CATÓLICOS ALERTA

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EL PORQUÉ DE LA EXPULSIÓN
DE LOS JUDÍOS DE ESPAÑA
Manuel Torres


EL PORQUÉ DE LA EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS DE ESPAÑA
Martirio del Santo Niño de La Guardia

En el diario c<La Vanguardia Española», de Barcelona, en su edición del 29 de ncviembre de 1972, apareció un escrito firmado por el Sr. Enrique Alvarez Cruz, titulad© «Entrevistas en el más allá» y con el subtítulo «Fray Tomás de Torquemada».

El autor viene dedicándose, de un tiempo a esta parte, a «entrevistas» con diversos personajes que hace tiempo dejaron el mundo de les vivos. Nada habría que objetar a ello si, de estas conversacicnes, se dedujeran enseñanzas que sirvieran de recta orientación, para los que aún no hemos traspuesto la barrera final de esta vida. Ignoro el texto de sus anteriores entrevistas, porque leí solamente los títulos, pero a la que me he referido al principio, despertó mi curiosidad, por tratarse de un personaje tan discutido. En el diálogo sostenido entre el autor y Torquemada salen a relucir, preferentemente, las actuaciones del Santo Tribunal de la Inquisición, al que el autor, medio en broma y medio en serio, deja traslucir su antipatía. Se refiere especialmente a la expulsión de los judíos,   aconsejada   por   Torquemada   a   ios   Reyes Católicos  que,   como  es  sabido,   tuvo  efecto  después de finalizar la  Reconquista, con  la  toma de Granada. Entresaquemos de este diálogo una preguna y  la  consiguiente respuesta:

«Autor:   ¿y  porque  no   lo  propuso  V.  antes?    

Torquemada:   (con   gesto   picaro)    ¡Hombre,   poque eran los banqueros judíos, los que sufragaban en  muy buena parte los gastos de la guerra!»  

La   respuesta   me   pareció   que   no   concordaba     con   lo que cuentan  prestigiosos  historiadores sobre el particular y, deseoso de aclarar mis dudas, decidí a mi vez, entrevistarme con D. Tomás. Pasado algún tiempo logré mi propósito, haciéndome el  encontradizo  con  él.  Ya  en  su   presencia,  después  de   besarle  respetuosamente  la   mano   («desfasado» que uno es), entré enseguida en el  tema    que me llevó allí, y puse en sus manos el artículo  de marras. Mientras lo leía, con atención, un rictus de sorpresa contraía su  rostro y, al  terminar me   dijo:   Indudablemente   este   señor   ha   sufrido un  despiste y,  mientras creía hablar conmigo, en realidad lo haría con algún rabino de aquella época, iniciador quizás, de lo que luego fue conocido como «leyenda negra», pues todo el escrito despide un olorcillo a  la  misma.

En cuanto al dinero de los banqueros judíos no estará de más que recordemos que, en su mayor parte, había sido amontonado con malas artes, sobre todo con usuras, habiendo actuado como verdaderas sanguijuelas sobre la sociedad cristiana. No en vano les aconseja el Talmud, verdadero aborto de! infierno, que lleva en hu seno un sinfín de máximas y consejos a los hebreos, para procurar la ruina y llevar a la esclavitud a todos los pueblos no judíos. Veamos algunos de sus textos, que vienen a cuento para este caso:

«Dios ha  dado a  los judíos toda  potestad sobre los bienes y la  sangre de todos  los pueblos» (Seph. sk. ef. 25; Jalk. Sehim. f. 83, n. 563).
«Está  permitido  robar  a  todo el  que  no  sea judío» (Jad. chas. 4, 9, 1).
«Se prohibe prestar sin usura a los no judíos» (Aboda. s. f. 77, 1  pisk. Tos. 1).
«La vida del no judío está en tus manos y con más razón su dinero» (Sobre, el Pent. 214, 1 ).

Como supongo que V. querrá conocer, directamente de mí, cuales fueron los motivos que determinaron aquella expulsión, se los voy a explicar, lo más resumidamente posible, pues sospecho que a V. le urje volver a sus habituales ocupaciones.

Sucedió que, a finales del siglo XV, los judíos de Toledo, aconsejados por unos franceses, hermanos de raza, decidieron fabricar un hechizo, con el cual podrían dar muerte a los Inquisidores de ia ciudad. Para ello era necesario que entre los ingredientes, y como elementos indispensables, figuraran el corazón de un niño cristiano, sacrificado en Viernes Santo, y una Hostia Consagraca.

Vivía en la ciudad de Toledo,, en la casa señalada hoy con el número 5, del barrio de San Andrés, una familia muy modesta, formada por Alonso Fasamontes, de oficio leñador, su esposa Juana la Guindera ciega, y el hijo de ambos llamado Juan, de uros cuatro o cinco años. La mujer, muy devota del Cristo Tendido, que se venera en la Catedral, iba todos los días a rezar, humildemente, ante la Imagen de su devoción, acompañándole su hijo que le servía de tierno lazarillo.

Mientras la madre ciega, elevaba sus súplicas al Altísimo, el niño solía hacer una escapada, y salía, por la Puerta de la Presentación al claustro bajo de la Catedral, con ánimo de juguetear un poco. Alguien tenía observadas estas andanzas y, en una mañana del mes de agosto, cuando el niño llegó al claustro, se le acercó un hombre sencillo, de aspecto pueblerino, que le dice ser tío suyo, que le besa y halaga, dándole unas golosinas y prometiéndole algunas chucherías. El niño sigue confiado al que iba a ser su secuestrador y que era, en realidad, un judío «converso». Se le llevó primero a Quintanar, después al pueblo de La Guardia, donde le esperaban otros «cristianos nuevos». En este pueblo quedó secuestrado el niño, del cual su raptor decía a la gente que era hijo  suyo.

Llegó por fin el día escogido por aquellos malvados para sacrificar al inocente niño, era el 31 de  marzo de  1491, en que se celebraba aquel  año l Viernes Santo. El lugar del sacrificio iba a ser una cueva natural, formada por unas rocas, que hay en el término de La Guardia, a unos dos kilómetros del pueblo, y que fue escogido por aquellos sayones por ser sitio muy escondido y raramente frecuentado. Llevaron pues al niño allí, de noche, haciéndole subir la cuesta que hay para llegar a la cueva cargado con la cruz, que iba a ser instrumento de su martirio. Cayó el niño tres veces, agobiado por el peso de la cruz. Hoy existen tres capillitas que recuerdan los lugares de dichas caídas. No olvidaron aquellos verdugos ninguno de los tormentos que, en la Pasión, había sufrido Jesucristo Nuestro Señor. Así pues, luego de atarle las manos le azotaron bárbaramente, le escupieron, le coronaron de espinas y finalmente dentro de la cueva, le crucificaron, recogiendo en vasijas parte de la sangre, y le arrancaron el corazón, que tenía que utilizarse para el maleficio que se proponían. Hoy una Capilla, en que se venera la imagen del Santo, encierra esta cueva, en la que todavía perduran las huellas de sangre del horrendo sacrificio, que el tiempo ha respetado para perenne testimonio. Una nota optimista hay que recordar, después de tantos horrores, y es que, como luego se comprobó en la misma hora que expiraba el Santo Niño, su madre recobró portentosamente la vista. Era el primer milagro del nuevo Santo.

Si al visitar la maravillosa Catedral de Toledo se adentra por ia Puerta del Perdón, al descender sus pétreas escaleras, lanzando una mirada a derecha e izquierda, se ven dos obras de crudo realismo, debidas a los pinceles cel genial Bayeu, referentes al martirio del Santo Niño. En una de ellas, clavada en la cruz la victima, un sicario escarba en las entrañas dei infante, en  la  búsqueda  de su corazón.

El cerebro organizador de tan abominable crimen era el judío converso, Benito García de las Mesuras. Por un hecho prodigioso se inició su descubrimiento. De paso hacia Zamora, donde estaba proyectada la preparación del hechizo, se detuvo en Avila, y allí se fue, con máximo disimulo, a orar (?) en la Catedral. Los fieles se dieron cuenta de que salían de su bolsillo unos inexplicables resplandores y, al salir Benito de la Catedral, siguieron con sigilo sus pasos, que terminaron en una posada. Como habían sido advertidas las autoridades del extraño sucedido, a la posada se dirigieron, para ver si se podía aclarar el motivo del misterioso suceso. Efectivamente, después de ser estrechado a preguntas, a las que respondía con evasivas, se observó en él una extraña turbación, hasta que después de incurrir en varias contradicciones, se aclaró por fin, que escondida en un librito que llevaba en un bolsillo, se hallaba una Sagrada Forma que le había proporcionado, mediante soborno, el sacristán de La Guardia, y en otro bolsillo, cuidadosamente envuelto, un corazón sangrante. No tuvo más remedio que confesar su crimen y al cabo de mucho tiempo, aunque se resistió mucho a ello, declarar quienes eran sus diez cómplices. Como en aquellos tiempos no se usaban las blandenguerías con que ahora según mis noticias, se trata a los mayores criminales, se dio el castigo merecido a los que se juzgo   mas  culpables.

Cuando los habitantes de aquella región se enteraron ce lo ocurrido, no quiera V. saber los esfuerzos cue hubo que hacer para que no derivase, la indignación que se produjo, en una matanza general de judios, como en otras ocaciones había ocurrido, no solo en España, sino en casi todos los países de Europa. Bien se lamentan de ello los hebreos, aunque siempre silencian, seguramente por «modestia», las causas que motivaron tales matanzas.

Doña Isabel y D. Fernando estaban consternados por tan terrible suceso y, como ya estaban cansados y abrumados por tantas judiadas de toda índole, esto fue la gota de agua que hizo derramar el vaso de su indignación, y decidieron la expulsión de los perversos seguidores del Talmud. No he de negar que en este sentido les aconsejé, pues además de creer que era una medida de eguridad para el país, era la única forma de desarmar el brazo de la indignación popular, y evitar un intento de exterminio general.

Ya tiene pues mi expíicáción de cómo se desarrolló la tan debatida cuestión. En mi larga experiencia de tratar asuntos tan desagradables, he comprobado muchas veces, que ciertas afinidades de sangre incitan, a algunas personas, a perfilar intentos de blanquear lo negro o negrear lo blanco.

Volviendo al tema de la expulsión de los judíos, debemos recordar que quedaban excluidos de la misma los que se convirtieran al Cristianismo y se bautizaran. Fueron muchos los que se acogieron a esta tabla de salvación, aunque su sinceridad no fue unánime ni mucho menos, siendo difícil determinar la cuantía de los que lo hicieron por verdadera conversión, y la de los que la simularon, pero siguieron secretamente, adheridos a la Sinagoga. Entre éstos, desde luego muy numerosos, como atestiguan diferentes autores hebreos, HA CONTINUADO SU JUDAISMO SECRETO, transmitido de padres a hijos, HASTA LOS TIEMPOS ACTUALES, y no es difícil detectar su influencia en todas las actividades de la sociedad, siendo, de un tiempo a esta parte, donde más se destaca, en las áreas política y religiosa. En la primera, entre los que trabajan, por medio de la palabra y por escrito, para llegar a soluciones de tipo «liberal democrático» (recordémoslo como hijo de la Revolución Francesa, que fue incubada y dirigida en los conciliábulos judíos, como de ello se alaban diversos autores de esta raza) y entre los que propugnan soluciones de tipo marxista. Y en el campo religioso entre los que, infiltrados en la Santa Iglesia, están haciendo todo lo posible para dinamitarla desde dentro. Suponer que porque fueron expulsados, en aquella época, ya no existen judíos en España, sería de una candidez infantil.

Antes de terminar voy a explicarle como me enteré del origen del «crimen ritual» judaico, tantas veces practicado en el transcurso de los siglos. En Italia, en la ciudad de Trento, año 1472, los judíos de la ciudad sacrificaron a un tierno niño cristiano, en Viernes Santo, con el ritual de costumbre, o sea, haciéndole sufrir todos los tormentos de la Pasión del Señor, y recogiendo en vasijas su sangre. El niño martirizado en esta ocasión, se venera hoy en los altares con el nombre de S. Simón, y se conmemora su festividad el 24 de marzo. Habiendo sido descubiertos los culpables, es de notar una de las declaraciones, que consta en las actas del proceso, del israelita Samuel, que son del  tenor siguiente:

«Que el empezar a extenderse por todo el mundo la Religión Cristiana, los rabinos de Babilonia y sus contornos, tuvieron junta para tratar de los medios más conducentes a dar estabilidad a la Sinagoga, cuarteada y próxima a derrumbarse, con la dispersión general de los miembros de su secta. Por consejo de los más sabios decidióse que debía sacrificarse, por Pascua, un niño cristiano. La sangre de esta víctima, inmolada como Jesucristo, debía mezclarse con los acostumbrados manjares de la cena. Declararon dicho rito obligatorio, y como tal lo consignaron en el Talmud de Babilonia. Los judíos de occidente, por temor a la justicia, no dejaron constancia escrita de este rito, pero lo trasmiten de padres a  hijos verbalmente».

Muchas más cosas podría contarle sobre las aclivldades de esta clase de gente, tanto de mi época como de la actual, pues información no me falta. Pero dejémoslo por hoy, y, si Vd. lo desea, algún  día  podemos  reanudar nuestra  charla.

Fuente: Revista "El Cruzado Español", Diciembre de 1972

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