CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

GRANDEZA, DERECHO, FUNCIÓN, NECESIDAD
Y UTILIDAD DEL PAPADO VERDADERO
Georges Goyau


GRANDEZA, DERECHO, FUNCIÓN, NECESIDAD Y UTILIDAD DEL PAPADO VERDADERO - Georges Goyau

(Nota preliminar del traductor: Nótese cuál es la razón de ser total, la voluntad inseparable e invencible, y la tendencia intrínseca infalible y divinamente puesta de la Iglesia. Si un Papa verdadero, contenedor virtual, fundamento visible, y centralizador de toda ella divinamente asignado, la pudiera, no sólo descuidar, sino directamente contrariar y volver para el mal a partir de su propia constitución, Dios nos habría engañado y, sin conducción ni seguridad religiosa, no encontraríamos realización en nuestras aspiraciones inmortales y sólo existiríamos para el polvo.)


Una monarquía espiritual que preside a la única Religión cuya ambición sea infinita: he aquí lo que es el Papado. La Iglesia, por una parte, quiere tener tantos súbditos como la humanidad cuenta miembros: para ella es una obligación divina encaminarse sin tregua a esta conquista. Y por otra parte, sobre cada uno de los individuos que la profesan, la religión de Cristo pretende derechos más completos: quiere reinar sin división en el alma que le hizo adhesión; no se ofrece como un asilo que el fiel podría visitar u olvidar a voluntad, o como un hospital de los corazones que éstos dejarían una vez curados. Por una robusta toma, ella domina todas las energías del alma humano, y porta un veredicto sobre todos los actos de la vida; porque las disposiciones del hombre de donde estos actos emanan son justiciables de la moral y el cristianismo aporta una moral consigo. En anchura como en profundidad, los objetivos de la Iglesia son inmensos. Ella quiere extenderse hasta los últimos confines del mundo y penetrar los más íntimos repliegues del individuo. Tal es su misión y tal es por consiguiente su derecho. Un hombre, el Papa, es responsable de esta misión y soberano depositario de este derecho. Así lo quiere la economía de la Iglesia.
[…]
En la ciudad cristiana se prefiere a Dios antes que a los hombres, la equidad antes que la ley, la inmutable moral antes que los códigos; legal y legítimo no son necesariamente sinónimos. El sacerdocio cristiano, diferente de los clérigos antiguos, pretendió ser el intérprete de la justicia y distribuir la enseñanza de la moral; tuvo tantas cátedras como Jesús tenía altares, y en Roma un doctor supremo. Portavoz de Dios, del Papa no puede sospecharse, como antes los estoicos, de ser el eco de una pandilla enfurruñada. Antes del cristianismo, en frente del mal que reinaba, el bien no tenía órgano: el Papado fue este órgano. Esta novedad fue fértil. De repente se modificaron profundamente las relaciones de los hombres entre ellos. De buen grado el individuo se mira como un soberano; y este error con respecto a su poder lo encamina a la ignorancia de sus deberes. Pensador, encargado de informar a los hombres, se inclina a considerarse como el árbitro supremo de la verdad; y cuando especula sobre lo incognoscible, le gusta más crear lo verdadero que recibirlo. Príncipe, encargado de gobernar a los hombres, se inclina a considerarse como el árbitro de la justicia; le gusta más crear lo justo que ajustarse a ello. Propietario por fin, encargado de procurar la comida de los hombres, se cree desligado de toda obligación, y viendo en la tierra que posee un objeto de disfrute personal, la sustrae a su destino divino como proveedora universal. Dejad hacer a estos diversos absolutismos, y dejadlos pasar: cada individuo se los arroga y entre todos estos aspirantes el conflicto estalla; de allí la anarquía. El primer absolutismo, el de la razón, genera el caos de las doctrinas, lanza a la sociedad en un malestar intelectual, y desalienta la razón misma inspirándole una suerte de saciedad. El segundo, el de la voluntad, destruye el sentimiento del vínculo social y el respeto del prójimo, falsea el concepto de libertad, suprime el de autoridad, substituye la idea de capricho a la de regla, y vela a las miradas humanas la esencia superior de la justicia. El tercero por fin, el de la propiedad, cancela en favor de algunos privilegiados las generosidades del plan divino que prometía a todos los hombres los medios de vivir, e impulsa a los infelices a impugnar la legitimidad de este derecho porque los felices habrán hecho caso omiso de su razón de ser y su objetivo. En su fondo, cada una de estas tres soberanías oculta un germen de muerte, que unas veces vegeta y otras veces crece rápidamente, pero que no desaparece nunca. La expansión de este germen es una crisis por la cual el absolutismo sucumbe o cambia de titular: crisis intelectual que hace oscilar la razón, desconcertada de su propia soberanía, entre la fe que le da un sostén y ciertas variedades de un misticismo caprichoso donde se daña; crisis política que bruscamente lleva a las muchedumbres a substituir sus caprichos a los caprichos de uno sólo, y la tiranía de las mayorías a la de un hombre; crisis social, por fin, que parece condenar a los ricos a una defensiva egoísta y a los pobres a una ofensiva implacable.

He aquí los destinos del absolutismo humano: en su punto de partida es una exaltación del individuo; en su término es una ruina para la sociedad; en toda su marcha es una ofensa a Dios. Una encarnación perpetua del absolutismo divino, he aquí el único remedio para que la sociedad no sea al mismo tiempo la embaucada y la víctima de estos derechos soberanos que pretenden los individuos. El Papado, en la historia, fue esta encarnación: interviniendo sin cesar en nombre de Dios, él solo tenía autoridad para enseñar a los hombres el carácter relativo de sus derechos y para imponerles reglas y límites.
La concepción de una omnipotencia moral, de una alta supremacía espiritual, es uno de los mayores progresos que haya hecho la razón humana, y este progreso, realizado por un acto de fe, fue una beneficiosa emancipación.
[…]
El Papa es juez soberano de la rectitud de las acciones humanas: es una premisa mayor establecida por la teología dogmática y continuada por los hechos. Ahora bien, no hay quien sea rey (rex) a menos que actúe con rectitud (recte): es una premisa menor establecida por la teología moral, aunque esté contradicha frecuentemente por los hechos. Para conceder al Papa una jurisdicción soberana sobre los reyes, basta con juntar ambas premisas: la Edad Media acabó el silogismo. Pero en esta premisa menor misma un término permanece vago: ¿quién definirá esta rectitud exigida de los reyes? El papado se atribuye definirla como se atribuye vigilarla.

Extraído y traducido del artículo “Caractère unique et singulier de l’action pontificale dans le monde”, de Georges Goyau. Revue thomiste, 1894.

Traducción del Sr. Patricio Shaw

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LOS "PAPAS" DEL CONCILIO VATICANO II