CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

Revista Roma N°84 - Mayo de 1984
LUTERO, DE NINGUNA MANERA

Alberto García Vieyra O. P.


LUTERO, DE NINGUNA MANERA

El Cristianismo no puede fraccionarse ni válidamente dividirse. Quien abandona la totalidad de la Fe Católica, es apóstata de la fe. Quien niega obstinadamente algún dogma, interpretando falsamente la Escritura (libre examen), es hereje.

Lutero es el padre del libre examen, interpretando la Escritura a su antojo, negando la autoridad de la Iglesia. Eso le constituye —como bien se ha dicho— en causa inmediata de la ruptura de la unidad cristiana de Occidente.

Para valorar la ruptura debemos valorar la unidad.

Unidad de la Fe significa unidad en la inteligencia de la Revelación, entendiéndola como la entiende la Iglesia, sin añadir ni quitar. Unidad de la gracia de Dios que llega a los hombres comúnmente por la vía sacramental.

Lo que llamamos ruptura de la unidad cristiana de Occidente, o sea del mundo hasta entonces católico, significa anarquía en la inteligencia de la Revelación por obra de las interpretaciones personales, y apartarse de la gracia de Dios, causa formal de la justificación.

Jamás estaremos autorizados para fomentar la anarquía en algo tan importante como es la inteligencia de la Revelación.

La Revelación divina en cuanto a la misma fe objetivamente considerada, es por sí misma regla de la fe; en cuanto a cada uno de nosotros, la regla próxima es la Iglesia. Es doctrina común.

Sería trágico pensar que la misma regla próxima de la fe, nos propone el libre examen. Sin embargo las prácticas ecuménicas —durante veinte años— no dejan de sugerir una minusvaloración del magisterio de la Iglesia. De hecho, a la sombra del ecumenismo y de la libertad religiosa, se han multiplicado las sectas y errores religiosos.

Debemos dejar a Lutero, a los manes de la Reforma, y volver al magisterio de la única y verdadera Iglesia. El Cristianismo, la fe católica y la religión, no es algo “pluralizable” en diversas confesiones religiosas. Las liturgias pueden variar, dentro de la unidad dogmática, pero no el contenido de la fe. Las tradiciones locales no deben poner anteojeras. La Religión no es un problema cultural. Es el problema de nuestra salvación; la salvación es y será siempre, por la aceptación total del mensaje de Jesucristo.

La buena salud de la fe católica es mirar con horror y rechazar de lleno todo lo que signifique herejía. Mientras subsiste esa buena salud es posible la paz y bienestar en las comunidades humanas; entonces contamos con una paz de salvación, y no con otro tipo de paz que llamaremos de condenación; no hemos escuchado el Evangelio: “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?"[1]. Ni justificamos la paz, ni salvamos la civilización si abandonamos al demonio las almas individuales.

Hemos agregado al hombre de Lutero: de ninguna manera. Quiere decir que debemos rechazarlo en lo malo y también en lo bueno; pues lo bueno sirve de vehículo para lo malo. Protestantismo, luteranismo, sectarismo de cualquier índole son un mal, y se vuelve indispensable una vigorosa afirmación de la necesidad de la fe católica para eliminar la confusión religiosa y tranquilidad de las conciencias.

El V centenario de Lutero ha venido después de veinte años del decreto conciliar sobre ecumenismo, y otros tantos años de abiertas prácticas ecuménicas, y aun la “communicatio in sacris” con herejes y cismáticos en nuestras iglesias. La reunión del Obispo con el pastor protestante en amable encuentro ecuménico tiene una indudable influencia entre los fieles, y la herejía encuentra un cauce magnífico y funesto.

No .existe ninguna causa que pueda iustificar el romi>imiento con lo que Dios ha puesto para salvación del hombre. No puedo negarme a usar el salvavidas si me voy a hundir en el mar. Lo mismo no puedo romper con la verdadera fe y la gracia divina si quiero salvarme.

Repetimos que con Lutero, Calvino, de ninguna manera. Toda amabilidad es mortal. La Religión Católica, fundada en la fe de la Iglesia, tiene enemistad mortal con cualquier religión o secta, fundada en el libre examen, o sea en aquello que es una interpretación personal e independiente de la Biblia. Nuestro deber es preservar nuestro pueblo de errores en materia religiosa.

Para mencionar algún antecedente, diremos que Lutero se formó en el nominalismo de Occam; allí existe una disociación entre la fe y la razón, entre la teología, que es la inteligencia de la fe, y el texto de la Biblia. El nominalismo vive una ruptura, que se manifestó virulenta en Lutero; esa virulencia, unida a circunstancias históricas especiales, le hizo pasar de teólogo de la Iglesia, a fundador de una seudo-iglesia, en disidencia con la única y verdadera Iglesia de Jesucristo. Para interpretar la Escritura a su modo ataca violentamente a la Iglesia. No puede explicarse la Reforma por la sola teología de los reformadores. Hay que poner todo el fuego y pasión contra la verdadera Iglesia, y por justificar la interpretación privada de la Palabra divina o libre examen.

Dice un historiador: “Lutero no tuvo intención de fundar una nueva iglesia, pero atacó violentamente el papado; mientras Melanchton y sus amigos trataban de conciliar los ánimos en la Dieta de Ausburgo, Lutero se muestra intransigente contra el papado[2].” Sepárase de Roma, luego se separa de Zwinglio, de los anabaptistas, no admite más que lo hecho por él, y su interpretación personal de la Escritura. Esto es nido de un semillero de errores diversos; pero que crecen en oposición contra la Iglesia, la palabra de Dios, en la aversión a Dios, que se configura como odio contra la verdad, contra la Iglesia.

Al margen de lo que pudieran ser sus errores, muchos de ellos comunes a todos los teólogos nominalistas, en el doctor Martín Lutero tenemos un encarnizado odio contra el papado y la Iglesia. “Jamás persuadirás al turco de que está condenado delante de Dios, ni al Papa de que la sede romana es la sede de Satanás”, afirma.

Contra el papado fundado por el diablo” es un panfleto —dice el historiador antes mencionado— donde reaparece, la tónica constante en la vida del Reformador, el odio del Papa, como el grito desesperado de un moribundo que recoge en un momento todas sus energías vitales para lanzar al mundo una denuncia, una condenación, un mensaje, cuyas cláusulas no pueden disimular una derrota... en los apelativos al Papa, agrega, hallamos representada toda la zoología.

Nos abstenemos de mencionar aquellos apelativos[3].

A nosotros, separados del teatro de los sucesos por el espacio y el tiempo, nos interesan las consecuencias funestas de la Reforma; dichas consecuencias no son solamente hechos históricos, rompimientos “entre hermanos”, sino que configuran una ruptura más honda, más importante, capaz de poner en juego el destino eterno de las almas, por tratarse de una ruptura en la fe.

Al tratarse de Ecumenismo, se ha dicho a menudo, y se ha dicho bien, que debemos separar las razones históricas o políticas que han ahondado los desacuerdos, y las razones propiamente dogmáticas. Aquellas tienen un remedio fácil. Estas requieren la conversión sincera a Jesucristo. Esto último es más difícil; es algo que depende de los resortes de la gracia de Dios; esta vuelta hacia Dios es lo que no debemos entorpecer con nuestra indiscreta benevolencia.

Consecuencias funestas decimos; no solamente por las negaciones inmediatas del dogma cristiano, sino por la totalidad de la vida cristiana que vino a parar en un naturalismo religioso sin vida sobrenatural. El principio del libre examen ha venido actuando en el tiempo, suscitando diversas y encontradas concepciones religiosas, hasta no dejar ninguna en pie. Desde un evangelismo “libre”, con una fe confusa, sin raíces en el magisterio de la Iglesia, con un libro por delante, la Biblia, sujeto de lecturas divergentes, hemos disuelto todo pensamiento serio en materia religiosa. A esto agreguemos la filosofía, la obra de la inteligencia enferma de conceptualismo. Entonces tenemos que el libre examen elabora su concepto de religión, a la medida del hombre. La última etapa del libre examen es la religión del Hombre.

Nos hemos, enterado con espanto de algunos homenajes a Lutero en instituciones católicas de Europa, y aun de España. Por la libertad religiosa y el ecumenismo, el evangelismo libre se ha extendido como un cáncer y no hay quien le ponga remedio. Sin embargo todos somos responsables de la propagación del mal, principalmente los señores obispos y sacerdotes, a quienes incumbe velar por la pureza y propagación de la fe católica.

Podemos hablar con razón de la buena salud de la fe católica, pues es la única fe en el Dios vivo, que sirve de portal a la salvación. La buena salud de la fe, es la fe formada, o sea informada por la caridad. La fe verdadera, sobrenatural, puede estar enferma, o sea coexistir con el pecado mortal; sigue siendo verdadera fe. La herejía, en cambio, es un rompimiento con la doctrina revelada; yo elijo, selecciono lo que debo creer, y niego lo demás. Por ejemplo cuando niego que la penitencia es un sacramento, oponiéndome a la doctrina de la Iglesia.

Lutero negó la confesión, como negó el sacerdocio o los votos religiosos. A los católicos los llamaba despectivamente los “papistas” y negaba la Iglesia como institución fundada por Cristo de manera visible y jerárquica. Todo nos hace pensar en una mente turbulenta, talentosa, pero con un profundo desequilibrio síquico. Los insultos más soeces están a cada paso en sus obras. No existe un doctor Martín, teólogo, estudioso, tranquilo, religioso, sino un volcán que vomita, no lava sino denuestos e insultos.

El mal es una carencia; es una negación, y siempre tiene su apoyo en algún bien. El opone la Iglesia de su tiempo a la Iglesia primitiva; es claro que había una gran distancia. Santo Domingo también hizo una reforma de la Iglesia; Santa Catalina de Siena también urgía a la Silla Apostólica por la reforma. En nuestro tiempo también hace falta una profunda reforma. Pero una reforma debe reforzar y no combatir los elementos institucionales puestos por Cristo Nuestro Señor; no puede abrir las puertas para una interpretación personal del texto bíblico, sembrando en el mundo una anarquía de interpretaciones contradictorias. De las prácticas abusivas no se puede concluir que la Iglesia no fuera la verdadera Iglesia.

El protestantismo no ha causado “divisiones en la Iglesia”, sino alejamientos de la única y verdadera Iglesia, con grandes peligros para la salvación. Se habla de “nuestras divisiones”, como si la Iglesia quedara por igual en las dos partes. No es así. En una parte queda (católica), y en la otra no quedan más que residuos, hasta que desaparecen.

La Argentina ha sido invadida por un ejército de sectas protestantes norteamericanas, que van a terminar por destruir la vida católica del país por indolencia de nuestros obispos. El famoso ecumenismo y la libertad religiosa han castrado la actividad apostólica de otros años.

Sentimos profunda repugnancia de hablar así, pero no hay más remedio.

Agreguemos algo como conclusiones:

El Ecumenismo bien entendido, ed restaurar la unidad entre los cristianos haciendo entrar a los cristianos disidentes en la unidad de la única y verdadera Iglesia de Jesucristo.

Aquí tratamos de la práctica ecuménica a veinte años de distancia; unida a la propaganda entre católicos de la libertad religiosa. Sobre esto notamos lo siguiente:

a)    El efecto principal ha sido borrar en muchos católicos la necesidad de la fe católica para salvarse. Las prácticas ecuménicas, llevan a muchos a la convicción de que todas las religiones son iguales, y que cada cual debe profesar las creencias que le parezcan.

b)    En la estimación pública, el hereje era considerado un malhechor, una persona que debía evitarse. Ahora el sectario es un personaje, y los conciliábulos heréticos opinan sobre laicismo, divorcio, etc. Siempre contra Iglesia de Cristo.

c)    Autoridades civiles, eclesiásticas y clero en general, tenemos una actitud encogida, medrosa, cómoda; pero somos cómplices de la corrupción religiosa de nuestro pueblo. Es verdad que el ecumenismo y la libertad religiosa son como la espada de Damocles en la cabeza del Obispo; pero aun así el Obispo es directamente responsable de la vida religiosa de su pueblo. La propagación de las sectas debe ser combatida, sin falsas tolerancias.

d)    Otra consecuencia es el escándalo dado a los hermanos separados, al ver que no les hablamos de conversión a la verdadera fe sino de unión. Pensarán que las diferencias dogmáticas son vacías de contenido, y que lo real son divisiones políticas o históricas, vale decir sin verdadera importancia. Es inducirlos en un gravísimo error.

e)    Por los mismos motivos ecuménicos, los teólogos han desvirtuado muchas veces la doctrina (teología sacramental, Cristología, exégesis, etc.). Buscando conciliar la doctrina católica, con opiniones protestantes, promoviendo una concepción dialéctica o historicista del dogma, desligada ya de la Revelación.

f)    Para los jóvenes seminaristas y estudiantes religiosos, el escándalo consiste en contemplar una doctrina católica, pusilánime, desteñida, que busca en lo moral la secularización, en el dogma, la historia; así todo se explica por la relatividad y la evolución. No hay escolástica. Preséntase ante nuestros jóvenes una Iglesia de Pedro sin Verdad; que ha renunciado a la Verdad, y pretende sobrevivir con las migajas de la herejía.

Revista "Roma" N° 84, Pg. 38

ÍNDICE DEL N° 84

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[1] Marcos, 8, 36.
[2] Garcia Villoslada S. J., Martin Lutero, II, 357.
[3] Garcia Villoslada S. J., o. c. 628.