CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

Revista Roma N° 10 - Julio de 1969
LA MORAL DE LOS ESCLAVOS
Jorge Siles Salinas

Vemos arrastrarse, babeando su adulación y su villanía, a los pies de los jerarcas rojos o de los exponentes de su ideología, a connotados sacerdotes y laicos, que parecen movidos no por otro afán sino por el de besar las manos de quienes en Hungría y en Polonia y en Checoslovaquia y en Rumania y en Cuba y en China y en tantos otros países se han solazado martirizando a la Iglesia, esclavizando a los católicos, escarneciendo la Cruz de Cristo, humillando a los creyentes.


¿Por qué no se ha reeditado en castellano el hermoso libro de Max Scheler, “El resentimiento en la moral”, publicado por la editorial de la Revista de Occidente en 1927? Como es sabido, el valor de ese estudio reside en la profundidad con que en él se examinan las acusaciones lanzadas por Federico Nietzsche en contra del cristianismo al calificar su sistema moral como “la más fina flor del resentimiento”. Muy oportuna sería, ciertamente, la reedición de dicho libro, precisamente en estos momentos en que la incertidumbre moral que afecta a amplios círculos de vida cristiana parece dar la razón, en muchos gravísimos aspectos de su conducta social y política, a los argumentos sostenidos por el autor de “Así hablaba Zaratustra”.

A juicio de éste, a diferencia de toda moral egregia, que brota de una triunfal afirmación de sí mismo, la moral cristiana no constituye sino un modo negativo de enfrentar la vida, bajo la influencia de los oscuros sentimientos de la impotencia, la inferioridad temerosa, el fallido deseo de venganza. Movido por su aversión al cristianismo, Nietzsche califica a los valores que éste preconiza —así la humildad, la resignación, la mansedumbre— como valores propios de una moral de esclavos, de siervos, de seres dominados y resentidos que buscan el modo de disimular su impotencia bajo la máscara de la virtud.

Con iluminadora precisión, Scheler acertó a demostrar la falsedad de los juicios del filósofo que predicó el culto al Superhombre y la voluntad de poderío. Las virtudes cristianas —expuso Scheler—, lejos de originarse en el apocamiento o en la actitud servil, tienen su fundamento en el heroísmo, en la plenitud de vida, en la grandeza de ánimo. “El sacrificio cristiano —dice el texto de “El resentimiento en la moral”— no es una acción dirigida contra la vida y su expansión; antes bien hay un sacrificio que es libre dádiva de la propia riqueza vital, hermoso y natural desbordamiento de las fuerzas”. Nietzsche ha carecido de sensibilidad —piensa nuestro autor— para comprender los ideales supremos de la enseñanza cristiana; no ha sabido valorar en su significado exacto ni el ascetismo cristiano, ni el sacrificio cristiano, ni el amor cristiano. El párrafo decisivo tal vez sea el siguiente: “Preceptos tales como «Amad a vuestros enemigos» no exigen una pasividad dictada por la impotencia, ni tratan de confundir al adversario en secreta sed de venganza, ni son la expresión de un recóndito tormento de sí mismo. Por el contrario, tales preceptos obligan a desplegar la más extremada actividad contra la vida impulsiva natural”.

¿No es justo decir, en efecto, que el consejo de devolver bien por mal, el mandamiento de amar al enemigo, implican un heroico vencimiento de sí mismo, un esfuerzo moral que está más allá de lo instintivo y natural, una demostración de grandeza espiritual, que sólo caben en almas nobles y superiores? En relación con la ética de la Antigüedad, el cristianismo ha aportado conceptos nuevos de los que brota una manera infinitamente más valiosa de entender la vida: ‘‘El egoísmo, el miedo a la muerte (tan difundido en la Antigüedad) es una señal de vida descendente, enferma, quebrantada. En cambio, en el cristianismo, el sacrificio por el débil, el enfermo, nacen de la interior seguridad y propia plenitud vital. En la concepción cristiana, lo noble se rebaja y desciende hasta lo innoble sin la angustia y el temor antiguos a perder y a volverse uno mismo innoble. La conciencia cristiana abriga la certidumbre de conseguir lo más alto en la realización de este acto de humillación”.

Sin embargo, a Max Scheler no se le oculta el hecho de que, si bien es falsa la acusación de Nietzsche (pues el cristianismo, lejos de ser la religión del resentimiento y de la inferioridad vital, es la más pura fuente de elevación espiritual, de dignificación y de heroísmo), con todo, es preciso reconocer que la moral cristiana no está exenta del peligro de caer en la pendiente del resentimiento por lo mismo que las exigencias éticas que ella implica comportan un riesgo, un triunfo sobre el instinto —que nunca puede ser definitivo— y, a la larga, la posibilidad de incurrir en el extravío moral que los latinos solían designar con el aforismo “corrupto optimi, pessima”: nada hay peor que la corrupción de los hombres superiores. Por eso dice Scheler: “Nosotros creemos que los valores cristianos son susceptibles, con extraordinaria frecuencia, de transformarse en valores de resentimiento. . . pero que la semilla de la ética cristiana no ha germinado sobre el resentimiento”. Según el análisis desarrollado en las páginas admirables de “El resentimiento en la moral”, al paso que el soldado es el tipo menos expuesto al peligro del resentimiento, el sacerdote, en cambio, es el que se halla más expuesto a ese peligro. Con profundo acierto describe Scheler las características que definen al tipo del apóstata: le vemos empeñado en realizar una continua cadena de venganzas contra su pasado espiritual; vive solamente en lucha contra la antigua fe y para su negación.

Los años transcurridos desde la publicación del libro de Scheler han venido a darle plenamente la razón, pero también han venido a demostrar que si, en su conjunto, los juicios de Nietzsche eran totalmente injustos e infundados, sin embargo, ellos denunciaron la existencia de un peligro del que no siempre se halla libre el cristianismo y que ahora, doblada ya la segunda mitad del siglo XX, parece haber hecho presa de ciertos sectores en los cuaien introducido el foco venenoso del resentimiento y de la apostasía, de la que podríamos llamar, con Scheler, del odio a sí mismo, de la oscura sed de venganza contra uno mismo, cuando el individuo ha caído en cuenta de su impotencia, de su incapacidad vital, de su propia ruindad y mezquindad moral.

¿No habrían estado plenamente de acuerdo —nos toca preguntarnos— el inventor de la moral del Superhombre y su moderno comentarista, Niezsche y Scheler, en calificar como la peor manifestación de una ética resentida, como la expresión más evidente del envilecimiento y la cobardía moral la actitud de esos católicos de nuestros días que no tienen el menor escrúpulo en proclamar sus alabanzas al marxismo, al comunismo, a la Cuba castrista, a la China roja y, en fin, a la violencia revolucionaria?

El fenómeno a que nos referimos no es ya un brote suelto, un caso aislado, un episodio pasajero. El proceso se está generalizando en todo el mundo cristiano, sembrando el estupor, la angustia, las más dolorosas dudas de fe entre los verdaderos fieles, en la grey obediente al magisterio de la Iglesia. Abundan en el clero los “idiotas útiles” que no tienen a menos prodigar alabanzas al Che Guevara, por largos años jefe de la prisión de La Cabaña. La propaganda comunista lo ha endiosado, con la colaboración eficaz de muchos pobres diablos surgidos en medio de una desconcertada masa de cristianos que parece quisieran hacerse perdonar el hecho de ser tales rindiendo honores a los verdugos y enemigos declarados de la fe cristiana.

El hecho que denunciamos es de los que no puede mencionarse sin sentir la más viva y profunda repugnancia. Vemos arrastrarse, babeando su adulación y su villanía, a los pies de los jerarcas rojos o de los exponentes de su ideología, a connotados sacerdotes y laicos, que parecen movidos no por otro afán sino por el de besar las manos de quienes en Hungría y en Polonia y en Checoslovaquia y en Rumania y en Cuba y en China y en tantos otros países se han solazado martirizando a la Iglesia, esclavizando a los católicos, humillando a los creyentes, escarneciendo la Cruz de Cristo.

Una importante revista “católica” de España, “Cuadernos para el diálogo”, hace en uno de sus últimos números la apología de la Cuba comunista; toda la publicación viene colmada de anuncios editoriales de las obras de Marx y Engels. Aquí, en Bolivia, en el mismo país que derrotó a las guerrillas comunistas, un religioso extranjero ha tenido la avilantez de participar en un homenaje a ese grupo invasor. Otro sacerdote, un jesuíta, ha dicho por la prensa, que es necesario fomentar el diálogo —el famoso diálogo— entre católicos y marxistas y que si esto no pudo hacerse hasta ahora, los únicos culpables fueron los primeros, dadas sus implicaciones con los capitalistas y los privilegiados.

En este camino del “diálogo” se ha avanzado mucho en estos últimos años. Se empezó -—allá por los años 30— con la política llamada de “la mano tendida al comunismo”. Hoy, ya no es un gesto de caridad y comprensión el que mueve a ciertos católicos a congraciarse con los rojos sino la creencia de que éstos, los comunistas, son los que tienen la razón, los que están en posesión de la verdad —de la verdad histórica, de la verdad moral y de la verdad filosófica— al paso que los católicos estaban, por lo visto, descaminados y engañados al creer que el espíritu vale más que la materia, al creer en una vida inmortal que nos aguarda más allá de la muerte, al creer en un Dios de justicia que vino al mundo a salvar a los hombres.

Fácil es imaginarse el descorazonamiento profundo de los católicos exiliados —los millones de católicos que ruedan por todos los continentes, arrojados de sus países por el comunismo— ante la falta de solidaridad de sus hermanos (?) de fe, que se empeñan en exaltar a quienes les han perseguido y torturado no por otra cosa sino por ser católicos militantes, fieles a la Iglesia y a la palabra de Dios. Resulta curioso comprobar que precisamente en la época en que la teología ha producido una más abundante y a la vez profunda literatura sobre “el sentido de la Iglesia” y los valores eclesiales, precisamente esta época es la que ha demostrado una más culpable insolidaridad con los hermanos de la fe, con los hermanos perseguidos y tiranizados.

Razón tenía Max Scheler al defender al cristianismo; la moral que éste predica es una moral de lucha, de heroísmo, de superación, de vencimiento de sí mismo. Nietzsche estaba profundamente equivocado al creer que la esencia de la moral cristiana está constituida por el resentimiento. Este, en verdad, no es sino un peligro, un tumor letal que puede corromper al cristianismo, que puede arrastrarlo a la degeneración y a la decadencia, pero es un peligro cierto, una amenaza cercana, un riesgo profundo contra el cual habrá de luchar sin tregua el espíritu inmortal que animará hasta el fin a la Iglesia, en medio de las vicisitudes y penurias de la historia.

Es menester que en este grave momento de crisis que aflige al mundo cristiano los campos queden claramente deslindados: de un lado debe quedar el cristianismo vivo y vigoroso, que ama, perdona, busca la justicia, se inclina a los pobres, a los sufrientes, a los desvalidos, pero no por ello deja de precautelar el contenido íntegro de la fe y de defender la dignidad del hombre; del otro, ese pseudo-cristianismo degenerado que se arrodilla a los pies de los sanguinarios y los enemigos del nombre de Cristo; ese pseudo-cristianismo apocado, enteco, envilecido, que esconde su falta de fe en los valores sobrenaturales tras una actitud política que sólo s<> caracteriza por la indignidad y la cobardía de quienes la asumen.

Con razón se ha dicho que en tanto que el comunismo tiende a convertirse en una religión, hay quienes hacen del catolicismo nada más que una política.

Mas, lo paradójico y extraño de todo esto es que quienes con mu conducta parecen querer dar la razón al filósofo germano quesostenía que la moral de los cristianos es una moral de esclavos y de individuos abyectos, esos mismos son los que proclaman la necesidad de desencadenar una revolución sangrienta que traiga a cada pueblo la justicia social. Como si la revolución fuera un juego de niños, una comedia ligera, una cosa de nada. No; la revolución no es cosa de seres apocados o abyectos. La revolución, en la que, como lo han visto genialmente Dostoyewski y Berdiaef, actúan de un modo decisivo la crueldad satánica y el nihilismo, la inclinación a la nada y el espíritu del mal, no se ha hecho jamás para que en ella entren en juego los pusilánimes, los serviles. La revolución es una realidad demasiado tremenda, demasiado trágica, demasiado brutal para que en ella intervengan esos pseudo-cristianos, tontos útiles del comunismo, aduladores de los verdugos de sus hermanos.

Fuente: Revista "Roma" N° 10, Pg. 35

ÍNDICE DEL N° 10