CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

EL BARON HIRSCH Y EL ANTISEMITISMO
P. Leonardo Castellani


Sólo las armas cristianas, empezando por aquellas que San Pablo dice en Efesios VI, 10, (a saber, la justicia, la paz, la fe, la palabra de Dios y la oración) son buenas para reducir la “protervia judía”, sin negar tampoco las otras armas que son propias de la prudencia y la sabiduría políticas.


El antisemitismo —dice Gonzague de Reynold en su egregio libro Europa Trágica— tiene algo de zoológico. Palabra sumamente justa: es una reacción instintiva, y ya se sabe que en el hombre lo instintivo es natural, pero puede ser bueno o malo (moralmente hablando) según esté o no esté contenido dentro del orden de la recta razón. El mismo análisis lingüístico del apodo es revelador. La palabra anti lleva implicada en sí una imagen de “pataleo”: el que patalea tiene razón de impacientarse o no la tiene, pero es evidente que el pataleo ni es acción, ni es pensamiento, ni generalmente hablando el pataleo solo es solución de nada, aunque puede ser el principio de una acción, útil o inútil. La voz “semitismo” aplicada al israelita tiene ese carácter de generalización excesiva, de pensar simplista, ese instinto de designar las cosas a bulto o sea por aquello que tienen de más grueso o palpable, que es propio de las mentes ineducadas. El antisemitismo es un reflejo defensivo que se produce en los malos cristianos de un país cristiano al surgir en él la cuestión judía. Se parece a ur individuo que ha chocado un avispero y la emprende con él a puñetazos, puntapiés y bramidos estentóreos. Como desahogo se comprende; pero como política es discutible.

El avispero existe en la Argentina; lo que objetamos nosotros a los antisemitas ingenuos es el tratamiento y su eficacia El avispero consiste en una población judía excesiva en relación con la nuestra; y sobre todo, en relación con nuestro poder de asimilación, con nuestros medios de defensa étnica, y con nuestra rudimentarios y falseados instrumentos de gobierno. La utopía funesta del “gobernar es poblar”; el error fatal de Sarmiento de querer trasplantar de golpe, a toda furia y a cualquier costo falsa civilización técnica de los países puritanos en un país embrionario a costa de sus savias nativas y sus esencias morales; la imprudencia muchas veces calzada de inmoralidad de los otros gobernantes liberales, atentos solamente a la poderosa pleamar de lo económico, como es propio del liberal genuino..., todo eso ha legado a nuestra generación un problema dificilísimo y enteramente gratuito, un problema creado por puro gusto, que acusa en nuestros gigantes padres una miopía política portentosa. Lo que se hizo entregando un tercio de la provincia de Entre Ríos al barón Hirsch,[1] fue como importar langosta... O digamos mejor, para usar una comparación menos peligrosa, que lo que se hizo al exterminar los indios del Sur, en vez de convertirlos como dice la Constitución, y traer luego a los judíos de Polonia, que son mucho más dificultosos de convertir, es análogo a lo que hizo el “inmenso” Rivadavia al ganar al Brasil la batalla de Iíuzaingó en el campo de batalla, y después perderla en la Casa de gobierno.

Ahora bien, lo gracioso del caso es que los más furiosos antisemitas, esos que ven judíos en la sopa, esos que aconsejan asesinar a todo individuo que tenga nariz de loro, los que afirman seria y públicamente que todos los israelitas son usureros y sus mujeres malas hembras, son muchas veces los mismos hijitos de esa clase gobernante que creó por puro gusto el difícil problema: desplazados ahora de la ubre de la riqueza argentina por otros más vivos que ellos cuando no por sus propios vicios o errores. Estos señoritos antisemitas nos hacen sentir vehementes tentaciones de dedicarles un modismo popular un poco ordinario pero muy expresivo, que en ellos encuentra literal aplicación, a saber: “Que vayan a contárselo a su abuela”. Literalmente. Que vayan a vomitar palabrotas, insultos y obscenidades a la Recoleta, delante de la tumba de su distinguida familia. Como desahogo, les servirá lo mismo, y será menos dañoso a ellos y a otros.

Los judíos son peligrosos en la sociedad cristiana, de acuerdo. La Iglesia nunca lo ha ignorado. Pero una sociedad veramente cristiana jamás necesitó matarlos, ni insultarlos, ni vejarlos, ni temerlos. Su deber es soportarlos, regirlos, darles ejemplo y, si puede, convertirlos. Aunque es históricamente cierto que en general el judío es inasimilable, y lo dice entre nosotros la vieja copla cuyana:

Así me dijo un anciano
queriendo darme un consejo:
“no puede ser buen cristiano
quien ha sido judío viejo”,

sin embargo, los pueblos de gran vitalidad como España o Italia han conseguido asimilar, a través de la conversión y una pedagogía social un poco ruda (“cristianos rancios y cristianos nuevos”) un mínimum de sangre judía, el cual no vayan a creer que
fue después el peor elemento (al contrario) para la Nación o para la Iglesia.

Decíamos pues que el judío fue siempre peligroso y trabajoso. El judío actual es más peligroso aún, debido a varias causas propias de nuestra época, entre las cuales recordemos las siguientes:

1a. La existencia de un verdadero nacionalismo judío, apoyado en el “sionismo”, diferente de la religión judaica, y fenómeno enteramente moderno —que según el teólogo Billot, S. J.— prenunciaría el congregarse de Israel previo a aquélla su integración maciza a la Iglesia, que está prenunciada en los Libros Santos;

2a. El internacionalismo financiero de muchos judíos, en sumo grado temible en sus métodos y en su espíritu satánicamente anticristiano, que es uno de los principales creadores, aunque no el único, del actual “Capitalismo”;

3a. La particular acción corrosiva de la mente judía, a la cual el liberalismo dio piedra libre; mente educada en la sutileza, el sofisma, el mito, el análisis destructivo, la “confusión de los géneros” y solevada de una especie de oscura violencia mística o tenacidad religiosa, aun en los judíos ateos, como Freud, Heine, Marx, Reinach, Bloch, Einstein.

No hay en el mundo contemporáneo una sola empresa de disgregación sistemática que no cuente entre sus principales propulsores con nombres judíos, desde el bolchevismo hasta la reforma de la moral sexual, desde la campaña de los “sin-dios” hasta la propaganda del nudismo, o la defensa de la homosexualidad o el cine mundano o corrompido. En nuestro país, el cáncer del pasquinismo, las editoriales malsanas, la explotación del trabajador, el préstamo usurario, y también la trata de blancas y hasta la politiquería, y en general, toda actividad en que se “haga dinero” a poca costa, a cualquier costo y en breve plazo, cuenta hombres judíos entre sus más devotos colaboradores. Para qué vamos a negar el hecho.

La única solución del problema judío es dar en cada nación a la comunidad judía un estatuto legal propio, con que el Estado Cristiano salvaguarde sus esencias, y la minoría judía defienda del Estado su perfil racial en lo que tiene de propio y —¿por qué no?— de bueno y aun de excelente. Con decir esto ¿qué hemos dicho sino que la cuestión judía es insoluble dentro del liberalismo político al modo de Rousseau? Pero es que nosotros creemos que el liberalismo de la Revolución Francesa agoniza en el mundo moderno, y esperamos que la República Argentina no será la última nación del mundo en echar el cadáver por la borda.

En cuanto a los inexpertos “antisemitas” argentinos bastará, si tienen juicio, recordarles a Drummond, su magno precursor. Días pasados un amigo nos decía con justeza: “¡Cuando la famosa Acción Francesa está de vuelta en Francia, estos copiadores de segundas copias quieren empezar en la Argentina el mismo experimento!”. Añadamos que no es el mismo experimento del antisemitismo injusto y vocinglero con medios diez veces mayores que aquí: un talento de agitador y polemista casi genial, un libro habilísimo (La France Juive), una especie de masonería al revés (Le Grand Occident), un gran diario; y al fin final los tumultos callejeros, la resistencia a la policía y el famoso sitio por hambre de la calle des Saints-Péres. ¿Y qué? Nada. El fracaso más ridículo. Los judíos salieron del ataque más fuertes que nunca en Francia.

La razón profunda del fracaso antisemita es que ataca al judaismo con armas judías o que pretenden ser más judías que las propias armas de los judíos; por ejemplo, al oro lo combaten con la calumnia, a la astucia con el insulto, a la malignidad con la cólera, a la simulación con la mentira, a la doblez con la contumelia, a la usura con el asesinato (de pico), etc., etc. Y es de balde; nadie puede ser más papista que el Papa, ni más judío que un judío.

Sólo las armas cristianas, empezando por aquellas que San Pablo dice en Efesios VI, 10, (a saber, la justicia, la paz, la fe, la palabra de Dios y la oración) son buenas a reducir la “protervia judía”, sin negar tampoco las otras armas que son propias de la prudencia y la sabiduría políticas.

Tomado de: "Las Ideas de Mi Tío el Cura", Ed. Excalibur, Bs. As., 1984, pag. 175.

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LOS JUDÍOS Y LA ARGENTINA

ÍNDICE DE "LA CUESTIÓN JUDÍA"

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[1] En agosto de 1891, la Jewish Colonization Association, creada por el barón Moritz von Hirsch, compó 600.000 kilómetros cuadrados de tierra en varias partes de la República Argentina.