CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

HEREJE DE LA SEMANA N° 21


Hace rato que ha dejado de ser un secreto que el pseudopapa Ratzinger es un Anticristo como no se lo habría podido describir mejor en la Sagrada Escritura. Su boca diabólica escupe cascadas de la doctrina de Anticristos postconciliares día tras día y en variaciones siempre nuevas. Es sabido por la Sagrada Escritura que una de las definiciones del Anticristo es: persona que disuelve a Jesucristo: «omnis spiritus qui solvit Jesum ex Deo non est et hoc est Antichristi (1 Jn 4, 3). Este hereje venido de Marktl, como todos los postcatólicos fundamentales y comprometidos, hacen eso. Se fundan sobre todo en el aspecto agnóstico del modernismo.

Será objeto de un breve análisis un pasaje de la parte final de la audiencia general de Ratzinger del 3 de septiembre de 2008. Notablemente, la edición oficial lo omitió en el original italiano, y en las traducciones inglesa, francesa, italiana, portuguesa y española, presentándolo únicamente en la traducción alemana. De ella traduciremos al castellano de la manera más literal posible. (GENERAL AUDIENZ)

Dejemos al Magog de Marktl entrar en funciones.

«Pablo nos enseña la importancia central de la persona De Cristo para nuestra fe: Se le apareció no sólo el Cristo histórico, sino el Cristo viviente. Este Cristo determina nuestra identidad como cristianos…»


Aquí bien cabe preguntar de entrada: ¿Acaso no es viviente el Cristo histórico, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nacido de la Virgen María, que vivió en la tierra, padeció, fue crucificado, y al tercer día resucitó en su cuerpo de entre los muertos? Si fuera verdad que no sólo el Cristo histórico —que por cierto vive en calidad de segunda persona de la Santísima Trinidad, y como tal, Dios mismo— se apareció a San Pablo, sino «otro Cristo», lo primero que esto significa es que para Ratzinger debe haber forzosamente «dos Cristos»:

  • a) uno histórico, que según Ratzinger se habría aparecido sin estar vivo y
  • b) uno viviente que no es idéntico con el Cristo histórico.

Valga aquí de nota preliminar que Ratzinger en su libro Introducción al Cristianismo (prohibido hace tres décadas por el cardenal Wyszynski) niega explícitamente la resurrección corporal del Señor Jesucristo.

EL CARDENAL RATZINGER - Mons. Oliver Oravec

Como todos los modernistas, Ratzinger considera la resurrección como una especie de alegoría simbólica por la cual Jesucristo nos ha abierto a nosotros los hombres un estilo de vida nuevo que nos permite creer mejor en nosotros mismos. Esa es la concepción apóstata-modernista de la resurrección, que pretende que el Señor Jesucristo, concebido por obra y gracia del Espíritu Sagrado y nacido de la Virgen María, que vivió en la tierra, padeció, fue crucificado y al tercer día resucitó corporalmente de entre los muertos, en realidad estaría muerto, y por ende no sería Dios. No por nada Ratzinger ha chirriado que «Se le apareció no sólo el Cristo histórico, sino el Cristo viviente», y este «Cristo viviente» ratzingueriano no sería entonces ningún otro que aquel «Cristo» a quien a su tiempo los hombres, basados en el sentimiento religioso (herejía de la inmanencia) habrían sobreexaltado para hacerlo retroactivamente hacer cosas que el no habría llevado a cabo en la verdad histórica. Esta quimera satánica de los modernistas es denominada por ellos mismos «el Cristo de la Fe».

Esta típica división de Cristo en el Cristo histórico y el llamado «Cristo de la Fe» que Ratzinger designa con el sinónimo de «Cristo viviente», es en definitiva una conclusión de la herejía modernista de la inmanencia que por su parte tiene su base diabólica en el agnosticismo.

El Papa Pío X, de santa memoria, describió exactísimamente esta red modernista en la encíclica «Pascendi», y por eso también hizo fijar las siguientes palabras en el juramento antimodernista:

 «En tercer lugar, creo también con fe firme que la Iglesia, guardiana y maestra de la palabra revelada, ha sido instituida de una manera próxima y directa por Cristo en persona, verdadero e histórico, durante su vida entre nosotros, y creo que esta Iglesia esta edificada sobre Pedro, jefe de la jerarquía y sobre sus sucesores hasta el fin de los tiempos.»


Y en su encíclica maestra de 1907, este Santo Maestro de los verdaderos católicos enseñó lo siguiente:

 «Según el agnosticismo, la historia, no de otro modo que la ciencia, versa únicamente sobre fenómenos. Luego, así Dios como cualquier intervención divina en lo humano, se han de relegar a la fe, como pertenecientes tan sólo a ella. Por lo tanto, si se encuentra algo que conste de dos elementos, uno divino y otro humano —como sucede con Cristo, la Iglesia, los sacramentos y muchas otras cosas de ese género—, de tal modo se ha de dividir y separar, que lo humano vaya a la historia, lo divino a la fe. De aquí la conocida división, que hacen los modernistas, del Cristo histórico y el Cristo de la fe; ]nota: esto corresponde al «Cristo viviente» ratzingueriano —en otras palabras, el «Cristo de la fe viva»] de la Iglesia de la historia, y la de la fe; de los sacramentos de la historia, y los de la fe; y otras muchas a este tenor. […] De donde se sigue que, como ya dijimos, hay dos Cristos: uno, el real, y otro, el que nunca existió de verdad y que sólo pertenece a la fe; el uno, que vivió en determinado lugar y época, y el otro, que sólo se encuentra en las piadosas especulaciones de la fe.»


Así, pues, si Ratzinger gruñe que «se le apareció no sólo el Cristo histórico, sino el Cristo viviente» y que «este Cristo determina nuestra identidad como cristianos», lo explica la herejía modernista con eso de que «hay dos Cristos: uno, el real, y otro, el que nunca existió de verdad y que sólo pertenece a la fe; el uno, que vivió en determinado lugar y época, y el otro, que sólo se encuentra en las piadosas especulaciones de la fe.» y «De aquí la conocida división, que hacen los modernistas, del Cristo histórico y el Cristo de la fe» (lo último corresponde al «Cristo viviente» ratzingueriano —en otras palabras, el «Cristo de la fe viviente»).

Los modernistas, como ahora Ratzinger en su herejía del 3-9-2008, siempre han vuelto a afirmar que «Para los cristianos de hoy [comentario: ¿acaso habrá una distinción con el Cristo de ayer o mañana?] esto enseña que el cristianismo no es una nueva filosofía o doctrina moral, sino que solamente tiene su fundamento esencial en el encuentro personal con Cristo.»

Si el Ratzinger lo dice, es porque rechaza la revelación externa del Señor Jesucristo, que por cierto también contiene una filosofía y doctrina moral, y es ante todo un conjunto de artículos definidos e inmutables de Fe.

Aquí viene a propósito la condenación explícita de esta afirmación ratzingueriana por el Papa San Pío X en su decreto «Lamentabili»:

«20. La revelación no ha podido ser otra cosa más que la conciencia que el hombre adquiere de su relación con Dios» (proposición condenada como heretica, Denziger 2020).»


Así, pues, si Ratzinger afirma que «el cristianismo no es una nueva filosofía o doctrina moral, sino que solamente tiene su fundamento esencial en el encuentro personal con Cristo», se explica en la pretensión herética de que «La revelación no ha podido ser otra cosa más que la conciencia que el hombre adquiere de su relación con Dios» (condenado en «Lamentabili»).

Ratzinger vuelve a emitir la misma herejía en estos términos:

«Si volvemos a nosotros mismos, nos preguntamos: ¿qué quiere decir eso para nosotros? Quiere significar que también para nosotros el cristianismo no es una nueva filosofía nueva o doctrina moral. Somos cristianos sólo si nos encontramos con Cristo. […] Sólo en esta relación personal con Cristo, sólo en este encuentro con el resucitado nos hacemos verdaderamente cristianos. Y así se abre nuestra razón, se abre toda la sabiduría de Cristo y toda la riqueza de la verdad».


Lo antedicho significa inequívocamente que uno puede tirar al tacho todo el magisterio eclesiástico, porque lo que cuenta en definitiva es la experiencia religiosa interior de cada individuo, que es consecuentemente tan múltiple e individual como el que la tuvo. En otras palabras Ratzinger niega aquí inequívocamente toda revelación exterior del Señor, y con eso niega también que Él encomendó una doctrina con sacramentos, dogmas y pautas a Su Esposa Inmaculada, la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, llegando al extremo de callar que uno se hace cristiano únicamente por el Bautismo absolutamente necesario para la salvación, y que uno debe permanecer en el seno de la Esposa de Cristo —la Iglesia Católica— para ser clasificado como cristiano. De ahí la definición que la Iglesia ha dado de cristiano:

Un cristiano es aquel bautizado que cree en la doctrina cristiana en la Iglesia verdadera y la practica. (Catecismo católico, Bélgica, 10.4.1954)


Y el Doctor Angélico precisa:

«Llamamos cristiano al que es de Cristo. Pero se dice de uno que es de Cristo no sólo por tener la fe en Cristo, sino también porque realiza las obras virtuosas movido por el Espíritu de Cristo, conforme al texto de Rom 8, 9: Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo, y también porque ha muerto al pecado, según leemos en Gál. 5, 24:Los que son de Cristo Jesús han crucificado las carnes con sus pasiones y concupiscencias. Por eso, padece como cristiano no sólo el que sufre por la confesión de su fe de palabra, sino también el que sufre por hacer cualquier obra buena, o por evitar cualquier pecado por Cristo: porque todo ello cae dentro de la confesión de la fe.» (Suma teológica, IIª de la IIª, cuestión 124 artículo 5, respuesta a la objeción 1)


A Ratzinger todo esto lo tiene sin cuidado, porque finalmente, según su opinión, sólo se es cristiano cuando se tiene un «encuentro personal» (después se verá qué signifique eso) con Cristo. Eso implica la invalidación fundamental de toda misión, de toda comunicación de verdades de Fe, y así justamente lo confirma Ratzinger al decir que «al mismo tiempo su razón [la de San Pablo] se abrió a la sabiduría de los paganos; y como él se había abierto de todo corazón a Cristo, se hizo capaz de un diálogo tolerante y liberal [breit angelegten] con todos; capaz de hacerse todo para todos. Así pudo ser verdaderamente el apóstol de los paganos.»

Eso es infame. ¿Ratzinger le imputa aquí a San Pablo que éste habría sostenido «un diálogo tolerante y liberal» con los paganos, y que su razón, al mismo tiempo(después de que Cristo le comunicara personalísimamente la verdad católica) habría comprendido la sabiduría de los paganos? Eso es diabólico, porque, como es sabido, en cuestiones religiosas los paganos no tuvieron ni una chispa de sabiduría. El Magog de Marktl imputa aquí a San Pablo haber sostenido propósitos interreligiosos en un diálogo tolerante y liberal.

Queda demostrado otra vez qué clase de Anticristo es Ratzinger.

La disolución de Cristo es una de las características principales del Anticristo, según fue definido por San Juan. Por eso no es de extrañar que la Megasecta Postcatólica intente con todos los medios desvirtuar la Sagrada Escritura y con herética intención imputar a los Apóstoles de Cristo falsas intenciones que en realidad son las de esa institución apóstata.

***

Este breve análisis puede comprenderse mejor a la luz de la Historia, gracias a la figura del arzobispo de Friburgo Conrad Gröber, que fue una eminencia de la defensa de la Verdad ante los embates hostiles masivos y subrepticios del siglo XX. En una carta de veintiún páginas dirigida al episcopado alemán y austriaco en enero de 1943 alertó enérgicamente contra varias innovaciones teológicas y litúrgicas. Su carta sirvió de inspiración para la encíclica «Mediator Dei» de Pío XII —pero hubo un teólogo que se atrevió a objetarla: Karl Rahner, futuro compañero inseparable del perito Ratzinger durante el Vaticano II. Uno de los errores denunciados por Mons. Gröber figura la redefinición de Fe como «concienciación de la unidad con Cristo». A Ratzinger le es muy caro el tema del «encuentro personal con Cristo» que sería decisivo y prioritario con respecto a ningún contenido inteligible definido. Ratzinger repite muchas veces ese tema en sus escritos y discursos. Lo desliza hacia el final de su exhortación pretendida apostólica «Sacramentum Caritatis» del 22 de febrero de 2007, párrafo Nº 64:

«el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos.»


http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/apost_exhortations/documents/hf_ben-xvi_exh_20070222_sacramentum-caritatis_sp.html

Eso es completamente falso. La verdad está en la afirmación exactamente opuesta: el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la experiencia, tuvo siempre un carácter de adhesión a un contenido de Fe intelectivo determinado (aún cuando no demostrable ni comprensible), en el cual era determinante la nota de verdad sobrenatural y sobrehumana anunciada por auténticos testigos..