CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

Revista Roma N° 17 - Navidad de 1970
CRISTO REY


... el Evangelio ha sido siempre incompatible con otras ideologías, por eso no se construye sino se destruye si se olvida esta verdad. Los católicos somos señal de contradicción en el mundo, como la Cruz de nuestro Salvador es señal de contradicción levantada entre las naciones. En consecuencia debemos definir y no confundir, conseguir adhesiones totales a la doctrina católica y no componendas sincréticas, unir alrededor de la verdad, y no olvidar que el triunfo de nuestros principios se consigue al precio del sacrificio. Siempre es vigente este lema: AVE CRUX, SPES ÚNICA, AVE.


"No hay verdadera fraternidad fuera de la caridad cristiana, que por amor a Dios y a su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, abraza a todos los hombres, para ayudarlos a todos y para llevarlos a todos a la misma fe y a la misma felicidad del cielo. Al separar la fraternidad de la caridad cristiana así entendida, la democracia, lejos de ser un progreso, constituiría un retroceso desastroso para la civilización. Porque, si se quiere llegar, y Nos lo deseamos con toda nuestra alma, a la mayor suma de bienestar posible para la sociedad y para cada uno de sus miembros por medio de la fraternidad, o como también se dice, por medio de la solidaridad universal, es necesaria la unión de los corazones en el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo. Esta unión no es realizable más que por medio de la caridad católica, la cual es, por consiguiente, la única que puede conducir a los pueblos en la marcha del progreso hacia el ideal de la civilización"[1].

Este deslinde entre la caridad y un espíritu de "solidaridad universal" es indispensable, si se quiere tener conceptos claros y razonar como hombre inteligente y no como un integrante de la masa que se mueve por sentimientos. Pues hoy —ni siquiera los católicos en el campo de la sociedad temporal—[2] tratan de unir los corazones en el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo, sino de suscitar un espíritu de diálogo para encontrar una síntesis nacional en la que puedan colaborar marxistas, liberales y católicos, unidos por la preocupación común por el desarrollo. Pero, y con esto el engaño se configura, nunca se confiesa que esta posición no tiene nada que ver con la caridad cristiana, sino que se la presenta justamente como exigencia del espíritu evangélico. Este error, posiblemente proveniente de falta de fe, está difundido entre casi todos los que tienen actuación pública —al menos en lo que hace precisamente a su actuación, si no es confesada en cuanto a los principios, aunque en la mayoría de los casos se los profesa también— y domina en las actitudes prácticas. Hoy no es elogio afirmar de alguien que es hombre virtuoso, sino que sabe dialogar.

Nótese que la consecuencia con nuestra fe no exige tan sólo el ejercicio de la caridad, tal como lo definió el Papa Santo en la cita que encabeza estas líneas, en el campo puramente religioso, sino en todas nuestras actividades, especialmente en el terreno temporal, ya que la Carta Apostólica mencionada habla expresamente de un movimiento cívico que, en lo político-social, no adoptaba principios y actitudes católicas, sino sincretistas.

Sufrimos —como decía Pío XII— una pérdida cada vez mayor de la noción del bien y del mal. Como dice el conocido tango "Cambalache", hoy "nada es mejor, todo es igual". En este indiferentismo práctico se levanta la gran tentación corruptora de la vida pública argentina, la "integración nacional", inventada por un político disolvente de formación marxista, posiblemente, el mejor exponente del signo de estos tiempos: Arturo Frondizi.

La integración

¿Qué se entiende por esta palabra mágica, tan aplaudida por todos, desde Perón hasta los Comandos Civiles, desde la CGT hasta la Sociedad Rural, pasando por la Universidad, los militares y los políticos? Se entiende comúnmente que, como fruto de un diálogo fecundo, todas las tendencias con vigencia en el país se uni­rán en una síntesis para construir la sociedad futura que exige la civilización moderna [3] Por el camino del "cambio de estructuras" se llegará a la deseada "modernización". Como se ve nada de conceptos precisos; los términos son bien ambiguos, imprecisos, como para no asustar a nadie y conseguir adhesiones sin turbar las conciencias.

Si se reflexiona un poco ya se ve la cola del diablo. La verdad y el bien se pueden exponer con claridad. En cambio, un movimiento que avanza bajo la máscara de términos raros, al menos, es sospechoso de no ser santo. La objeción fundamental es, que la suma de la verdad (posición católica) y del error (posiciones liberales y marxistas) no da como resultado una verdad renovada, sino un nuevo error, al igual que, entre las tesis de que dos y dos son cuatro y de que dos y dos son seis, fijar una "línea media" de que dos y dos son cinco.

La misma simpatía con que el católico embarcado en la "integración" recibe cualquier aporte liberal o marxista siempre que, según él, milite en la "linea nacional", está en contradicción con toda la tradición y con el ejemplo de los combatientes por la causa de la civilización cristiana [4]. Al respecto enseña San Luis María Grignon de Monfort: "Dios ha levantado enemistades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de su Madre y los hijos y esclavos del demonio; por eso no se aman mutuamente ni tienen correspondencia interior unos con otros"[5].

La actitud católica

¿Cuál es, entonces, la posición y la táctica que debe adoptar el católico que se preocupe del bien común y se empeña a servir al país en el terreno de vida pública? ¿Encerrarse y esperar que, como por arte de magia, desaparezcan los liberales y marxistas o, adoptando un celo amargo, escribir diatribas? Evidentemente nada de esto, sino exponer y aplicar, sin concesiones, la doctrina católica en todos los campos. La prédica que se realice deberá convertir y convencer, en vez de dialogar y buscar la síntesis. La doctrina católica es bastante atrayente, tanto que si se la expone íntegra —más en momentos de desorientación y de descreimiento general, en que se han ensayado todas las panaceas-atraerá a los hombres de buena voluntad, que son con los que se ha de contar.

Pero para que esto sea una realidad debemos rechazar de plano la segunda tentación, complementaria de la primera: la de tratar de compaginar la civilización moderna con los principios católicos, pues la civilización moderna, salida de la Revolución anticristiana, es irreconciliable con el Evangelio.

La proposición 80

No debemos olvidar que el Syllabus, promulgado por el Papa Pío IX, condena la siguiente proposición: "El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna". Creemos que no se ha meditado lo suficiente, ni siquiera en los círculos tradicionales, esta última sentencia del Syllabus, el número ochenta. Sin embargo es más actual que nunca. En el último siglo la Revolución en Occidente avanzaba envuelta en la bandera democrática, levantando el triple lema de libertad, igualdad y fraternidad. Después de la segunda guerra mundial, dichos principios, al haber fracasado en su intento de crear una sociedad feliz, se desprestigian paulatinamente, caminando la humanidad hacia un sincretismo pretendidamente aideológico, basado precisamente en el mito del progreso. Se exalta lo moderno, lo nuevo, y la herejía progresista es la que han propagado los falsos Pontífices que han usurpado la Sede Romana desde 1958 hasta la fecha: han transigido con las falsas exigencias del progreso, el liberalismo y la civilización moderna.

Sin embargo, si dicha civilización tiene raíces anticristianas, si justamente imprime el carácter desacralizador que sella a las tres Revoluciones, la protestante, la francesa y la comunista, ¿cómo va ser compatible con el cristianismo, cómo un verdadero Pontífice o un buen católico van a poder transigir y reconciliarse con ella?

Naturalmente bajo la denominación "progreso", en la proposición ochenta no se condena el avance de las ciencias y de la técnica, acontecimiento en sí admirable. Mas si se utiliza este hecho contemporáneo para "liberar al hombre" de la ley de Dios, para construir una sociedad en violación del derecho natural, nada es más nefasto. Si el progreso material se usa para desligar el hombre de su dependencia del Creador, ese "progreso" no hará otra cosa que esclavizarlo al pecado, constituyendo un auténtico retroceso. "El vuelo de la ciencia descubrió ciertamente horizontes nuevos al entendimiento, amplió el dominio del hombre sobre la naturaleza corpórea y aportó con ellos mil ventajas nuevas a la vida terrena. Pero, a pesar de ello, todos experimentan y son muchos los que reconocen que el efecto ha sido inferior a las esperanzas. Ni puede afirmar otra cosa el que considere el estado de los espíritus y de la moral, las estadísticas que de la delincuencia, los sordos rumores que suben desde abajo, el predominio de la fuerza sobre el derecho. Para no volver a hablar de las clases inferiores caídas en la miseria, basta una mirada superficial para convencerse que tina tristeza indefinible pesa sobre las almas y un vacío profundo se ha abierto en los corazones. El hombre se ha enseñoreado de la materia; pero ésta no ha podido darle lo que no tiene, y las grandes cuestiones que se refieren a sus más altos intereses no han sido resueltas por la ciencia humana; la sed de verdad, de virtud, de infinito, ha quedado sin satisfacer; y la tierra, enriquecida de tesoros y de goces, y las crecientes comodidades de la vida no disminuyeron las inquietudes morales"[6]

Se ha dicho alguna vez que el que quiere convertir al mundo moderno debe amarlo. Esto es un sofisma, pues la cuestión es convertir a los hombres que viven en el mundo moderno y edificar una sociedad cristiana, opuesta al mundo moderno que la odia con toda su alma. Y para convertir a los hombres contemporáneos sí hay que amarlos, pero a ellos y no al mundo moderno que los pervierte.

Señal de contradicción

"Yo he venido a poner fuego en la tierra ¿y qué voy a querer sirio que arda? Con un bautismo he de ser Yo bautizado; ¡oh y cómo está ardiendo mi corazón en deseos de que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a poner paz en la tierra? No, sino desunión; así os lo declaro. De suerte que desde ahora en adelante habrá en una misma casa cinco entre sí desunidos: tres contra dos y dos contra tres; el padre estará contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra"[7]. ¡Qué poco "integrador" suena este pasaje del Evangelio, en que Nuestro Señor anuncia que viene a traer desunión a la tierra! No es su voz, sino la del Adversario que nos invita a unirnos, deponiendo nuestras diferencias esenciales y levantar una sociedad sin preocuparnos si sirve para la salvación o la condenación de las almas.

Por eso el Evangelio ha sido siempre incompatible con otras ideologías, por eso no se construye sino se destruye si se olvida esta verdad. Los católicos somos señal de contradicción en el mundo, como la Cruz de nuestro Salvador es señal de contradicción levantada entre las naciones. En consecuencia debemos definir y no confundir, conseguir adhesiones totales a la doctrina católica y no componendas sincréticas, unir alrededor de la verdad, y no olvidar que el triunfo de nuestros principios se consigue al precio del sacrificio. Siempre es vigente este lema: AVE CRUX, SPES ÚNICA, AVE.

Naturalmente no se deben levantar innecesarias resistencias a la difusión de la doctrina católica, por durezas humanas, modo de proceder orgulloso, hiriente o desatento, pues "La caridad es sufrida, es bienhechora; la caridad no tiene envidia, no obra pre­cipitadamente, no se ensoberbece, no es ambiciosa, no busca sus intereses, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusti­cia; complácese, sí en la verdad: a todo se acomoda, lo cree todo, todo lo espera, y lo soporta todo"[8]. Pero la caridad no se compagina con el sincretismo, no sirve un poco a Dios y un poco al diablo, para no ofender o no molestar pues "La caridad consiste en que procedamos según los mandamientos de Dios" [9]. En el campo de la sociedad el mandamiento de Dios es trabajar para el establecimiento de la Ciudad Católica, del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo.

Y para esto es necesario que todas nuestras actividades vayan acompañadas del elemento religioso, lo que nos religa con Dios.   No existe autonomía frente a El, pues es Rey y Señor de todo.  Por eso la sociedad civil debe estructurarse de tal forma que ayude a la salvación de las almas. Y para esto hoy "es todo un, mundo que hay que rehacer desde sus cimientos" [10].   Para lograrlo, "¿Deberán, por tanto, ser despreciadas, descuidadas las conquistas de la cultura, del saber, de la civilización y de una libertad templada y razonable?  Ciertamente que no; deben, por el contrario, ser defendidas, promovidas y muy apreciadas, como un valioso patrimonio, pues son otros tantos remedios buenos por su naturaleza, queridos y ordenados por Dios mismo para el mayor provecho de la familia humana.  Sin embargo, al usarlos conviene mantener puesta la mirada en el conocimiento del Creador y hacer que vayan siempre acompañados del elemento religioso, en el cual reside precisamente la virtud que los valora y los hace dignamente fructuosos.   Aquí está el secreto del problema.   Cuando un ser orgánico se corrompe y decae,  esto proviene de que ha cesado el influjo de las causas que le dieron forma y consistencia; y no hay duda que, para sanarlo y vigorizarlo de nuevo, es necesario devolverlo a los vitales influjos de aquellas mismas causas. Ahora bien, en el loco intento de emanciparse de Dios, la sociedad civil rechazó lo sobrenatural y la revelación divina, substrayendose así a la vivificante eficiencia del cristianismo, es decir, a la más sólida garantía del orden, al más poderoso vínculo de fraterndad, a la fuente inexhausta de las virtudes individuales y públicas; y depende de esta bosquejada apostasía el transtorno de la vida práctica"[11].

Omnia instaurare in Christo

Este es el lema cuya aplicación práctica nos incumbe. Este es el programa que se deduce de lo expuesto más arriba, y si gobernantes y gobernados se apartan de este fin o si lo dejan de perseguir con prudencia, costare lo que costare, preparan, no la salvación nacional, sino la ruina común que hoy fatalmente ha de desembocar en el comunismo. Y para realizar este programa el punto de partida no puede ser la integración de la verdad y del error, si no el cumplimiento de la voluntad de Dios Nuestro Señor, sin el cual no corresponde esperar que se vea bendecida la tarea del hombre público.

El punto de partida, en consecuencia, debe ser religioso. Debe consistir en el acatamiento de la soberanía absoluta de Dios por sobre todo, tanto sobre los individuos como sobre los cuerpos intermedios y sobre el Estado mismo. Esta es la piedra angular de la restauración del orden y el que la coloque como cimiento de una política, puede esperar copiosas gracias.   Por eso, y teniendo en cuenta que la Virgen Santísima manifestó en Fátima: "Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón", la consagración de la Argentina al Inmaculado Corazón de María, realizada el 30 de noviembre del año próximo pasado, en Lujan, permite esperar grandes bendiciones para el país, ya que dicha consagración fue un acto oficial y solemne de la Nación Argentina.

Pero no se es consecuente con esta consagración hacer alianzas con el error, tolerar y difundir el mal y la inmoralidad, manifestar debilidad frente a la subversión, lo que en estos momentos puede configurar su complicidad. Una política de este signo no puede merecer el apoyo de los cristianos, que no están llamados a apoyar claudicaciones sino a seguir el ejemplo de Nuestra Señora, que APLASTA LA CABEZA DE LA SERPIENTE ("Ipsa conterit caput tuum") [12]. Y para esto siempre contarán con el auxilio de Aquélla que es la Omnipotencia Suplicante. Esta es la política que hay que emprender al servicio de Aquél que aún ante Pilatos se proclamó Rey [13].

Cristo Rey

No siempre se ha comprendido bien en qué consiste la realeza de Nuestro Señor sobre la sociedad civil.  Algunos creen, acaso, que es la consagración oficial del país, la declaración de que la Religión Católica es la religión del Estado. Evidentemente es también esto, pero es mucho más.   En una nación donde Cristo es reconocido como Rey, toda la legislación, todo el poder del Estado se orienta para que los habitantes se conformen con la ley del Evangelio, todo facilita la VIDA VIRTUOSA, base de la tranquilidad pública. Cuando se toma una medida de gobierno no se estudia su conveniencia desde el punto de vista de rentabilidad, sino si sirve al bien común, lo que por supuesto incluye la prosperidad material, pero no como único elemento ni como elemento principal, pues esa misma prosperidad tiene como misión fomentar la vida virtuosa, a cuyo servicio se debe poner el Estado, aun por mero derecho natural. Mas como Dios es Autor, tanto de la naturaleza como de la gracia, el Estado católico en nada está desligado de la obligación de crear las condiciones para la vida virtuosa, sino que se le añade el deber de proteger a la acción docente y santificadora de la Iglesia, sin la cual la vida virtuosa, para nuestra naturaleza caída, es imposible. Una política que pretenda hacer más ricos a los hombres sin hacerlos mejores, y más aún, corrompiéndolos, debe ser rechazada.

El elemento religioso es tan esencial en la sociedad, que aunque se recostruyera un orden civil cuya armazón se conformara en sus lincamientos económico-sociales con la doctrina del Magisterio Pontificio sin que la espiritualidad católica lo informara todo, penetrándolo y vivificándolo, sería como una caparazón, un orden sin alma, una organización social fundamentalmente distinta al orden querido por Dios. Pues el recto orden social, por cuyo restablecimiento deben trabajar los que quieren salvar a nuestra civilización, debe ser informado por el espíritu evangélico y coronado por el acatamiento constante y solemne del poder público de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, de quien deriva todo poder, toda soberanía y al que es debido toda gloria.

"Yo soy el camino, la verdad y la vida"[14]; dijo Nuestro Señor. La nación que tome otro camino que El, necesariamente caaeá en la ruina. Esto hoy no necesita ser explicado con muchos razonamientos: el estado actual de Occidente lo demuestra palmariamente. Todo intento de panacea social sin Cristo está condenado al fracaso. Toda transformación que pretenda copiar, con mentalidad naturalista la doctrina social de la Iglesia, sin informarla del espíritu católico, no podrá más que armar un cadáver, sin alma que lo vivifique, que al menor soplo de la Revolución anticristiana se derribará y se hará pedazos.

Mas "si los hombres reconocen pública y privadamente la regia potestad de Cristo, necesariamente recogerá la sociedad civil increíbles beneficios, como son los de una justa libertad, una disciplinada tranquilidad y una pacífica concordia. Porque la regia, dignidad de Nuestro Señor, de la misma manera que consagra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los gobernados" [15].

"Entonces, finalmente, podrán ser curadas tantas heridas, entonces todos los derechos recobrarán su primitivo vigor, será devuelta la paz, y caerán de las manos las espadas y las armas, cuando los hombres acepten de buen grado el poder de Cristo, le obedezcan voluntariamente y toda lengua confiese que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre" [16].

Fuente: Revista "Roma" N° 17, Pg. 1

ÍNDICE DEL N° 17

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

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[1] San Pío X, carta Notre Charge Apostolique, condenando el movimiento. demócrata-cristiano del Sillón, § 24.
[2] En la espiritual, también, en muchos casos, pero no es nuestro intento tratar este tema en el presente artículo.
[3] Si por integración se entiende aunar voluntades, provenientes de dis­tintos sectores, convocándolos a servir los grandes principios de nuestra ci­vilización y los intereses principales del país, como ser la tradición hispá-nica, la participación de los diversos cuerpos de la comunidad en los niveles •II que son competentes, la defensa de la unidad familiar y de la autoridad paterna y su presupuesto necesario, un clima de moralidad pública y el for­talecimiento de la propiedad privada, la protección de los pobres, el respeto de la ley y el orden, la represión de la delincuencia, sea política o no, la complementaeión del campo y de la industria y la descentralización de esa monstruosidad aplastante que es el Gran Buenos Aires, programa que, es­tamos convencidos, concitaría la simpatía de la mayoría de la población, esta integración no sólo es perfectamente legítima sino sumamente útil al bien común. Más corrientemente —en especial por el uso hecho del término de referencia por los medios de comunicación—, se lo emplea con el significado üineretiHtn dt Una síntesis de ideologías y principios, lo que un católico no puedo aceptar, porque cree en la existencia de la verdad y del error.
[4] Nótese que personas y asociaciones que se creen antiliberales, dado ese espíritu "abierto" que los anima, que se puede calificar con propiedad de sincretista, no hacen otra cosa que liberalismo. Por ejemplo, un círculo que organiza conferencias de las más diversas tendencias para formar a sus adherentes, es un círculo liberal, por más que pretenda profesar otra ideología.
[5] Tratado de la verdadera devoción.
[6] León XIII, encíclica Annum Ingressi,  § 18.
[7] Lucas, 12, 49-52.
[8] I Corintios, 13, 4-7.
[9] I Juan, 1, 6.
[10] Pío XII  mensaje del 10 de febrero de 1952.
[11] León XIII, encíclica Annum Ingressi, § 19.
[12] Génesis.
[13] Cf. Juan, 18, 37.
[14] Juan   14, 6.
.[15] Pío XI, encíclica Quas Primas § 9.
[16] León XIII, encíclica Annum Sacrum.