CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

Revista Roma N° 25 - Julio de 1972
MINDSZENTY


MINDSZENTY

AI escribir este nombre, el más glorioso de la Cristiandad contemporánea, nos inclinamos reverentes. José Mindszenty, Cardenal de la Santa Romana Iglesia, Príncipe Primado de Hungría y Arzobispo de Strigonia, lleva un título aún más alto que los enumerados, el de confesor de la fe de Jesucristo, la única verdadera, ante la tiranía comunista.

Se lo tiene —y con razón— por un hombre intransigente. En época de “diálogo”, su posición no parece razonable ni siquiera a un buen número de católicos que desean realizar una “unidad” bajo cualquier bandera y por cualquier medio. Más éstos no escuchan a Nuestro Señor que dijo: “Yo he venido a poner fuego en la tierra ¿y qué voy a querer sino que arda? Con un bautismo he de ser Yo bautizado; ¡oh y cómo está ardiendo mi corazón en deseos de que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer la paz en la tierra? No, sino desunión; así os lo declaro. De suerte que desde ahora en adelante habrá en una misma casa cinco entre sí desunidos: tres contra dos y dos contra tres; el padre estará contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lucas, 12,49-52) Evidentemente los que quieren compaginar la verdad con el error, odian y desprecian al Evangelio y a su fiel siervo, el Príncipe Primado de Hungría.

El mundo siempre fue enemigo de las actitudes parecidas a las del Cardenal José Mindszenty. Los santos padecieron embates similares. El Arzobispo Thomas A. Becket tampoco fue aplaudido cuando combatía por el fuero eclesiástico. Sin embargo, después de muerto, su enemigo, cuyos nobles lo martirizaron, rezó e hizo penitencia ante su tumba y hoy el orbe católico lo venera como Santo Tomás de Canterbury. El monje Hildebrando también pudo haberse atemorizado cuando emprendía su tarea. Mas tuvo confianza en Dios y triunfó. Ya cuando se llamaba Gregorio VII amonestaba de la manera siguiete a los Obispos de Fratieia, de esa Francia cuya alianza tanto necesitaba contra Enrique IV: “Es vuestro Rey o mejor, vuestro tirano, por persuación diabólica origen y causa de todas estas calamidades. Manchó toda su juventud con crímenes e infamias: Tan débil como miserable... No sólo abandona a todos los crímenes al pueblo (que le está sometido, relajando los lazos de la obediencia, más aún lo excita, por el ejemplo de sus gustos y de sus acciones, a todo lo que no está permitido hacer y ni siquiera decir... Sería también vana disculpa decir que temeis la ira del Príncipe; porque, si vosotros os unieseis todos en defensa de la justicia, tendréis suficiente autoridad para corregir al Rey de sus pecados, o por lo menos satisfacer vuestras conciencias. Mas, aunque tuvierais todo que temer, el propio peligro de muerte no debería impediros cumplir con libertad vuestro deber de Obispos”. Estas son las palabras de un Papa, quizás el más grande de todos, calificando la conducta de un Rey, ciertamente malo, mas cuyo gobierno no se puede ni comparar en perversidad con cualquier régimen comunista. Pues la organización de Francia bajo Felipe I, que es el soberano en cuestión, fundamentalmente era cristiana, mientras la Unión Soviética no merece el nombre de Estado civilizado. Es un conjunto de pueblos esclavizados y utilizados para edificar el socialismo, organización contraria al derecho natural, dirigida por un grupo de malhechores. Este calificativo lo escribimos fríamente, sin ningún acento emocional, como corolario de los hechos históricos que sufre la humanidad desde el año 1917. Analícese sin pasión alguna, las»cualidades morales de los gobernantes del imperio moscovita, sea Lenín, Stalin, Kruschev o Brezhnev, y el de sus colaboradores, y ninguna persona de recto criterio podrá llegar a conclusión distinta. Asimismo nadie puede sostener que San Gregorio VII era un fanático o un obstinado, pues además de santo, fue el mejor político de su tiempo. Más no se dejó guiar por la prudencia de la carne sino por el espíritu, y venció a la mayor potencia de su época.

Cual nuevo Santo Tomás o nuevo San Gregorio, Mindszenty no rehuye el combate. En 1944, siendo Obispo de Veszprém, defiende a los perseguidos por Hitler, siendo detenido por los nazis; y terminada la guerra, ya Arzobispo de Strigonia y Príncipe Primado de Hungría, se enfrenta con la mayor organización delictiva de la historia, la que se ha propuesto la meta imposible de borrar el Santo Nombre de Dios de la faz de la tierra. Es esa organización sobre la cual nos enseña la Iglesia que “El comunismo es intrínsecamente perverso y no se puede admitir que colaboren con él en ningún terreno los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana” (Pío XI, encíclica Divini Redemptoris)  con la que en los años de la postguerra se enfrentó con tal valor el Cardenal que mereció el emocionado homenaje del Papa de aquella época, Pío XII, y de toda persona que da algún valor a la dignidad humana. Sufre cárcel y torturas, es calumniado, mas su espíritu indomable no se doblega. Prueba de ello son las enérgicas medidas que tomó durante los pocos días de libertad, cuando la contrarrevolución húngara de 1956. Tanto su vida privada, de ejemplar pobreza y austeridad, como la pública, que lleva el sello brillante de Príncipe de la Iglesia y Sucesor de los Apóstoles, están jalonadas de virtudes practicadas en grado heroico. Sin querernos adelantar, en forma alguna, a las decisiones de la Iglesia, esperamos venerarlo un día en los altares.

Grande entre los grandes, el Cardenal Mindszenty calificó como la mayor cruz de su vida el hecho de haberse visto obligado abandonar su patria. Meditemos y comparémoslo con las otras cruces que tuvo que llevar el santo purpurado.

Nosotros, que no somos dignos de desatar la correa de sus zapatos, le rendimos nuestro humilde homenaje, al cumplir ochenta años de vida, y expresamos nuestra extrañeza ante el hecho de que los que se dicen obsesionados ante injusticias reales o imaginarias en el mundo, especialmente miembros del clero católico, nada digan frente a la mayor injusticia del tiempo presente, de la que es víctima el Cardenal Mindszenty: la tiranía bolchevique.

Revista "Roma" N° 25, Pg. 1

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