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RITOS NEOCATECUMENALES


Introducción

El interés científico por los ritos en general y por los rituales de iniciación se produjo en la segunda mitad del siglo XIX con el establecimiento de la antropología evolucionista. Robertson Smith, estableció las bases para un análisis ritual, estableciendo dos grandes niveles en el mundo de la religión: el nivel de las creencias y el nivel de la conducta. Fue, sin embargo, Frazer quien definió los ritos de iniciación como ritos de pubertad y las ceremonias de admisión en las sociedades y cultos secretos. Al igual que los restantes estudiosos, Frazer también estuvo interesado por el origen de la religión en las diversas partes del mundo

Frente a las especulaciones de los evolucionistas sobre los orígenes de la religión, Durkheim, enfocando el tema desde una perspectiva más sociológica, se interesó por las relaciones entre el ritual y la sociedad. Señaló, así, una distinción entre las creencias y los ritos, en el sentido de que las primeras consistían en estados de opinión, en simbolismos, mientras que los segundos serían modos de actuación determinados. Caracterizado por la acción, frente al inmovilismo propio de la creencia, el rito, sin embargo, sólo tiene razón de ser a través de ésta, convirtiéndose así en la expresión de las relaciones establecidas por los hombres con la divinidad (Roca Girona 1986: 306). No obstante, a pesar de la influencia de Durkheim y de Frazer, la tesis más conocida sobre el ritual fue la elaborada por Arnold van Gennep con su libro Los ritos de paso. Estudio sistemático de los ritos.

El presente artículo se detiene en el rito, entendido éste como «conducta formal prescrita (...) y relacionada con la creencia en seres o fuerzas místicas» (Turner 1980). Respecto a la tipología ritual está plenamente aceptada la clasificación en los denominados ritos de paso, de tránsito o de las crisis vitales, por una lado, y los ritos de intensificación, solidaridad, aflicción o mágicos, por otro. En esta ocasión, nuestro estudio versará sobre los ritos de paso, es decir, acontecimientos cruciales existentes en numerosas culturas, religiones, o asociaciones, deteniéndonos, asimismo, en los rituales de iniciación que se desarrollan dentro de las comunidades neocatecumenales a lo largo de lo que ellos llaman «camino» de salvación. Cuando hablamos de rituales de iniciación, nos referimos al «conjunto de ritos y enseñanzas que tienen como finalidad la modificación de la condición religiosa y social del sujeto iniciado» (Prat 1988: 437).

El movimiento neocatecumenal y los ritos de iniciación

El movimiento neocatecumenal es una organización (dentro de la secta conciliar) que se inició en JP 2 y KikoMadrid -en las chabolas de Palomeras Altas-, a mediados de los años 60, de la mano de Francisco Argüello -conocido popularmente como Kiko- y que se ha ido introduciendo en la sociedad a través de su actuación en las parroquias y por medio de la creación de pequeñas comunidades. Kiko, pintor de profesión y miembro de una familia acomodada, vivió la experiencia del ateísmo y en un momento dado decidió dejar su cómoda vida y marchase a este barrio pobre de Madrid, donde inició, con una serie de charlas a los gitanos de las chabolas, lo que más tarde se convertiría en el movimiento neocatecumenal (neo porque es un nuevo catecumenado). Hoy en día esta organización está presente en más de dos mil parroquias de todos los continentes, con 5.118 comunidades, cada una de las cuales con 25 ó 30 miembros (Blázquez 1988: 13).

Con respecto a la organización interna del movimiento neocatecumenal conviene empezar hablando del equipo director (comunidad madre) integrado actualmente por Kiko Argüello y dos colaboradores (Carmen Hernández y el sacerdote italiano Mario Pezzi). Ellos son los que establecen las directrices a seguir, convirtiéndose en un modelo para el resto. Dentro de esta misma organización tenemos que distinguir el llamado trípode de evangelización, que se compone de los catequistas itinerantes, las familias en misión y los presbíteros. El equipo itinerante está compuesto por un matrimonio formado en comunidades que un día decide, voluntariamente, dejar su trabajo, su vivienda, en definitiva su vida anterior y se ofrece para dedicarse a predicar. Normalmente se trata de parejas que han acabado el camino y son enviados a catequizar aquellos lugares donde no hay comunidades. Una vez que el matrimonio se instala en el lugar de destino, se pone a disposición del obispo de la diócesis y comienza a catequizar.

Hace pocos años apareció otra figura evangelizadora que son las familias en misión. Este grupo está formado por un presbítero, tres o cuatro matrimonios pertenecientes a comunidades, con una media de cinco o seis hijos, y algunas chicas solteras que apoyan esta evangelización. Por último, los presbíteros son los sacerdotes que, agregados a estos grupos, coordinan y mantienen la doctrina, realizando la eucaristía. Para que no haya dificultades a la hora de ejercer el ministerio de la forma en que lo hacen los neocatecumenales, se han creado los seminarios o colegios diocesanos para formar a estos sacerdotes. Son los llamados seminarios Redemptoris Mater, que pretenden tener una proyección misionera, es decir, aquellos sacerdotes que se ordenen en estos seminarios, tendrán que desarrollar su actividad como misioneros.

Los catequistas itinerantes y las familias en misión son mantenidos económicamente por la comunidad neocatecumenal de la cual proceden, ejerciendo su proselitismo en los lugares donde se les envía. Los itinerantes catequizan tanto a personas ya iniciadas en el «camino» neocatecumenal como a personas que aún no han comenzado, pero normalmente dentro de un mismo país. Sirven de nexo de unión entre las comunidades más antiguas y el resto y son los que se reúnen con Kiko a principios de octubre en una convivencia, donde se les informa de los pasos a seguir. Posteriormente, los conocimientos adquiridos en esa convivencia serán transmitidos por los itinerantes a sus comunidades correspondientes. Este grupo se preocupa de aquellas comunidades que catequizaron; es decir, «vigilan» y se interesan por el comportamiento y la continuidad de los miembros de aquellas comunidades de las que se encargan. Asimismo, y al menos una vez al año transmiten puntos doctrinales, disciplinares, litúrgicos y pastorales, nombran los diversos cargos dentro de las comunidades, predican las catequesis de los distintos pasos, dirigen los escrutinios correspondientes, actuando como «jueces» y determinan si la comunidad se halla preparada para «caminar». Las familias en misión, al igual que los itinerantes predican el evangelio, aunque en este caso fuera de su país de origen, pues son enviados normalmente por el propio Papa, a países subdesarrollados.

No obstante, lo fundamental es la creación de comunidades neocatecumenales -como hemos dicho de 25 ó 30 mieembros-, fórmula que se convierte en el cauce de reproducción del movimiento neocatecumenal. ¿Qué son las comunidades neocatecumenales? Se trata de asociaciones religiosas y voluntarias de laicos (aunque siempre están acompañados de un sacerdote) en torno a un objetivo común: convertirse en «verdaderos» cristianos a través del «camino neocatecumenal»·. Con éste pretenden seguir el modelo de las primitivas comunidades cristianas -como aparecen descritas en los Hechos de los apóstoles- llevando como estandarte simbólico ese ideal comunitario.

La decisión de formar una comunidad nace de los catequistas itinerantes que se ofrecen en las distintas parroquias para impartir catequesis. A raíz de ahí una serie de catequistas se desplazan a la parroquia para impartir las catequesis iniciales. Este ciclo de charlas serán anunciadas previamente por el cura en la misa del domingo, para que todos los feligreses queden enterados de que se van a impartir. Estas catequesis duran dos meses y son reuniones a razón de dos por semana a lo largo de dieciséis charlas. Una vez acabada esta catequesis, con los que quieran quedarse, se lleva a cabo una convivencia de un fin de semana, donde se les informa de aquello en que consiste el camino neocatecumenal. Posteriormente se organiza una comunidad, eligiendo democráticamente a su responsable, que será el nexo de unión entre los nuevos miembros y los catequistas.

Volviendo de nuevo al tema que nos ocupa, el rito, es evidente que para su realización, como acto social, se requiere la cooperación de los individuos. Éstos serán los verdaderos protagonistas del ritual y formarán parte, por un lado como conjunto de neófitos o novicios y por otro como los ya iniciados y conocedores del saber tradicional. En esta misma línea, los miembros de estas comunidades están convencidos del valor de aquellas, para convertirse en portadores del «verdadero mensaje de Cristo». Son ellos los que, «elegidos» (como se llama uno de los últimos pasos del camino), con la Biblia de Jerusalén, su libro sagrado que leen e interpretan, se sienten dispuestos a participar en todas las actividades comunitarias a lo largo de años y años, en un estado liminar o de tránsito, hasta el bautismo, rito final del camino, en constante solidaridad. Todo ello los convierte en merecedores de un estudio profundo desde la disciplina antropológica al ser considerados sus actos como ritos de paso y al camino en sí como un rito de iniciación. Asimismo, dentro de este camino, existen a su vez otros actos que también pueden ser considerados ritos de iniciación, que aunque no comparables entre ellos, su superación es fundamental para la continuidad de los miembros en la comunidad.

Pese a las múltiples variantes existentes dentro de los ritos de paso, nos vamos a limitar a las ceremonias de iniciación. «Para van Gennep, la iniciación es un ritual de paso típico que incluye una gran variedad de ceremonias» (Prat 1988: 438). Éstas presentan además multitud de formas diferentes; sin embargo, a pesar de la aparente diversidad de tales ceremonias su estructura es similar y se puede formular un esquema básico de desarrollo que responde al modelo iniciático común a diversos pueblos, aplicándolo a nuestro estudio de caso: separación, liminaridad (transición o margen) e incorporación.

En este sentido nos encontramos con una primera fase caracterizada por la separación. Los neocatecumenales, una vez que empiezan a funcionar como comunidades, se separan de alguna manera del ámbito de estados definidos normalmente. Se trata, en cualquier caso de una separación tanto física como afectiva. Por un lado, comienzan a realizar los actos fuera de la iglesia[1] en salones destinados para tal fin, o en algunos casos en lugares construidos para el desempeño de sus ritos, cuando no en sitios alejados de su lugares de origen cuando celebran las convivencias (el término nativo para el período liminar es «lugar de retiro»). Una vez producida la separación, los neófitos son trasladados al lugar elegido. Este lugar apartado se prepara a tal fin (si se trata de convivencias, normalmente, el lugar elegido suele ser un hotel, donde uno de los salones se destina para que los neocatecumenales realicen allí sus actos). En este sentido, el salón se adorna con flores diversas y se colocan sillas formando un círculo para que todos puedan verse. En el centro de este círculo se colocan el sacerdote y los catequistas, que ya iniciados, serán los encargados de dirigir la convivencia. En lo que respecta a la periodicidad de las convivencias, es diversa. Está establecido que hay que hacer una convivencia a final de cada mes. La duración de esta convivencia es de un sólo día que, normalmente, suele ser el domingo. Además el final de cada paso o etapa está marcado por otra convivencia cuya duración es de un fin de semana completo. El día o días de convivencia está perfectamente distribuido. La mañana la dedican a rezar y por la tarde, después de compartir la comida, se celebran los dos momentos más llamativos de las reuniones: la historia de la salvación y el rito de «lavar el vaso». El primero consiste en que cada uno relata sus experiencias religiosas desde la última convivencia. De esta forma y voluntariamente contarán su vida a través de los acontecimientos más significativos por los que han pasado. Asimismo, si alguno no quiere hablar recurre a la fórmula del «yo paso». En estas reuniones, todos escuchan y se desahogan con la seguridad y la confianza en que lo que allí se diga, de allí no sale. De tal forma que no sólamente se cuentan experiencias religiosas sino que cualquier problema personal puede salir a colación. A continuación, después de un breve descanso, se sortean -entre los miembros- los grupos para trabajar el próximo mes, y tiene lugar el segundo momento significativo de la convivencia, el rito llamado «lavar el vaso». Éste es el momento en el que uno a uno expone sus quejas o problemas bien con la comunidad en general o con alguno de sus miembros, y los responsables que presiden el acto actuarán de mediadores entre ellos. El rito final de la convivencia es la eucaristía. Una vez finalizada la convivencia todos marchan a sus casas convencidos de que en ellos se ha producido un cambio. Estas reuniones son utilizadas para poner de manifiesto que el ser transicional no poseía nada, no tenía cargos, no tenía ropas y ahora viste sus mejores galas, pues ha muerto el ser desposeído (con palabras del Rey Lear, «hombres desnudos desposeídos») y ha nacido un hombre nuevo.

Se alejan, de esta forma, los neófitos, del entorno parroquial de donde proceden una y otra vez a lo largo de toda la duración del camino, al menos hasta que los ya iniciados -los catequistas- crean que aquéllos están en disposición de ponerse al servicio de la parroquia y comenzar una nueva andadura, esta vez dentro del ámbito parroquial.

Asimismo, hablábamos también de una separación con respecto a las relaciones sociales. Efectivamente es así. En este caso, se produce un alejamiento de los anteriores vínculos. En este sentido los antiguos amigos o los vecinos, perciben este cambio de actitud para con ellos. Su lugar es ocupado por otros amigos, otras actividades, en definitiva, otros contactos. Todo ello se deriva de la puesta en práctica del ideal comunitario. Por otro lado, junto a estos nuevos vínculos hay que mencionar las relaciones que se establecen entre los neófitos y sus instructores y entre los neófitos entre sí, conformando una estructura social muy específica. Si por un lado la obediencia y sumisión caracteriza a la relación entre el neófito y sus catequistas, la igualdad es la nota característica entre los neófitos. Todos se relacionan intensamente con todos, pero esta intensidad es dentro de la comunidad y no con los de fuera. Entre los miembros, algunos de los cuales ni siquiera se conocían antes de entrar, se establece una red de relaciones muy densa y duradera gracias a la intensidad y asiduidad de las reuniones[2].

Los actores de este rito de iniciación son separados también de las rutinas asociadas a su vida anterior. En este sentido siempre habrá un antes y un después en la vida del iniciado en el camino. De esta forma, todos aquellos que han sido iniciados conjuntamente constituirán en adelante un grupo de hermanos [3] definido por ciertas relaciones de solidaridad. El grupo liminar es un «grupo de camaradas» e incluso se podría añadir que todos deberán seguir vinculados por lazos especiales que mantienen aún después de terminar el camino.

Estas separaciones, como hemos dicho anteriormente, se suceden a lo largo de todo el proceso, no podemos decir que se realicen en una primera fase de un rito determinado, sino que a lo largo de todo el trayecto neocatecumenal y al inicio de un nuevo paso o etapa habrá una nueva separación, aunque en este sentido será física, pues la afectiva o relacional tuvo lugar nada más entrar en la comunidad.

Dentro de este rito iniciático llamado camino neocatecumenal descubrimos un nuevo punto a tratar, que será la transición o período liminar, que incluye a su vez varios elementos destacables. Durante el período liminar que acaba al finalizar el camino, las personas tienen una serie de definiciones esencialmente religiosas que coexisten con éstas, que verdaderamente definen a este «ser transicional». Los neófitos se definen por las etapas en las que se hallen. En este sentido, nos encontramos con un período de instrucción -que no necesariamente tiene que ser antes, durante o después de las convivencias o actos de separación-. Estos conocimientos y líneas de conducta se inculcan al neófito, con una verdadera intención pedagógica, desde su entrada en la comunidad y continuarán hasta finalizar el camino. Los ya iniciados ponen a los neófitos en contacto con la divinidad, con aquello que es considerado como ilimitado. Sin ninguna duda, los elementos esenciales de la iniciación los constituyen las experiencias y enseñanzas que recibe el neófito durante este período. Por un lado, se le inculcan ciertas líneas de conducta. De esta forma cambiarán de actitud respecto a su visión de la religión anterior y respecto a su condición de cristiano. Por otro, esta instrucción se convierte en una auténtica pedagogía al tratar de transmitir al neófito la historia sagrada a través de la Biblia de Jerusalén. Es significativo el hecho de que muchos de los miembros de las comunidades han aprendido a leer y escribir a través de la biblia. Progresivamente el individuo irá tomando conciencia de la grandeza de este pasado sagrado, conocerá el origen y comprenderá el significado de todas las cosas (las normas, valores y símbolos nuevos), aprendiendo igualmente qué debe hacer para ser un cristiano «verdadero». Estos conocimientos progresivos a lo largo del camino les llevan a que el mundo y la vida cobren un significado distinto y se volverán sagrados en el sentido de que han sido creados por Dios [4].

Finalmente, respecto a la instrucción recibida por los individuos de estas comunidades, cabe señalar que el neófito debe guardar secreto y no revelar a nadie de fuera de la comunidad aquello que le ha sido transmitido. Este halo de misterio constituye un punto crucial de la liminaridad. Se supone que es la propia experiencia la que cuenta. Luego, si alguien que no pertenece a las comunidades conoce previamente los pasos a seguir no le beneficiará tanto como si lo experimentara él mismo. Éste es el sentido que ellos dan a ese ocultar lo que hacen. Sin embargo, se podría añadir que se puede ir más lejos y deducir que ese secreto, ese silencio para el exterior, da fortaleza al grupo, los une, a la vez que les da garantía de eficacia y continuidad de la comunidad. Esa amistad compartida entre los miembros permite con su familiaridad un estado de bienestar producto de la liminaridad. Turner nos dice que las personas «pueden ser ellas mismas» cuando no están actuando roles institucionalizados (Turner 1973: 63). En estos estados de transición, el neófito se descarga de sus roles (la igualdad llega al extremo de que la posición social de los miembros no es pertinente; los ricos y los menos ricos son de igual modo neófitos y por tanto iguales dentro del grupo) y serán los catequistas quienes los «modelen» para así poder enfrentarse a una nueva situación. Entre ellos se habla de «crecer en ellos un ser nuevo, un hombre nuevo». Este término de «crecer en» expresa el modo en que muchas personas se ven en los ritos de transición.

Dentro de este período iniciático y liminar se incluyen además pruebas[5] (entrega de bienes, ayuno, etc.) donde se percibe la evolución del propio iniciado y su superación supondrá la aceptación de su permanencia en el grupo por los ya iniciados (los catequistas). El hecho de pasar las pruebas con éxito demuestra la aptitud del candidato para el nuevo estatus y son indicadores de la eficacia de la forma de realizar esos ritos. La no superación no supone la expulsión de la comunidad, sino que deberán repetirse de nuevo. A veces les provoca una frustración ver que sus amigos y compañeros acceden a la etapa siguiente y él o ella, no. Todo ello puede llevar, en casos extremos, al abandono de la comunidad por iniciativa propia.

A la vista de los datos, parece importante resaltar que estos conocimientos inculcados hacen establecer diferencias entre aquellos miembros de las comunidades y los extraños. De esta forma definen fronteras, ya que los participantes no sólo se transforman sino que van subiendo de categoría.

De todo ello se desprende que los rituales de iniciación muestran símbolos con múltiples significados inspirados en los distintos miembros de estas comunidades. Desde supuestos acerca de su visión del mundo, de los seres humanos, hasta ideas abstractas deducidas de su contexto, no sólo de un ritual, sino de otros, ejecutados en la misma sociedad, así como de la vida secular.

Por último llegamos a la incorporación o final de la iniciación. Así, una vez que han superado todas las pruebas o «pasos», se retorna a la vida cotidiana (aunque en este caso no la abandonen, se dice en sentido figurado). Cuando el neófito vuelve de una convivencia retorna de nuevo a su vida normal. De nuevo cada semana volverá a acudir a las actividades que se desarrollan los miércoles y los sábados, así hasta una nueva convivencia. Cuando tiene lugar la última de las etapas o pasos, se desarrolla el último de los escrutinios o exámenes y hay una convivencia final. En ella, los que pasen recibirán la instrucción definitiva y el bautismo por inmersión. Se trata de que se abandone todo vestigio del mundo anterior a la entrada en la comunidad. Para el retorno, el neófito se viste con una túnica blanca, en señal de pureza, y de esta forma recibirá el bautismo sumergiéndose en el agua. En este sentido hay algunas parroquias que disponen de una gran piscina en el mismo centro de la Iglesia (un ejemplo lo tenemos en la parroquia de La Paloma, en Madrid), donde, la noche de Pascua de Resurrección, se realiza este rito del bautismo por inmersión. Pasada esta etapa volverán de nuevo a su vida cotidiana, aunque seguirán realizando los actos semanales (las reuniones del miércoles y sábado), ya no habrá escrutinios ni pruebas que pasar. Ahora se dedicarán a las catequesis de adultos que ellos una vez recibieron, y llevarán a cabo las actividades necesarias para formar nuevos iniciados [6]

Comentario final

Para analizar estos ritos hemos considerado dos puntos de vista: el observador y el participante. Desde el punto de vista del observador, estos ritos pueden tender hacia un fin simple, marcando una línea divisoria que distingue diferentes estatus sociales (grupo y extraños) y en ese cruzar la línea divisoria está el cambiar de estatus. Por otra parte, desde el punto de vista del participante, son ritos que incluyen conocimientos secretos, conocimientos esenciales para el grupo y que otra gente no conoce. Levantan pues la barrera entre la gente que sabe y la gente que no lo sabe, evitando la comunicación entre unos y otros.

Los iniciados son precavidos en sus conversaciones con personas con las que anteriormente habían conversado libremente. Hay cosas que no deben ser contadas. La experiencia personal es más importante que la contada por otro. En cambio los secretos compartidos crean un lazo que es la base de la solidaridad entre los miembros de la comunidad. El ritual mismo y la experiencia de la iniciación son una parte importante de aquello que se comparte. La experiencia se considera como parte de la actividad compartida, identificada por los participantes como algo que confiere al iniciado un conocimiento, unos derechos que le posibilitan la obtención de un estatus diferenciado y reservado para los miembros de estas comunidades. Además, ello es reconocido por toda la comunidad (si las pruebas son pasadas con éxito demuestran la capacidad del candidato, indicando la eficacia del rito mismo). Pero, estos derechos llevan también implícitos unos deberes específicos: obediencia a los ya iniciados.

Los ritos de iniciación en las comunidades neocatecumenales son pues experiencias artificiales creadas por este grupo, organizadas y representadas del modo, momento y lugar elegido por los participantes: la determinación del momento, el sitio y los detalles dan lugar a un discurso muy elocuente, provocando discusión entre ellos. También se recurre a efectos especiales, los adornos, las canciones, la danza alrededor del altar y cogidos de la mano, todo ello provocará impresiones en los actores de una sociedad dominada por la gris monotonía y la rebosante ansiedad que produce la soledad. Los neocatecumenales sienten el placer de ataviarse con sus mejores galas (estrenar ropa la noche de Pascua de Resurrección), siendo un motivo de encuentro con la comunidad, permitiendo agasajar y ser agasajado. En este sentido, al final de cada celebración nos encontramos con lo que ellos llaman «el ágape». Éste consiste en llevar platos de comida preparados de casa y al final de la celebración de que se trate, normalmente algo importante para el grupo, comparten lo que han traído. Unos comen, otros cantan, pero lo más importante es el inicio de una reciprocidad y comensalidad mutua entre ellos.

El camino neocatecumenal es un rito iniciático y la multitud de etapas y ritos incluidos en él son un motivo de reunión y de fiesta, con unas normas fijas, aunque también existen variaciones aceptadas. Éstas van a depender del contexto donde se esté desarrollando este camino. En cualquier caso, se desarrolle donde se desarrolle, la iniciación cumple una función social importante al ser una acción para transformar individuos[7] y para demostrar el poder de un conocimiento que, aunque tradicional, legitima un orden social continuado dentro de la comunidad.

De: El Cruzamante

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EL CAMINO NEOCATECUMENAL

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Notas
[1] Los actos semanales que organizan las comunidades neocatecumenales son dos. En este sentido, se realiza «la palabra», que tiene lugar el miércoles, justo a mitad de semana y la eucaristía (una misa cuya duración es de dos a dos horas y media) que se realiza el sábado por la noche. Asimismo están los llamados anuncios, que son como presentaciones de algunas fiestas especiales como el anuncio del Adviento, en Navidad o el de la Pascua en Semana Santa. A lo largo del año se suceden numerosas convivencias. Estas se celebran una vez al mes y duran un solo día, normalmente el domingo, o si son el rito final de la terminación de un determinado paso duran un fin de semana completo (viernes, sábado y domingo). El lugar de celebración de estas convivencias suelen ser hoteles alejados de las ciudades o pueblo de donde procede la comunidad.
[2] Los vínculos familiares, sobre todo aquellos que se refieren a la familia extensa, también se ven afectados, debido al tiempo que la comunidad absorbe al individuo. Durante la semana los actos que realiza la comunidad impide el desplazamiento de los miembros a otras actividades que no sean las de aquélla. Cuando llega el fin de semana, el sábado tiene lugar la eucaristía, su rito semanal principal y los domingos, al menos una vez al mes, tienen una convivencia. De ello se deriva que el tiempo de dedicación a la comunidad es lo suficientemente amplio como para que se fortalezcan los vínculos internos, pero se abandonen los externos.
[3] Los miembros de las comunidades suelen denominarse entre ellos «hermanos de comunidad». En este sentido se llamaran «hermano tal, hermana cual».
[4] Es muy significativo el cambio de actitud que se observa entre los neocatecumenales. Es un cambio que se refleja no solamente en el aspecto religioso, sino en su propia vida. Todo aquello que les ocurra les parecerá bien pues ha sido porque Dios lo ha querido. Les invade un conformismo tal que les lleva, de alguna manera a no revelarse contra lo establecido. Pueden rechazar el mundo, pero por otro lado lo creen necesario para aplicar en él lo que Dios les ha encomendado.
[5] Una de las pruebas más llamativas es aquella en las que los neófitos, al comienzo del camino, deben desprenderse de aquello que más apego le tengan. De esta manera unos se desprenderán de dinero, darán limosna a los pobres o lo entregaran a la parroquia para obras de caridad. Otros venderán sus vestidos, sus libros, y el dinero sacado se lo entregaran a los pobres. Estas cosas no se suelen decir, salvo cuando el catequista les pregunta si han hecho alguna cosa en beneficio de su salvación.
[6] Estos neocatecumenales ya iniciados se incorporan a la actividad de la parroquia. Darán catequesis de bautismo, cursillos prematrimoniales, catequesis para formar nuevas comunidades neocatecumenales, siempre desde la óptica que aquéllas pregonan.
[7] Eliade ha resaltado el carácter existencial de los ritos de iniciación ya que «la muerte iniciática significa al mismo tiempo el fin de la infancia, de la ignorancia y de la condición profana (...), pues hace tabula rasa de la vida anterior en la que vendrán a inscribirse las revelaciones sucesivas, destinadas a formar un hombre nuevo» (Eliade 1975: 12-14).
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Bibliografía
Castilla Vázquez, C.
1991 «Relaciones del hombre con lo sobrenatural: Estudio de Antropología Social a partir del caso de Calañas (Huelva)» en Anuario Etnológico de Andalucía. Sevilla: 59-68.
Blázquez, R.
1988 Las comunidades neocatecumenales. Bilbao, Desclée de Brouwer.
1994 El camino neocatecumenal según Pablo VI y Juan Pablo II. Madrid, Ed. San Pablo.
Eliade, M.
1975 Iniciaciones místicas.Madrid, Taurus.
La Fontaine, J.
1985 Initation. Ritual drama and secret knowledge across the world. London, Penguin Books. London.
Prat, J.
1988 Voz «Iniciación», en Diccionario temático de antropología. Ángel Aguirre (coord.). Barcelona, PPU.
Roca Girona, J.
1986 Las razas humanas. Barcelona, Ediciones Océano Éxito. Vol. 3.
Turner, V.
1973 Simbolismo y ritual. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú.
1988 El proceso ritual. Madrid, Taurus.