CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

DIME SI LO SABES
Charles Arminjon


La mayor parte de los hombres, llamados a poseer un reino que abarca toda la extensión de los firmamentos: se apasionan, emprenden luchas insensatas por intereses de menor valor que la frágil tela hilada por la araña, que la hierba que se seca o que la vida abyecta y sin valor de un gusano que se arrastra a nuestros pies... Los desastres públicos y las grandes calamidades no son otra cosa que la espada del Señor y la criba de su justicia separando la paja del buen grano.


  ¡Ay, vosotros que lleváis una vida tan cómoda, vosotros que para complacer al mundo o para ahorrar al cuerpo un instante de sufrimiento no teméis mancillaros con mil faltas!

  Decid ¿habéis entendido los misterios de la justicia de Dios? ¿Habéis meditado sobre la lentitud y la duración de los tormentos que os esperan?Indica, mihi si habes intelligentiam[dime si lo sabes] Jb 38,4. 

  ¡Iglesia primitiva! ¡Cuna del Cristianismo! ¡Modelo para todos los tiempos! ¡Tú que contabas con tantos santos como fieles! ¡Tú que, instruida por los Apóstoles, recibiste de primera mano los oráculos del Verbo encarnado! ¿Qué idea terrible no tendrías tú sobre la enormidad de las penas debidas al pecado? Las reparabáis ya en esta vida con una severidad que nos sorprende.

  En la Iglesia de los primeros tiempos, la ley canónica se aplicaba en todo su rigor. No había remisión ni condescendencia. La penitencia y las obras de satisfacción se imponían en la medida estrictamente requerida para satisfacer íntegramente la Justicia de Dios. Esta penitencia no consistía en rezar algunas oraciones cortas; consistía en largos ayunos a pan y agua, en la recitación diaria de los salmos, en largas y penosas peregrinaciones, en una multitud considerable de obras de piedad. Un ladrón, dependiendo del robo, era condenado de dos a cinco años de penitencia, un blasfemo a siete años, un impúdico a diez y a menudo a doce años de ayuno, de lágrimas, de postraciones públicas bajo el umbral de algún lugar santo. Según este cálculo terrible, ¿bastaría una vida entera de penitencias de anacoreta, aunque fuera tan larga como la de los antiguos patriarcas, para expiar los pecados habituales más comunes de los hombres de hoy?

  ¡Qué largo y terrible será el Purgatorio para la mayor parte de los pecadores!

  El colmo de la locura humana es apegarse a los bienes perecederos y corruptibles de aquí abajo.

  ¿Qué diríais de un gran rey, señor de un vasto imperio, que, desdeñando sus tesoros suntuosos y el brillo de su corona, fijara sus miradas y todos sus pensamientos sobre un puñado de arena o un poco de fango y que tuviera apegados a esta vil materia todo su corazón y sus afectos?

  Se cuenta de un emperador romano, que en lugar de dirigir sus ejércitos y de administrar justicia, pasaba el tiempo atravesando moscas con una aguja y coleccionándolas en un hilo.

  Esto mismo le sucede a la mayor parte de los hombres, llamados a poseer un reino que abarca toda la extensión de los firmamentos: se apasionan, emprenden luchas insensatas por intereses de menor valor que la frágil tela hilada por la araña, que la hierba que se seca o que la vida abyecta y sin valor de un gusano que se arrastra a nuestros pies.

  El sufrimiento en esta vida no es más que un mal relativo.

  En esta tierra hay angustias oscuras, magulladuras crueles y sangrantes, separaciones dolorosas e inenarrables.

  Un gran poeta dijo: “Los habitantes de las cabañas y los moradores de los palacios, todos sufren y todos gimen aquí abajo; se ha visto a las reinas llorar como sencillas mujeres y es asombrosa la cantidad de lágrimas que contienen los ojos de los reyes”.

     Pero todas estas aflicciones y todos estos sufrimientos no son más que una probeta, un crisol donde la divina Bondad pone nuestra naturaleza para que, a semejanza del carbón negro y de poco valor, salga con la forma de un diamante precioso y destellante.

Los desastres públicos y las grandes calamidades no son otra cosa que la espada del Señor y la criba de su justicia separando la paja del buen grano.

El Fin del Mundo y los Misterios de la Vida Futura
Charles Arminjon

De: El Ariete Católico

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