CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

SALVEMOS A LA CRIATURA


bebe diabloMonseñor Donald J. Sanborn

En un discurso a la Curia, Benedicto XVI hace
intentos desesperados –sin excluir la blasfemia—
para salvar a su criatura, el Vaticano II, de la
acusación de discontinuidad con el pasado.

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INTRODUCCIÓN

   Revelador discurso dirigió Benedicto XVI a los miembros de la Curia el 22 de diciembre de 2005[1]. Les recordaba los eventos del año, uno de los cuales era el cuadragésimo aniversario del cierre del Concilio Vaticano Segundo el 7 de diciembre de 2005.

   En su habitual estilo oscuro y afecto a circunloquios, Ratzinger admitió que los efectos del Concilio fueron en gran escala la confusión y la convulsión. Citó el comentario de San Basilio a lo sucedido tras el Concilio de Nicea. Haciendo una analogía con una batalla naval, el Santo dice: «El grito ronco de los que por la discordia se alzan unos contra otros, las charlas incomprensibles, el ruido confuso de los gritos ininterrumpidos ha llenado ya casi toda la Iglesia, tergiversando, por exceso o por defecto, la recta doctrina de la fe...»[2]. Ratzinger luego brinda una explicación del desastre: que el Concilio tiene dos interpretaciones[3], de las cuales una es mala y otra buena.

La «mala» interpretación

   La mala interpretación, dice él, sería una de discontinuidad y ruptura. Acusa de ella a los medios de comunicación y a ciertos teólogos modernos. Señala que los partidarios de esta interpretación ven insuficiente lo que hizo el Vaticano II y excesivo lo que retuvo del pasado. Y lo interpretan como una nueva Constitución de la Iglesia que eliminó la antigua.

   Ratzinger se distancia de esta interpretación, diciendo: «La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar». Una tal ruptura es «el cuco» para los modernistas. Porque saben que si el Vaticano II siquiera aparentara ser una ruptura con lo precedente, fracasarán ruinosamente en todo lo que llevan emprendido. Lo que es más, tendrían razón los sedevacantistas, hoy relegados a los confines del sistema solar teológico. Roncalli, Montini, Luciani, Wojtyla y Ratzinger se irán a pique históricamente junto con los falsos papas del Gran Cisma de Occidente y los demás charlatanes eclesiásticos similares que cayeron en el absurdo haciéndose los papas reales sin serlo.

   Pero la historia es implacable en sus juicios, y pasada la propaganda y la euforia de una determinada época, y su pensamiento políticamente correcto, fácilmente se reajusta el balance. Los modernistas están jugándose el todo por el todo históricamente, sabedores de que serán completos en ganar o en perder. Un estado o una nación puede pasar por cambios políticos sin perder su identidad, pero una Iglesia dos veces milenaria que se declara fundada por Jesucristo y dotada la misma naturaleza y constitución que Él le dio, no puede pasar por ningún cambio sustancial en sus doctrinas, disciplinas, ni culto. Todos los que han ensayado tales cambios fueron enviados al patíbulo teológico: Arrio, Eutiques, Nestorio, Lutero, Cranmer, los modernistas.

   Empeñado en salvar a esta raza del exterminio, Ratzinger ofrece una solución que salve su Concilio, que para él equivale a su criatura. Porque fue él quien, juntamente con los archimodernistas Rahner y Küng, trabajó incansablemente en el Concilio, diciendo a sus obispos modernistas europeos qué pensar y hacer mientras llenaba las mentes en blanco de los obispos ignorantes e indecisos con teología modernista mediante un boletín diario. Aprovecharon la ocasión y ganaron. Küng dijo que en el Concilio consiguieron mucho más de lo que hubieran imaginado jamás.

La «buena» interpretación del Vaticano II:
Venia para contradecir todo el dogma católico

   De manera que en su discurso Ratzinger brega por salvar el Concilio. Requiere la interpretación correcta del mismo, que sería la interpretación de la reforma.

   Y habilidosamente propone un modo de emplazar toda la enseñanza tradicional de la Iglesia en el canasto de residuos. Se la conoce como historicismo. Sostiene que la Iglesia siempre persiste en sus principios fundamentales, pero la aplicación histórica de los mismos puede cambiar de época a época:

   «Precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma. En este proceso de novedad en la continuidad debíamos aprender a captar más concretamente que antes que las decisiones de la Iglesia relativas a cosas contingentes —por ejemplo, ciertas formas concretas de liberalismo o de interpretación liberal de la Biblia— necesariamente debían ser contingentes también ellas, precisamente porque se referían a una realidad determinada en sí misma mudable.»

   Lo que esta palabrería significa es que las decisiones pasadas de la Iglesia se basaron en circunstancias pasajeras. Según cambian las circunstancias, así pueden cambiar las decisiones de la Iglesia. Él cita la reacción muy negativa del Papa Pío IX (1846-1878) al liberalismo como un caso típico. Dicha reacción estuvo justificada —según Ratzinger— porque los principios de la Revolución Francesa fueron demasiado radicales para dejar cabida a la práctica de la religión.

   Pero ahora entendemos mejor. Así como el mundo moderno ha moderado su odio a la religión, así le hizo falta a la Iglesia —según él— moderar su actitud ante el mundo moderno. «Era necesario aprender a reconocer que, en esas decisiones, sólo los principios expresan el aspecto duradero, permaneciendo en el fondo y motivando la decisión desde dentro. En cambio, no son igualmente permanentes las formas concretas, que dependen de la situación histórica y, por tanto, pueden sufrir cambios [énfasis añadido]

   De un lance, Ratzinger relativiza cuanta decisión haya tomado la Iglesia. No queda decisión doctrinaria ni condena de error cuya validez sea permanente: cada una puede y debe cambiar al ritmo de las circunstancias históricas. Esta afirmación, por sí sola, da a los modernistas venia para alterar cualquier declaración pasada de la Iglesia. Somete la enseñanza de la Iglesia a una perpetua evolución.

   Ratzinger usó este historicismo en la Declaración Conjunta con los luteranos para echar por la borda las decisiones del Concilio de Trento, relegando las condenas solemnes a meras «advertencias saludables». Otro tanto se hizo en el caso de las doctrinas de Antonio Rosmini condenadas por León XIII. En su contexto histórico —se dice— era correcto condenarlas. Pero ahora entendemos mejor, y podemos levantar las condenas.

La blasfemia de Ratzinger contra los mártires

   Es así como el Vaticano II aprobó el 7 de diciembre de 1965 el decreto sobre la libertad religiosa, el cual —dice Ratzinger— «recogió de nuevo el patrimonio más profundo de la Iglesia». ¿Qué es este «patrimonio más profundo»? Pues esto: que los mártires morían por la libertad religiosa. «Los mártires de la Iglesia primitiva murieron por su fe en el Dios que se había revelado en Jesucristo, y precisamente así murieron también por la libertad de conciencia y por la libertad de profesar la propia fe, una profesión que ningún Estado puede imponer, sino que sólo puede hacerse propia con la gracia de Dios, en libertad de conciencia.»

   A Ratzinger le gustaría que creyéramos que la libertad de conciencia que exigían los mártires para adherir a la única fe verdadera, la Católica Apostólica Romana y profesarla, es la misma libertad de conciencia y profesión que el Vaticano II reivindicó. Así, pues, él «salva» al Vaticano II adjuntándolo a los primeros mártires. Suena maravilloso, ¿no?

   Pamplinas. El Vaticano II no reivindica el derecho de libertad religiosa para la Fe Católica solamente, sino para toda religión. «Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos.»[4] «A las comunidades religiosas les compete igualmente el derecho de que no se les impida por medios legales o por acción administrativa de la autoridad civil la elección, formación, nombramiento y traslado de sus propios ministros, la comunicación con las autoridades y comunidades religiosas que tienen su sede en otras partes del mundo, ni la erección de edificios religiosos y la adquisición y uso de los bienes convenientes.»[5]

   ¿De veras espera Ratzinger que creamos que San Pedro fue martirizado por el derecho de los romanos a ofrecer pollos muertos a Júpiter sin impedimento? ¿O que San Justino aceptó la muerte en testimonio del derecho de los adeptos de Mitra a sacrificar su toro sagrado?[6]

   Escuchemos a Pío XII: «lo que no responde a la verdad y a la norma moral no tiene objetivamente derecho alguno, ni a la existencia, ni a la propaganda ni a la acción»[7].

Escuchemos al Papa Pío IX: «Y contra la doctrina de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, [los seguidores del naturalismo] no temen afirmar que “el mejor gobierno es aquél en el cual no se reconoce al poder político la obligación de reprimir con sanciones penales a los violadores de la religión católica, a no ser cuando la tranquilidad pública lo exija”.»[8]    Ratzinger y otros apologistas del Vaticano II procuran justificar las doctrinas heréticas del Concilio atinentes a la libertad religiosa intentando confundir el derecho a la libertad religiosa de profesar la única fe verdadera con un derecho a profesar absolutamente cualquier religión. Esto es una mentira bellaca, y lo saben bien.

   Escuchemos al Papa León XIII: «La libertad de culto considerada en relación a la sociedad se basa en el concepto de que el Estado, aún en una nación católica, no está obligado a profesar ni favorecer ninguno; debe ser indiferente con respecto a todos y tenerlos en cuanta como jurídicamente iguales. No se trata, pues, de aquella tolerancia de hecho que en circunstancias dadas puede concederse a los cultos disidentes, pero sí de reconocer a éstos los mismos derechos que compiten a la única verdadera religión que Dios constituyó en el mundo y distinguió con caracteres y signos bien claros y definidos para que todos pudiesen reconocerla como tal y abrazarla. Y así, una libertad de este tipo coloca en el mismo plano la verdad y el error, la fe y la herejía, la Iglesia de Jesucristo y cualquier institución humana: con ella se establece una deplorable y funesta separación entre la sociedad humana y Dios que es su autor; se llega por fin a la triste consecuencia que es el indiferentismo del Estado en materia de religión, o, lo que es lo mismo, su ateísmo[9]

SIGUE

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  • [1] Las citas castellanas de la audiencia de Ratzinger están tomadas de la traducción oficial de los actuales usurpadores del Vaticano:
    http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2005/december
    /documents/
    ben_xvi_spe_20051222_roman-curia_sp.html
  • 2] De Spiritu Sancto XXX, 77: PG 32, 213 A; Sch 17 bis, p. 524. N. del T.: Esas palabras de San Basilio fueron escritas medio siglo después (375) del Concilio de Nicea (325), y por lo tanto es una clamorosa mala fe de parte de Ratzinger señalar ahí «la descripción que hace san Basilio, el gran doctor de la Iglesia, de la situación de la Iglesia después del concilio de Nicea».
  • 3] o «hermenéuticas». 
  • 6] Una de las imágenes centrales del mitraísmo es la tauroctonía, que representa el sacrificio ritual por Mitra del toro sagrado creado por la deidad suprema Ahura Mazda. Llegado Mitra a una cueva, un cuervo enviado por Ahura Mazda le avisó de que debía realizar el sacrificio, y el dios, sujetando al toro, le clavó el cuchillo en el flanco. En este mito, del cuerpo del toro agonizante salen plantas, animales, y todas las cosas benéficas de la tierra. (Wikipedia). 
  • 7] Ci riesce.
  • 9] E’ giunto, carta al emperador del Brasil, cap. III. Roma, 19 de julio de 1889.