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TRATADO DE LA VERDADERA
DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
San Luis María Grignion de Montfort


TRATADO DE LA VERDADERA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN - San Luis María Grignion de Montfort

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TRATADO DE LA VERDADERA DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
San Luis María Grignion de Montfort
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Prólogo
Alberto García Vieyra O. P.


En las páginas más actuales de la Historia se lee:

“Apareció en el cielo una señal grande, una mujer envuelta con el sol, con la luna debajo de sus pies y sobre la cabeza una corona de doce estrellas”, Apoc., XII, 1.

Señal significa signo. Signo que representa inmensa y grande reconciliación en los esplendores del cielo; aquella Mujer, aclamada por todas las generaciones, significa y realiza, en el fruto de sus entrañas, la unión de los hombres con Dios. Es el papel de la Santísima Madre de Dios.

Ha sido siempre necesario recordar al mundo que existe esa señal de Dios, y que debemos acudir a Ella, en el actual plan de la providencia, para obtener el perdón.

Fue la señal recordada al pueblo elegido, como parte integrante de las esperanzas mesiánicas: la Virgen-Madre en el vaticinio del Evangelista del Antiguo Testamento (Is., 7, 14).

La Virgen-Madre, la Hija de Sión (Zac., 9, 9), la bendita entre las mujeres, es la señal de Dios sobre la tierra; no la causa de la redención, pero sí la señal de que la gracia de Dios viene sobre el mundo.

El mundo debe tener siempre, en todas sus edades, bien presente el papel de María en la salvación. Pero el tiempo, que todo lo deteriora y destruye, debía poner su mano también en estas verdades tan queridas para un corazón de cristiano. El tiempo también destruiría el recuerdo de tan preciosa señal, y la devoción a la Virgen hubiera sucumbido por el flujo y reflujo de las inquietudes humanas en la historia.

Ha sido misión de algunos santos traer a la mente de los hombres aquella señal, realmente grande, destacar el valor de la devoción maRIana, proclamar en el mundo los poderes de quien la Iglesia venera: “exaltada sobre los coros de los ángeles, a los reinos del cielo” (liturgia de la Virgen Reina).

La Providencia ha velado sobre la mala memoria nuestra. Ha querido en el mundo siempre presente, la señal de poder contra el demonio: poder de la Mujer y su linaje (Gén., 3, 16). Señal de poder contra el pecado, para que el hombre enfermo del alma, no vuelva de los caminos de Dios. Señal de esperanza, de consuelo, de alegría, para el hombre acosado por imágenes brillantes, por ideales ficticios, por falsos espejismos que llenan los senos del alma hasta los umbrales de la angustia, el crimen, la desesperación.

San Efrén ha sido de los primeros en recordarnos la misión providencial de María; luego siguen San Pedro Crisólogo, San Ambrosio, San Juan Damasceno, San Bernardo; Santo Domingo de Guzmán, funda la devoción del Rosario, para popularizar y mantener en el mundo la veneración a la Madre de Dios. Hemos mencionado algunos nombres, pero en realidad ya el Concilio de Efeso (a. 431), al proclamar la maternidad divina de María, recogía una caudalosa corriente de piedad popular, siempre presente en la Iglesia.

En tiempos más recientes, han surgido otros que han llamado la atención sobre la misión providencial de María en el mundo. En primera línea contamos al autor del presente Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, San Luis María Grignion de Montfort.

En cada una de sus páginas, el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, es un testimonio elocuente, un llamado vivo, apremiante, cálido; una palabra sincera, entrañable, que urge, un sacudón para despertar de la peor pachorra que es la del espíritu. Dice San Luis:

"Esta adevovión nos entrega completamente al servicio de Dios nos hace que imitemos el ejemplo de Jesucristo, que quiso estar sometido a su santa Madre" (ef. cap. 5).

Jesucristo no solamente es la causa de nuestra redención, sino también el modelo elemplar de toda vida cristiana. Si el Evangelio le señala sometido a María y a José, quiere también como algo vinculado al plan salvífico, la presencia tutelar de María y de José, sobre todos los cristianos.

“Vino a Nazaret, les estaba sujeto, y su madre conservaba todo esto en su corazón” (Luc., II, 51).

Devoción significa: entrega de la voluntad al servicio divino. Verdadera no puede significar más que esa entrega sea según el plan providencial de salvación.

Consiste esta devoción —dice San Luis María— en entregarse enteramente a la Santísima Virgen para ser todo de Jesucristo, por medio de María (2a. parte, cap. 1). La consagración de todo nuestro cuerpo, nuestra alma, sentidos, miembros, bienes exteriores, interiores, todo lo que tenemos en el orden de la naturaleza y de la gracia.

“Esta forma elevada de la devoción a la Santísima Virgen —dice el P. Garrigou-Lagrange—, que es un reconocimiento práctico de su mediación universal, es una prenda de su protección especial. Nos predispone a recurrir filial y perpetuamente a Ella, a la contemplación e imitación de sus virtudes y a la perfecta unión con nuestro Señor” (La Madre del Salvador, p. 269).

El Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Vir­gen, que tenemos el inmerecido honor de presentar al lector, es un llamado a acogernos a la mediación universal de María. Es un poderoso remedio para nuestras almas enfermas, intoxicadas de humanismo, engañadas por el diablo, como si para ir a Dios hubiera que transitar por todos los caminos de la exaltación del hombre. Contra el poder de Satanás en la tierra, es la señal aparecida en el cielo, vista por San Juan y a la cual hicimos referencia.

En la época actual el demonio trabaja activamente para reconquistar “todos los reinos del mundo y su gloria” (Mt., 4, 8), que le fueran quitados desde la Cruz, vencido por el Linaje de la Mujer. Trabaja en la doble dimensión del espacio y del tiempo.

En el espacio, por la conquista territorial, donde instala satrapías violentas, ateas y bárbaras, como en Rusia, China, Yugoeslavia, y otros nobles pueblos hermanos de nuestro continente. Allí nuestros hermanos en la fe, escriben cada día una página en el Libro de la Vida.

Trabaja, decimos, también en el tiempo. Los “reinos del mundo” incluyen sin duda la historia. El demonio ha creado en la época actual, ciertos reductos de ideología sentimental, pegajosa y emotiva, para combatir el Reino de Jesucristo sobre la base del tiempo o de la historia. Las satrapías territoriales son una Babilonia de conquistas. Son base de operaciones en la guerra de inteligencia, de astucia, de engaño y fraude.

Los reductos ideológicos creados están diseminados por el mundo. De allí provienen las imágenes ficticias del “hombre de hoy”, la “hora actual”, “nuestro tiempo”, “exigencias del mundo contemporáneo”, etc. Es una argumentación frenética en que la historia del instante, instante que muere, invoca exigencias de eternidad.

¿Por qué asignamos al “hombre de hoy”, exigencias materialistas y ateas, y mandamos al ayer, toda la vida espiritual y cristiana?, ¿por qué embarcamos a la juventud en un conflicto generacional contra todos los valores permanentes de la vida espiritual y cristiana?

Estas son preguntas sin respuestas. Los imponderables que maneja el demonio, exceden la capacidad del hombre.

Los amigos que editan este precioso Tratado, con elevada visión de las necesidades de la Iglesia y de la Patria ponen en manos del lector un maravilloso instrumento de restauración espiritual.

Dios bendecirá este esfuerzo generoso, por mostrarnos la Señal, por prolongar, en las generaciones que vendrán, la Argentina Católica y Romana que reza el Rosario de María en el mismo corazón de Buenos Aires, en Luján, en Itatí, en Catamarca, en Córdoba, en la casa del burgués y en el rancho apacible de las montañas.

¡Todo por Ella!

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