CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

VIRAJE ANTROPOLÓGICO DEL PECADO


  De "La Voce", boletín interdiocesano umbro:

"Monseñor" Agostimo Superbo«Los presbíteros umbros se han reunido con sus obispos en Collevalenza, el jueves 2 de marzo, para reflexionar sobre el tema de las indulgencias. Animaba la reunión el obispo Monseñor Agostino Superbo, asistente eclesiástico general de la Acción Católica».

   Visto que «muchos sacerdotes hablan con escaso entusiasmo de las indulgencias», sobre todo por deferencia para con los “hermanos separados” que la niegan, se entiende (mejor aún: se dice), Mons. Superbo asumió la tarea de eliminar cualquier obstáculo. Sigámoslo en su soberbia empresa [N. del T.: “superbo”, en italiano significa “soberbio”, lo cual explica el juego de palabras anterior].

   Pecado, pena, indulgencia y purgatorio se implican el uno al otro, como se sabe: el pecado es una ofensa inferida a Dios al desobedecer a Su Ley (culpa) y por ello exige una reparación o satisfacción (pena); en la confesión se remite la culpa y se condona la pena eterna que sigue a todo pecado mortal, pero no siempre se remite, o al menos no del todo, la pena temporal que sigue a cualquier pecado. Esta pena temporal residual puede satisfacerse en la tierra con penitencias voluntarias o con las indulgencias concedidas por la Iglesia, o bien habrá de ser satisfecha en la otra vida, en el purgatorio.

   A Mons. Superbo le bastó con tocar el primer anillo de la cadena. El pecado -leemos- es «un impedimento libre y voluntario, consciente, que nos priva de la santidad de Dios a la cual estamos llamados; es una autoexclusión de la corriente de gracia y de amistad»; en pocas palabras: el pecado es todo menos “una ofensa inferida a Dios al desobedecer a Su Ley”.

   Este “viraje antropológico” le vuelve la espalda también a la noción católica de pena, con todo lo que se deriva de ella: «¿Y la pena? No es algo que viene de fuera, de Dios que castiga, ni algo que se ha de purgar en el purgatorio». Lógico, ¿no? Si el pecado no es una ofensa a Dios, por qué diablos habrá Este de castigarlo? El hombre se “autoexcluye” y el hombre se “autocastiga”, y así se salva su soberbia... ¡perdón!, su “dignidad”.

   De modo que el purgatorio ya puede ir cerrando las puertas, porque, así las cosas, no se ve ya de qué sirve, y las indulgencias no habría ni que mencionarlas. Pero puesto que éstas constituían el tema de la “jornada sacerdotal” de Collevalenza y era menester hablar de ellas, Mons. Superbo explicó que después del pecado... ¡perdón!, después de la “autoexclusión” de que se habla supra, el hombre no retorna a Dios «de golpe y porrazo», y toda vez que este “camino” de retorno «es un don de Dios, no un hecho voluntarista» (¡menos mal que hay algo que el hombre no puede autohacer!), ¡«constituye una indulgencia que viene de El»! Y sanseacabó.

   La Iglesia, pues, que siempre ha enseñado que «la indulgencia es una remisión de la pena temporal debida por los pecados, concedida por la Iglesia bajo ciertas condiciones a quien está en gracia mediante la aplicación de los méritos y las satisfacciones sobreabundantes de Jesucristo, de la Virgen y de los santos», ¡se ha engañado y nos ha engañado.

   Pero si la “pena” no es nada de lo que sabíamos, ¿qué demonios es? Helo aquí: la pena «hace referencia a lo que yo soy, a lo que yo he hecho, deja sus huellas, está ligada al mismo pecado, a aquella elección culpable, está dentro de mi personalidad. El pecado me deja también las consecuencias [hasta aquí seguimos sin saber qué es la pena], la incapacidad de acoger a los demás, la lentitud en acoger al Espíritu, es [¡puede que ahora lo sepamos!] mi fragilidad, es una realidad que se me hace ‘pena’». Y así Mons. Superbo «multiplicó las palabras» (Eccli. 10, 14) para decir que la pena “es una realidad que se me hace pena” (!). ¡Qué pena! (de teología de Mons. Superbo, se entiende).