CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

LA INMUTABILIDAD DE LA TRADICIÓN CONTRA LA MODERNA HEREJÍA EVOLUCIONISTA
Cardenal Luis Billot (S. J.)


05 de octubre de 2017 - Si alguno afirmara la posibilidad que después de establecidos los dogmas por la Iglesia, alguna vez deba atribuírseles, según el progreso del conocimiento, un significado diferente de aquél que entendió y entiende la Iglesia, sea anatema. (Concilio Vaticano I)


LA INMUTABILIDAD DE LA TRADICIÓN CONTRA LA MODERNA HEREJÍA EVOLUCIONISTA - Cardenal Luis Billot (S. J.)

Versión castellana publicada en la revista argentina “Moenia”,
y preparada por Octavio Agustín Sequeiros y María Delia Buiset,
revisada por Elsa Solari de Falcionelli, traducción de la cuarta edición de la
Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1929), cuyo título original es:
“DE INMUTABILITATE TRADITIONIS CONTRA MODERNAM HAERESIM EVOLUTIONISMI”

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ÍNDICE

  • PROEMIO
  • Capítulo 1 SOBRE EL CONCEPTO CATÓLICO DE LA SAGRADA TRADICIÓN
  • Capítulo Segundo SOBRE LA CAUSA DELAS APARENTES CONTRADICCIONES EN LOS TESTIMONIOS DE LA TRADICIÓN
  • Capítulo Tercero SOBRE EL ERROR DEL MÉTODO HISTÓRICO EN EL DISCERNIMIENTO DE LAS OBRAS DE LA TRADICIÓN
  • Capítulo Cuarto SOBRE, EL ERROR DE LA VERDAD RELATIVA EN LAS CREENCIAS DE LA TRADICIÓN82
  • Capítulo Quinto SOBRE LA CONSUMACION DE LA RUINA POR EL DOGMATISMO MORAL
  • Capítulo 6 SOBRE EL CUMULO DE ERRORES EN EL SISTEMA DE LA FE VIVIENTE

PROEMIO

El Concilio Vaticano I, Constitución Hijo de Dios, cap. 4, había proclamado: “La doctrina de la fe que Dios reveló no fue presentada como descubrimiento filosófico a perfeccionar por el ingenio humano, sino transmitida como divino depósito a la esposa de Cristo para que fuera fielmente custodiada e infaliblemente declarada. Por eso debe mantenerse a perpetuidad aquel significado de los sagrados dogmas que por única vez y para siempre declaró la Santa Madre Iglesia, y jamás hay que apartarse de ese sentido, imagen y nominación del intelecto superior”. Luego, en el canon 3º sobre la fe y la razón: “Si alguno afirmara la posibilidad que después de establecidos los dogmas por la Iglesia, alguna vez deba atribuírseles, según el progreso del conocimiento, un significado diferente de aquél que entendió y entiende la Iglesia, sea anatema”.

Nada menos que del lado contrario surge ahora una nueva escuela, siguiendo el camino iniciado por Gunther al finalizar el siglo pasado, que afirma la evolución kantiana y abiertamente racionalista de nuestra religión; que establece la mutación del dogma de forma en forma y de significado en significado, según las diferentes condiciones del medio y los sucesivos estados de la cultura intelectual: que afirma que todo el conjunto de esta doctrina cristiana, como cualquier fruto o elaboración de la razón humana bajo la presión del corazón y del sentido religioso, está en continuo e indefinido movimiento; esta corriente, precisamente en dos famosos libritos recién publicados, al lograr allí su expresión cruda y plena, pone casi en guerra con soberbia e insolente provocación, a Padres, Doctores, Pontífices y a la Iglesia universal de todas las edades, afirmando: “La fe no tiene en la tierra una morada permanente, sino que siempre necesita residencias transitorias. Pero inútilmente se intentará retenerla en formas ya anacrónicas que, adecuadas a otra mentalidad, no pueden ser ahora nada más que venerables monumentos de tiempos dos. Pues en las presentes condiciones de la cultura intelectual, al hombre que juzga según criterios hasta de mero sentido común, ya no le es posible en adelante conciliar lo que ve y lee en la Escritura con lo que nuestros teólogos parecen afirmar sobre la verdad universal y absoluta de la misma Escritura. Ya no es posible conciliar la historia de la doctrina cristiana con lo que nuestros teólogos parecen defender sobre su perpetua y siempre perseverante identidad. Ya no es posible conciliar el sentido natural de los textos evangélicos, incluso de los más auténticos, con lo que nuestros teólogos enseñan o parecen enseñar sobre la conciencia y el conocimiento de Jesucristo. Ya no es posible sostener como adecuada una doctrina sobre la economía de la salvación concebida ignorando la historia del hombre sobre la tierra y la historia de la religión en la misma humanidad, etc. Por ello, de una vez por todas, es tiempo de poner a salvo la fe en todo sentido vacilante respecto de la autoridad de las Escrituras, manifestando qué es en verdad la Biblia y cuál tipo de verdad conviene atribuirle. Es tiempo de poner a salvo la vacilante creencia en la redención y salvación, indagando bajo fórmulas o ideas ahora muertas, el principio de la incomunicable verdad que profundamente se oculta en ellas, y la noción aún inteligible de la parte que Cristo tiene en la regeneración moral de la humanidad. Es tiempo de poner a salvo la vacilante fe sobre la resurrección del Salvador y su presencia eucarística, penetrando más el misterio del Cristo inmortal, que perennemente vive en Dios y en su obra, etc. Es tiempo, por último, de que la Iglesia católica reflexione con seriedad que desde hace ya largo tiempo no teme bastante escandalizar a los doctos; y puesto que el mismo catolicismo está reservado para una ruina fatal, entre tanto su prédica parecerá imponer a las inteligencias una concepción del mundo y de la historia discorde con aquélla que recientemente restituyó el esfuerzo de los siglos pasados; pero, sobre todo, los fieles serán mantenidos, entre tanto, en el temor de ofender a Dios, pensando y admitiendo en el orden filosófico, científico e histórico, conclusiones e hipótesis que no previeron los teólogos del medioevo[1].

Indudablemente no podría haberse seleccionado una negación más radical de todos los principios y reglas de la fe católica. No sólo por deducción lógica e ineluctable consecuencia, sino también por la formal y elocuente confesión de los autores, se llega pues hasta la negación categórica de toda revelación, es decir, de la verdadera locución de Dios, así llamada con propiedad. Pero esta herejía, si todavía puede denominarse herejía, no reviste de inmediato la forma completa bajo la cual se muestra ahora, Tuvo sus raíces primeras en el falso concepto de tradición católica; casi sin duda esta tradición se apoyaría en el mero y simple hecho humano histórico, cuyos testimonios podrían y deberían ser tratados según los mismos criterios, las mismas reglas, ni más ni menos que los restantes escritos de un pasado cualquiera. De aquí surge el así llamado método histórico en los estudios de teología positiva; informados por este método, algunos eruditos imaginaron percibir una manifiesta oposición entre el significado de los dogmas en los padres más antiguos, especialmente los prenicenos, y el significado que adoptaron los concilios y doctores de la época posterior. A partir de aquí se reintrodujo en el problema dogmático aquel progreso guntheriano ya aplastado por el Concilio Vaticano I, con sólo el añadido de un cierto tipo de novedad, originada en la teoría de la evolución que en todas partes obtuvo tanto favor después de Darwin, y dio origen a la noción de fe que llaman viviente, es decir de una fe que se contenía primeramente en un cierto germen y después, progresando casi ex ovo y pasando de especie en especie, al modo del animal darwiniano, por vía de la selección y bajo el influjo del medio ambiente, se transforma cada vez en algo mejor. Oportunamente ella resucitó en el concepto de la verdad relativa que habla expuesto Gunther, no fuera que alguien se preocupase por el modo de conciliar tal teoría con los principios católicos sobre la infalibilidad de la tradición o el magisterio de la Iglesia. Además la denominan verdad relativa por oposición a verdad sin más, hacia la cual existió hasta ahora, según la posibilidad de circunstancias favorables, una mayor o menor aproximación, lejos, muy lejos de la desconocida verdad absoluta, que debe ser quizá revelada a su tiempo. Pero como se preparase ya el fácil descenso desde la verdad relativa a la negación de toda verdad objetiva, por ello, avanzando aún más, extrajeron de los laboratorios de la filosofía kantiana la idea del dogmatismo moral, o del dogma que no es nada más que la lucubración subjetiva del intelecto bajo la determinación de la voluntad. Por último, se ha llegado al sistema completo, que, compendiado, se expone en la precitada obra El Evangelio y la Iglesia. Por cierto que en ella la Trinidad, la Encarnación, la Redención, la Iglesia, los Sacramentos, en suma todos nuestros dogmas, en tanto y en cuanto ahora los creemos, no, son sino ideas místicas ante cierta fase de la evolución. En ella también se comparan entre si la fe y la crítica histórica, de modo tal que jamás puedan contradecirse mutuamente, puesto que la fe es la forma que reviste la idea cristiana en el presente, y la crítica versa sobre las formas absolutamente diferentes que existían en el comienzo.

Por lo tanto, la intención es tratar estos temas por orden, siendo el primero el que deja vía libre a toda la teoría, es decir, el concepto erróneo de tradición. Y puesto que el concepto erróneo no se descubre sino por los principios verdaderos, en el umbral de la discusión la reflexión debe moverse en torno a estos mismos principios.

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ÍNDICE DE LIBROS

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[1] En torno a un librito. introd., págs. XXXIII-XXXV. Pero quizá no te parezca absurdo que ya sea tiempo sobre todo de que estos super-hombres depongan tanta arrogancia y fatuidad.