CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

LA CUESTIÓN JUDIA
P. Leonardo Castellani


En la necrología centenario de Monseñor Mariano A. Espinosa que publica “La Nación” del 2 de julio de 1944, el escritor necrologista la abre con una frase muy de notar tanto por su gramática como por su contenido. Hela aquí: “El apostolado de Monseñor Mariano Espinosa no fué combativo ni dialéctico, antes bien tuvo el valor de una afirmación constante y mansa..."

La gramática de esta frase, aunque bastante oscura, sugiere claramente con el antes bien que hay incompatibilidad entre los apostolados dialécticos y entre las afirmaciones mansas y constantes, y también entre el valor de ellas, el cual valor no se menciona en el primer miembro. El contenido de esta frase, más bien que una afirmación histórica, creemos representa la expresión de un deseo de Alberto Gerchunoff de que el centenariado arzobispo haya sido de ese modo; o por lo menos, lo sean todos los sucesores suyos.

En efecto, los hechos históricos claros que él mismo escribe después desvirtúan la frase tortuosa inicial, puesto que dicen que fue misionero; y todo misionero es necesariamente dialéctico; y a veces si a mano viene, es también combativo. Sin embargo, don Alberto no ve la contradicción; y al final de la necrología, vuelve a repetir que el arzobispo se caracterizó por su mansedumbre sufrida y por su apostolado incombativo y enteramente indialéctico, el cual consistió (¡oh dioses inmortales!) en amor al encumbramiento ajeno con absoluta prescindencia del propio. Se toma vacaciones la lógica de don Alberto Gerchunoff (al cual se atribuye el artículo, o bien a algún discípulo suyo; es sabido que es el inventor del género en la Argentina), se toma vacaciones a ratos la lógica y la dialéctica del necrólogo que sea. Es como si yo escribiera en el centenario de don Alberto Gerchunoff (¡que Dios me oiga!): “El estilo de don Alberto Gerchunoff no era tortuoso ni alambicado, antes bien tenía el valor de expresar deseos íntimos de su corazón”. ¿Qué oposición hay entre esas dos cosas? ¡Sobra el antes bien!

Si mi difunto tío el canónigo no hubiera tenido amagos de ataques de morbo sacro, hubiese sido obispo; y si hubiera sido obispo un hombre como mi tío, habría salvado quizá a la República Argentina en parte. Por qué Dios habrá permitido que un hombre de tan gran desarrollo intelectual y de alma tan pura fuese un enfermo, es un misterio: probablemente porque nosotros los proletarios argentinos no rezamos bastante a la Providencia que nos mande nuestro Defensor Nato. Nunca me olvidaré de una frase que me dijo mi tío antes de morir: que ningún hombre es apto para obispo que no sea capaz de ponerse hecho un verdadero demonio delante de un mal sacerdote. Para eso él era apto por cierto; un poco demasiado apto, por desgracia. Bien, su frase no tiene nada de particular; se reduce a lo que dijo San Pablo que el Obispo debe parecerse a Jesucristo, el cual era todo un hombre, y no solamente un hombre sino un Gran Señor, como le llaman en Andalucía. Pero sin embargo aquí en la Argén lina, esa frase no se puede decir. Y por eso mismo era que mi tío la decía.

Maritain dice que el judío es una especie de sacerdote apóstata. Yo en eso no me meto. Creo que lo dice en su Carta a Juan Cocteau. Pero si lo que quiere deducir de ahí es que con el judío nadie se puede meter, entonces está en contra de la tradición nuestra, porque las leyes de las Siete Partidas muy bien que se metían con los malos sacerdotes; y aquí en Buenos Aires mismo en tiempo de la Colonia hubo sus buenos procesos contra confesores solicitantes. Mandando fusilar a Camila O’Gorman y su cómplice, Rosas mismo interpreta a su manera (demasiado sumaria y quizá un poco bárbara) una idea fundamental del cristianismo no maritainiano, que es el de la tradición hispánica a saber: la absoluta inadmisibilidad del sacrilegio.

Así que Maritain con decir que el judío es un pueblo sacerdotal, aunque apóstata, no prueba que no se puedan meter con ellos, sobre todo si ellos se meten primero, los otros pueblos, los gobernantes y los obispos. Lo cierto es que a los judíos les agrada que los obispos tengan mansedumbre sufrida y que en general los gobernantes cristianos no sean dialécticos, antes bien, gobiernen con una especie de afirmación constante y mansa. Es un hecho. Esa es la solución de los judíos a la cuestión judía. Pero en la cuestión judía entran también los católicos; y esa no es la solución de los católicos. Recuerdo que en los viajes de mi juventud vi infinidad de obispos católicos y casi todos eran afirmativos, mansos y constantes, y por otro lado espléndidamente combativos y dialécticos; es decir, eran a la vez hombres buenos y buenos teólogos cosas que no están reñidas entre sí; ni creo yo que estuviesen reñidas en Monseñor Espinosa, aunque lo afirme “La Nación” y diez mil judíos juntos.

Recuerdo justamente cuando llegué a Munich, era domingo, me recibió en la estación Víctor Anzoátegui, que no me dejará mentir: el Cardenal Faulhaber tenía una oración en la Catedral, era doctor en Teología y valiente orador, habló de la cuestión judía y se mostró regiamente combativo y dialéctico; no en contra de los judíos sino más bien a favor, aunque un poquito en contra al final. Dijo que a los judíos no había que hacerles ninguna injusticia de ningún modo, a no ser tratar enérgicamente de hacerles dejar sus falsos errores, y sus verdaderos vicios, si los tienen; y que cuando los judíos hacen injusticias con los cristianos, es porque los cristianos son zonzos. Más o menos éste fue el resumen del sermón. Si lo llegara a oír Gerchunoff, y después tuviera que escribir la necrología del arzobispo Faulhaber, seguramente escribe: “Su apostolado no tenía la mansedumbre sufrida que los nazis deseaban; antes bien, magníficamente dialéctico y combativo, se opuso a las injusticias que éstos pensaban perpetrar, en desmedro de los principios de nuestra Santa Religión.” Pero Gerchunoff aunque ha estado en Europa no vio nada de ésto, porque Gerchunoff no es europeo. Es argentino y es internacional, o como él dice, es gaucho judío; pero europeo no es, y le importa un bledo el Cardenal Fulhaber.

El director no cesa de decirme que escriba acerca de la cuestión judía; y yo no ceso de resistirme con todas mis fuerzas. Es muy difícil, es superior a mis fuerzas. Demasiado odioso me estoy haciendo ya con estas pobres notas, que al fin no son más que una afirmación constante y mansa; odioso y desagradable a gentes poderosas a quienes la verdad no les hace gracia y que se pueden vengar de mí en el momento que quieran. Además, la cuestión judíía no tiene solución. La única solución real de la cuestión judía es que el judío se convierta; y el judío no quiere convertirse. Por eso desea íntima y supremamente que el apostolado —el cual consiste en convertir gente y no en “el encumbramiento ajeno con absoluta prescindencia del propio” (¡cuerpo del diantre bacobalillo!)— sea siempre apostolado de pura mansedumbre sufrida y no se aventure jamás por las peligrosas y combativas sendas de la dialéctica, como se aventuraba Jesús de Nazaret, que inventó el Apostolado.

(20 de julio de 1944)

Decíamos Ayer... Ed. Sudestada, 1968, pag. 113

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