CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

GLORIA OLIVAE
Joseph Ratzinger – Benedicto XVI 
[1]


Carl Angermayr

"No cabe dudar de que la iglesia romano-ecumenista sólo puede unirse con el judaísmo si su conductor ha renunciado a la fe en la divinidad del Redentor. En el rechazo de la divinidad de Jesucristo está por cierto el punto central del judaísmo actual."


DOCUMENTO EN FORMATO PDF: PULSE AQUÍ

Para descargar el archivo y guardarlo en su computadora:
PULSAR EL BOTÓN DERECHO DEL MOUSE
Y LUEGO "GUARDAR DESTINO COMO"   

La profecía de los papas de San Malaquías procuró dar noticias, en modo muy singular, sobre los papas hasta el fin del mundo. En breves lemas (vaticinios) describe los detentadores de la silla papal, antipapas inclusive, a partir del Medioevo. Pero como esta profecía sólo apareció por primera vez en 1595, imposible que San Malaquías sea su autor. El autor es más bien San Felipe Neri; en todo caso eso es lo que muy verosímilmente hay que aceptar.

Los vaticinios para los últimos papas son los siguientes: Pastor angelicus, Pio XII; Pastor et nauta, Juan XXIII; Flos florum (flor de las flores), Paulo VI; De medietate lunae (sobre la mediedad de la luna), Juan Pablo I.

El vaticinio del ya fallecido Juan Pablo II dice De labore solis [2] (sobre la tribulación del sol). Para entender este lema interesa el significado de la palabra sol. Como la profecía menciona otra vez esta palabra, sin duda con el sentido de Iglesia, se desprende que el vaticinio se refiere a una tribulación de la Iglesia. Pero labor solis también designa en latín la caída del sol. Por consiguiente puede aludirse allí una caída u ocultamiento de la Iglesia. De hecho estaría bien caracterizada con eso la época de Juan Pablo II, pues bajo él la destrucción de la Fe, la decadencia de la Iglesia católica y su desplazamiento por una contra-iglesia –la iglesia romano-ecumenista– avanzó a pasos de gigante y de la Iglesia Católica visible quedó apenas si una fachada y de los fieles un pequeño resto.

Para el sucesor de Juan Pablo II está dispuesto el nombre Gloria olivae, o sea, gloria del olivo. Según la Epístola a los romanos (11,17) Israel es el olivo de cultivo donde los cristianos gentiles son injertados como ramas. [3] El lema podría pues entenderse también como gloria del judaísmo (contemporáneo). El acercamiento al judaísmo actual y el reconocimiento de los judíos contemporáneos como "nuestros hermanos mayores", realizado por Wojtila, podría ser extremado por su continuador.

En todo caso Ratzinger, el nacido en Marktl del Inn, es decisivamente corresponsable de la obra funesta de su predecesor, pues como prefecto de la Congregación de la Fe conoció y compartió todas sus herejías. Se lo llamó al Vaticano ya como a uno de los que quería transformar esencialmente la Fe. De allí en más continuará siguiendo la línea anticrística de Juan Pablo II.

El profesor Paul Hacker, de Munster, en los años 70 ya describió el programa de Ratzinger como "tan monstruoso como genuinamente protestante". Para Hacker, Ratzinger es un destructor de dogmas. Hacker hizo notar también que con su doctrina de la Eucaristía Ratzinger contradijo directamente dos cánones del Concilio de Trento. (Su crítica apareció en SAKA-Informationen 1989). En su doctrina eucarística Ratzinger difundió además doctrina no o anti-católica respecto de la fe, la Ecumene, el sacerdocio, la Iglesia y la escatología. Pero lo decisivo es su concepción de la persona de Jesucristo. Característica en esto es su afirmación: "La expresión fundamental del dogma del «Hijo cosubstancial», donde puede compendiarse el testimonio entero de los antiguos Concilios, simplemente traduce el hecho de la devoción a Jesús al vocabulario técnico de filosofía y teología, y nada más" (del libro Schauen auf den Durchbohrten –"Miradas al Traspasado"–, Einsiedeln 1984, p. 29). A Ratzinger, como surge claramente de este escarnio al dogma católico, hay que considerarlo un arriano que niega la divinidad de Cristo. Nada cambia al respecto si ocasionalmente, como cualquier modernista, profiere también expresiones dogmáticas verdaderas acerca del Hijo de Dios.

La negación del Redentor divino es una consecuencia necesaria de la doctrina de laredención de todos. Esta falsa doctrina, según la cual todos los hombres van al cielo, debe ser considerada el fundamento de la iglesia romano-ecumenista. Para que los más que sea posible se adhieran a esta idea y no la olviden, se la proclama abiertamente a los presentes en cualquier celebración eucarística. Pero he aquí que no se logra que esta redención de todos vuelva a compaginarse de algún modo convincente con la muerte de Jesús en la Cruz o con su humanación, como intentó Wojtila. Pues claro que con ella a los hombres que vivieron antes de Cristo se los comprendería sólo tras la muerte de ellos; no estarían redimidos por ende a partir del nacimiento. Por eso la Conferencia episcopal alemana, en su declaración del 23 de setiembre de 2004, extrajo la única conclusión posible y trasladó la redención al Padre celestial, con lo que se la quitó a Jesús. Pero si Jesús no es el Redentor entonces se equivocó y su crucifixión fue inútil. Tampoco puede ser pues verdadero Dios. Ratzinger por ser arriano hará que la línea de su predecesor resalte con más claridad aún. No cabe dudar de que la iglesia romano-ecumenista sólo puede unirse con el judaísmo si su conductor ha renunciado a la fe en la divinidad del Redentor. En el rechazo de la divinidad de Jesucristo está por cierto el punto central del judaísmo actual.

Ya un día después de su asunción organizó Ratzinger un "gran encuentro ecuménico", como él dice. Tuvo lugar en una audiencia a dirigentes religiosos y eclesiásticos a quienes explicó: "Les aseguro que de aquí en más la Iglesia quiere construir puentes de amistad hacia los partidarios de todas las religiones, para buscar el verdadero bien de cada persona y de la sociedad, como un todo" (Süd-deutsche Zeitung del 26.4). Como su predecesor, dejó claro así que no quiere seguir la imperiosa exigencia del apóstol Pablo en Corintios 2, 6.14 ss. Allí se dice: "No tiréis de un mismo yugo con los infieles. ¿Pues qué comparte la justicia con la impiedad? ¿Qué tiene en común la luz con las tinieblas? ¿Cómo se armoniza Cristo con Belial? ¿De qué participa el creyente con el incrédulo? ¿En qué se conforman el templo de Dios con el de los ídolos? Porque nosotros somos templos de Dios vivo."

De la profecía de Malaquías debe extraerse una reflexión más, que también apunta a la negación de la verdad por la nueva Roma. Gloria olivae es el último papa en esta lista antes de los acontecimientos finales. Después de mencionarlo la profecía concluye: "En la última persecución (la mayor) de la santa Iglesia romana, Pedro, un romano, la regirá. Apacentará las ovejas en medio de muchas tribulaciones. Luego la ciudad de las siete colinas será destruida y el juez temible regirá a su pueblo." Ciudad de siete colinas alude a Roma y así también a la prostituta romana descripta por el Apocalipsis (17-19.5) Por su aniquilación habrá gran júbilo en el cielo (19.1-3).

Antes de la destrucción de Roma está empero el breve tiempo del Anticristo (13-14.13). Según algunos padres de la Iglesia será un judío. Pero la aparición del Anticristo debe ser preparada. Y el arrianismo de la cabeza romana y de las conferencias episcopales –en suma, de la entera iglesia romano-ecumenista, que quiere por cierto fusionarse con todas las religiones y sectas– es así un supuesto necesario para esa tarea. El Anticristo puede luego edificar sobre eso y presentarse como el verdadero Cristo. Vista así, la profecía permitiría explicar la imagen de gloria olivae como advertencia para los cristianos de los últimos tiempos.

Castellano: Arnaldo C. Rossi

______________________________________________

[1] Publicado en EINSICHT, año 35 nº 4, Munich, junio de 2005, pp 175 s.
[2] Labor solis, como recordaba el Dr. Disandro, designa en La Eneida de Virgilio al eclipse del sol (Nota del traductor).
[3] El Nuevo Testamento presenta al olivo en otros dos momentos: el Monte de los Olivos, donde la oración de Cristo previa a su Crucifixión, y los dos olivos de Apocalipsis 11.4, que simbolizan los dos testigos escatológicos contra el Anticristo –cfr, Zacarías 4.3 ss– (idem).