes más sólidos. Discurramos por todos los estados de la vida; fijemos la atención en todos los bienes criados; nada hallaremos que baste a llenar y satisfacer nuestra alma. Salomón hizo una triste experiencia de esta verdad. Nada negó a sus sentidos, derramado su corazón en todo género de deseos, todos los satisfizo; pero ¿los contentó por eso? Vanidad de vanidades, y todo vanidad, exclamó desengañado. Vasta capacidad, grandes alcances, abundancia de bienes, honores, dignidades, distinciones, gran fama, sabiduría humana, todo es vanidad, sólo Dios puede llenar este corazón, solo Dios le puede satisfacer; solo Dios puede hacer que esté contento y tranquilo. ¿Para qué desear otra cosa que a solo Dios? Solo el desear este infinito bien es un bien inestimable; él tranquiliza el alma, y él le da a gustar aquello mismo que desea. Amase a Dios desde el mismo instante en que se tiene verdadero deseo de amarle. Respecto de los bienes criados, el primer trabajo del hombre que los desea, es el deseo mismo. Respecto del soberano bien, que es Dios solo, el verdadero deseo de poseerle es en cierta manera como acto y principio de posesión. ¿Hay por ventura algún trabajo en desear amar, servir y poseer a Dios? Para ser feliz en esta vida, es indispensable que Dios nos sea todo en todas las cosas, como nos lo será en la otra. Los bienes de esta vida se desean con ardor, y se poseen sin gusto. La posesión de Dios es inseparable de una alegría y de un gusto, que es nuevo cada día y cada instante. El motivo porque nunca vivimos contentos en la tierra, es porque no se reflexiona en lo que se tiene, sino en lo que no se tiene. Solo Dios, el cual solo es todos los bienes, el único bien y el soberano bien del hombre, no deja lugar a otros deseos. Un solo deseo basta para excitar, irritar encender todas las pasiones; por el contrario, el deseo del sumo bien sofoca a todas estas fieras. Por eso siempre fue, y siempre será verdad que no puede haber en el mundo hombre verdaderamente feliz, sino aquel que desea á solo Dios.

Divino Salvador mío, ¿cuándo ha de llegar el caso de que yo haga esta dichosa experiencia? Mis deseos son mis tiranos, y lejos de librarme de su malignidad, solo he procurado sujetarme más y más al yugo de su tiranía. Dignaos, Señor, sacarme de esta esclavitud; oh Dios mío, desde hoy nada quiero desear sino a solo vos.

JACULATORIAS.

¿Quid mihi est in caelo? ¿et á te quid volui super terram? Salm. 72.
¿Qué tengo yo que desear, Dios mío, fuera de vos en el cielo y en la tierra?

Omne desiderium averte ame. Eccl. 23.
Apartad, Señor, de mi corazón todo deseo de las cosas criadas.

PROPÓSITOS

1 - Conviene desear pocas cosas en la tierra, decía san Francisco de Sales, y conviene desearlas poco. Cuanto más hay que desear, más hay que temer en esta vida, y por eso ninguno puede ser en ella feliz; a la medida de los deseos son los temores; cuanto más se desea, más se teme. Si quieres ser dichoso en este mundo, nada desees que tú puedas perder, o que te pueda perder a ti, Diríjanse a Dios todos tus deseos: este es el único objeto que los puede satis­facer: está siempre de centinela contra estos migos de tu quietud, ahógalos luego que nazcan; y si burlasen tu vigilancia, déjalos apagar por falta de cebo. El alma entregada a sus deseos es muy digna de compasión; si los quieres contentar, te desecarán a fuerza de cuidados y de disgustos.

2 - En el caso que no puedas cegar el manantial de tus deseos, evita por lo menos que se derramen y se extiendan; modera su viveza, y desconfía de la falsa brillantez con que se representan sus objetos. Es gran medio para ahogar los deseos luego que nacen, el no querer sino aquello que Dios quiere. Sea la volun­tad de Dios la regla y la medida de tus deseos, y presto los verás todos sofocados. Persuádete de que los deseos siempre son efectos naturales de las pasiones; y desdichado de aquel que se hace esclavo de ellos. No es medio menos eficaz para refrenarlos el pensamiento de la muerte, lo que esta hace con ellos, hace también su memoria poco más o menos. Los más vivos deseos se debilitan con las fuerzas, y se acaban cuando se acaba la vida. ¿Con qué ojos se miran en la hora de la muerte esos fantasmones de grandeza, de felicidad y de fortuna? Entonces solo Dios enciende todos los deseos del alma. La misma virtud tiene en vida la memoria de la muerte; todos los deseos se estrellan contra la sepultura; ninguno subsiste hasta más allá de la vida, y ni aun duran tanto como ella, basta la menor enfermedad para embotar todos sus filos. Pero valga la verdad y aunque nuestros deseos no nos ocasionaran tantos disgustos, aunque no encontraran tantos tropiezos, ¿merecerían el trabajo que cuesta el satisfacerlos? ¡ Ah, y qué bueno es vivir y morir con solo el deseo de amar y de poseer a Dios!

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