CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

RECONOCIMIENTO DE LOS TRADICIONALISTAS (ANGLICANOS) *


R. P. Francesco Ricossa

book of common prayer
El “Book of Common Prayer” en dos ediciones una antigua y otra reciente

Tras el motu proprio Summorum Pontificum y el subsiguiente levantamiento de las excomuniones– etapas fijadas en pleno acuerdo con los cuatro obispos de la Fraternidad San Pío X– todo el mundo esperaba una rápida solución del llamado “caso Lefebvre”, mediante la constitución de un Ordinariato personal que habría permitido a la Fraternidad San Pío X, y a las otras sociedades vinculadas a ella, ejercer su ministerio en “plena comunión” con Benedicto XVI e independientemente de los obispos diocesanos, manteniendo la liturgia y la disciplina tradicionales de la Iglesia. No han faltado las críticas (por parte de los ultramodernistas) o los aplausos (por parte de muchos “tradicionalistas” católicos) a Benedicto XVI, considerado él mismo –por estas decisiones– un “tradicionalista” o al menos un simpatizante de la Tradición.

El “caso Williamson” y las presiones de la comunidad judía han retrasado la realización de dicho “acuerdo” entre los herederos de Mons. Lefebvre y los de Pablo VI, comprometidos actualmente en una serie de discusiones y encuentros ecuménicos sobre los puntos sensibles del Vaticano II. Pero si un Ordinariato “tradicionalista” se hace esperar, otro, él también “tradicionalista”, ya ha llegado a la meta. Es el hermano gemelo del otro, el modelo es el mismo, y ambos “Ordinariatos personales” están consagrados a los tradicionalistas; pero los primeros en llegar no son los“tradicionalistas católicos” sino los “tradicionalistas”… ¡anglicanos!

Con la Constitución Apostólica “Anglicanorum coetibus” (AC), fechada el 4 de noviembre de 2009, Benedicto XVI efectivamente ha accedido a los pedidos que le formulaban, desde 2007, los anglicanos de la TAC (Traditional anglican Communion) para “entrar en plena comunión con la Iglesia” (sic). No se trata de la primera iniciativa al respecto: ya en 1980, bajo Juan Pablo II, por ejemplo, la Congregación para la doctrina de la Fe, entonces dirigida por el cardenal Seper, había reconocido, con un texto conocido comúnmente como Pastoral provision, la posibilidad de acoger grupos anglicanos en la Iglesia, dándoles la posibilidad de mantener algunos elementos de la liturgia y de la disciplina de la “iglesia” anglicana [1]. Pero precisamente la comparación entre Pastoral provision de Juan Pablo II y Anglicanorum coetibus de Benedicto XVI, pone de relieve el paso adelante… en el ecumenismo por parte de Joseph Ratzinger, exactamente como el M. p. Summorum Pontificum –siempre de Ratzinger– ha sido un paso adelante en el ecumenismo con los lefebvristas respecto de las primeras tímidas aperturas de Juan Pablo II, con la concesión del Indulto y la constitución de la comisión Ecclesia Dei. Las aperturas de Benedicto XVI para con los anglicanos–a unir con las que ofrece a los lefebvristas– deberían hacer comprender mejor el significado–perfectamente ecuménico y en línea con el Vaticano II– del Motu proprio Summorum Pontificum y de las aperturas ratzingerianas para con los “tradicionalistas” católicos. Es lo que trataremos de poner en evidencia examinando la Constitución Apostólica Anglicanorum coetibus (AC).

Una “constitución” basada en los “principios eclesiológicos” del Vaticano II

Anglicanorum coetibus comienza recordando los “principios eclesiológicos” sobre los que se basa: son éstos los principios de los redactores de la Constitución, y a estos principios se supone que adhieren los anglicanos que apelaron a Benedicto XVI. Ahora bien, estos principios no son los de la Iglesia Católica, sino aquellos, erróneos, del Vaticano II.

El Papa es presentado como quien “tiene el mandato de garantizar la unidad del episcopado y de presidir y tutelar la comunión universal de todas las Iglesias” (LG 23, Communionis notio 12, 13): ninguna mención de su Primado de jurisdicción sobre toda la Iglesia, sino únicamente de la Colegialidad episcopal (cf. la crítica en Sodalitium n° 59, págs. 18-49). La misma Iglesia es “el sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1), unidad que no vemos cómo se realice. Incluso los bautizados están divididos, pero para AC y el Concilio «toda división entre los bautizados en Jesucristo es una herida a lo que la Iglesia es y a aquello para lo que la Iglesia existe; de hecho, “contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura” (UR 1). Precisamente por esto, antes de derramar su sangre por la salvación del mundo, el Señor Jesús oró al Padre por la unidad de sus discípulos (UR 2)»: AC no dice que la oración de Cristo ya ha sido escuchada, puesto que la Iglesia es una y esta unidad no es disminuida por el “escándalo” de la división, sino a lo sumo combatida por el escándalo de la herejía y del cisma, del cual sólo son culpables herejes y cismáticos, y no genéricamente todos los “bautizados”. Según AC, la Iglesia de Cristo no es la Iglesia Católica sino que subsiste en la Iglesia Católica: «Efectivamente, la única Iglesia de Cristo, que en el Credo profesamos una, santa, católica y apostólica,“subsiste en la Iglesia católica gobernada por el Sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, aunque fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, impulsan hacia la unidad católica” (LG 8, UR 1, 3, 4; Dominus Jesus, 16)»; renovando aquellos errores conciliares que ya hemos analizado (cf. Sodalitium n° 62, pág. 34). Gracias a estos “elementos de santificación y de verdad”, los anglicanos son declarados haber estado “en comunión imperfecta” con la Iglesia Católica, según otra piedra angular de la eclesiología conciliar.

Resumiendo este capítulo: Benedicto XVI es movido por los “principios eclesiológicos” ecumenistas del Vaticano II; los anglicanos son invitados a adherir a estos principios, lo que pueden hacer sin mayor dificultad, ya que dichos principios vienen del ecumenismo de marca protestante. Ellos no adhieren a la doctrina del Concilio Vaticano I, ni siquiera mencionada, sino a la neo-doctrina ecuménica de Lumen Gentium y Unitatis redintegratio.

Ni abjuración, ni profesión de fe; basta con el catecismo (del Vaticano II)

Por otro lado, no nos es dado saber en qué creen y en qué se les ha pedido creer a los Enrique VIIIanglicanos de la TAC o de grupos similares. Pastoral provision fue una respuesta a los reiterados pedidos formulados por algunos grupos episcopalianos que se separaron en 1976 de la “iglesia” episcopaliana, al rechazar las ordenaciones femeninas. Anglicanorum coetibus, a su vez, es una respuesta a esos anglicanos que no han aceptado la ordenación de mujeres y de homosexuales declarados realizadas por su “iglesia”. En esto, sin duda, su opinión coincide con la Fe católica; pero ciertamente no basta con rechazar la ordenación de mujeres o de homosexuales declarados para ser católico. La conversión a la Iglesia Católica siempre ha implicado una abjuración de los errores hasta entonces abrazados, y la profesión de fe católica. Tras el Vaticano II, y particularmente en AC, ya no se pide abjuración ni profesión de fe. La única alusión al respecto se encuentra en el punto I § 5 donde se dice:

El Catecismo de la Iglesia católica es la expresión auténtica de la fe católica profesada por los miembros del Ordinariato”.

Además de lo extraño que es transformar un catecismo –por autorizado que pueda ser– en “expresión auténtica de la fe católica[2], no será inútil precisar que respecto de este texto (expresión también él de la neo-doctrina del Vaticano II) no se ha solicitado ni juramento ni acto público de adhesión. Sin embargo, la TAC dice y escribe también que su propia referencia doctrinal se encuentra en los 39 artículos de fe de la comunión anglicana (39 herejías) que la dicha TAC, como todos los anglo-católicos expertos en ambigüedad, pretende interpretar y conciliar con el catolicismo, y por lo tanto también, para ellos, con el catecismo posconciliar.

Es entonces triste constatar que Benedicto XVI y AC representan un notable agravamiento incluso con respecto a Pastoral provision de Juan Pablo II. En ese documento, en efecto, se establecía que:

[“2) A profession of faith (with appropriate additions to address the points on which there is divergence of teaching between the Anglican Communion and the Catholic Church) is to be made personally by all (ministers and faithfuls) as a conditio sine qua non”]

Una profesión de Fe (con oportunas añadiduras relativas a los puntos de divergencia entre la enseñanza de la Comunión Anglicana y la de la Iglesia Católica) hecha personalmente por todos (ministros de culto y fieles) es una condición sine qua non”.

Ahora bien, según AC, tal profesión de fe ya no es solicitada y ni siquiera mencionada, ni para los individuos ni para el grupo anglicano que pide ser beneficiado con AC. Joseph Ratzinger, sucesor del cardenal Seper en la Congregación para la Doctrina de la Fe, ciertamente no ignora este documento, y ha querido entonces conscientemente anular la que, aún bajo su predecesor, era considerada una condición indispensable.

Un Ordinariato personal (hoy para los anglicanos, mañana para los lefebvristas)

La estructura jurídica que AC propone y ofrece a los anglicanos es la del Ordinariato personal. Esto quiere decir que ellos tendrán a la cabeza un Ordinario (obispo o no) que de hecho [3] ejercerá una jurisdicción episcopal sobre los fieles que formen parte, independientemente del Obispo residencial. Como veremos, a estos Ordinariatos –que equivalen a las diócesis y pueden erigir parroquias, también ellas “personales”– se les concede incluso el mantener su propia liturgia y disciplina.

Es sabido que una tal solución es exactamente la misma que actualmente es propuesta a la Fraternidad San Pío X, y es similar a la ya realizada en la diócesis de Campos por los herederos (infieles) de Mons. de Castro Mayer. Debería entonces ser bastante embarazoso para quien se quiere íntegramente católico ser puesto en el mismo plano que los anglicanos, y pensar que en la “Iglesia” que reconoce a Joseph Ratzinger, anglicanos y católicos tradicionalistas ocuparán dos naves laterales de una misma catedral modernista.

Otra comparación viene de inmediato a la mente: con aquella “Iglesia Anglicana unida pero no absorbida”, preconizada por el monje modernista ecumenista Lambert Beauduin durante los coloquios de Malinas (1921-26) entre anglicanos y católicos, que fueron repudiados por el Papa Pío XI y llevaron a la encíclica de condenación del movimiento ecuménico, Mortalium animos (cf. las Actas de las “Jornadas de Cristo Rey” de Módena, años 2008 y 2009, de nuestras ediciones). Dom Beauduin proyectaba una Iglesia Anglicana que se uniese a la Iglesia Católica sin ser absorbida por ella, es decir, conservando su propia disciplina canónica, su propia liturgia, su autonomía respecto del episcopado católico inglés, tomando como modelo a las Iglesias orientales. Él olvidaba, o quería olvidar, que dichas iglesias orientales, al rechazar el cisma, regresaron a la situación anterior a él, y por lo tanto, a una liturgia y a una disciplina, en todo caso, católicas. La “iglesia” anglicana como tal, por el contrario, surge del cisma y de la herejía, y su caso no puede ser mínimamente comparado al de las iglesias orientales.

El “patrimonio espiritual y litúrgico” anglicano: clero casado y liturgia protestante

Como todos saben, el cisma anglicano fue impuesto a una nación antes católica por el rey Enrique VIII para (entre otras cosas) poder satisfacer sus propios desórdenes. Muy pronto, el cisma se convirtió en herejía, al adoptar el calvinismo, bajo la influencia del arzobispo de Canterbury, Cranmer. La “iglesia” anglicana surge de la herejía y vive en la herejía. Sin embargo, para los ecumenistas del Vaticano II ella tendría en sí misma “elementos de santificación y de verdad”. No se trata solamente de aquello que pertenece como propio a la Iglesia Católica y que los anglicanos poseen ilegítimamente (como la Sagrada Escritura o el Bautismo); para los conciliares algunos elementos de santificación y de verdad son propiamente anglicanos y no están presentes en la Iglesia Católica, por lo que esta última sería enriquecida por la “tradición espiritual” de los herejes. En suma, los anglicanos se volverían católicos permaneciendo–al menos en parte – anglicanos. ¿Pero en qué consisten estas riquezas espirituales? Sustancialmente, en la liturgia anglicana, en el gobierno sinodal (y democrático) de su “iglesia”, en la abolición del celibato eclesiástico. ¡Bien miserable la “riqueza” heredada del heresiarca Cranmer!

Cranmer y San Pío V en el mismo plano (un poco por debajo de Montini y Bugnini)

Se ha hablado mucho del Motu Proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI, que habría dado la libertad a la Misa Romana (llamada de San Pío V). ¿Qué decir entonces de la C. Ap. Anglicanorum coetibus, que da derecho de ciudadanía al Book of Common Prayer del arzobispo calvinista Cranmer? (utilizado también por los “tradicionalistas” de la TAC). Esto dice AC:

III. Sin excluir las celebraciones litúrgicas según el Rito Romano, el Ordinariato tiene la facultad de celebrar la Eucaristía y los demás sacramentos, la Liturgia de las Horas y las demás acciones litúrgicas según los libros litúrgicos propios de la tradición anglicana aprobados por la Santa Sede, con el objetivo de mantener vivas en el seno de la Iglesia católica las tradiciones espirituales, litúrgicas y pastorales de la Comunión anglicana, como don precioso para alimentar la fe de sus miembros y riqueza para compartir”.

Innumerables mártires católicos dieron la vida, en medio de atroces torturas, por fidelidad a la Misa y por rechazar el Book of Common Prayer anglicano. Y he aquí que, gracias a Ratzinger, descubrimos que el mismo Book of Common Prayer que tiene a Cranmer por origen, es un “don precioso para alimentar la fe” y una “riqueza para compartir”. La herejía anglicana se ha convertido en la “tradición anglicana”; su liturgia, que servía para vehicular dicha herejía, es un “don precioso para alimentar la fe” a mantener vivo... ¡en la Iglesia Católica! Tal cosa no sorprende en Joseph Ratzinger, el cual celebra diariamente según el rito de Pablo VI, el cual, como ha sido ampliamente demostrado, es un calco de la herejía litúrgica anglicana de Cranmer [4]. ¿Pero se dan cuenta los lefebvristas, y más aún aquellos “tradicionalistas Ecclesia Dei” que se dicen agradecidos a Benedicto XVI por el Motu propio, que son puestos en el mismo plano que los anglicanos; y que la Misa Romana, la Misa Católica, la Misa de San León, de San Gregorio, de San Pío V, es puesta en el mismo plano que el rito herético de un arzobispo apóstata muerto justamente quemado en la hoguera? Inútil preguntárselo, ya que no se han dado cuenta (o fingen no darse cuenta) que la Misa Romana ya había sido puesta en el mismo plano (e incluso, un peldaño más abajo, como rito “extraordinario” y ocasional) que la “misa” ecuménica del Padre Bugnini y Pablo VI, cuyo rito es probablemente menos “católico”, de cualquier manera, que algunas liturgias anglicanas.

Un enriquecimiento espiritual: los sacerdotes (?) casados

Pero las riquezas espirituales de la iglesia anglicana a trasplantar absolutamente en la Iglesia Católica (?) [5] no se limitan a un rito litúrgico calvinista camuflado de católico. El arzobispo Cranmer, como el monje Lutero, no dudó en alentar sacrílegamente el matrimonio de los sacerdotes (los cuales, sin embargo, a causa de la invalidez de las ordenaciones anglicanas, desaparecieron bien pronto dejando el lugar a los simulacros de sacerdotes y obispos) violando sus votos e imponiendolo en Inglaterra, fortalecido por el brazo secular del Rey divorciado. Tal es la (in)disciplina, inaudita en la Iglesia latina–permanecida fiel, contrariamente a los Orientales, a la Tradición Apostólica– [6] que se querría ahora admitir –según los deseos de El “Book of Common Prayer” en dos ediciones, una antigua y una reciente los modernistas viejos y nuevos, entre los cuales el infaltable cardenal Martini y su colega de Viena, el cual, quizás por atávicos recuerdos, sueña incluso con un sacerdocio hereditario de padre a hijo– gracias a las “riquezas” de la tradición anglicana.

Antes del Concilio, si no me equivoco, la Santa Sede había autorizado –en casos particulares– el acceso al sacerdocio de ministros protestantes convertidos al catolicismo, aún ya casados, dispensándolos de la obligación del celibato; el caso fue previsto de todos modos en Sacerdotalis coelibatus de Pablo VI [7]. Pero se trataba de casos aislados y destinados a no perpetuarse. Pastoral Provision (II, 3 y III, 3) en 1980, preveía la (re)ordenación del clero episcopaliano (anglicanos norteamericanos) caso por caso; los sujetos casados podían eventualmente ser ordenados sacerdotes pero no obispos, y en caso de viudez no podían volver a casarse; finalmente, y sobre todo, el futuro clero debía observar absolutamente la ley del celibato como todo el resto de la iglesia latina:

[“II. 3) Discipline: (a) To married Episcopalian priests who may be ordained Catholic priests, the following stipulations will apply: they may not become bishops; and they may not remarry in case of widowhood. (b) Future candidates for the priesthood must follow the discipline of celibacy. (c) Special care must be taken on the pastoral level to avoid any misunderstanding regarding the Church’s discipline of celibacy”]“

II. 3) Disciplina: (a) Las siguientes estipulaciones se aplicarán a los sacerdotes episcopalianos casados que puedan ser ordenados sacerdotes católicos: no pueden ser obispos; y no pueden volver a casarse en caso de viudez. (b) Los futuros candidatos al sacerdocio deben seguir la disciplina del celibato. (c) Se debe tener un cuidado especial a nivel pastoral a fin de evitar cualquier equívoco respecto de la disciplina del celibato de la Iglesia”.

Esta última disposición es extremadamente importante, ya que la excepción admitida para facilitar el retorno del clero anglicano estaba destinada a no perpetuarse, y el celibato sacerdotal era, al menos de palabra, severamente prescripto, como lo recuerda también la Declaración In June 8].

En este dominio igualmente AC va más lejos. He aquí las prescripciones al respecto:

VI. § 1. Aquellos que han ejercido el ministerio de diáconos, presbíteros u obispos anglicanos, que responden a los requisitos establecidos por el derecho canónico y no están impedidos por irregularidades u otros impedimentos, pueden ser aceptados por el Ordinario como candidatos a las sagradas órdenes en la Iglesia católica. Para los ministros casados se han de observar las normas de la encíclica de Pablo VI Sacerdotalis coelibatus, n° 42, y de la declaración In June. Los ministros no casados deben atenerse a la norma del celibato clerical según el can. 277, 1.

§ 2. El Ordinario, observando plenamente la disciplina sobre el celibato clerical en la Iglesia latina, pro regula admitirá sólo a hombres célibes al orden del presbiterado. Podrá pedir al Romano Pontífice, en derogación del can. 277, 1, que admita caso por caso al orden sagrado del presbiterado también a hombres casados, según los criterios objetivos aprobados por la Santa Sede”.

Por si la puerta abierta con el § 2 (los nuevos candidatos al sacerdocio en regla general, pro regula , estarán obligados al celibato, pero... es posible pedir una derogación a esta regla y continuar ordenando (?) personas casadas) no lo estuviera demasiado, es ulteriormente abierta por las normas complementarias:

Artículo 6

§ 1. El Ordinario, para admitir a los candidatos a las sagradas órdenes, debe obtener el consentimiento del consejo de gobierno. En consideración a la tradición y la experiencia eclesial anglicanas, el Ordinario puede presentar al Santo Padre la solicitud de admisión de hombres casados a la ordenación presbiteral en el Ordinariato, después de un proceso de discernimiento basado en criterios objetivos y en las necesidades del Ordinariato. Estos criterios objetivos los determina el Ordinario, después de consultar a la Conferencia episcopal local, y deben ser aprobados por la Santa Sede”.

La “ordenación” de nuevos candidatos casados, que estaba prohibida pro regula, se vuelve por el contrario en las normas complementarias, una puesta en práctica de “la tradición y la experiencia eclesial anglicanas” (aquella iniciada con el sacrílego e inválido matrimonio de Cranmer; entendamos bien, una tradición herética); ahora bien, ¿esta tradición no es acaso un “enriquecimiento”? ¿Por qué entonces rechazar un pedido tan “tradicional”? Si “hecha la ley, hecha la trampa”, ¿qué será cuándo la trampa está en la ley misma?

Sin embargo, ya que los cismáticos orientales han mantenido el principio del celibato al menos para los obispos (además de los que son todavía célibes al momento de la ordenación), no se podía permitir a los anglicanos aquello que es severamente prohibido por los griegos y los moscovitas. Los “obispos” anglicanos casados no podrán ser consagrados“Obispos católicos”. Pero también aquí, hecha la ley, hecha la trampa. Nada prohíbe, en efecto, que el Ordinario pueda ser un simple sacerdote, y así se lo prevé explícitamente. Por lo tanto, un “obispo antes anglicano” casado puede ser nombrado Ordinario, ser miembro de la Conferencia episcopal, gobernar una diócesis, portar las insignias episcopales... en suma: ser un Obispo con todas sus prerrogativas (3), aunque solamente en cuanto a la jurisdicción:

“Artículo 11 de las Normas:

§ 1. Un obispo antes anglicano y que esté casado es elegible para ser nombrado Ordinario. En tal caso, es ordenado presbítero en la Iglesia católica y luego ejerce el ministerio pastoral y sacramental dentro del Ordinariato con plena autoridad jurisdiccional.

§ 2. Un obispo antes anglicano que pertenece al Ordinariato puede ser convocado para ayudar al Ordinario en la administración del Ordinariato.

§ 3. Un obispo antes anglicano que pertenece al Ordinariato puede ser invitado a participar en las reuniones de la Conferencia episcopal del respectivo territorio, con el estatus equivalente al de un obispo emérito.

§ 4. Un obispo antes anglicano que pertenece al Ordinariato y que no ha sido ordenado como obispo en la Iglesia católica, puede pedir permiso a la Santa Sede para usar las insignias episcopales”.

El actual “Primado” de la TAC, John HepworthJohn Hepworth, se encuentra sin embargo en dificultad, a causa de un parágrafo del artículo 6 de las Normas:

§ 2. Quienes habían sido ordenados en la Iglesia católica y posteriormente se habían adherido a la Comunión anglicana, no pueden ser admitidos al ejercicio del ministerio sagrado en el Ordinariato. Los clérigos anglicanos que están en situaciones matrimoniales irregulares no pueden ser admitidos a las sagradasórdenes en el Ordinariato”.

¿Por qué en dificultad? Porque el jefe de la TAC, por la que tanto se ha prodigado Benedicto XVI, entra precisamente en esta categoría: ex-sacerdote católico, se hizo anglicano y se halla además, si no me equivoco, en“situación matrimonial irregular”. ¿Cómo es entonces que está tan agradecido hacia Benedicto XVI? Podemos temer razonablemente que para él se halle –se han hallado tantas– una excepción a la regla.

¿Hoy los anglicanos, mañana los lefebvristas, los luteranos, los moscovitas?
El ecumenismo tradicionalista de J. Ratzinger es incluso más avanzado que el de K. Wojtyla

Tendríamos mucho más que decir, pero es hora de concluir. Cómo católicos, no podemos más que desear el retorno a la Iglesia y a la Fe Católica de cuántos viven desgraciadamente en el cisma y en la herejía. Pero esto, a condición de que se trate de una verdadera y auténtica conversión. El ecumenismo modernista –entre otras graves faltas– impide precisamente esta posibilidad. Los numerosísimos anglicanos que en el pasado se han convertido a la Iglesia Católica, retornaron verdaderamente a la casa del Padre: allí encontraron la verdadera Fe, los verdaderos Sacramentos, el Sacrificio, la Jerarquía, el Primado Papal. Quienes hoy huyen de los excesos cada vez más evidentes del protestantismo en vías de descomposición y buscan refugio dirigiéndose a la Iglesia Católica, tienen dificultades en hallarla, ocupada como está por los modernistas y el modernismo: ciegos que guían a otros ciegos, y que caerán, unos y otros, me temo, en la fosa.

Concluido, por ahora, con éxito el expediente anglicano, J. Ratzinger podrá ocuparse del luterano (apoyándose sobre la declaración común en materia de justificación) y del moscovita: el clima con los cismáticos y heréticos rusos –de frío que era bajo el polaco Wojtyla– se ha vuelto cálido con el alemán –y muy colegial– Ratzinger. Luego, a la “Tradición” anglicana, luterana y oriental se podrá añadir finalmente la “Tradición” católica representada en los hechos por la Fraternidad San Pío X. Los “coloquios” van adelante, según el ya experimentado método ecuménico. Quienes aman las tradiciones sin mayores precisiones, las liturgias sugestivas y fastuosas, estarán satisfechos. Los verdaderos católicos que quieran permanecer fieles al dogma, por el contrario, estarán aún más aislados. Humanamente hablando, ciertamente, porque Cristo no abandona su Iglesia y no permitirá el triunfo de las puertas del infierno sobre Ella.
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Notas

[*] Tomado de:"Revista Integrismo" N° 18
[1] El documento llamado corrientemente Pastoral provision consiste en una carta del cardenal Seper al arzobispo de San Francisco, John R. Quinn, del 22 de julio de 1980 (prot. 66/77), con la cual el cardenal Seper comunicaba a Mons. Quinn las decisiones respecto del recibimiento de algunos grupos de episcopalianos (anglicanos norteamericanos). Estas decisiones fueron tomadas por la S.C. para la Doctrina de la Fe en la sesión ordinaria del 18 de junio de 1980 y confirmadas por Juan Pablo II en la audiencia concedida al Cardenal Prefecto el 20 de junio siguiente. Anglicanorum coetibus también hace referencia a la Declaración sobre este tema de la Congregación en cuestión, denominada In June, del 1° de abril de 1981 (Ench. Vat. 7, 1213; L’Osservatore Romano, 1° de abril de 1981).
[2] No fueron nunca considerados como tales el Catecismo de San Pío X o el Catecismo Romano para los párrocos, llamado del Concilio de Trento. 3) “De hecho”, es decir, en las intenciones de Benedicto XVI. Según la Tesis de Cassiciacum, que hacemos nuestra, ni Benedicto XVI ni los Obispos en comunión conél gozan de la jurisdicción episcopal.
[3] “De hecho”, es decir, en las intenciones de Benedicto XVI. Según la Tesis de Cassiciacum, que hacemos nuestra, ni Benedicto XVI ni los Obispos en comunión con
él gozan de la jurisdicción episcopal.
[4] Cf. M. DAVIES, La réforme liturgique anglicane, Clovis, 2004. La edición original en inglés de la obra de Michael Davies data de 1976.
[5] La situación actual de la Iglesia Católica después del Vaticano II plantea problemas eclesiológicos no comunes. El cardenal Benelli, retomado polémicamente por Mons. Lefebvre y éste por muchos sedevacantistas, habló de una“Iglesia Conciliar”. En este caso, los anglicanos de la TAC no habrían entrado en la Iglesia Católica, sino en la Iglesia Conciliar. El hecho es que, al menos jurídicamente, la Iglesia Conciliar no existe, y los modernistas que ocupan las Sedes episcopales, incluida la Primera Sede, todavía se hallan, al menos jurídicamente y en el foro externo, “en el seno y en las entrañas mismas de la Iglesia”, según la célebre expresión de la encíclica Pascendi. En todo caso, los anglicanos de la TAC, al ponerse bajo la obediencia de Benedicto XVI, participan de su “cisma capital ”.
[6] Sobre el celibato eclesiástico, a propósito del cual se dicen y escriben enormes tonterías, aconsejo la obra del cardenal ALFONS M. STICKLER, Il celibato ecclesiastico. La sua storia e i suoi fondamenti teologici, Libreria editrice Vaticana, 1994.
[7] AAS 59 (1967) 674. 8)
[8] “Recibiendo en el clero católico al clero episcopaliano casado, la Santa Sede ha precisado que la excepción a la regla del celibato es concedida en favor de estas personas individuales y no debe ser entendida como si implicara un cambio de pensamiento de parte de la Iglesia sobre el valor del celibato sacerdotal, que permanece la regla también para los futuros candidatos de este grupo”.