CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

EL CUARTO EVANGELIO DE RATZINGER
EN LA GUERRA SEMÁNTICA
Arnaldo C. Rossi


El 7/12, bajo el título "Abiertamente hacia la colegialidad", publicamos una nota de Sandro Magister, en cuyo punto 2: "Sobre el Cristianismo y las culturas" se hacen una serie de consideraciones sobre lo que Ratzinger dijo en su famoso discurso en la universidad de Regensburg. Esas consideraciones no aportan sino a la confusión y desinformación del pueblo cristiano, por la que el mencionado Ratzinger tanto hizo. Este artículo, que amablemene nos han enviado, las esclarece debidamente.


En formato PDF, pulse AQUÍ

1

En un pasaje fundamental del Fausto de Goethe (1ª parte, versos 863-83) su protagonista, inmediatamente antes de entrar en relación directa con Mefistófeles, toma el texto griego del Evangelio de San Juan e intenta diversas traducciones al alemán de su primer sentencia: En arkhe en ho logos.

La primera traducción de Fausto coincide enteramente con la de Lutero: Im Anfang war das Wort. Cierto que así la significación originaria de logos, término de trascendental importancia en la vida y la filosofía de los helenos, queda disminuida. En la lengua alemana Wort no tuvo, ni por asomo, el desarrollo ni la profundidad que logos en un Heráclito o en los antiguos estoicos, por citar sólo dos ejemplos de su adensamiento semántico estrictamente griego. Adensamiento que incidió sin duda sobre San Juan cuando hacia el fin de su vida elaboró en Éfeso el evangelio conmovedor con el que la Iglesia universal dio por cerrado el ciclo revelatorio del Nuevo Testamento.

No hay sin embargo en alemán ningún otro término que pueda verter logos con mayor justeza. Como tampoco en latín hay para eso otro mejor que verbum, elegido por San Jerónimo para su propia versión, conservada en la Vulgata. Conviene señalar por lo demás que Wort y verbum derivan los dos de una misma raíz indoeuropea, sobre cuyo evasivo significado último no se ponen de acuerdo los estudiosos. Pero sea esto como sea, podemos concluir que tanto el padre de la Iglesia como el propio Lutero realizaron bien su trabajo: lo mejor que permitía cada una de las lenguas respectivas.

Sin embargo Fausto, como signo objetivo de la tentación que por dentro lo trabaja, desecha la versión tradicional de logos a su lengua materna e intenta sucesivamente otras tres: Sinn (significado o sentido) Kraft (fuerza) y Tat (acción). Sólo con esta última él queda satisfecho, y Mefistófeles en condición de manifestarse. No es necesario referir otros pormenores de la escena para entender la extraordinaria significación que el poeta atribuía al texto joánico, particularmente a logos y al modo de entenderlo. Los mejores intérpretes suelen señalar además que en la semántica de estas cuatro traducciones está contenido todo el desarrollo de la historia occidental, desde los fundamentos inconmovibles propios de la Antigüedad, hasta las convulsiones activistas y emulsionantes típicas del mundo moderno.

Por nuestra parte podríamos añadir que esa primer sentencia del cuarto evangelio permite por sí sola perfilar cabalmente: 1) la intimidad divina y las relaciones intratrinitarias; 2) la significación profunda del entero orden extradivino, del kosmos pues, implícita en el logos precisamente, y 3) la particularíima significación de la existencia humana. Los padres griegos y latinos o los grandes concilios de la Iglesia lo entendieron así. Por eso desarrollaron la significación teológica de estos tres niveles del logos en un tejido especulativo y lírico, proyectado también en el culto, que precisó y fijó indeleblemente la semántica de la Fe. No por no ser cristiano dejó de acertar entonces el poeta germano en el carácter decisivo de este término y su traducción.

2

La alocución de Ratzinger en Regensburg, doctrinaria y geopolíticamente desembozada en nuestro número pasado, procura por cierto ella también una nueva traducción del pasaje de San Juan que preocupara a Goethe –como poeta e intérprete, pero también como hombre de Estado–, en medio de las tempestades que sacudían ya a la Europa de sus tiempos. Pero que hoy concentran su tiniebla por doquier. También sobre la nueva iglesia romana explícitamente surgida del concilio Vaticano II y sobre sus diversas autoridades.

Pues para verter lo que San Juan entiende por logos, utiliza Ratzinger en su disertación el sustantivo alemán Vernunft, que al latín hay que traducirlo por ratio y al castellano por razón.

¿Pero podría un San Jerónimo haber encabezado su versión latina del cuarto evangelio con la sentencia: In principio erat ratio? ¿O Lutero la suya con: Im Anfang war die Vernunft? Ni siquiera el tentado Fausto se anima a un desquicio semejante, cuya sola enunciación basta para desentrañar la pavorosa mistificación semántica que el pretendido detentador de la cátedra romana quiere, contra toda tradición, poner en movimiento acelerado.

3

En efecto, en latín el sustantivo ratio, vinculado con el verbo reor, suele referirse a un catálogo, una enumeración, un cálculo, o a la operación restringida de la inteligencia que permite pensar o realizar todo eso. Traducir con este término el texto de San Juan equivaldría por ende a algo así como hacerle decir, en términos actuales: “En el principio –en lo que rige pues la intimidad divina, antes ya de que nada fuera de Dios existiese–, allí está la razón, es decir, eso que permite al occidental moderno reducir mundo, hombre y divinidad a dimensiones computables y por ende manipulables según su designio”.

Pues si el latín ratio, desestimado por San Jerónimo para el caso, destaca sobre todo el cercenamiento que permite reducir algo a dimensiones cuantitativas o al alcance de las operaciones inferiores de la inteligencia, en la raíz alemana de Vernunft, dejada de lado a su vez por Lutero, sobresale en cambio la capacidad de asir (ver-nehmen [1]según su antigua significación germánica), de apoderarse de todo aquello que la razón permite calcular y ponerlo a disposición de la voluntad humana.

4

No ignoramos sin embargo que el término Vernunft recibió en la tradición filosófica alemana, particularmente en el denominado idealismo (Hegel, Fichte, Schelling) significaciones que hasta le permitieron equilibrarse con el sustento nutricio del mythos o de la Fe y su semántica, sin poder empero eliminar del todo la restricción y equivocidad originariamente instaladas en el término. Pero no tenemos por qué preocuparnos de ese particular desarrollo, pues Ratzinger deja reiteradamente claro en su alocución que el contexto allí determinante del término es el de la Aufklärung, la Filosofía de la Ilustración propia del siglo XVIII, previa pues a ese idealismo. Y en ese contexto Vernunft conserva del modo más preciso las dos características destacadas: 1) la capacidad de cercenar la realidad, para ponerla enteramente al alcance de las facultades instrumentales –las inferiores pues– del conocimiento humano; 2) la manipulación de lo así cercenado –Dios, hombre o mundo–, para someterlo por completo al tiránico poder de una humanidad pretendidamente omnipotente que no se inclina sino ante la autoridad de la propia ratio desatada.

Cierto que este racionalismo había sido anticipado ya por el de grandes filósofos y científicos del siglo XVII: Descartes, Hobbes, Spinoza, Leibniz, Newton. Sin embargo la Aufklärung, el Iluminismo[2] pues que Ratzinger inciensa con fervor, reduce ese singular desarrollo especulativo que lo antecedió; lo aligera para hacerlo un recurso propagandístico socialmente permeable, en especial entre los estamentos dirigentes; lo convierte en el detonante cultural y político que fundado, entre otros, en el trabajo solapado de las logias, permite la eclosión de la formas más disolventes del liberalismo político, como en la Revolución Francesa por ejemplo. Allí la reducción, el cercenamiento semántico que bajo esta particular interpretación del término ratio se consumó todo a lo largo del siglo XVIII, culminó en el cercenamiento de cabezas humanas a que con tan feroz eficacia se consagró la guillotina sangrienta. ¿Cuál será entonces el concreto descabezamiento que preparan Ratzinger y sus mandatarios, los señores del Novus Ordo mundialista en sus diversas variantes, con esta nueva exaltación de la razón masónica, propuesta ahora por supuestas autoridades religiosas como reinterpretación del logos entrañable del evangelista, discípulo el más amado del Señor?

La interpretación de Ratzinger habla además expresamente del “todo de la razón una”. Y con esta precisión convierte a la ratio iluminista en la dimensión mayor, englobante, a cuyo servicio deben orientarse la universidad, dentro de ella la teología cristiana y consecuentemente la Fe. Y a cuya medida deben subordinarse todas las religiones, todos los hombres, Dios mismo y su culto, ante todo el cristiano. Pues si con tanta acritud es enfrentado en este contexto el Dios islámico, ello se debe justamente a que en el Islam parecen ser muchos los que no aceptan esa razón como medida suprema.

No es extraño entonces que la disertación analizada proponga tal interpretación de la ratio también como fundamento para el diálogo entre las culturas. Toda civilización, toda forma religiosa –entre ellas expresamente el antiguo mythos griego– debe aceptar su cercenamiento al nivel que la razón iluminista globalmente impone, si pretende ser admitida en el Novus Ordo que con mentira edulcorada o muerte y guerras inicuas va el mundialismo instalando graduada o sangrientamente en las más diversas regiones del mundo. Y eso en nombre de la paz, de la comprensión, del diálogo, de los derechos humanos, por supuesto.

Pues ya el iluminismo masónico del siglo XVIII, tan grato a don Joseph y a su peculiar evangelio, hablaba de una nueva edad futura, esclarecida por la Luz de la Razón, que permitiría a la humanidad apoderarse de la beatitud, hasta entonces patrimonio del reino de los cielos, para convertirla en felicidad histórico-mundana, en medio de un progreso siempre creciente, para cuyo logro –qué otro remedio queda– delicadezas de guillotina deben usarse con los que no comprendan. Sólo que hoy todo eso es insumido en la globalización, imaginada y dirigida por los conciliábulos mundialistas del Novus Ordo Saeclorum al que Ratzinger sirve. Pues allí, o sea en la global-invasión que no deja rincón de la tierra ni de la existencia humana sin asediar, ratio, Vernunft, razón iluminista, propuestas como reinterpretación sustitutiva tanto del texto fontal e inspirado de San Juan evangelista como del culto cristiano, se convierten en el nuevo filo que cercena semántica o cabezas, hasta que todas las culturas, todas las religiones y razas se acomoden ecuménicamente al designio de los señores del mundo. Y este quiebre y recorte incluye por cierto también las tradiciones políticas: les exige la supresión definitiva de todas las naciones soberanas y todos los pueblos que las sostengan.

En el magma humano indiferenciado, remanente de tan incalculable derrumbe –un solo rebaño, imagina Nietzsche, y ningún pastor verdadero– nada quedaría en consecuencia de la divino-humanidad, vislumbrada por la antigua articulación helénica de mythos y logos, y adorada en la antigua, la incambiable, la verdadera Fe. En el magma que Ratzinger y sus mandantes pretenden sólo sería posible la adoración religiosa ecumenista de la humano-divinidad sustitutiva. Y con ella la desaparición de todas las fronteras protectoras, que de todos modos el Señor según San Juan, el del logos, el de la semántica irradiante y sublime sigue sosteniendo entrañablemente entre los dedos de sus manos siempre operantes, siempre dispensadoras.

Esta rotunda certeza nos sostiene y nos hace examinar la crueldad de mentira y sustitución tan devastadora o el contorno que mansa o gustosamente la acepta y hasta por tradicionalista la interpreta. Y por allí a preguntarnos:

¿Es posible seguir reconociéndoles  algún tipo de autoridad a Ratzinger y a todos los que impulsan esta mistificación?

¿Por qué callan quienes, no en conciliábulos de electos o de sacristía, sino pública y solemnemente deberían explicarla y denunciarla?

Publicado en El Pampero Americano Nº 15, abril de 2007

JODEPH RATZINGER

______________________________________________________

[1] En alemán moderno en cambio vernehmen quiere decir oír.
[2] De la vasta bibliografía al respecto nos permitimos recomendar dos obras de lectura accesible: Paul Hazard, El pensamiento europeo en el siglo XVIII, Madrid, Revista de Occidente 1946 y Bernard Fay, La francmasonería y la revolución intelectual del siglo XVIII, Buenos Aires, Huemul 1963. Pero sobre todo las inigualables páginas al respecto de Oswald Spengler, La deca¬dencia de Occidente, Madrid, Espasa-Calpe, varias ed., 2ª parte, cap. 3, § 19.