CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

REPROBACIÓN DEL
MOVIMIENTO NEOCATECUMENAL

R. P. Enrico Zoffoli


INTRODUCCIÓN

   Es cierto que el movimiento neocatecumenal no merece una aprobación sino una reprobación. 

   Así, no hay que definirlo como «un camino de formación católica» sino, más bien, como un “itinerario de perversión herética”. Es una severa condenación lo que merece y no un llamamiento a los obispos para que lo exalten. 

   «En realidad, no son muchos los textos programáticos de Kiko y Carmen (sus fundadores). Los pocos a disposición carecen de difusión comercial, están mecanografiados para uso de las comunidades o han aparecido en revistas de escasa tirada». En rigor existe sólo un texto «programático» reservado estrictamente a los catequistas, mecanografiado v multicopiado; es la transcripción de una serie de conferencias pronunciadas por Kiko Argüello y Carmen Hernández.  

   Cuando se logra, con gran dificultad, procurarse este documento, queda uno asombrado al leer las recomendaciones hechas a los propios adheridos, recomendaciones repetidas veces, de guardar secreto sobre los verdaderos objetivos de este movimiento. «Esto no lo digáis a la gente porque huirían a toda velocidad». Guardadas las proporciones, nos encontramos ante una asociación de tipo masónico: el programa real es sólo conocido por uno pocos y la masa es engañada. Y pese a que varios obispos en diversas partes del mundo habían lanzado su grito de alarma, el movimiento tiene la aprobación de Juan Pablo II.

   Como prueba de nuestras afirmaciones y para ayudar a nuestros lectores reproducimos seguidamente el artículo que publicamos en junio de 1983 (edición italiana) sobre los neocatecumenales. Recientemente ha aparecido un estudio crítico sobre ese movimiento escrito por el pasionista romano Padre Enrico Zoffoli que no ha vacilado en titular su libro «Herejías del movimiento neocatecremenal». 

   Nos proponemos hablar de él. Por el momento, una simple comparación entre los subtítulos de nuestro artículo y el índice del Padre Zoffoli basta para demostrar que el «catecismo» oficial, o mejor el catecismo secreto del movimiento, permanece el mismo, como por lo demás nos asegura el propio P. Zoffoli (p.8).

   Parece sobre todo que las muy graves herejías reconocidas por muchas personas en diversos momentos permanecen evidentes en un tal movimiento que, aun afirmando querer oponerse a la «descristianización» del mundo contemporáneo, «se orienta -como ha dicho el Padre Zoffoli- a minar el cristianismo».  

 EL MOVIMIENTO CATECUMENAL

 El «fondo» secreto del movimiento

   La opinión aproximada que me había hecho, de oídas, de este movimiento, era parcialmente favorable, sosteniendo que se trataba de grupos generosos que se entregaban a una actitud útil, si bien eran un poco demasiado autónomos y un poco demasiado aficionados a algunas de sus originalidades litúrgicas. Pero el análisis cuidadoso que ahora he podido acabar no me ha revelado otra cosa que un plan muy diferente y gravísimo. He podido estudiar atentamente el volumen de cerca de 400 páginas que contiene las «orientaciones» dadas a catequistas del movimiento, sacadas de las grabaciones de las «reuniones hechas por Kiko y Carmen» para orientar a los catequistas de Madrid en febrero de 1972. La historia, la finalidad y la práctica del Movimiento están condensadas en este volumen de la manera más auténtica. Todas mis citas entre comillas las he extraído cuidadosamente de este volumen; si no indico la página, es que se trata de afirmaciones a menudo repetidas; ya que el libro, mecanografiado y fotocopiado, no es fácil encontrarlo.

   Se trata, de hecho, de un texto reservado a los catequistas, que no deben cederlo a nadie. Tuve que recurrir a una estratagema para conseguirlo y fotocopiarlo. Lo que se observa enseguida es esta cualidad negativa del movimiento: “el secreto, el esoterismo”. En no pocos pasajes está escrito: «No digáis nada de eso». «Lo que voy a deciros no es para que lo digáis a la gente, sino para que os sirva de base, de fundamento». Pero es precisamente este fondo, esta base, que son inadmisibles. De hecho, los catecúmenos y los superiores eclesiásticos -a quienes los miembros del movimiento muestran tanto respeto- están engañados, pues no se les pone al corriente de este fondo. Y se trata, como lo mostraré, de graves desviaciones doctrinales y prácticas.

Acentos carismáticos y métodos fanatizantes

   En el marco dolorosamente estático de ciertas parroquias, los grupos catecumenales, con sus actividades semanales (reuniones bíblicas preparadas por tumo por ciertos miembros y larga reunión eucarística), con los cambios de experiencias efectuadas y el acento comunitario de las reuniones de cohabitación mensual, con la formación sistemática en el sostenimiento del prójimo y en el desprendimiento de los bienes, con la perspectiva ratificada de nos estar más que en camino de una nueva conversión a proseguir durante el precatecumenado y el catecumenado en el transcurso de siete años, dan en tales grupos, digo yo, una buena impresión de compromiso y de fervor. Pero en realidad, ¿es fervor o fanatismo?

   Kiko se presta a la pregunta: «No se trata, dice, de enganchar a quien quiera que quiere», pues no se practica ningún «lavado de cerebro por razonamientos». Pero esta especie de «lavado» y de «enganche» aparecen propiamente al contrario en ausencia de razonamientos claros reemplazados por un fuego arrollador de afirmaciones drásticas, sugestivas, en un tono carismático. Aparte de las diferencias evidentes de contenido, es por semejantes medios de sugestión e imponiendo radicalmente la fuerte autoridad del guía que se efectuó en América el enganche de masas puestas bajo el yugo de movimientos pseudo-religiosos y sociales osados y atrevidos, hasta el de Jim Jones, «el Templo del Pueblo», que concluyó con la trágica matanza de la Guayana el 18 de no­viembre de 1978. Las situaciones son por lo demás opuestas en todo ello, sin duda alguna, pero el método para subyugar es el mismo. He aquí lo que dice Kiko: «El cristianismo tra­dicional, que consiste en bautismo, ...primera comunión, ...misa dominical, ...no matar, no hurtar... no tenía nada de cristianismo era basura... Nosotros somos "precristianos"... sin haber recibido el espíritu nuevo venido del cielo... Ahora, Dios nos ha llamado para lanzar un Catecumenado orientado hacia el renacimiento»; «aun siendo poco numerosos, señalamos una piedra miliar... volviendo presente el hecho de que el reino de Dios ha llegado sobre la tierra»; para la «renovación del Concilio», fue necesario el «descubrimiento del Catecumenado»; «os hablo en nombre de la Iglesia, en nombre de los obispos,... los catequistas Catecumenales poseen un carisma confirmado por los Obispos»; «yo soy Juan Bautista en medio de vosotros; convertios, pues el Reino de Dios está muy cerca de vosotros»; «os doy la vida mediante la palabra de Dios depositada en mi; la explicación de la palabra, soy yo quien la da»; «como Moisés lo que en el desierto, somos nosotros quienes somos vuestra ayuda»; «que Jesús ha resucitado, está atestiguado por los Apóstoles: yo también os lo atestiguo,... doy de ello mi vida en prenda»; «así como Abrahán caminaba,... habéis de caminar vosotros también: según la palabra, nosotros os remitiremos el Espíri­tu Santo»; «seréis convocados en asamblea por el Espíritu Santo;... Dios os hablará»; «todos vosotros habéis sido señalados por el dedo de Dios»; «ninguna comunidad fundada por nosotros ha fallado:... yo os aseguro que Dios está aquí».

   La opresión sugestiva y fanática se refuerza continuamente por el carácter radica excesivo de las afirmaciones y de las referencias bíblicas integralistas y despojadas de crítica. Por ejemplo, la «participación» (sobrenatural) de la naturaleza divina se dice que consiste en «llegar a ser Dios mismo», en «tener la naturaleza divina; resucitar con Cristo» corresponde a «tener la misma sangre redentora de Jesucristo», a llegar a ser también nosotros «Espíritu vivificante» con la obligación de repetir y de «manifestar a cada generación lo que ha sucedido una sola vez en el Calvario, al dejarnos matar»: la influencia deletérea del pecado personal se dice en la comunidad «destruir la Comunidad, la Iglesia»; cuando en el curso del precatecumenado «dice uno vender los bienes, deberá venderlos todos,... no pudiendo de otro modo entrar en el Reino, ni aun en el Catecumenado»; nuestro cristianismo de antes de nuestra conversión era basura, etc. Todo esto acentúa la presión y el fanatismo en quien se dejó agarrar, sobre todo en la perspectiva de la larga carrera de formación prometida (siete años).  

Grosero desprecio para con la Tradición

   Las lagunas y lo nocivo de este movi­miento aparece gravísimo si, de sus métodos, se pasa a su contenido. No hay posición doc­trinal o práctica católica que no se la deforme gravemente. Todo se presenta con confusiones teológicas y bíblicas que impresionan por así decirlo, junto con una actitud de ostentación de fines redescubiertos y de recuperación de las auténticas verdades cristianas, sepultadas y olvidadas siglos ha. Ello se acompaña también de impresionantes perspectivas de empeñó personal «elitista» (de ser la flor y nata) de sacrificio.

   El «redescubrimiento» de los valores cristianos primitivos y auténticos se presenta en plan fideísta, carismático, de fe «existencialmente» vivida. Muestra un cordial desprecio por las tesis «filosóficas» de la Iglesia y de lo que se llama el «juridicismo» de la llamada especulación «teológica», organizada en los diferentes tratados. «Ellos habían encajonado al Espíritu Santo, lo habían embotellado y puesto en tratado que pudiéramos dominar, donde todos tuviéramos las más puras joyas del conocimiento de Dios: de Dios, Uno y Trino, del Dios creador, etc., y sin darnos cuenta de que habíamos empobrecido la visión de Dios». Particularmente deplorable fue «el inmovilismo casi total determinado por el Concilio de Trento», que finalmente se hubiera superado por el Vaticano II.

    Semejantemente, toda la estructura, la práctica, la liturgia de la Iglesia hubieran decaído, después de la paz de Constantino y la irrupción de las masas en la Iglesia, en un «juridiscismo» de puros ritos y peticiones de favores celestiales, comunes a toda pobre «religiosidad natural», al perder la auténtica vitalidad de fe de la «Iglesia primitiva», que, finalmente, tras el Vaticano II, se «redescubre», se recupera, justamente gracias al movimiento catecumenal.

   El hecho de que hoy «las naciones salen de las Iglesias»constituiría respecto a ello una ventaja que neutralizaría el efecto de aquella irrupción de masas y nos conduciría a la época preconstantiniana. «Así el cristianismo podrá brillar en toda su pureza y su frescor. Así podremos reanimarnos ala Iglesia primitiva».

   Es trazar una cruz sobre siglos y más siglos de la vida de la Iglesia con la presunción de no tener cura, como es el hecho de quienes tienen como brillantes estrellas a tantos santos.

Concepción luterana de la salvación

   Se trata pues no de un movimiento de masas, sino un movimiento de élites. Sin embargo, su intención es totalmente otra que la de quedar replegado en sí mismo. Sin duda dicen: «Nosotros no conquistamos a nadie, no predicamos un cristianismo proselitista»; pero en realidad presionan para multiplicar sus grupos en las parroquias. Entienden constituir también la única y verdadera manera para la «salvación del mundo». 

   Se toca aquí una perspectiva fundamental del movimiento, estrechamente unido a una noción nebulosa e inadmisible de la «salvación», continua y confusamente repetida

   La salvación del mundo consistiría en anunciar y acoger por la fe la «buena nueva», la del «evento» salvífico que es la resurrección de Jesús, esta definitiva «victoria sobre la muerte» y, por ello, el perdón amorosamente acordado por Dios. Los catecumenales comunican esta «buena nueva» y manifiestan este «signo» al aceptar el «evento» y la renovación personal de la «victoria sobre la muerte». Esta victoria advendrá, como se dio el caso para Jesús, al «pasar a través de la muerte», es decir al «dejarnos matar» por amor paciente para con los demás, al responder con la «no violencia» a su oposición, al «acabar con la cruz de los derechos del prójimo que nos destruyen». Por tal testimonio, los catecumenales salvan al mundo: «los catecumenales son los guardianes de la Palabra que es el germen del Espíritu, son la presencia de Dios en el mundo, son la Iglesia: una comunidad de hermanos. Ahí tenemos un misterio impresionante: un grupo de hombres están deificados y forman el Cuerpo de Jesucristo resucitado, el Hijo de Dios. Si ésto se produce en un lugar, allí se reproduce la victoria sobre la muerte. Ahí está el anuncio constante de la Buena Nueva y que ya ha llegado la Vida Eterna, que el Reino de Dios está próximo. Y esto es lo que salva al mundo». 

   Estamos en presencia de afirmaciones alborotadas que, pese a algunas partecillas de verdad, no son aptas sino para sugestionar, embriagar, escondiendo del todo su real gra­tuidad é incoherencia. Enseguida aparece evi­dente que entre el Calvario de Jesús y el que el prójimo pueda procuramos, hay buena dife­rencia; que Jesús ha vencido la muerte, no sólo por el hecho de soportarla, sino al resuci­tar corporalmente, y que la solidaridad edifi­cante y el altruismo de un grupo, que no puede influir más que en un círculo restringido, no son en modo alguno suficientes para la difu­sión universal de la fe y de la salvación. 

   Pero a parte de esto, el más grave equívoco concierne en la noción fundamental de la salvación. Por cierto que, en el marco de tan gran confusión teológica. se registran también, al contrario, afirmaciones correctas. Pero se contradicen por otras innumerables afirmaciones, que reducen ese tan pequeño número estricto a varios retoques y a artificiosas escapatorias, medio de defensa contra el temor de condenaciones. Es en vano, por ejemplo, que se afirme incidentemente que también hay que «dar los signos de la fe. Nosotros no somos protestantes. La fe sin las obras está muerta» . Ante todo, las «obras» no se requieren sólo como un «signo», sino como conformidad obligatoria a la ley moral según la divina voluntad. Enseguida y sobre todo, tal afirmación se destruye por las innumerables repeticiones de la concepción netamente luterana al respecto: ningún esfuerzo ascético se ha unido con el sostenimiento de la gracia: la salvación se debe exclusivamente a la fe: «El hombre, habiéndose separado de Dios, se ha quedado radicalmente impotente para hacer el bien, esclavo del maligno»; «el hombre no se salva en modo alguno mediante las prácticas» ; «para un cristiano a lo San Luis -según su divisa: "antes morir que pecar"- es fundamental estar en gracia de Dios, no perder esta gracia, perseverar. La gracia es una cosa de la que no se sabe demasiado lo que es, pero que se tiene en el interior y con la cual hay que morir... Pero en seguida he comprendido que vivir en gracia es vivir en la gratuidad de Dios, quien persiste en perdonarte gracias a su amor»; «Dios perdona nuestros pecados y su Espíritu Santo nos convierte en santos hijos de Dios. Y esto gratuitamente para quien quiera que cree que Jesús es el enviado del Padre como Salvador» ; «el cristianismo no es una llamada a la conciencia v a la honestidad, sirio la invitación de acoger el anuncio del perdón gratuito de todos nuestros pecados»; «el cristianismo no es un moralismo. Jesucristo no es exactamente un ideal, un modelo de vida, él no vino a darnos ejemplo»; «los sacramentos no constituyen una ayuda a tal fin»; «el Espíritu vivificante está bien lejos de incitarnos al perfeccionamiento, a las buenas obras, a la fidelidad a Cristo muerto»; «el cristianismo no exige nada de nadie, todo lo convierte en don» ; «al más pecador, al más vicioso. se convierte en don de vida eterna»: « Dios es amor del enemigo... Si hemos hecho cosas horribles, Dios nos ama y nos perdona... De tí, él no exige nada». La Palabra de salvación no exige, como la ley, «un esfuerzo de más, un esfuerzo íntimo, pues él nos lo da todo entero ». 

Negación de la Redención 

   Más grave todavía, y aun más allá de la concepción luterana, es la negación de todo lazo ontológico. sobrenatural, meritorio, entre la salvación y la inmolación de Jesús. 

   Con la noción de redención, de rescate, se derrumba uno de los frutos cardinales de la fe. Por su resurrección después de su muerte, Jesús simplemente hubiera notificado a los hombres que lo habían matado su voluntad de perdón. Con grosera ignorancia se osa afirmar que, «gracias a la renovación teológica operada por el Concilio, no se habla más del dogma de la Redención, sino del misterio de la Pascua de Jesús»; como si el uno contradijera el otro. Y con insistencia al fin subrayada con tosca ironía: «Las ideas sacrificiales entraron en la eucaristía por condescendencia, sugeridas por el momento histórico, para con la mentalidad pagana»; «en lugar del Dios justiciero de las religiones, quien, por más que te muevas, te da algún bastonazo en la cabeza, nosotros, descubrimos el Dios de Jesucristo»; «¿acaso tiene Dios necesidad de la sangre de su Hijo para apaciguarse? Hemos llegado a pensar que Dios apaciguaba su cólera por el sacrificio de su Hijo al modo de los dioses paganos».. 

Negación de la confesión 

   Como he dicho, todas las verdades teológicas fundamentales son gravemente deformadas, y naturalmente también los sacramentos. Me limitaré a algunos detalles acerca de éstos, en particular la Confesión y la Eucaristía. 

   La actitud de fondo, muy laudable en sí, de querer manifestarse serio, está continuamente excitada por la incomprensión y por el desprecio superficial y presuntuoso de todo lo que se ha enseñado v practicado hasta ahora. He aquí, por ejemplo, cómo se trata por Carmen la clásica y profunda distinción entre atrición y contrición: «Se empieza por dar importancia a la contrición. Verdaderamente daría risa pensar que sólo la atrición es necesaria si uno va a confesarse, y la contrición si uno no se confiesa». He ahí ignorancia burlona. 

   Para la confesión, la afirmación superficial de obediencia a la Iglesia no falta: «Mantenemos la confesión individual, porque hay que conservarla, y además porque tiene su valor». Es probable que en cuanto a ello haya habido algún llamamiento explícito de parte de la autoridad. Pero es evidentemente una práctica que se soporta simplemente. Y está en contradicción con todo el contexto de la enseñanza 

   La noción de pecado, entendido como violación de la ley moral v como rebelión a la voluntad divina, está descartada por ser la «concepción legalista que mira el pecado como falta a una serie de preceptos». Se burlan del presunto automatismo de las «expiaciones» asignadas (la penitencia sacramental) para obtener el «perdón», pues se olvida su justo aspecto de reparación (que exige, ciertamente, el previo arrepentimiento. absolutamente esencial). Se menosprecia el arrepentimiento: «La conversión no consiste en arrepentirse de lo pasado, sino en ponerse en camino para lo futuro». Como si la conversión pudiera considerar un nuevo porvenir sin reprobar lo pasado y sin entristecerse de la ofensa cometida contra Dios: ofensa que no se nombra jamás en tal catequesis. La conversión sin arrepentimiento de lo pasado empalma con la afirmación ya citada del perdón «gratuito» de Dios, sin «esfuerzo» personal, sin otra obligación que la de reconocerse pecador y aceptar ese perdón. Aunque en las reuniones penitenciales se admiten las confesiones particulares rápidas, oídas y absueltas por los padres, tales absoluciones, consideradas en sí mismas, se menosprecian en no pocas ocasiones reiteradas, y aún se critican, así como el Concilio de Trento que las ha prescrito, porque darían a la confesión un carácter «mágico» (incomprensión completa es ello de la eficacia de los sacramentos ex opere operato). Fundándose en un pequeño número de autores, unilaterales, seguidos paso a paso, se expone una especie de historia de la confesión sin referencia alguna al preciso relato de su institución dado por el Evangelio. 

   Una vez descartada la maduración teológica sancionada por el Concilio de Trento, la norma de la confesión se daría por la práctica, confusamente supuesta, de la Iglesia primitiva. Henos aquí en una reunión penitencial del movimiento catecumenal: «Todo cuanto os hemos anunciado acerca del amor de Dios y el perdón de los pecados va a realizarse ahora, pues Dios nos da el poder no sólo de anunciar el perdón, sino de comunicarlo mediante un signo»: «en la Iglesia primitiva, el perdón no se confería por la absolución, sino por la reconciliación con toda la comunidad por medio del signo de la readmisión en la asamblea en un acto litúrgico» ; «el valor del rito no reside en la absolución, ya que en Jesucristo ya estamos perdonados» ; «es la comunidad eclesial, allí presente, signo de Jesucristo para los hombres, que perdona concretamente». Nos hemos alineado con la negación protestante del verdadero sacramento. 

Groseras deformaciones 

   Todo ello se dice sin que se comprenda en lo más mínimo la verdadera naturaleza del sacramento católico, como se destaca de la grotesca exposición que se da de él: «Es así que hemos practicado, nosotros los católicos, la confesión, y de ahí porqué esta práctica está hoy en crisis. El perdón pasa al segundo plano, lo esencial subsiste simplemente en confesar los propios pecados y en recibir la absolución. La confesión se transforma en algo mágico. Se tiene una visión legalista del pecado, para la cual no importa tanto la actitud interior como el acto exterior de confesar, y en todos los detalles, todos los pecados en todo su género. Es visión individualista, completamente privada, donde la Iglesia no aparece en parte alguna, y es un hombre quien te perdona las pecados». 

   He aquí completa incomprensión de la confesión tridentina. Impresionante muestra de la grosería teológica del movimiento. En e! sacramento católico de la penitencia, el perdón ocupa de tal modo el primer plano, que de él se busca la seguridad en la absolución; ésta es tan poco mágica (obtenida por recurso a falsos poderes), que depende del divino poder de Jesús; el cuidado de los valores interiores está tan poco ausente, que el último arrepentimiento es condición de validez; la cual depende tan poco de cualquier hombre, que éste obra in persona Christi y por mandato de la Iglesia. También Lutero se lo tomaba así para atacar las verdades católicas: las deformaba. 

Negación del Sacrificio Eucarístico 

   Cuando tuve las primeras informaciones sobre las reuniones catecumenales pensé que tales originalidades rituales tan sólo consistían en libertades litúrgicas, en parte tolerables, en parte corregibles. Jamás me hubiera imaginado que tuvieran por lo contrario semejante término tan gravemente heterodoxo. Ahora también comprendo por qué hubo tanta resistencia a los recursos a la autoridad para conformar sus ritos a las normas litúrgicas prescritas. Tales actitudes de autonomía y de deformidad referentes a las normas prácticas comunes se enlazan doctrinal y psicológicamente oposiciones de fondo. Se pretende abiertamente «redescubrir» la verdadera eucaristía, pues lo hemos «menospreciado y empobrecido todo».  

   La Eucaristía no sería más que «la memoria de la Pascua de Jesús, o sea, su paso de la muerte a la vida, del mundo al Padre, acontecimiento que ensalza y en el cual nos formamos la experiencia de la resurrección de la muerte», es decir, «la proclamación de nuestro perdón y de nuestra salvación», pues esto es «el carro dé fuego que viene a trasla­darnos a la gloria». 

   La esencia de la Misa como sacrificio se niega claramente al modo luterano: «Las ideas sacrificiales han entrado en la eucaristía por condescendencia para con la mentalidad pagana»: «la masa de paganos (que irrumpió después de Constantino) vio la liturgia cristiana según sus conocimientos religiosos vueltos hacia la idea del sacrificio»; «en el edificio que Dios construyó, las ideas sacrificiales que había tenido Israel, y que se habían superado por el mismo Israel en su liturgia pascual, eran las fundaciones: ahora que el edificio se ha construido, se ha vuelto a tales fundaciones, o sea, a las ideas sacrificiales y sacerdotales del paganismo»; «las discusiones medievales acerca del sacrificio concernían en cosas que no existían en la eucaristía primitiva, ya que no habla entonces sacrificio cruento alguno, ni nadie que se sacrificara, Cristo, el sacrificio de la cruz, el Calvario, sino nada más que un sacrificio de alabanza por comunión con la Pascua del Señor: dicho de otro modo, con su paso de la muerte (bajo la especie del pan) a la resurrección (el cáliz)». 

   Por estas últimas afirmaciones, mientras el sacrificio está ajusto título excluido del altar, con todo igualmente queda excluido el sacrificio incruento de Jesús sacramentalmente presente: se excluye pues la actualidad sacrificial de la Misa. 

   Esta exclusión, por otra parte, es plenamente coherente con la exclusión ya citada de la inmolación cruenta y salvífica de Jesús, proclamada para nuestra salvación Una vez excluidos los méritos redentores del Calvario, su aplicación por medio del calvario místico del altar no tendría sentido alguno para los catecumenales. Dolorosamente también coherente su hostilidad alas numerosas, repeticiones de Misas, ya que su fruto impetratorio se ignora por ellos como se ignora por Lutero. 

   También se oponen rotundamente a toda la parte del ofertorio. Si es Dios quien lo hace todo, quien «pasa como carro de fuego y arrastra a toda la humanidad», ¿para qué aceptar las ofrendas? «Ofrecer las cosas a Dios para serle propicio? ¡Qué lejos estamos de la Pascua!»; «es idea pagana la de aportar ofrendas para aplacar a Dios»; «se llega a la enormidad diciendo: ¡Con la hostia pura, santa e inmaculada, ofrécete tú mismo y tu trabajo y la jornada que comienza!»; «en la Eucaristía no ofrezcas nada: es Dios absolutamente presente quien da lo máximo: la victoria de Jesucristo sobre la muerte»; «las procesiones, las grandiosas basílicas, ... los ofertorios... llenan la liturgia de ideas unidas a una mentalidad pagana». Todas estas tesis son tristemente coherentes con la negación de que Jesús se inmola y se ofrece sacramentalmente: toda otra ofrenda no puede concebirse más que en unión con la suya. 

   Se elimina así todo movimiento ascensional hacia Dios y todo coloquio íntimo con Jesús en el Santísimo Sacramento, como si no hubiera aquí más que humillación «estática» de la Eucaristía, que no debiera ser más que exultación para el «descenso» de la divina intervención y, al contrario, la proclamación de la victoria ya obtenida. «Hemos transformado la Eucaristía, que era canto a Cristo resucitado, en divino prisionero del Tabernáculo»; hemos hablado, como en las «primeras comuniones», de un «Jesusillo que nos metemos en el pecho cuando lo queremos... siendo la Eucaristía todo lo contrario... es Dios quien pasa y quien arrastra a la humanidad». 

Negación de la presencia real 

   Aquí ya se dibuja el oscurecimiento de la verdad fundamental de la presencia real, pues una vez admitida ésta, debiera al contrario aparecer el precio del Tabernáculo y de la presencia en quien ha comulgado así como el precio de la íntima conversación. Pero este oscurecimiento se manifiesta gravísimo y más directo en otras afirmaciones: oscurecimiento que manifiestamente se extiende al hecho de la consagración y a la naturaleza y valor de los poderes sacerdotales: «El sacramento, esto es el pan, el vino y la asamblea: es de la asamblea de la que surge la Eucaristía». Estas palabras se adecuarían para un rito puramente conmemorativo, pero en modo alguno para el sacramento eucarístico ni para los poderes sacerdotales. Y con ostentación presuntuosa de superioridad sobre toda la teología y la práctica católica, acosada hasta la ironía: «La Iglesia Católica se ha vuelto obsesa por causa de la presencia real, hasta tal punto que, para ella, la presencia real es todo»; (esto es falso: la considera no como el todo, sino como el fundamento del todo); «las discusiones teológicas obsesivas sobre la cuestión de saber si, de hecho, Cristo está presente en el pan y en el vino hacen reír»; «en cierto momento fue necesario insistir contra los protestantes acerca de la presencia real, pero ahora ya no es más necesario y no hay que insistir más en ello» (visto el desorden teológico y litúrgico actual, es, por lo contrario. más necesario que antes); «inútiles tentativas filosóficas se efectuaron para explicar cómo está presente Cristo, con sus ojos o sin ellos, físicamente, etc., o por la transfinalización holandesa... se ha pretendido explicar el misterio por la transubstanciación » (no explicarlo sino más bien precisarlo esencialmente, determinarlo, como lo hicieron, comprometiéndose en lo máximo, el Concilio de Trento y todo el Magisterio consecuentemente, menospreciados por los catecumenales); la indiferencia en cuanto a la presencia «física», que va a la par, en sentido inverso, con la transfinalización holandesa, revela en todo por lo menos la incomprensión de la verdadera presencia. Una vez excluido todo aspecto de sacrificio, y que todo se ha reducido á «banquete» de exultación (he aquí una concepción de los catecumenales, verdaderamente obsesiva, la que se incita hasta recibir la comunión sentados y a considerar como «inconcebible que alguien no comulgue, ya que a la cena pascual justamente se va para comer»), «todos los valores de adoración y de contemplación, extraños a la celebración del banquete, se eliminan» ; «el parí y el vino, no se conciben para que estén expuestos, pues así se echan a perder (!)»; la inquietud por las «migajas». que caracteriza a quien cree en la presencia real, se pone en ridículo: «no es cuestión de migajas, sino del sacramento de la asamblea»; «el Tabernáculo, el Corpus Christi, las exposiciones solemnes, las procesiones, las adoraciones, las genuflexiones, la elevación, las visitas al Santísimo Sacramento, todas las devociones eucarísticas, ir a Misa para comulgar y llevar a Jesús en el corazón, dar gracias después de la comunión, las misas privadas... (todo eso) minimiza la Eucaristía... y está muy lejos del sentimiento de la Pascua». 

   Otras continuas afirmaciones procuran devaluar el problema de la presencia, que es por lo contrario el fundamento de todo lo demás: «Lo importante no consiste en la presencia de Jesucristo en la Eucaristía... sino en su meta: en la Eucaristía en tanto en cuanto es misterio de Pascua». Así multiplican afirmaciones evanescentes: «Así como Dios estaba presente en la Pascua, es decir en la liberación que fue la salida de Egipto, del mismo modo Jesús está presente por su espíritu resucitado de la muerte» (¿es la presencia de la acción sin la presencia de la persona?); «en lugar de poner el problema de la presencia de Cristo en la Eucaristía, hay que pensar que Cristo es realidad viva que realiza la Pascua y que arrastra a la Iglesia» ; «la presencia de Cristo es otra cosa. Es el carro de fuego que viene a llevarnos para la gloria, a hacernos pasar de la muerte a la resurrección». 

Negación de la resurrección 

  Esta misma evanescencia, justamente en los puntos que exigirían la máxima determinación, aparece también con respecto a la resurrección de Jesús: «El memorial que nos deja es su espíritu, resucitado de la muerte» ; «¿Cómo vieron los apóstoles a Cristo resucitado? ¿Cómo un fantasma? No, lo vieron en sí mismos... constituido Espíritu vivificante».Esta última expresión se repite a menudo. Ciertamente Jesús envió su Espíritu. Pero la resurrección concierne al cuerpo real de Cristo. 

Superficialidad - Presunción - Astucia 

   Tal evanescencia corresponde a la gran confusión teológica y bíblica y a la superficialidad, unida a presunción de sutileza y de ahondamiento crítico sin hablar de la presunción carismática. Como ya lo he dicho, no hay verdad teológica ni bíblica que no se haya deformado, entre otros motivos porque esos catequistas laicos carecen de toda sólida formación teológica y bíblica de base, dependen de un pequeño número de textos. escogidos de entre los menos seguros, los más atrevidos (por ejemplo la revista Concilium). Esa inconsistencia y esa confusión se encuadran luego en la doctrina catecuménica fundamental. que hemos visto al principió, acerca del anuncio pascual de la salvación, nebulosamente presentada, sin precisión alguna, inconsistente en cuanto al dogma de la redención. 

   El método, simplista y astuto, de esos maestros no preparados e improvisados, para eludir toda inquisición seria, toda discusión teológica. es procurar despreciarla desde el punto de partida y reemplazarla por afirmaciones categóricas. Su método, para evitar las condenaciones y la ruptura con los superiores, consiste en la recomendación del secreto. la nebulosidad de ciertas expresiones (cortinas de humo) y la protesta de sumisión al magisterio, insertado acá v allá (como si fuera polvareda que enceguece), pero que continuamente se contradice por el contexto.   

Conclusión 

   Nos hallamos, para concluir, en presencia de un deplorable y muy nocivo lavado de cerebro, de tipo fanatizante, en el plano doctrinal, práctico, litúrgico, usado en grupos de fieles, de los que algunos quizá estén animados de mejores intenciones, pero víctimas de ilusiones y desviaciones del recto camino de seguridad ascética, del ejemplo de los santos, y sobre todo de la ortodoxia. 

   Entre la gente sencilla, tales grupos suscitan la admiración, confrontados como es­tán con ciertos ambientes tan grises y apáticos, porque se presentan como generosos y com­prometidos. Parecen presentarlo auténtico, lo diferente, lo sumo, frente a tanta grisalla. Pero lo que es «diferente» se entiende... como re­pulsa de la madurez doctrinal y práctica de la Iglesia desde Constantino, retomo obsesivo á la Iglesia primitiva (inexactamente interpretada), aversión a las estructuras jerárquicas; en las reuniones la presidencia dada al sacerdote es ficticia, pues la dirección real es de los catequistas, aun en las reuniones bíblicas. 

   Las interpretaciones literales despojadas de espíritu crítico de la Santa Escritura, por ejemplo para vender todos los bienes propios, la absoluta pasividad no violenta, la misma perspectiva de morir por los demás, pueden dar la impresión de grande y admirable fervor. Pero si esto puede estar equilibrado y ser real entre algunos, en conjunto refleja un falso proceso de fanatización y falaz construcción en la arena, con gran perjuicio del abandono doctrinal y disciplinar. También Valdo, el iniciador de los valdenses, se lanzó, guardada toda proporción, y lanzó a sus catequistas laicos empezando por la puesta en práctica de «vende lo que tienes», y suscitó discípulos fervientes, pero acabó en la rebelión y en la herejía.   

COMPARACIÓN ENTRE EL CATECISMO
CATÓLICO Y EL «CATECISMO» CATECUMENAL

RESUMEN DE LAS PRINCIPALES AFIRMACIONES DE
LA FE CRISTIANA CRONTRADICHAS POR LA PSEUDOTEOLOGIA
DEL MOVIMIENTO NEOCATECUMENAL.

He aquí un extracto del estudio del Padre Enrico Zoffoli, titulado Herejías del
movimiento neocatecumenal. Reproducimos el apéndice que es la recapitulación.

CATECISMO CATÓLICO

CATECISMO NEOCATECUMENAL

1/.- Cristo ha redimido el mundo.   1/.- Cristo no ha llevado a cabo ninguna redención.  
2/.- La premisa fundamental de la obra redentora de Cristo es la realidad histórica del pecado.   2/.- El pecado no es posible porque el hombre no puede evi­tarlo.  
3/.- La gracia, aun siendo necesaria, respeta sin embargo la libertad humana.   3/.- No hay ningún problema en las relaciones entre gracia y libre‑arbitrio, puesto que el hombre no puede no pecar.  
4/.- Jesús ha satisfecho a la justicia de Dios en tanto que Mediador de la familia humana pecadora.   4/.- Jesús no puede haber satisfecho a la justicia de Dios por­que El es solamente misericordia que perdona.  
5/.- Jesús ha satisfecho a la justicia de Dios ofreciéndose libremente como víctima por los pecados del mundo sobre el altar de la Cruz.   5/.- Jesús no se ha ofrecido como víctima por los pecados del mundo. Sobre la Cruz no ha realizado ningún «sacrificio».  
6/.- Jesús ha salvado al mundo por los méritos de su pasión y de su muerte.   6/.- Jesús ha salvado al mundo en virtud de su resurrección.  
7/.- Jesús continúa su obra de salvación por medio de la Iglesia, como sociedad visible y jerárquica.   7/.- La Iglesia no es una sociedad jerárquica jurídicamente constituida, sino una sociedad carismática.
8/.- La Iglesia cumple su misión en virtud del sacerdocio, fundamento de la Jerarquía, haciendo la distinción entre el «sacerdocio» de los ministros de culto recibido en el sacramento del Orden, y el «sacerdocio» de los simples fieles incorporados a Cristo por el Bautismo.   8/.- En la Iglesia, no se confiere un sacerdocio derivado del sacramento del orden puesto que el Bautismo basta para incorporar todo el mundo a Cristo, único y supremo sacerdote.  
9/.- La Iglesia, sobre el altar, celebra un «sacrificio» verdadero y real, como «sacramento» del único y perfectísimo sacrificio ofrecido por Jesús en la Cruz. 9/.- Sobre el altar, no se ofrece ningún «sacrificio» porque no ha sido jamás celebrado por Jesús.  
10/.- La Misa es un verdadero Sacrificio celebrado por Cristo por medio de su ministro visible independientemente de la presencia y participación de los fieles...   10/.- « No hay Eucaristía sin asamblea que la proclame (...). Es de esta asamblea que surge la Eucaristía...».  
11/.- El Sacrificio eucarístico depende esencialmente de la consagración distinta del pan y del vino tranubustanciados en Cuerpo y Sangre de Cristo.   11/.- La « Transubstanciación» no es un dogma de fe, sino una mera tentativa de los teólogos, destinada a explicar el «modo» de presencia de Cristo.
12/.- La Iglesia adora a Cristo, verdadera, real y substancialmente presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad bajo las especies del pan y del vino consagrados.   12/.- La presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía no puede aceptarse, así como no es creíble el pretendido prodigio de la «transubstanciación»: las partículas que sobran o que caen del altar no contienen esta «presencia», y no son pues «adorables".  
13/.- La presencia eucarística enseñada por la Iglesia justifica el culto del Santísimo Sacramento, de ahí la práctica de la Comunión frecuente, las visitas al Santísimo Sacramento, las bendiciones, las procesiones, las adoraciones solemnes, los congresos (Eucarísticos); como también el deber de observar las normas concernientes al modo de comportarse en presencia de Cristo y todas las reglas destinadas a cultivar la piedad eucarística de los fieles, etc.   13/.- Negada la presencia de Cristo, todas las prácticas relativas al culto, que se siguen, son vanas y ridículas.  
14/.- El sacramento de la Penitencia es realmente distinto del sacramento del Bautismo.   14/.- La Penitencia se reduce al Sacramento del Bautismo: la distinción del uno y del otro no se remonta a la Iglesia primitiva.  
15/.- La «conversión» del pecador, que precede al sacramento de la penitencia, es un hecho eminentemente personal.   15/.- «La Iglesia (...) lleva y conduce a la conversión...».  
16/.- Dios concede el perdón de los pecados por la absolución del sacerdote...   16/.- «Lo importante no es la absolución». «El valor esencial (... ) del sacramento de la penitencia es: comunitario y religioso».  
17/.- La acusación de los pecados es secreta, auricular ... .   17/.- La confesión es pública, comunitaria.  
18/.- La Iglesia cree en la realidad del infierno que amenaza a los pecadores obstinados en el trance de la muerte. 18/.-En virtud de la Misericordia de Dios, al fin de los tiempos, todo el mundo será salvo.
19/.- Fuera de la Iglesia no hay Salvación.   19/.- Para salvarse, no es necesario que todos pertenezcan a la Iglesia, o estén dispuestos a entrar en ella como dentro del único Rebaño de Cristo.  
20/.- Jesús, así como es el único redentor y maestro, es también el único Modelo de santidad que los creyentes deben esforzarse en imitar.   20/.- Él no se ha presentado como «Modelo» de vida.  
21/.- El Concilio Vaticano II está en total armonía con el concilio de Trento, cuyas definiciones no pueden cambiarse`. [1]  21/.- Vaticano II es el único Concilio válido para la Iglesia de hoy y de mañana, en tanto que el Concilio de Tiento representa una regresión en la vida de la Iglesia.  
22/.- Sólo el Magisterio de la Iglesia es competente para interpretar la Biblia.   22/.- «La Biblia se interpreta por ella misma a través dé los paralelismos».  

De: Cruzamante

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EL CAMINO NEOCATECUMENAL

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[1] Discrepamos del Padre Zoffoli. Aunque el Vaticano II no haya dicho todo lo que Kiko le hace decir, no es menos cierto que (el Concilio) está en el origen de la actual corrupción doctrinal y disciplinaria, sin la cual no habría sido posible la difusión de los movimientos carismáticos y heréticos, como por ejemplo el movimiento neocatecumenal.