CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

UNA CARTA ENIGMATICA
Coronel Valentín Andrade, Ph. D.


28 de octubre de 2018


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(Cuando a la rueda de la carreta, se le sale la chaveta)

Antes de tomar al iniciado sus juramentos para con la Masonería, debe saber que tal hecho invalida todo otro juramento que él haya hecho con anterioridad y lo exime de otros que en adelante pudiere hacer obligado por las circunstancias de la vida o de su profesión. Esta renuncia consciente y perpetua abominación a lo que mamaron desde su niñez, adolescencia  y juventud, es el único camino cierto para alcanzar nuestro objetivo: lograr el hombre Regenerado en nuestra Institución. Así, si es militar, debe saber que su única Patria es la Universal, su bandera a defender hasta la muerte es la de la Masonería y su uniforme es la ropa de trabajo con que se gana el sustento; si fuere sacerdote, quedará aliviado de sus votos para dedicar su vida al único y verdadero Dios: el Gran Arquitecto del Universo; si su profesión fuese la de Magistrado, dejará la toga para reemplazarla por las ropas del atuendo de la logia, para cumplir con la Justicia masónica, la única, verdadera y cierta, etc.

He aquí la importancia de aquellos Hermanos encargados de captar los nuevos postulantes para la Orden. (...) Ellos deben hacer conocer a cada individuo elegido, estas condiciones, de manera que ninguno en ningún momento se sienta defraudado o sorprendido al tomársele los sucesivos juramentos, hecho nefasto que ya ha sucedido.

(...) Pero como la masonería no tiene dinero para sustentar a estos hombres y mujeres, ellos deberán seguir en sus respectivos empleos sabedores de que la ropa que los cubre no los califica, sino que es una forma con que se ganan la vida. De manera tal que, decir Militar Masón, Sacerdote Masón, Médico Masón es una incongruencia. Para nosotros sólo existe el Masón Militar, el Masón Obispo, el Masón Funcionario Público, etc. La Institución por su parte se encargará de hacerlos ascender hasta las más altas dignidades y que sus destinos sean siempre de privilegio, honrándolos y haciéndolos honrar hasta después de muertos con sus nombres esculpidos en ciudades, calles y plazas.

Magistris, Manual del Aprendiz, Tomo I, pág. 126, Est. Gráfico J. Strach, Humberto 966, Bs. As. 1932.

EDICIONES del ILUSTRE RESTAURADOR

LA DEDICATORIA
            1 - Dedico este humilde trabajo a mis Generales
            2 - Tovarich MARTIN ANTONIO BAL ZA
            3 - Tovarich RICARDO GUILLERMO MAZONI

EL TEXTO

Copia de una carta que yo, Agustín Barruel

Canónigo Honorario de Nuestra Señora,
recibí en París el 26 de agosto de 1806.

        Florencia, 1º de agosto de 1806.

        Muy señor mío:

Hace pocos meses tuve por casualidad la dicha de leer vuestra excelente obra titulada: Memoria de los Jacobinos, que he leído, o mejor dicho devorado con indecible placer, y de la que he sacado grande utilidad y mayores enseñanzas para mi propia conducta, tanto más cuanto que en ella he encontrado pintadas infinidad de cosas de las que en el curso de mi vida he sido testigo ocular, aunque sin comprenderlas del todo. Recibid, señor, por todo ello de este ignorante militar, que tal soy, las más sinceras felicitaciones por vuestra obra, que con justo título puede llamarse la obra por excelencia del pasado siglo. ¡Ah, que bien habéis quitado la careta a esas sectas infernales que preparan los caminos del Anticristo y son las enemigas implacables, no sólo de la Religión Cristiana, si no también de todo culto, de toda sociedad y de todo orden!

Hay sin embargo entre esas sectas una, a la que no os habéis referido si no muy de pasada, quizá porque es la más conocida y en este concepto la menos temible; aunque en mi opinión es hoy el poder más formidable, si se consideran sus inmensas riquezas y la protección de que goza en casi todos los Estados de Europa. Ya comprenderéis que me refiero a la secta judía. Parece en todo enemiga y separada de las demás; pero realmente no lo es. En efecto, basta que cualquiera de ellas se declare enemiga del nombre cristiano, para que el judaísmo la favorezca, la auxilie y la proteja. ¿No lo hemos visto y no lo vemos todavía ahora prodigar el oro y la plata para sostener y dirigir a esos modernos sofistas, francmasones, jacobinos e iluminados? Los judíos por consiguiente, no forman con todos los otros sectarios, si no una sola asociación para aniquilar, a ser posible, el nombre cristiano. Y no creáis, señor, que en esto exagero lo más mínimo; pues yo no sostengo sobre este punto nada, que no me haya sido declarado por los mismos judíos, y ved de qué manera.

Cuando el Piamonte, de donde yo soy nativo, se hallaba en revolución, tuve la ocasión de frecuentar el trato y tener confianza con ellos, aunque ellos fueron los primeros en buscarme; y como yo entonces escrupulizaba poco, afecté estrechar con ellos grande amistad, y llegué a decirles, suplicándoles el más riguroso secreto, que había nacido en Liorna de familia judía; que muy pequeño todavía, había sido educado por no sé quién, que ni siquiera sabía si había sido o no bautizado, y que a pesar de vivir y obrar exteriormente como católico en mi corazón pensaba como los de mi nación, por lo que había conservado siempre tierno y secreto amor. Entonces ellos me hicieron los mayores ofrecimientos y me franquearon toda su confianza. Me prometieron el ascenso a general, si me prestaba entrar en la secta de los francmasones; me enseñaron gran cantidad de oro y plata que distribuían, me decía, entre los que abrazaban su partido, y se me empeñaron en regalarme tres armas adornadas con las insignias de la francmasonería, que yo acepté para no disgustarlos y animarlos a que me dijeran sus secretos. He aquí lo que los principales y más ricos judíos me descubrieron en diferentes ocasiones.

1º Que Manes y el infame Viejo o Anciano de la Montaña habían salido de su nación;

2º Que la francmasonería y la secta de los Iluminados fueron fundadas por los judíos, que sus nombres me dijeron, más por desgracia se me ha borrado de la memoria;

3º Que de ellos, en una palabra, habían tomado origen todas las sectas anticristianas, tan numerosas al presente, y cuyos afiliados ascendían a muchos millones de ambos sexos, de todo estado, categoría y condición;

4º Que sólo en nuestra Italia contaban, como adeptos, más de ochocientos eclesiásticos, regulares y seculares, entre ellos muchos párrocos, profesores, prelados, algunos obispos y algunos cardenales; y que no desesperaban de tener dentro de un poco un Papa de su partido (cosa que fuere posible, suponiéndolo cismático);

5º Que igualmente en España tenían un gran número de partidarios, aun entre el clero, a pesar de estar en ese reino vigente todavía la maldita Inquisición;

6º Que su mayor enemigo era la familia de los Borbones, a la cual dentro de pocos años pensaban aniquilar;

7º Que para mejor engañar a los cristianos, ellos fingían serlo también, viajando y andando de un país a otro con partidas falsas de bautismo, que compraban a algunos párrocos avaros y corrompidos;

8º Que esperaban a fuerza de astucia y dinero obtener de todos los gobiernos el estado civil, como lo habían conseguido en muchos países;

9º Que una vez en posesión de los derechos civiles como todos, ellos comprarían casas y tierras cuantas pudiesen y por medio de la usura bien pronto despojarían a los cristiano de sus bienes raíces y tesoros, como está sucediendo en Toscana, donde los judíos ejercen impunemente la usura mas exorbitante y continuamente están haciendo inmensas adquisiciones de fincas rústicas y urbanas.

10º Que por consiguiente esperaban en menos de un siglo hacerse dueños del mundo, abolir todas las demás sectas para que la suya tuviese exclusivo dominio, convertir en sinagogas todas las iglesias de los cristianos y reducir a éstos a una verdadera esclavitud.

Ved aquí, señor, los terribles proyectos de la nación judía, que yo he oído con mis propios oídos. Ciertamente es imposible que los realicen todos, como contrarios a las promesas infalibles de Jesucristo, a la Iglesia y a las profecías, las cuales anuncian que ese pueblo debe andar errante y vagabundo en desprecio y esclavitud, hasta llegar al conocimiento del verdadero Mesías que él crucificó, y hasta abrazar la fe para consuelo de la Iglesia en los tiempos postreros. Sin embargo, ellos pueden causar mucho daño, si los gobiernos siguen favoreciéndolos como lo hacen muchos a esta parte. Sería por lo tanto mucho de desear, que una pluma enérgica y excelente como la vuestra abriese los ojos a los gobiernos, y los persuadiese de volver a reducir a este pueblo a la abyección que se merece, y en la cual nuestros padres, más políticos y juiciosos que nosotros, tuvieron siempre cuidado de mantenerlos. A conseguir este fin, señor, os invito de mi parte, suplicando dispenséis a un italiano, a un militar, las faltas de todas clases que encontraréis en esta carta. Deseo que la mano de Dios, os otorgue la más abundante recompensa por los luminosos escritos con que habéis enriquecido a la Iglesia, y el que las leyese cobre por vos la más alta estimación y el más profundo respeto, con que yo, señor, tengo la honra de ser vuestro humildísimo y adicto servidor.

                                                             Juan Bautista Simonini

P.D. Si en este país puedo serviros en algo y si tenéis necesidad de nuevos informes acerca del contenido de la presente, hacédmelo saber y seréis complacido.

N. del E.:

(1) El nombre completo de la obra del Padre Agustín Barruel que festeja y felicita Simonini es: Memoires pour servir a L’histoire du jacobinisme. Cinco tomos. La primera edición se hizo en París en 1797.

LAS NOTAS MARGINALES DEL PADRE BARRUEL

Hasta aquí he mostrado el texto de la carta de Simonini sin aditamentos ni comentarios. Mas he aquí que al pie del manuscrito fotocopiado que obra en mi poder, aparecen tres anotaciones que fue haciendo el Padre Barruel. No cabe duda de mi parte, que ellas fueron hechas en distintos momentos. No sólo por lo que se lee en su contenido, sino también por la forma de escritura y las tintas y plumas que se ve fueron de distintas facturas o calidades. Para distinguirlas he llamado A.P.B. (Anotación del Padre Barruel) a cada una de estas tres, seguidas de un número que indica su precedencia. Ellas son entonces:

A.P.B. 1: Bien pensado, el contenido de esta carta parecería inverosímil, y al menos en sana crítica ¡cuántas pruebas exigiría, cuya adquisición es imposible! Por esta razón me he abstenido de publicarla, si bien creí deber comunicarla al Cardenal Fesch, para que hiciese de ella cerca del Emperador el uso que juzgase conveniente. Lo mismo hice con el señor Desmarets, a fin de que hablase con el jefe de policía, si le parecía útil.

Creo oportuno no haber publicado nada de esto. En dar noticia a toda esa gente, me proponía impedir los resultados que pudieran originarse del sanedrín convocado en París por el Emperador. La carta produjo en el señor Desmarets tanto mayor impresión, cuanto que entonces andaba haciendo indagaciones acerca de los judíos, los cuales, me decía él, son peores en Alsacia que en Toscana. Me pidió el original; mas yo me negué a entregárselo, para enviarlo al Papa, como lo efectué, rogándole a éste tomase respecto del señor Simonini los informes conducentes a saber qué grado de confianza merecía su carta. Después de algunos meses Su Santidad me hizo escribir por conducto del abate Tetta, su secretario, que todos los indicios eran favorables a la veracidad y probidad de aquel que me había descubierto todo aquello de que decía haber sido testigo.

Posteriormente no habiéndome permitido las circunstancias ponerme en relaciones con el señor Simonini, consideré de mi deber guardar sobre el objeto de la carta el más profundo silencio, por estar seguro, de que si se me daba crédito, podría ocasionar una matanza de judíos, y si no, tanto y más valía no haber dicho nada.

A.P.B. 2: A la venida del rey, hice llegar a sus manos copia de la carta. Para concebir este odio de los judíos con tra los Reyes de Francia, es preciso remontarse hasta Felipe el Hermoso, quien en el año de 1306 arrojó de Francia a todos los judíos, apoderándose de sus bienes; por lo que hicieron causa común con los templarios, y de ahí el grado Kadosch.

A.P.B. 3: Por conducto de un francmasón iniciado en los grandes misterios de la secta, he sabido que esta cuenta con muchos judíos, sobre todo en los grados superiores.

N. del E.: El resaltado que aparece en A.P.B. 1 es mío y no figura en el original.

VISION CRITICA DE LA CARTA DEL P. BARRUEL

Como si esto fuese poco aparecen manuscritas al pie de estas notas, una crítica a la carta recibida por el  P. Barruel. Ellas fueron agregadas por otra persona en un momento que ignoro pero que, por su contenido y redacción, infiero que debió ser a fines del Siglo XIX o principios del Siglo XX. Los manuscritos completos se encuentran en la Biblioteca Agustín Alvarez de Rosario, Santa Fe y, encontrados accidentalmente como los libros de Magistris, me fueron cedidos hace tiempo para su copia por gentileza de su directora, cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, pero que es una mujer admirable. La dicha crítica dice textualmente así:

“El señor Janet da por muy verosímiles los antecedentes, revelaciones e indicaciones, y los corrobora con multitud de hechos, parte de los cuales no son conocidos: la grande influencia de los judíos en el Consejo de la Alta Venta; el alerta dado por el Cardenal Consalvi a los gobiernos de Europa; las ardientes simpatías de los judíos por el gobierno de Napoleón, particularmente en el asunto de la abolición y secularización de los principados eclesiásticos, llegando en Alemania, dice Janssens, a aclamarlo como al Mesías, esto es, destructor de la Iglesia; la prisa y alborozo con que acudieron a Inglaterra en los días de la Reforma, colmando de lisonjas a Eduardo VI y a Isabel; la estrecha unión que tuvieron con Cromwell, quien los protegió cuanto pudo y les otorgó los derechos civiles; el Gran Sanedrín de París, por efecto del cual entraron en el goce de todos los derechos al igual que los cristianos; las advertencias hechas por el Conde de Maistre al rey de Cerdeña y al Emperador en Roma respecto de los mismos judíos.

Por nuestra propia cuenta adjudicamos mayor importancia todavía al documento y prestamos más a fe a sus revelaciones.

Desde luego su autenticidad no consiente la más leve sombra de duda. La veracidad y probidad del narrador aparecen suficientemente garantizadas por la respuesta del Papa. ¿Qué los judíos le mintieron a su fingido hermano? ¿En qué? Si de los diez capítulos de confesiones o revelaciones espontáneas sólo uno hay, el primero, que pueda ofrecer dificultad. Corregida en el número diez la bravata de convertir en sinagogas todas las iglesias cristianas [2] todos los demás son o afirmaciones históricas que no es lícito negar, o anuncios de lo futuro que con nuestros propios ojos vemos hoy desgraciadamente realizados y todo este largo proceso que acabamos de formar a la maldita raza, y para el cual el señor Janet en compañía del P. Deschamps nos han aportado excelentes materiales, a gritos nos está convenciendo de ello.

Y descendiendo a algunos particulares, tocante a los Borbones, el odio de los judíos en nuestro humilde concepto y salvo el respeto debido a nuestro maestro el P. Barruel, más que por el acto de Felipe el Hermoso, se explica por el hecho de ser aquéllos, a la fecha, de la confianza de los principales y casi los únicos representantes de la realeza más o menos católica; aunque en ese odio los judíos pecaron de muy ingratos; pues, ¿qué habría sido de la planta revolucionaria, si no hubiesen preparado y abonado sin pensar el terreno, primero desde muy atrás de los Borbones de Francia, y más tarde los de España y de Italia? La alegoría del grado Kadosch sabido es que en su malicia comprende a todas las monarquías, no sólo a las borbónicas.

Por lo demás, ¿qué resta de la aciaga familia? Un solo representante sentado en el trono de España por gran merced de la revolución y ad tempus, mientras España acaba de madurar para la república, según verídicos informes de la masonería recogidos por el P. Deschamps (Les societés secretes, L. II, Cap. XII, pág. 3; N. del T.). Ya se vio en 1868 con qué facilidad la masonería despachó a Isabel II a tomar aires extranjeros; con la misma colocó en el trono a Alfonso XII por convenir a los fines de la secta, para sacudirse la amenaza de Carlos VII que acaudillaba el partido católico. El designado por la Masonería para la ejecución del plan, fue el General Martínez Campos. Léanse los citados informes.

En consecuencia no es fanfarronada de los judíos lo de acabar con los Borbones.

Vengamos a la cuestión más obscura del número 1º  de las confianzas, si Manes y el Viejo de la Montaña eran judíos. Si Manes, persa de nacimiento al parecer, no era prosélito judío, a lo menos sin gran trabajo se aclara la genealogía judaica del maniqueismo hasta el judío Simón Mago, como diré enseguida. ¿Y el viejo?, el famoso Hassan creó una verdadera secta, con su sistema de incredulidad la más completa e inmoralidad desenfrenada, con su rabioso fanatismo, con su estricto secreto, con sus tres grados. La amistad de asesinos y templarios parece contar asaz, testigo César Cantú, y antes de él otros, El Viejo mandó presentes a San Luis. ¡Grande ascendiente el del heroísmo cristiano! Pero San Luis en Francia, si había proscrito el Talmud, no había perseguido a los judíos, antes con altas miras de su conversión los había honrado.

Sobre el número 3º  de los descubrimientos. Que si todas las sectas anticristianas han nacido del judaismo. El judío siempre se alió a los enemigos del cristianismo, cualquiera que ellos fueran, si bien maquinando en secreto. Del predominio actual o señorío del judío sobre todas las sectas sobran los testimonios.

Resultado final: que aquellas expansiones de los judíos con su hermano de mentirijillas son algo más que verosímiles.

Conclusión: que la carta del militar italiano es documento a todas luces aprovechable y de interés grande.

N.del E.

Lo de transformar las Iglesias Católicas en Sinagogas es, en verdad, una bravata. Sin embargo citaré dos ejemplos extremos que pueden ilustrarnos. En 1519 se descubrió dentro de la Iglesia de la Anunciación, en Segovia, España, una sinagoga que allí funcionaba desde 1515, la que a su vez era templo masónico, según se deduce de las inscripciones, símbolos y relieves que aún se pueden ver. En 1928, el Papa Achille Ratti, Pío XI, hizo construir una sinagoga dentro del Vaticano que fue la primera antena judía que se alzó sobre la cristiandad: su íntimo amigo y confidente fue Monseñor Nogara, judío de Bellano cerca del lago de Como, que llevó a las finanzas vaticanas a su hermano, el otro judío Bernardino Nogara, cuya influencia deletérea se hizo sentir hasta1959. El otro "Papa" medio circunciso fue Montini, Pablo VI ("Santo Padre" que en lugar de la Cruz de Cristo en el pecho usaba el Efod de los judíos), el que puso el broche de oro al Concilio Ecuménico Vaticano II y a quien le estalló en las manos la “herencia” Nogara con el caso del Banco Ambrosiano y la Logia Masónica Propaganda Due.

No cuento aquí todas las palabras griegas y latinas que fueron sustituidas por voces judías para la misa. Tampoco como se han “suavizado” respecto al “tema judío” los Cuatro Evangelios en su redacción: compare el lector los textos del Nuevo Testamento de una Biblia de 1905, por ejemplo, con otra de 1990 y se caerá de espaldas. Mas hoy las cosas no son así y la "Iglesia" no es sinagoga sino Chévere. Esto es, curas en guayabera o chomba, chancletas (los más recatados de traje corte inglés a lo Pastor anglicano), acompañados de pandereta, batería y música sincopada, Además el nombre de Católico a secas, como pedían los Papas de ayer, hoy viene con aditamentos como por ejemplo: Católico Carismático, Católico de Radio María o Progre (antes eran del Tercer Mundo), con el apoyo de la Conferencia Episcopal, etc.

AHORA MIS PROPIAS CONCLUSIONES

Como la carta recibida por el P. Barruel es susceptible de que por ella se abra, como estamos viendo en este anónimo pegado como pollera al MS, un debate sin fin, vamos a responder cada una de las diez confesiones que se le hicieran a Simonini con las propias palabras de distintas personalidades, en pruebas que no admiten discusión ni duda. Ellas son:

A la primera:

Humildemente creo que en su carta Simonini no se refiere a Manes (o Maniqueo), el heresiarca persa nacido en el año 215 y muerto alrededor del 276, fundador de la secta de los maniqueos, cuya doctrina está impregnada en la religión llamada parsismo, un plagio de Zoroastro (robada sin asco a los Güebros o Parsis de la India que aún la practican), que cautivó a los judíos durante su exilio en Babilonia (y si no que lo digan Esdras, Nehemías y Zorobabel). Zoroastro fue el legislador religioso de las poblaciones bactrinas, hacia el Siglo V a.C.

Porque hay otro Manes, el de la mitología latina, que es un conjunto de dioses infernales que purificaban las almas. Esto de “salirse de su nación” equivaldría a “quedar sueltos y dispersos”, que sería una versión tipo telenovela de la mitológica Caja que abrió el idiota de Epimeteo, el marido de Pandora. Así tendría más sentido y se correspondería con las nueve confesiones que siguen. Los masones (judíos, judaizantes o judaizados) serían los Manes, dioses del infierno  dispersos por el mundo para la purificación (regeneración) de las almas, tal cual ellos se lo han propuesto en sus propias definiciones.

Monseñor León Meurín sustentaba con variados argumentos la hipótesis que “la kábala judía es la base filosófica y la clave de la masonería.” Páginas más delante, de uno de sus trabajos, dice este docto jesuita que “la doctrina kabalística no es en el fondo más que el paganismo en forma rabínica; y la doctrina masónica, esencialmente kabalística, no es otra cosa que el antiguo paganismo reavivado, oculto bajo una capa rabínica y puesto al servicio de la nación judía.” Para concluir más adelante: “La doctrina del Talmud es para el judío la teología moral, como la kábala es la teología dogmática” (M. León Meurín, Filosofía de la Masonería (1ª Parte), pp. 34, 50 y 90).

Pero, ¿qué es la Kábala? La Kábala es una colección o compendio de doctrinas ocultas del judaísmo, mezcla de neoplatonismo, gnosticismo, ocultismo, teosofismo, falso misticismo y hermetismo (del dios Hermes o Mercurio, dios del fuego).

A la segunda:

Dicen los hermanos Agustín y Joseph Lémann, judíos de nacimiento y religión, que luego se convirtieron a la fe cristiana y abrazaron el sacerdocio que: “Si es por desdicha de notoriedad histórica, que contra Jesucristo, su Iglesia y sus obras el antagonismo hebraico, anheloso de una revancha, lejos de desechar el concurso de las sociedades clandestinas, las ha utilizado más o menos constantemente, según sus propios intereses y en la medida que esas mismas sociedades se prestaban a ello; si de más de un siglo acá el poder de la dirección de la francmasonería están manifiestamente en manos de los judíos; si muchas otras razones vienen a añadirse a las anteriores; somos de parecer que debe atribuirse el origen de la francmasonería al judaísmo, no ciertamente a todo el judaísmo todo entero, sino por lo menos a un judaísmo pervertido (L’entrée des israelites dans la société francaise et les états chétiens, París 1886).

Con esta cita sería suficiente, pero veamos otra, mientras se calienta el agua para matear: “Voltaire es el maravilloso obrero de la destrucción, el patriarca de la incredulidad moderna con su odio más fanático contra el cristianismo. Manejando con arte infernal el arma envenenada del sarcasmo y de la ironía desplegó, en su guerra a muerte contra Cristo, un odio satánico contra su obra, la Iglesia Católica. Fue el misionero del diablo entre los hombres de su tiempo. El es el príncipe de la canalla de todos los siglos, un masón engreído y presuntuoso que, por otra parte, pagó tributo desde temprano a todas las torpezas y a todos los vicios” (Godofredo Kurth, La Iglesia en las encrucijadas de la Historia, pág. 170, Santiago de Chile 1942 y Tomás Barutta, La Inquisición, Ed. Apis, Rosario, Santa Fe 1958).

A la tercera:

Hay varias sectas que –dice León XIII en su Encíclica-, si bien diferentes en nombre, ritos, formas y origen, unidas sin embargo entre sí por cierta comunión de propósitos y afinidad entre sus opiniones capitales, concuerdan de hecho con la secta masónica: especie de centro de donde todas salen y a donde todas vuelven” (S.S. León XIII, Encíclica Humanum Genus del 20 de abril de 1884). Antonio Zúñiga, director de la biblioteca de la masonería argentina escribía en 1922: “Todas las aspiraciones son semejantes en el fondo, puesto que persiguen idénticos fines” (Antonio Zúñiga, La Logia Lautaro y la Independencia de América, pág. 27, Buenos Aires 1922).

La doctrina de la francmasonería es en todas las partes la misma. Podrá variar en sus creencias y rituales según los países, pero no en su filosofía, su simbolismo y su religión” (Revista Acacia, pág. 273, noviembre de 1909 y Alberto Backey, Encyclopedia Freemasonery, pág. 37).

Y en sus reglamentos podemos leer: “Los ritos son diferentes, pero el intento es el mismo: todos originarios de una sola fuente y tendientes a un mismo propósito. Los hermanos, bien que dispersos por todo el mundo, no constituyen más que una sola corporación, iniciados todos en los mismos secretos, seguidores de un mismo camino, formados por la misma regla, cortados por el mismo patrón, descienden del mismo origen, profesan los mismo principios, se ocupan de la misma obra y tiran al mismo blanco” (Nicolás Serra y Caussa, La masonería al derecho y al revés, Tomo I, pág. 87).

A la cuarta:

La Suprema Venta Italiana comunicaba así su palabra de orden a sus hermanos: “Si os pareciere –para mejor burlar la vigilancia inquisitorial- frecuentar la confesión, estáis autorizados para hacerlo, guardando el más absoluto silencio acerca de estas cosas”  (Nicolás Serra y Caussa, La Masonería al derecho y al revés, Tomo I, pág. 348).

En la Instrucción Secreta dirigida a Volpe por Nubius, jefe de los carbonarios, no tuvo éste reparo en penetrar en el mismo santuario de Cristo cuando exhorta a sus buenos primos: “Tended vuestras redes aún en el interior de las sacristías, de los seminarios y de los conventos. Que el clero y los católicos crean marchar bajo la bandera de sus jefes, marchando bajo nuestro estandarte” (Citado por N. Serra y Caussa, La masonería al derecho y al revés, Tomo II, pág. 258).

Porque el masón tiene una doble personalidad. La primera es la que manifiesta a través de los rituales, las revistas, las reuniones y los calendarios masónicos: es lo exterior, lo popular, lo exotérico; la segunda comprende la interior, lo filosófico, lo esotérico, que es el centro real y alma de la Orden, esencialmente irreligiosa, anárquica y subversiva. La externa predica la tolerancia, el liberalismo en la religión y el humanitarismo; allí fluyen la multitud de masones atraídos por las ventajas comerciales o sociales que les procura su afiliación, sirviendo a su vez a la institución como figuras decorativas por su riqueza o influencia, pero permanece en una total ignorancia de lo que se fragua en los círculos internos de la Orden” (Alberto J. Triana, Historia de la Masonería, pág. 66, Ed. 1960).

A la quinta:

En 1809 existían en España tres grupos masónicos: el Gran Oriente Español Independiente y dos Supremos Consejos, dependiente uno de Francia y el otro de Inglaterra (el armado por el embajador inglés Keene, el amigo de Carlos III). El rey José Bonaparte era el Gran Maestre del Gran Oriente Español. Durante su reinado suprimió en España, como lo hiciera aquí Bernardino Rivadavia, los institutos religiosos y declaró bienes nacionales sus propiedades, decretando sus ventas. La traición del masón Godoy, ministro del reino y agente de la masonería francesa, entregó España a Napoleón. El masón Miguel de Azanza, elegido por Napoleón presidente de las Cortes de Bayona y que fue Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo de la masonería española, sancionó la entrega y redactó el proyecto de constitución, conforme a las líneas generales que le suministró el Emperador (Mauricio Carlavilla, Asesinos de España. Masonería Española, pp. 76 y 85 Madrid 1956). Un poco más tarde, en 1812, bajo la égida de la masonería inglesa, se dictaría la constitución liberal de Cádiz, origen de un sinnúmero de motines y de revoluciones sangrientas. Pero España ya había perdido sus posesiones de ultramar y Wellington era el dueño y señor de la península.

En 1826 todos los nuevos estados recientemente independizados (con reconocimiento de lord Canning), habían contraído empréstitos fabulosos con las bancas judías Baring Brothers y Rostchild, que los transformaban en virtuales colonias del Imperio. Paradójicamente muchos de sus libertadores fueron los gestores para que la banca inglesa otorgase esos créditos (cambiaron el collar español por el inglés, pero nunca dejaron de ser perros). En 1828 estas nuevas naciones entraron en cesación de pagos. Argentina lo hizo en 1829 después de vender media flota de guerra para pagar la cuota. La deuda se terminó de saldar en 1905 calculando que se la pagó unas cinco veces.

Respecto a los sacerdotes tomamos entre cien el caso del cura masón, y por ello apóstata, Juan Antonio Llorente, Secretario del Tribunal del Santo Oficio, quien se trasladó a Francia durante la invasión napoleónica, y allí escribió a pedido de la masonería (su financista en todo esto), la Historia de la Inquisición. En ella denigra a España y a la Iglesia a la cual, hasta ayer, pertenecía. Para ello usó, según sus propios dichos, los archivos de la Institución, los cuales cuidó muy bien en hacer desaparecer para que nadie comprobara sus aseveraciones. Este libro ha sido el tintero adonde todos los sectarios, no sectarios y profesoras de historia con cintura de pollo prehistórico, han ido a mojar su pluma y la lengua para calumniar a España y a la Iglesia.

A la sexta:

Esta es la única de las confesiones que no puedo explicar cabalmente. Tal vez haya sido como dice el escritor que hace su comentario anónimo debajo de las notas del Padre Barruel. No sé. Pero los Borbones son el símbolo de la decadencia española. No negaré que desde Felipe II había síntomas de esto, pero tampoco se puede negar que ellos fueron una mano de obra hacendosa y prolija.

Pero, para no dejar esto en el aire, doy el siguiente testimonio: en el año 1876 murió el Gran Maestre Ramón María Calatrava, viejo y conocido subversivo. Lo reemplazó el marqués de Seoane. Para entregar los restos de Calatrava a Minerva se hizo presente en España el príncipe de Gales, Gran Maestre la Logia de Inglaterra, quien por ruegos de Seoane intercedió con don Alfonso XII, para que la masonería fuese reconocida y legalizada. El rey borbón le contestó: “que el sería con gusto en España lo que S.A. era en Inglaterra respecto de la Francmasonería; pero que acababa de subir al trono, y, que hasta que hubiere normalizado el turno pacífico de los partido políticos en la gobernación del Estado, no demostraría el cariño que aquella institución profesaba, ni lo mucho que había aprendido en la emigración respecto a lo que la Orden Franmasónica valía.” (E. Caballero de Puga, Ritual del Maestro Francmasón, pág. 193).

A la séptima:

En 1489 los rabinos de Constantinopla le escribían a los quejosos judíos de España y Francia caídos en desgracia la siguiente carta: “Haceos cristianos, pero permaneced fieles a Moisés; haceos mercaderes para despojar a los cristianos de sus bienes; haceos médicos y boticarios para privarlos de la vida sin temor al castigo; haceos canónigos y curas a fin de destruir la Iglesia de Cristo; haceos abogados, profesionales y funcionarios públicos para dominar a los cristianos, apropiaros de sus tierras y vengaros de ellos. Seguid este orden y llegaréis a la cúspide del poderío” (León Meurín, Filosofía de la Masonería (1ª Parte), pág. 223).

En el Manual del Iluminado de Weishaupt se puede leer esta recomendación: “Es obligación del Hermano informar cada mes a sus superiores, de los empleos, oficios, cargos y puestos de que él puede disponer, o conseguir por recomendación suya, para que se llenen las vacantes con sujetos dignos de la Orden; pues conviene rodear a los potentados de la tierra de una legión de hombres que en todas partes dirijan los trabajos conforme al plan de la Orden. Mas todo debe hacerse en silencio” (N. Serra y Caussa, La Masonería al derecho y al revés, Tomo II, pág. 304).

A la octava:

Ellos, por medio del capitalismo, se apoderaron de las riquezas de todos los pueblos; luego con el liberalismo y el socialismo, los envenenaron, pervirtiendo su inteligencia y corrompiendo su corazón; y, finalmente, con el comunismo pretenden exterminar a sus opositores y sujetar a los cristianos al yugo de esclavos, imposible de sacudir. Se sirven del capitalismo para robar a los cristianos que poseen, y del socialismo para envenenar a los que no poseen y establecer la lucha de clases, dividiendo al mundo en dos bandos irreconciliables a fin de medrar en la contienda.” (P. Julio Meinvielle, El judío, pp. 114 y 123, Buenos Aires 1936).

A la novena:

El judío masón Walther Ratehenau, famoso financista, ministro de economía en la Alemania de la República de Weimar y director de la C.A.D.E. en la Argentina, dijo el 25 de diciembre de 1909: “Trescientos hombres, de quienes cada uno conoce al otro, dirigen los destinos del continente, y buscan sus sucesores dentro del mismo ambiente” (Walter Degreff, Judiadas, pág. 34, Ed. 1936 y Fray Justo Pacífico, El Gobierno Universal, pág. 7).

A la décima:

El 8 de marzo de 1848 el célebre judío masón Crémieux, fundador en 1860 de la Alianza Israelita Universal y ministro del inservible de Lamartine, presidente provisional de Francia después de la sangrienta caída de la Casa de Orleáns, decía con toda claridad: “La Alta Política, la política de la humanidad, el imperio mundial judaico, que ambiciona el dominio del mundo entero, ha encontrado siempre amplia acogida en las logias masónica, porque el Gran Arquitecto del Universo ha entregado el mundo a los judíos (...) Nosotros, los judíos, vivimos en el extranjero (...)La doctrina judaica tiene que llenar el mundo (...) El Catolicismo es nuestro enemigo eterno (...) No está lejos el día en que todas las riquezas del universo llegarán a poder de los hijos de Israel (...) La Jerusalén del nuevo orden tiene que ocupar el lugar de los reyes y de los papas” (Fray Justo Pacífico, El Gobierno Universal, pág. 29; Ernesto Nys, Ideas modernas, Derecho Internacional y Francmasonería, pág. 119;  Archivos Israelitas, pág. 651 y La Revue Antimaçonnique, pág. 171, año 1915).

Esta última cita más con todas las anteriores me han llevado a la conclusión siguiente: no sé si Juan Bautista Simonini habrá existido o no; si su carta a Barruel es legítima, apócrifa o inventada; pero de lo que no tengo ninguna duda es de que en sus revelaciones se quedó corto. Muy corto. O bien que sabía mucho y le dijo al cura bien poco. Aunque no sería raro que los judíos le terminaran tomando el pelo al militar italiano. No sé.

Claro está que leyendo su carta de primera intención, resulta impresionante, pero agregándole el arsenal, como lo he hecho en esta ocasión, su carta no pasa de charamusca. Lo que no sé es cómo habrá sido en 1806. Tal vez fue una verdadera bomba. Dudo de esto último.

De todas maneras, suponiendo la carta de Simonini como auténtica o fingida, grandilocuente o chanfaina, profética o delirante, tiene la rara virtud de que todas sus predicciones, aparecidas como confesiones,  se ha cumplido al pie de la letra. Esto es incontrovertible.

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LA MASONERÍA