CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

Revista Roma N° 7 - Navidad de 1968
TEILHARD Y LA SUBVERSION EN LA IGLESIA
Alexis Curvers


TEILHARD

La revista comunista Europa editó, en marzo-abril de 1965, un número especial en honor de Teilhard de Chardin. En larga serie de artículos, autores comunistas y cristianos progresistas rivalizan en fervor y en ingeniosidad para celebrar al Maestro, aunque con dos tonos bastante distintos: los primeros se contentan con recomendarlo a los segundos, y éstos abundan en la opinión de los primeros.

Es por esto que la publicidad de este número ha sido tan discreta; la maniobra fue demasiado clara. Los dirigentes de la revista han debido arrepentirse apenas editado el número. Nunca el juego comunista se ha evidenciado mejor: favorecer en el adversario todo lo que puede causarle confusión y daño, y preservarse cuidadosamente a sí mismo de esa confusión y daño.

Este número especial es, pues, no tanto una apoteosis de Teilhard, cuanto un trofeo de victoria de la estrategia comunista. Pero ésta, demostrando su hazaña, nos descubre al mismo tiempo su propósito, su plan, sus medios y sus ardides de guerra. Al exhibir a todos esos cristianos seducidos, que ha encadenado a su carro, confiesa, con cierto candor, que para el éxito de su actividad encontró en Teilhard el mejor de los cebos, el auxiliar más seguro, el instrumento más útil.

A lo largo de su proemio, Pierre Abraham, director de la revista, nos previene, de la manera más clara, que no se trata de convertir a los comunistas al Cristo Cósmico, inventado por Teilhard, sino de arrastrar a los cristianos hacia la materia divinizada por el mismo Teilhard. Así, los cristianos se acercarán al materialismo, sin que los comunistas den un paso hacia el cristianismo. El acercamiento “así concebido”, se lleva a efecto tangiblemente. Y no podrá criticarse a la revista Europa de habernos engañado sobre el verdadero sentido del diálogo, por ella así iniciado y patrocinado.

Desde sus primeras líneas, Pierre Abraham nos recuerda (en los términos mismos en que lo hizo en otra época), que en 1955 los escritos de Teilhard no podían todavía encontrarse en las librerías, dado que sus superiores le habían prohibido su publicación.

“Parece, sin embargo, que una amiga fiel a su enseñanza transcribió y policopió sus obras, que ella conservaba a la disposición de quien estuviese sinceramente interesado en conocer los pensamientos del sacerdote jesuíta. Parece igualmente que Teilhard logró, por primera vez en el siglo XX, definir las posiciones recíprocas y admisibles entre la ciencia y la religión, en una forma correcta para la ciencia y admisible para aquellos espíritus religiosos que no estén definitivamente cegados por la creencia firmísima y, por así decirlo, materializada, de los hechos referidos por las Sagradas Escrituras.”

“Si esta ventaja parece a los espíritus científicos de poca importancia puede considerarse, en cambio, de suma importancia para multitud de espíritus religiosos que han podido alcanzar el ámbito de la investigación científica y, consiguientemente, han podido activar en número y en enjundia la conquista de los resultados concretos.”

“Siempre dentro de la hipótesis de que las relaciones de la ciencia y la religión fuesen, al fin, colocadas en una perspectiva razonable, se podía ya prever el momento en que las autoridades religiosas —me refiero a las de Roma— reconociesen al fin a la ciencia su ámbito autónomo, etc.”.

¡ Como si Roma hubiera estado esperando a Teilhard para esto y para promover, en numerosos sabios católicos, “la conquista de los resultados concretos!”.

En el curso de los años anteriores, el director de la revista Europa había comentado sus esperanzas y sus puntos de vista:

1962.    — “El Concilio Vaticano II parece permitir grandes esperanzas a los católicos; muchos creen ver en él, aunque sea por osmosis, en la actitud de la mayor parte de los sacerdotes conciliares, el resultado de las ideas progresistas de Teilhard de Chardin. Yo no sé, ni sabré nunca, si Juan XXIII, el Papa Roncalli, leyó sus obras. Pero, es evidente que este hombre acaudilla desde hace cuatro años una muy singular contienda en el Vaticano.”

1963.    — “Todo esto me parece que hace subrayar el interés por un abierto debate, sobre las perspectivas que a los creyentes ofrece la obra de Teilhard; no para confrontar entre sí las ideas marxistas y no marxistas, sino para confrontar los diversos criterios que entre ellos existan hacia nuestra ideología marxista.”

“Nuestros amigos católicos admiten muy bien, y este número de la revista lo deja todo esclarecido, que nuestras posiciones laicas no se sienten afectadas por el hecho de que ellos puedan tomar libremente la palabra.”

“La amistad que siento hacia varios espíritus religiosos, de los cuales no pocos son católicos prácticos, no tiene ciertamente por consecuencia que yo vaya a creer ingenuamente en el Niño Jesús o en la Inmaculada Concepción. Ellos saben muy bien que muchos de nuestros lectores ven en esas creencias lo que yo, por deferencia hacia la fe sincera, me abstengo de calificar.”

¿Para qué calificar lo que con su silencio ya condena? Hagamos justicia a Pierre Abraham que escribiendo en francés y para franceses se atreve a expresar con tan rara franqueza su pensamiento. No oculta que él y su clientela normal de Europa consideran ridiculas y funestas supersticiones esas creencias, que ellos sólo respetan para ablandar a los creyentes. Estos están ciegos, en la medida que guardan fidelidad a su fe. Se trata de separarlos insensiblemente de esa fe, y de ganarlos a la “ verdad científica”, que a la larga terminará por convertirlos al marxismo. Observemos bien la técnica de esta operación “marxizante”, que encontramos en todos los artículos de la revista Europa y que está perfectamente descrita en el artículo de M. Garaudy, el gran encargado de negocios y el reclutador oficial en el mundo católico, incluyendo la Universidad de Lovaina, ampliamente acreditado por el Comunismo Internacional.

Es claro que, hasta nueva orden, es necesario evitar un “enfrentamiento”, es decir, el estallido de un conflicto doctrinal, que inevitablemente resulta de la naturaleza misma de las cosas, entre católicos y marxistas. Mientras los marxistas no estén en plena posición para ganar definitivamente la contienda, es necesario evitar el estallido de un tal conflicto. Sin embargo, no hay que perder tiempo; hay que aprovechar esa coexistencia pacífica y la convergencia de las ideas de Teilhard para conducir al mayor número posible de católicos hacia el cientificismo marxista, sin que, por esto, se aparten de la Iglesia. No es conveniente ni práctico, por ahora, el atrincherar a esos católicos, reblandecidos, en la oposición; con ellos dentro, la Iglesia misma irá evolucionando suavemente, hasta que el marxismo no encuentre en Ella un obstáculo irreductible, sino más bien un intencionado cómplice. Así la Iglesia, mezclando más y más agua a su vino, empobreciendo su doctrina y debilitando su prestigio, sobrevivirá tan sólo el tiempo necesario para dejar de ser lo que hasta ahora ha sido.

Este es el método de proselitismo hacia las ideas de Marx, abiertamente presentado por la revista Europa y que previamente había sido antes practicado y aconsejado por el mismo Teilhard de Chardin. Pierre Abraham lo alaba, con justa razón, por haber deseado permanecer en la Iglesia y en la Compañía de Jesús. En esto demostró mayor habilidad que “la masa de los grandes espíritus, eclesiásticos o laicos, que han sostenido desde hace siglos, separados de Roma, su lucha contra el oscurantismo de Roma”. En efecto, estos luchadores no pudieron transformar la Iglesia Católica, de la que se separaron con grande escándalo. Lejos de adormecer la vigilancia de los eclesiásticos, los alarmaron y endurecieron en sus convicciones y en sus luchas. Es preferible, pues, en lo sucesivo, que los disidentes permanezcan en el seno de la Iglesia, para continuar, contra Ella y su oscurantismo, una lucha interna más oculta y mortífera: “el trabajo realizado desde el interior es evidentemente más eficaz que ese mismo trabajo hecho desde el exterior”.

Tenemos las pruebas de que ese magnífico y eficiente programa no fue ignorado por Teilhard, que usó de él; ni de los comunistas que lo propagan, ni del diablo que lo concibió.

Europa publica dos cartas inéditas, en las que Teilhard confía a su secretaria Jeanne Mortier una franca confesión de sus íntimos designios. Esta dama era la amiga encargada por el sacerdote jesuita de poner sus obras policopiadas a la disposición de todos los lectores (sinceramente interesados), mientras él aparentemente fingía someterse a la voluntad de sus superiores. La primera de esas cartas fue escrita en Johannesburg, el 14 de agosto de 1951. ¿De qué se ocupa la piedad del edificante jesuita, esa víspera de la Asunción? Lo confiesan sus confidencias a su amiga:

“De acuerdo con las circunstancias he vuelto a acostumbrarme a decir mi misa sobre el mundo (puliéndola y ahondándola)”. Usted no sueña. Usted ha leído bien. No dice que él relea o que él reescriba esta lucubración panteísta, que nos presentan a menudo, para excusarla, como un simple ejercicio literario. El la dice y la redice habitualmente, como todo sacerdote dice y redice diariamente su misa. El celebra su liturgia personal, la liturgia de la nueva religión, que él inaugura, en lugar de la antigua, de la cual conserva, sin embargo, el vocabulario, jugando con las palabras y pretextando que actúa así de acuerdo con las circunstancias. ¿ Cuáles circunstancias ? Seguramente que no serán las que el ritual romano prescribe o permite.

La segunda carta está fechada en Berkeley, el 15 de julio de 1952. Berkeley es el centro universitario de los Estados Unidos, en el que quizá más profundamente ha arraigado el progresismo y del que, seguramente, pronto oiremos hablar. Fortalecido, sin duda, con los encomios que sus teorías encontraban entre los elementos de izquierda, Teilhard se atrevió a escribir esta frase tremenda: “mi vocación consiste en incorporar uno en otra, Cristo en la evolución”. ¡Extraña vocación de ese hijo de San Ignacio de quien podría esperarse que consagrara su vida a predicar el Cristo del Evangelio y no anunciar al mundo otro Cristo de su invención! Teilhard tenía plena conciencia de que su lucubración de su Cristo inédito era totalmente heterodoxa; pero no por eso se inquieta ni cambia de camino. Por el contrario, lejos de detenerse, prepara luego un nuevo ensayo “crítico”, que era el desarrollo de una idea que ya había antes insinuado en su “Reflexión de la Energía”. La causa por la cual no había antes desarrollado esta su nueva lucubración crística, es la que él nos sugiere con esta frase extraordinaria: “evidentemente este nuevo ensayo deberá ser inmediatamente colocado entre los postumos”.

Teilhard sabía mejor que nadie que sus escritos eran impublicables. Renunciaba él mismo a publicarlos, por miedo a romper con la Iglesia, que sin duda alguna los juzgaría inadmisibles. Pero les aseguraba una supervivencia y una influencia encubierta, para que a su tiempo estallaran, como una bomba, cuando él ya no estuviere vivo para sufrir la metralla; pero esa bomba colocada en lugar oportuno y previsto por el mismo Teilhard arrasará a la Iglesia en su mismo templo cuando sus defensas sean engañadas y suficientemente debilitadas.

Lsa estrategia de Teilhard se encuentra más claramente atestiguada en otra carta que escribió él mismo, en septiembre de 1950 (al día siguiente de la publicación de la Encíclica de Pío XII “Humáni Generis”) a un P. Dominico colaborador suyo7 que lógica y lealmente se había separado de su orden y de Roma. Esta carta, publicada por la revista Itinéraires y comentada por Henri Rambaud, merece ser aquí reproducida:

Ayer le he enviado a usted tres pequeños ensayos para explicarle mi posición actual (El Corazón de la Materia es una memoria efectivamente enviada a Roma sin resultado, naturalmente.. . por lo cual no hay que hacerse ilusiones).

“Esencialmente, yo considero, como usted, que la Iglesia (como toda realidad viviente al cabo de cierto tiempo) llega a un período de mudanza o reforma necesaria. Al término de dos mil años, ello es inevitable. La humanidad está en trance de cambiar. ¿Cómo no había de hacerlo el cristianismo? Mas, precisamente, considero que la Reforma en cuestión (mucho más profunda que la del siglo XVI), no es una simple cuestión de instituciones y costumbres, sino de Fe. De cualquier modo, nuestra imagen de Dios se ha desdoblado: transversalmente (si puede así decirse) ; junto al Dios tradicional y trascendente de lo En Alto, una especie de Dios de lo En Adelante surge para nosotros, desde hace un siglo, en dirección de algo ultrahumano. En mi opinión, aquí está todo. Se trata para el hombre de repensar a Dios en términos, no de Cosmos, sino de Cosmogénesis: un Dios al que no se adorna ni se espera más que a través de la realización de un Universo que él ilumina e irreversibiliza por dentro. Sí, lo En Alto y lo En Adelante se sintetizan en un Por Dentro.

“Pues bien, este gesto fundamental del alumbramiento de una nueva Fe para la Tierra (Fe en lo En Alto combinada con lo En Adelante), solamente, yo creo (e imagino que usted participa de mi opinión), solamente el cristianismo puede hacerlo, a partir de la asombrosa realidad de su Cristo Resucitado: no una entidad abstracta, sino objeto de una ancha corriente mística, extraordinariamente adaptable y viviente. Estoy convencido: es de una Cristología nueva extendida a las dimensiones orgánicas de nuestro nuevo Universo de la que se apresta a salir la Religión del mañana.

“Esto dicho (y es aquí donde diferimos: ¿pero acaso la vida misma no procede por buenas voluntades que marchan a tientas?), esto dicho, yo no veo mejor medio de promover lo que anticipo que trabajar en la reforma (como está definida más arriba) por dentro: es decir, por una tarea sincera en el phylum cuyo desarrollo espero. Muy sinceramente (¡y sin desear criticar el gesto de usted!) no veo en el tallo romano, tomado en su integridad, sino el soporte biológico suficientemente amplio y diferenciado para operar y soportar la transformación esperada. Y esto no es pura especulación. Durante cincuenta años he visto demasiado de cerca cómo alrededor de mí se revitalizaban la vida y el pensamiento cristianos —pese a toda Encíclica— como para no tener una inmensa confianza en el poder de reanimación del viejo tallo. Trabajemos cada uno por su lado. Todo lo que sube converge. Muy cordialmente suyo.”

Teilhard de Chardin

En el fondo Teilhard está de acuerdo con su amigo y correligionario dominico: El cristianismo debe, inevitablemente, no sólo autorreformarse, sino transformarse. Todavía más, Teilhard añade “que la reforma en cuestión debe ser mucho más profunda que la del siglo XVI y que no se trata de una reforma de instituciones y costumbres solamente, sino de la misma fe”. Nada más deliberadamente subversivo, ni nada más descabellado, porque la pretendida Reforma del siglo XVI fue sencillamente un asunto de fe, originado en las mismas razones que Teilhard invoca en sus plegarias para hacer su reforma complementaria: “se trata para el hombre de repensar a Dios en términos, no de Cosmos, sino de Cosmogénesis... Es de este gesto fundamental del alumbramiento de una nueva fe para la tierra. . ., de una Cristología nueva, extendida a las dimensiones orgánicas de nuestro nuevo Universo (de donde) se apresta a salir la religión de mañana...”

Con esta manera de pensar, Teilhard tenía, evidentemente, no sólo el derecho, sino el deber de salirse de la Compañía de Jesús y de la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su corresponsal de la Orden de los Predicadores. Por el contrario, él pone por ejemplo su propia conducta, que es opuesta a la del dominico: “esto dicho (y es aquí donde diferimos: ¿pero acaso la vida misma no procede por buenas voluntades que marchan a tientas?), esto dicho, yo no veo mejor medio de promover lo que anticipo que trabajar en la reforma (como está definida más arriba) por dentro; es decir, por una tarea sincera en el Phylum, cuyo desarrollo espero. Muy sinceramente (¡y sin desear criticar el gesto de usted!), no veo en el tallo romano, tomado en su integridad, sino el soporte biológico, suficientemente amplio y diferenciado, para operar y soportar la transformación esperada. Y esto no es pura especulación. Durante cincuenta años, he visto demasiado de cerca cómo, alrededor de mí, se revitalizaban la vida y el pensamiento cristianos —pese a toda Encíclica— como para no tener una inmensa confianza en el poder de reanimación del viejo tallo. Trabajemos cada uno por su lado. Todo lo que sube converge”.

Es imposible declarar de una manera más nítida que el desertor y el conspirador difieren tan sólo en la elección de los medios que usan. En cuanto a la meta, los esfuerzos de ambos convergen, porque los dos crecen y los dos buscan la misma reforma total, idealista y (para ellos) próxima, que dejará a la Iglesia desposeída, proscrita y vacía de su sangre, por el nacimiento y desarrollo de la nueva religión, que ella, con mayor o menor benevolencia, ha engendrado y alimentado de su propia sustancia.

La extravagancia intelectual de lo que Teilhard afirma como inevitable es manifiesta; y está empeorada todavía más por una de estas metáforas vegetales, biológicas y pedantescas, que apasionan a Teilhard, porque le sirven para disfrazar la irrealidad de su pensamiento, sutilmente retorcido e incurablemente vago. Sus esquemas didácticos florecen como guirnaldas que cuelgan de un armazón de hierro. Esta manía es inconsistente: lejos de esclarecer las ideas, las confunde. ¿Qué es un Phylum? Aparentemente Teilhard quiere designar con esa metáfora la estirpe romana. Pero, en la fantasía de Teilhard, bien podemos pensar que esa palabra griega “phylum”, que significa raza, especial, le recordó la semejanza con la palabra “phyllum” que significa hoja. Henri Rambaud sugiere que “phylum”, en este lenguaje especial, significa “un manojo evolutivo”. Lo cual no nos dice nada. ¿Es un manojo que evoluciona o es susceptible de evolucionar? Y ¿la estirpe romana es una parte de ese manojo o es todo el manojo? ¿Tiene al phylum por continente o por contenido?

Preguntas absolutamente sin respuesta, porque Teilhard, pasando continuamente de un sistema imaginativo a otro, pide prestadas sus metáforas arborescentes unas veces a la pedagogía del evolucionismo, otras a la botánica, o a las dos al mismo tiempo. Atribuye a los árboles genealógicos de la evolución de las especies, dibujados por él en el pizarrón, los caracteres y las propiedades de los árboles verdaderos que crecen en la naturaleza. No sabemos nunca a cuál de esas dos clases de árboles, cuya mención es únicamente figurativa, se refiere en verdad el phylum y la estirpe romana. Estamos en pleno juego de palabras.

Pero, al menos entendemos por qué Teilhard quiere quedarse fiel al catolicismo, del que sus términos equívocos son para él un símbolo. Si el catolicismo es una planta, es natural que esta planta crezca, creando hojas y ramas. La comparación está ya en el Evangelio. Pero no satisface a Teilhard. Al instante y subrepticiamente, la transpone en símbolo evolucionista, sin advertir que el árbol de la parábola es un verdadero árbol cuya cepa y todas sus ramas, hasta la última, son de la misma madera y viven de la misma vida, mientras que la ramificación del árbol didáctico y ficticio que representa la evolución, se subdivide en especies siempre más heterogéneas y siempre más independientes del tronco común, del cual se les supone haber nacido. El catolicismo, según Teilhard, pertenece a este último tipo. Crece, diversificándose, y vale menos por lo que es ahora que por lo que será mañana. Cuanto más susceptible sea de cambio, más probabilidad tiene de enriquecerse. Como la posteridad de las especies, se mejora metamorfoseándose. Así, el hombre, a su vez, progresa automáticamente hacia lo divino, a medida que, transformándose él, transforma también lo divino. Dios evoluciona con el hombre. Es lo contrario del Evangelio. “El cielo y la tierra pasarán, pero no pasarán mis palabras”. Según Teilhard, las palabras de Cristo y de su Iglesia pasan cada día, y pasarán como todo lo demás, y, cuanto más pronto, mejor.

Por consiguiente, su decisión de mantenerse dentro de la Iglesia, a fin de trabajar (desde dentro) para reformarla o más aún, para cambiarla, como lo indica expresamente, no señala otra cosa que una mera adhesión afectiva. Lo que ama en ella y quiere salvar es el sustrato biológico, apto y necesario para la producción de la fe nueva, que no puede sustituir la fe antigua sin destruirla, mas no sin haberla explotado antes. El verdadero objeto de “su apego sincero”, lo que desea “promover”, no es la vieja estirpe romana, ya desahuciada, sino el ramo sucesor, que ya anticipó, y del cual espera el desenvolvimiento: esa religión del mañana, ya en germen en el catolicismo. He aquí lo que hace provisionalmente digno de consideración al catolicismo de ayer y de hoy, mientras necesita de él la nueva religión, para desenvolverse a sus expensas. Como guardamos respeto y solicitud por una mujer, que está encinta y a la que el parto seguramente ha de matar. Teilhard ama la Iglesia en la medida que ella consiente morir, para dar a luz a la nueva religión.

Es que, en verdad, para Teilhard el suicidio de la Iglesia es la condición de su inmortalidad; de la inmortalidad, al menos, de esa otra Iglesia, que él promete ha de surgir inmediatamente de las cenizas de la precedente y ha de reinar con el mismo nombre. “Desde hace cincuenta años he visto demasiado cerca y alrededor mío revitalizarse el pensamiento y la vida cristiana, a pesar de las encíclicas, para no tener una inmensa confianza en los poderes de reanimación de la vieja estirpe romana”. Frase asombrosa, a la vez oscura, hábil y reveladora.

Oscura. ¿Pues cómo entender esa reanimación de la vieja estirpe romana? ¿Genitivo subjetivo? o ¿Genitivo objetivo? ¿La estirpe es capaz de reanimar o susceptible de ser reanimada? Si ella es la que reanima, ¿a quién reanima?; ¿reanima a otra cosa o se reanima a sí misma? Si es ella la que se reanima, ¿en virtud de quién se reanima? Y si necesita ser reanimada, ¿será que ya es madera muerta? y, ¿qué confianza merece en tal caso? De todos modos, la acción de reanimar se presenta indeterminada en cuanto al sujeto, y en cuanto al objeto. Y, con más razón, en cuanto a su orientación. Precisa es, en cambio, en la orientación de los propósitos que esta acción implica. Y la única idea distinta que se desprende de esta confusión gramatical es que la vieja estirpe romana es ya caduca, no satisface más, y no tiene por qué sobrevivir como tal. Es lo que se hubiera debido demostrar y, quizá, confesar desde el principio.

Frase hábil por el hecho de que las premisas que supone, quedan sin expresarse. El hachazo que Teilhard da al corazón de la vieja estirpe romana está disimulado de reverencia y precauciones verbales, propias para encubrir dolosamente la intención del ejecutor. Profesar una inmensa confianza hacia una Iglesia a la que se conmina a ceder su lugar, sería cínicamente burlarse del mundo, si Teilhard no fuera en esto el primer engañado por una de esas prestidigitaciones mentales que desorganizan y dislocan constantemente su pensamiento y estilo. Como si con esas prestidigitaciones tratase de ocultar las direcciones de su pensamiento en las sinuosidades de su estilo. Teilhard juega con el lenguaje como virtuoso, logrando no caer ni en la rebelión ni en la desobediencia, esquivando los efectos del movimiento que siembra, disimulando sus riesgos, sus tretas y hasta sus silencios. Difícilmente podemos comprender cómo este sacerdote, que se confiesa fiel, no mencione nunca a Nuestro Señor, ni a la Virgen María, ni a los santos, ni a los ángeles ni los dogmas fundamentales, ni los sacramentos de la Iglesia. Sólo una vez el niño Jesús y la Inmaculada Concepción están mencionados en ese número de la revista “Europa”, en la que gran número de católicos teilhardienses participan en el “diálogo”; pero son citas de un comunista que, por cortesía, se abstiene de calificar esas fábulas. Ni Teilhard ni los suyos replican.

Frase reveladora, al fin, cuya clave nos es declarada en un paréntesis de cinco palabras: “a pesar de las encíclicas”. Desde hace cincuenta años, Teilhard ha visto de cerca, a su alrededor, a pesar de las encíclicas, cuya última, “Humani Generis”, le atañe justamente a él, a Teilhard. Escribiendo eso en 1950, evoca sin duda, la crisis modernista del principio del siglo, y toda la serie de perturbaciones ulteriores, donde se prolongó en una forma u otra. De hecho, cada una de ellas suscitó de parte del Magisterio Romano una definición apropiada a la doctrina, y sus sucesivos llamamientos al orden y a la ortodoxia fueron las encíclicas de los Papas. Es, pues, claro: a los ojos de Teilhard, el progreso, la vitalidad del Cristianismo, la verdad, el valor, el futuro y las esperanzas se encuentran del lado de las innovaciones modernistas, que siguen su camino, a pesar de las encíclicas y también contra ellas. En vano aquéllas obstaculizan con una enseñanza inmutable, estancada y prescrita. Son las encíclicas y los Papas los que no tienen la razón. Su acción es nefasta, mientras que son provechosos los objetos de sus condenaciones. Lo que equivale a denunciar a los Papas como los enemigos del bien, que la verdadera Iglesia sería capaz de alcanzar sin ellos, y del progreso religioso, que sólo puede esperarse de quienes sean rebeldes a la autoridad de los Papas. Y el colmo es, que esta inversión fantasmagórica del orden de las cosas va a la par con el “apego sincero” y la “inmensa confianza”, que Teilhard pretende mantener siempre en la “vieja estirpe romana”, es decir, si las palabras tienen sentido, en el Papado.

Se comprende, pues, por qué los comunistas han sido suficientemente sagaces para sacar provecho de este sistema tan confuso, pero tan apto, para engañar a sus amigos católicos. De la influencia creciente del teilhardismo en la Iglesia, esperan dos resultados: el primero, en lo inmediato, y el segundo, más generalizado y mucho más importante, aunque más remoto.

Inmediatamente, el evolucionismo teilhardiense puede servir para destruir, en las conciencias ingenuas, la creencia de ciertos dogmas, como la creación del mundo y la espiritualidad del alma inmortal. Si el hombre tiene por antecesor un mono, el acto de Dios creador aparece menos necesario. Algo se ha ganado; pero este razonamiento de M. Homais, bueno para los tragacuras de otros tiempos, les asegura sólo un triunfo débil: más ventaja tiene si este ataque queda oculto y sobrentendido.

Más activo y deletéreo es el veneno del teilhardismo, que, sin atacar ningún dogma particular, se introduce insensiblemente en el mecanismo mismo del pensamiento religioso, como en el pensamiento político y en el pensamiento puro. La hipótesis evolucionista extendida en todos los dominios del pasado y del futuro, atrae tras sí la idea del CAMBIO fatal, continuo, universal, irreversible. Todo CAMBIO se reviste de un prestigio que lo hace un objeto de idolatría. Como es todopoderoso el CAMBIO, es infalible, infinitamente bueno, libertador y feliz. He aquí entonces entronizada la noción del “Progreso indefinido”. Resistirle es perder tiempo y fuerzas; es contrariar el “movimiento de la Historia”. Sería pecar gravemente el protestar y combatir esas revoluciones, que no son más que fenómenos de la evolución sacrosanta. Seamos así, modernos: caminemos con los ojos cerrados hacia el mañana feliz; dejemos en paz a los comunistas, ya que son ellos a quienes la diosa Evolución ha confiado actualmente nuestro destino.

Claro está en este mundo, en metamorfosis permanente, la Iglesia debe salir también de su crisálida, de su envoltura de madera muerta. “Al cabo de dos mil años”, escribe Teilhard, es inevitable que la humanidad esté “cambiando”. ¿Cómo el Cristianismo puede no hacerlo? ¡Cuidado con objetar que esos vaticinios se desmienten por la razón, la memoria y la experiencia; que la humanidad no “cambia” en nada esencial, que además, el mundo ha conocido numerosos cambios engañosos y aparentes de “vuelta a empezar” y de evoluciones hacia el desastre; que la verdad nunca ha cambiado; que la modificación de los accidentes sólo trae un ligero escozor a la superficie de las cosas, y no altera nunca las sustancias de lo “eterno”, menos aún de “Aquel” que lo es. Contestarán que somos tomistas, y que Aristóteles y Santo Tomás han sido también “superados”. Responderemos diciendo que los Papas también son tomistas. A lo que ellos, indignados y convencidos, responderán que es urgente terminar con esos estorbos retrógrados que son los Papas, y que deben destruirse sus encíclicas retardatarias.

Así, llegamos a la meta. Dejemos, dicen los comunistas, a los católicos fabricar una Iglesia maleable, dividida, emancipada de Roma, dócil a la orden dictada por la circunstancia, siempre lista a renegar y a denegar. Este es el objetivo hacia el cual encaminan los comunistas su táctica moderna, en todos los países que ellos dominan y en todos los que aún no dominan.

Y, aquí termina, en el punto omega de su fusión perfecta, el encuentro o el “diálogo”, al fin realizado, del comunismo y el teilhardismo, habiendo absorbido completamente el uno al otro. Ya no importa saber si tuvimos por antepasado un mono. Ya el hombre moderno es un mono desposeído de toda certeza y de todo juicio personal. Ya no habrá más Papas, ni Iglesia, ni revelación, ni verdad eterna, ni salvación para las almas. Nada garantizará ya al hombre que dos y dos son cuatro, ni que las pobres imágenes, formadas en sus cerebros, no son más que un sueño. Ya no habrá más que Iglesias nacionales, verdades locales y condicionadas, relativas y móviles, fluctuando a voluntad de los nuevos maestros del mundo. Y para defenderse, el hombre no tendrá ya ningún recurso. Ni cerca de Dios, destronado; ni en la verdad trascendental, en ese reducto interior, en el que encontraba el apoyo de una fe sólida e inviolable. Degenerado el hombre en un producto de la evolución, sólo será el sujeto de una serie de experiencias sin conclusión ni testigo; un autómata sin memoria, impotente para enlazar e interpretar cualquier realidad que sea un conocimiento o un sentimiento.

Recordando, al fin de su artículo, esa “mano tendida hacia los católicos”, de la cual Maurice Thorez, en 1935, fue el primer apóstol, Pierre Abraham concluye en estos términos: “Espero que después de leer estas páginas puedan nuestros amigos católicos pensar: en lo sucesivo nuestras manos se estrechan”.

Esas páginas de la revista “Europa” permiten medir, en efecto, cuánto se acrecentó, con la ayuda de Teilhard, el vigor del “apretón”. Pero la mano que hace treinta años los comunistas tendían ya no se deja estrechar: aprieta ahora siempre más y más fuerte. En cuanto a la mano de los católicos, está más que apretada: está en la trampa.

Revista "Roma" N° 7, Pg. 34

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