CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

LA PENDIENTE POSTCONCILIAR


   Entre los católicos, el error gana en profundidad, se afianza y echa raíces en las almas. Se forma una nueva generación que cree que ese vago humanismo que profesa es cristiano. Es decir, que militando en las filas de una ideología que tiene mucho más de masónica que de católica, está convencida que lo que sostiene es la doctrina del Evangelio.

   Así, con el Concilio contra la Tradición, vemos a los Episcopados predicar habitualmente contra normas morales obligatorias, especialmente en lo que atañe a la constitución de los estados. Se calla la realeza de Nuestro Señor Jesucristo y se exige democracia, pluralismo, y a veces hasta aconfesionalidad. Los resultados no son halagüeños.

   En muchos lugares, donde se nota un movimiento mayor alrededor de las parroquias, es de dudar si esos grupos activos que se organizan profesan siquiera la fe católica, única verdadera. En algunos lugares se han hecho encuestas entre los miembros de los "movimientos de Iglesia", que reemplazan a la antigua Acción Católica. Buena parte de los encuestados negaba dogmas católicos, como la existencia del infierno, por ejemplo. Tampoco existe demasiada seguridad que todos los que entran en los seminarios profesan la fe católica íntegra, la moral católica íntegra, sean fieles al Magisterio de los Papas. Parece como si muchos que se preparan para el sacerdocio, en vez de estudiar para cura de almas, se estuvieran formando para animadores de un Movimiento de Animación Espiritual para la Democracia Universal.

Un utopismo que sirve al comunismo

   Oimos contar que Mao Tse Tung afirmó: "La Revolución ha de hacerse en Asia con Buda, en Africa con Mahoma, y en América con Cristo". Evidentemente la Nueva Iglesia Conciliar está colaborando eficazmente con esta sentencia del infernal pero genial conductor del comunismo chino. La mentalidad igualitaria, contestataria y que se centra alrededor de un utopismo terreno, de progresismo, es un valioso auxiliar para la esclavización del mundo. Ese utopismo liberal-socialista desarma las defensas antimarxistas de la sociedad y allana el camino para que los maestros de la táctica y de la fuerza brutal combinadas, los bolcheviques, asuman el poder. En Nicaragua se comprobó la eficacia de la colaboración que prestaron los utopistas clericales al comunismo. Ahora el arzobispo Obando llora los atropellos de los sandinistas que tanto ayudó encumbrar.

   También se amalgama en el "espíritu postconciliar" una buena dosis de ideas masónicas. Infelizmente esta conjunción vaticano-masónica no sólo se da en el campo de la práctica, como se vio en el caso de la logia Propaganda-2, sino que lo que se promueve desde la Ciudad Eterna -libertad de cultos, aconfesionalidad de los Estados, derechos humanos de las Naciones Unidas- es la quintaesencia del ideal masónico, de lo que esa secta ha sostenido siempre y en todos lados.

   No es el caso de emprender la tarea detectivesca de indagar si dignatarios de la Curia Romana, son masones o no. Fuera del caso del tristemente célebre arzobispo Bugnini -el reformador de la Misa- sobre el cual pesan los más serios indicios de haber pertenecido a la masonería, es difícil comprobar la veracidad de las acusaciones contra cardenales y prelados que en ese sentido circulan por todo el mundo. Pero hoy eso ya no importa demasiado. Lo que sí está comprobado objetivamente y hasta el hartazgo -y eso sí que importa y mucho- es que lo que se promueve desde el Vaticano tiene el sello de ideas masónicas.

El problema del ecumenismo

Tradición contraria de todos los siglos cristianos

   Con el ecumenismo irenista -uno de los males principales que atentan directamente contra la Fe- sigue. Se vulneran normas y usos que la Iglesia tuvo siempre y en todos lados, desde el tiempo de los  Apóstoles.

   Desde que el Discípulo amado escribió: "Todo aquél que no persevera en la doctrina de Cristo, sino que se aparta de ella, no tiene a Dios. El que persevera en ella, ése tiene el Padre y el Hijo. Si viene alguno a vosotros y no trae esta doctrina no le recibáis en casa, ni le saludéis. Porque quien lo saluda, comunica con sus acciones perversas"[1] hasta el Concilio Vaticano II toda la historia de la Iglesia es una historia esencialmente antiecuménica, según la acepción actual de la palabra ecumenismo. Nunca fue uso en la Iglesia de Dios rezar conjuntamente con los herejes. La Iglesia siempre se ha proclamado única verdadera, única Iglesia de Cristo, fuera de la cual no hay salvación. Las demás sectas pretendidas cristianas, siempre han sido tenidas como apartadas del Cristianismo. El espíritu antiecuméníco tiene una tradicíón de veínte siglos.

   Muy dístinto es el deseo maternal de la Iglesia, reafirmada en tantas oportunidades por los Sumos Pontífices, que todos entren a la verdadera Iglesia, que todos se conviertan a la Religión que nos ha sido trasmitida por los Apóstoles y sus sucesores. Este anhelo está claramente expresado en el gran documento antiecuménico de nuestro siglo, la encíclícaMortalium Animos de Pío XI.

   Siempre fue preocupación prímordial de la Iglesia, de los Papas, la pureza de la fe, la pureza de la doctrina. Santo Tomás de Aquino enseña la ínmensa gravedad de la herejía, pues es un pecado que va directamente contra Díos. Nunca la confusión, la ambigüedad, el doble sentido, fue tenido como arma legítíma de apostolado, como práctica pastoral autorizada.

La ruptura

   Desde el Concílío Vaticano II el cuadro que vemos es harto distinto. Y últimamente se han producido hechos graves en la línea de ruptura con la Tradición, precisamente por la práctica del ecumenismo. Se desobedecen normas multiseculares, es patente la rebeldía contra las leyes de la Iglesia en este campo. Se multiplicarán las experiencias ajenas a las prácticas católicas constantes y universales. La novedad en este terreno llegó a las jerarquías más altas.

El "Filioque"

   Pero es imposible esconder que Juan Pablo II en la homílía de Pentecostés de 1982, omitió el "Fílioque", dejando de afirmar en esa oportunidad que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, con motivo del 1600 aniversario del Concílio de Constantinopla I, en presencia del delegado de los cismáticos bizantinos, cuya herejía omite el "Fílioque" del Credo, niega que el Espíritu Santo proceda del Padre y del Hijo, sosteniendo que sólo procede del Padre. Nunca hemos oído que se haya dado un hecho igual en la historía.

Canterbury

   El 29 de mayo de 1982, Juan Pablo II entró en la catedral de Canterbury, templo principal de los anglicanos, al lado de Robert Runcie, distinguido funcionario de la Corona británica, quien ocupa el puesto de "arzobispo-primado" de su confesión, en virtud de un Acta del Parlamento, y quien carece de carácter sacerdotal alguno. Las ordenaciones anglicanas fueron declaradas inválidas, en un pronunciamiento "ex-cathedra", o sea infalible e irreformable, por León XIII[2].

   Dijo Robert Runcie: "En 597, como cuenta el historiador inglés Beda el Venerable, el predecesor de vuestra Santidad, Gregorio Magno, movido por divina inspiración, envió a un Servidor de Dios llamado Agustín en compañía de piadosos monjes para predicar la palabra de Dios al pueblo inglés. Agustín fue el primer Arzobispo de Canterbury; estoy particularmente feliz de que los sucesores de Gregorio y de Agustín se encuentren hoy aqui en la Iglesia construida mediante su asociación en el evangelio"[3].

   No se oyó palabra alguna del Juan Pablo II, ni siquiera la más suave, en disenso de la pretensión del primado anglicano al presentarse como sucesor de San Agustín, el primer arzobispo auténtico y católico de Canterbury, ni tampoco rechazó el concepto de que San Gregorio, soberano Pontífice y San Agustín, tuvieran mera "asociación en el Evangelio", y no una subordinación del segundo al primero.

   El primado anglicano continuó: "En este servicio religioso (obsérvese bíen esta expresión cultual) vamos a revivir y celebrar nuestros orígenes reafirmando nuestras promesas del Bautismo, pronunciadas en la pila Bautismal en el alba de nuestra vida cristiana y recítando juntos el Credo, expresión del corazón de nuestra fe común, compuesto en una época anterior a nuestra desdichada divisíón. Subrayaremos la riqueza de aquello que tenemos en común así como la unidad real de la Iglesía Cristiana que trasciende toda división o frontera política ímpuesta a la familia humana"[4].

En su discurso en la mencionada catedral, Juan Pablo II a su vez afirmó: "La Iglesia de nuestro tiempo es la Iglesía que participa de una manera particular en la oración de Cristo por la unidad. "[. ..] ". La promesa de Cristo le infunde confianza en la potencia con la cual el mismo Espíritu Santo sanará las divisiones introducidas en la Iglesia en el curso de los siglos"[5].

Enseña Pío XI en la encíclica Mortalium Animos:

   Y aquí se Nos ofrece ocasíón de exponer y refutar una falsa opíníón de la cual parece depender toda esta cuestíón, y en la cual tiene su origen la múltiple acción y confabulacíón de los católicos que trabajan, como hemos dicho, por la unión de las iglesias cristianas. Los autores de este proyecto no dejan de repetír casi infinitas veces las palabras de Cristo: "Sean todos una misma cosa. ..Habrá un solo rebaño, y un solo pastor", mas de tal manera las entienden, que, según ellos, sólo significan un deseo y una aspiración de Jesucristo, deseo que todavia no se ha realizado. Opinan, pues, que la unidad de fe y de gobierno, nota distintiva de la verdadera y única Iglesia de Cristo, no ha existido casi nunca hasta ahora, y ni siquiera hoy existe: podrá, ciertamente, desearse, y tal vez algún dia se consiga, mediante la concorde impulsión de las voluntades; pero entre tanto, habrá que considerarla sólo como un ideal.

   Añaden que la Iglesia, de suyo o por su propia naturaleza, está dividida en partes; esto es, se halla compuesta de varias comunidades distintas, separadas todavia unas de otras, y coincidentes en algunos puntos de doctrina, aunque discrepantes en lo demás, y cada una con los mismos derechos exactamente que las otras; y que la Iglesia sólo fue única y una, a lo sumo desde la edad apostólica hasta tiempos de los primeros concilios ecuménicos. [...].

   Bien claro se muestra, pues, Venerables Hermanos, por qué esta Sede Apostólica no ha permitido nunca a los suyos que asistan a los citados congresos de acatólicos; porque la unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un dia desdichadamente se alejaron; a aquella única y verdadera Iglesia que todos ciertamente conocen, y que por la voluntad de su Fundador debe permanecer siempre tal cual El mismo la fundó para la salvación de todos. Nunca, en el transcurso de los siglos, se contaminó esta mística Esposa de Cristo, no podrá contaminarse jamás, como dijo bien San Cipriano: No puede adulterar la Esposa de Cristo; es incorruptible y fiel. Conoce una sola casa y custodía con casto pudor la santidad de una sola estancia. Por eso se maravíllaba con razón el santo Mártir de que alguien pudiese creer que esta unidad, fundada en la divina estabilidad y robustecida por medio de celestiales sacramentos, pudiese desgarrarse en la Iglesia, y dividirse por el disentimiento de las voluntades díscordes. Porque siendo el cuerpo místico de Cristo, esto es, la Iglesia, uno compacto y conexo, lo mismo que su cuerpo físico, necedad es decir que el cuerpo místico puede constar de miembros divididos y separados; quien, pues, no está unido con él no es miembro suyo, ni está unído con su cabeza, que es Cristo).

   Se hizo también en Canterbury una ceremonia de renovación de las promesas del Bautismo, preguntando Juan Pablo II: "¿Elegís a Cristo?" continuando el primado Runcie: "¿Os arrepentís de vuestros pecados?" y el doctor Kennet Greet "¿Renunciáis al mal?". Siguió la recitación de un Credo. Preguntamos, ¿Puede acaso recitarse un Credo con personas que tienen otra religión? ¿Creen, acaso, en lo mísmo?

   Hízose también una visita a la "capilla de los mártires del Siglo XX", donde son honrados Maximiliano Kolbe; Oscar Romero, arzobispo subversivo de El salvador -fue asesinado no se sabe por quienes; Martin Luther King, dirigente  político negro, muerto por otra facción; y Dietrich Hoeffer, teólogo luterano, otra víctima de los nazis. Parece que el comunismo no produjo ningún mártir que merezca ser honrado en esa capilla anglicana. Juan Pablo II puso un cirio al santo polaco, y el doctor Runcie al arzobispo subversivo. Establece el Código de derecho canónico todavía vigente cuando la visita papal a Inglaterra:

   "No es licito a los fieles asistir activamente o tomar parte, de cualquier modo que sea, en las funciones sagradas de los acatólicos" (canon 1258, 1).

   "Es sospechoso de herejía el que espontáneamente y a sabiendas ayuda de cualquier modo a la propagación de la herejía o participa in divinis con los herejes, en contra de lo que prescribe el canon 1258" (canon 2316).

   El Código, redactado principalmente bajo San Pío X, expresa aquí una prohibición que nace del mismo espíritu católico. La Ley de la Iglesia siempre reprobó las ceremonias interconfesionales.

El nuevo Código y el espíritu masónico

   Más arriba hemos hablado del Código de Derecho Canónico, aún vigente cuando la visita de Juan Pablo II a Inglaterra. Posteriormente apareció un nuevo Código. Por lo que se sabe hasta ahora, este libro incorpora en sus cánones novedades nunca vistas en la historia de la Iglesia.

   El nuevo Código de Derecho Canónico suprime la excomunión para los que se afilian a la masonería. En buen romance: el que no está excomulgado pertenece a la comunión católica. o sea, el código postconciliar estima que no hay incompatibilidad entre ser masón y católico. León XIII opinaba de forma distinta:

   Los Romanos Pontífices, previendo el futuro, dieron la señal de alarma frente al peligro y advirtieron a los principes y a los pueblos para que no se dejaran sorprender por las artimañas y las acechanzas preparadas para engañarlos. El papa Clemente X", en 1738, fue el primero en indicar el peligro. Benedicto XIV confirmó y renovó la constitución del anterior pontífice. Pio VII siguió las huellas de ambos. Y León XII, incluyendo en su constitución apostólica Quo gravioratoda la legislación dada en esta materia por los papas anteriores, la ratificó y confirmó para siempre. Pío VIII, Gregorio XVI(25) y reiteradamente Pío IX hablaron en el mismo sentido.

   En efecto, tan pronto como una serie de indicios manifiestos -instrucción de procesos, publicación de las Leyes, ritos y anales masónicos, el testimonio personal de muchos masones- evidenciaron la naturaleza y los propósitos de la masonería, esta Sede Apostólica denunció y proclamó abiertamente que la masonería, constituída contra todo derecho divino y humano, era tan perniciosa para el Estado como para la religión cristiana. Y amenazando con las penas más graves que suele emplear la Iglesia contra los delincuentes, prohibió terminantemente a todos ínscribirse en esta sociedad. Los masones, encolerizados por esta prohíbición, pensaron que podrían evitar, o debilitar al menos, en parte con el desprecio y en parte con las calumnias, la fuerza de estas sentencias, y acusaron a los Sumos Pontifices que las decretaron de haber procedido' injustamente o de haberse excedido en su competencia. De esta manera procuraron eludir la grave autoridad de las constituciones apostólicas de Clemente XII, Benedicto XIV, Pio VII y Pio IX. No faltaron, sin embargo, dentro de la misma masoneria quienes reconocieron, aun a pesar suyo, que las disposiciones tomadas por los Romanos Pontifices estaban de acuerdo con la doctrina y la disciplina de la Iglesia Católica.

Naturalista

   Los frutos de la masoneria son frutos venenosos y llenos de amargura. Porque de los certísimos indicios que antes hemos mencionado, brota el último y principal de los intentos masónicos; a saber: la destrucción radical de todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo y la creación a su arbitrio, de otro orden nuevo con fundamentos y leyes tomados de la entraña misma del naturalismo.

   Ahora bien, el principio fundamental de los que profesan el naturalismo, como su mismo nombre declara, es que la naturaleza humana y la razón natural del hombre han de ser en todo maestras y soberanas absolutas. Establecido este principio, los naturalistas, o descuidan los deberes para con Dios, o tienen de éstos un falso concepto impreciso y desviado. Niegan toda revelación divina. No admiten dogma religioso alguno. No aceptan verdad alguna que no pueda ser alcanzada por la razón humana. Rechazan todo maestro a quien haya que creer obligatoriamente por la autoridad de su oficio. Y como es oficio propio y exclusivo de la Iglesia Católica guardar enteramente y defender en su incorrupta pureza el depósito de las doctrinas reveladas por Dios, la autoridad del magisterio y los demás medios sobrenaturales para la salvación, de aquí que todo el ataque iracundo de estos adversarios se haya concentrado sobre la Iglesia. Véase ahora el proceder de la masonería en lo tocante a la religión, singularmente en las naciones en que tiene una mayor libertad de acción, y júzguese si es o no verdad que todo su empeño se reduce a traducir en los hechos las teorias del naturalismo. Hace mucho tiempo que se trabaja tenazmente para anular todo posible influjo del magisterio y de la autoridad de la Iglesia en el Estado. Con este fin hablan públicamente y defienden la separación total de la Iglesia y del Estado. Excluyen así de la legislación y de la administración pública el influjo saludable de la religión católica

Propaga el error de la igualdad de las religiones

   Y si los afiliados a la masoneria no están obligados a abjurar expresamente de la fe católica, esta táctica está tan lejos de oponerse a los intentos masónicos, que más bien sirve a sus propósitos. En primer lugar, porque éste es el camino de engañar fácilmente a los sencillos y a los incautos y de multiplicar el número de adeptos. Y en segundo lugar, porque al abrir los brazos a todos los procedentes de cualquier credo religioso, logran, de hecho, la propagación del gran error de los tiempos actuales: el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos. Conducta muy acertada para arruinar todas las religiones, sin- gularmente la católica, que, como única verdadera, no puede ser igualada a las demás sin suma injusticia.

Enemiga de la moral

   Pero los naturalistas y los masones, al no creer las verdades reveladas por Dios, niegan el pecado del primer padre de la humanidad, y juzgan por esto que el libre albedrío "no está debilitado ni inclinado al pecado". Por el contrario, exagerando las fuerzas y la excelencia de la naturaleza y poniendo en ésta el único principio regulador de la justicía, ni siquiera pueden pensar que para calmar los ímpetus de la naturaleza y regir sus apetitos sean necesarios un prolongado combate y una constancia muy grande. Por esto vemos el ofrecímiento público a todos los hombres de innumerables estímulos de las pasiones; periódicos y revistas sin moderación ni vergüenza alguna; obras teatrales extraordi- nariamente lícenciosas; temas y motivos artísticos buscados impúdicamente en los principios del llamado realismo; artificios sutilmente pensa- dos para satisfacción de una vida muelle y delicada; la búsqueda, en una palabra, de toda clase de halagos sensuales, ante los cuales cíerre sus ojos la virtud adormecida. Al obrar así proceden crimínalmente, pei ro son consecuentes consigo mismos todos los que suprimen la espe- ranza de los bíenes eternos y la reducen a los bíenes caducos, hundién- dola en la tierra.

   Los hechos referidos pueden confirmar una realidad fácíl de decír, pero difícil de creer. Porque como no hay nadie tan esclavo de las hábiles maniobras de los hombres astutos como los individuos que tienen el ánimo enervado y quebrantado por la tiranía de las pasiones, hubo en la masonería quienes dijeron y propusieron públicamente que hay que procurar con una táctica pensada sobresaturar a la multítud con una licencia infiníta en materia de vicios; una vez conseguido este objetivo, la tendrían sujeta a su arbítrio para acometer cualquier empresa.

Divorcista, laicista, democratista

   Por lo que toca a la sociedad doméstíca, toda la doctrína de los naturalistas se reduce a los capítulos siguíentes: el matrimonio pertenece a la categoría jurídica de los contratos. Puede rescindirse legalmente a voluntad de los contrayentes. La autorídad civil tiene poder sobre el vínculo matrimonial. En la educación de los hijos no hay que enseñarles cosa alguna como cierta y determinada en materia de religión; que cada uno al llegar a la adolescencia escoja lo que quiera.

   Los masones están de acuerdo con estos principíos. No solamente están de acuerdo, sino que se empeñan, hace ya tiempo, por introducir estos príncipios en la moral de la vida diaria. En muchas naciones, incluso entre las llamadas católicas, está sancionado legalmente que fuera del matrimonio civil no haya unión legitima alguna. En algunos Estados la ley permite el divorcio. En otros Estados se trabaja para lograr cuanto antes la licitud del divorcio. De esta manera se tiende con paso rápido a cambiar la naturaleza del matrimonio, convirtiéndolo en una unión inestable y pasajera, que la pasión haga o deshaga a su antojo.

   La masoneria tiene puesta también la mirada con total unión de voluntades en el monopolio de la educación de los jóvenes. Piensan que pueden modelar fácilmente a su capricho esta edad tierna y flexible y dirigirla hacia donde ellos quieren y que éste es el medio más eficaz para formar en la sociedad una generación de ciudadanos como e/los imaginan. Por esto, en materia de educación y enseñanza no permiten la menor intervención y vigilancia de los ministros de la Iglesia, y en varios lugares han conseguido que toda la educación de los jóvenes esté en manos de los laicos y que al formar los corazones infantiles nada se diga de los grandes y sagrados deberes que unen al hombre con Dios. Vienen a continuación los principios de la ciencia politica. En esta materia los naturalistas afirman que todos los hombres son juridicamente iguales y de la misma condición en todos los aspectos de la vida. Que todos son libres por naturaleza. Que nadie tiene el derecho de mandar a otro y que pretender que los hombres obedezcan a una autoridad que no proceda de ellos mismos es hacerles violencia. Todo está, pues, en manos del pueblo libre; el poder politico existe por mandato o delegación del pueblo, pero de tal forma que, si cambia la voluntad popular, es licito destronar a los principes aun por la fuerza. La fuente de todos los dere- chos y obligaciones civiles está o en la multitud o en el gobierno del Estado, configurado por supuesto según los principios del derecho nuevo. Es necesario, además, que el Estado sea ateo. No hay razón para anteponer una religión a otra entre las varias que existen. Todas deben ser consideradas por igual.

   Que los masones aprueban igualmente estos principios y que pretenden constituir los Estados según este modelo son hechos tan conocidos que no necesitan demostración. Hace ya mucho tiempo que con todas sus fuerzas y medios pretenden abiertamente esta nueva constitución del Estado. Con lo cual están abriendo el camino a otros grupos más audaces que se lanzan sin control a pretensiones peores, pues procuran la igualdad y propiedad común de todos los bienes, borrando asi del Estado toda diferencia de clases y fortuna.

Favorece al comunismo y al socialismo

   La despreocupación pública total de la religión y el desprecio de Dios, como si no existiese, en la constitución y administración del Es- tado, constituyen un atrevimiento inaudito aun para los mismos paganos, en cuyo corazón y en cuyo entendimiento estuvo tan grabada no sólo la creencia en los dioses, sino la necesidad de un culto público, que consideraban más fácil encontrar una ciudad en el aire que un Estado sin Dios. En realidad, la sociedad humana, a que nos sentimos naturalmente inclinados, fue constituida por Dios, autor de la naturaleza; y de Dios procede, como de principio y fuente, toda la perenne abundancia de de los bienes Innumerables que la sociedad disfruta. Por tanto, asi como la misma naturaleza enseña a cada hombre en particular a rendir piadosa y santamente culto a Dios, por recibir de El la vida y los bienes que la acompañan, de la misma manera y por idéntica causa incumbe este deber a los pueblos y a los Estados. Y los que quieren liberar al Estado de todo deber religioso, proceden no s610 contra todo derecho, :j sino además con una absurda ignorancia.

   Y como los hombres nacen ordenados a la sociedad civil por voluntad de Dios, y el poder de la autoridad es un vinculo tan necesario a la sociedad que sin aquél ésta se disuelve necesariamente, siguese que el mismo que cre6 la sociedad creó también la autoridad. De aqui se ve que, sea quien sea el que tiene el poder, es ministro de Dios. Por lo cual, en todo cuanto exijan el fin y naturaleza de la sociedad humana, es razonable obedecer al poder legitimo cuando manda lo justo como si se obedeciera a la autoridad de Dios, que todo lo gobierna. Y nada hay más contrario a la verdad que suponer en manos del pueblo el derecho de negar la obediencia cuando le agrade.

   De la misma manera nadie pone en duda la igualdad de todos los hombres si se consideran su común origen y naturaleza, el fin último a que todos están ordenados y los derechos y obligaciones que de aquellos espontáneamente derivan. Pero como no pueden ser iguales las cualidades personales de los hombres y son muy diferentes unos de otros en las dotes naturales de cuerpo y de alma y son muchas las diferencias de costumbres, voluntades y temperamentos, nada hay más contrario a la razón que pretender abarcarlo y confundirlo todo en una misma medida y llevar a las instituciones civiles una igualdad juridica tan absoluta. Asi como la perfecta disposici6n del cuerpo humano resulta de la uni6n armoniosa de miembros diversos, diferentes en forma y funciones, pero que vinculados y puestos en sus propios lugares constituyen un organismo hermoso, vigoroso y apto para la acci6n, asi también en la sociedad politlca las desemejanzas de los individuos que la forman son casi infinitas. Si todos fueran iguales y cada uno se rigiera a su arbitrio, el aspecto de este Estado seria horroroso. Pero si, dentro de los distintos grados de dignidad, aptitudes y trabajo, todos colaboran eficazmente al bien común, reflejarán la imagen de un Estado bien constituido y conforme a la naturaleza.

   Los perturbadores errores que hemos enumerado bastan por si solos para provocar en los Estados temores muy serios. Porque, supri- mido el temor de Dios y el respeto a las leyes divinas, despreciada la autoridad de los gobernantes, permitida y legitimada la fiebre de las revoluciones, desatadas hasta la licencia las pasiones populares, sin otro freno que la pena, forzosamente han de seguirse cambios y trastornos universales. Estos cambios y estos trastornos son los que buscan de prop6sito, sin recato alguno, muchas asociaciones comunistas y socialistas. La masoneria, que favorece en gran escala los intentos de estas asociaciones y coincide con ellas en los principios fundamentales de su doctrina, no puede proclamarse ajena a los propósitos de aquéllas.

Enemigo astuto, doloso y engañoso

   Tenemos que enfrentarnos con un enemigo astuto y doloso que, halagando los oidos de los pueblos y de los gobernantes, se ha cautivado a los unos y a los otros con el cebo de la adulación y de las suaves palabras.

   Insinuándose entre los gobernantes con el pretexto de la amistad, pretendieron los masones convertirlos en socios y auxiliares poderosos para oprimir al catolicismo. Y para estimularlos con mayor eficacia, acusaron a la Iglesia con la incalificable calumnia de que pretendian arrebatar, por envidia, a los principes el poder y las prerrogativas reales. Afianzados y envalentonados entre tanto con estas maniobras, comenzaron a ejercer un influjo extraordinario en el gobierno de los Estados, preparándose, por otra parte, para sacudir los fundamentos de las mo- narquías y perseguir, calumniar y destronar a los reyes siempre que éstos procediesen en el gobierno de modo contrario a los deseos de la masonería.

   De modo semejante engañaron a los pueblos por medio de la adulación. Voceando a boca llena libertad y prosperidad pública y afirmando que por culpa de la Iglesia y de los monarcas no habia salido ya la multitud de su inicua servidumbre y de su miseria, sedujeron al pueblo y, despertando en éste la fiebre de las revoluciones, le incitaron a combatir contra ambas potestades.

Desenmascarar a la masonería

   Pero sea lo que sea, ante un mal tan grave y tan extendido ya, es nuestra obligación, venerables hermanos, consagrarnos con toda el alma a buscar los remedios, y como la mejor y más firme esperanza de remedio está situada en la eficacia de la religión divina, tanto más odiada de los masones cuanto más temida por ellos, juzgamos que el remedio fundamental consiste en el empleo de esta virtud tan eficiente contra el comun enemigo. Por consiguiente, todo lo que los Romanos Pontifices, nuestros antecesores, decretaron para impedir las iniciativas y los intentos de la masonería, todo lo que sancionaron para alejar a los hombres de estas sociedades o liberarlos de ellas, todas y cada una de estas disposiciones damos por ratificadas y las confirmamos con nuestra autoridad apostólica. Y, confiados en la buena voluntad de los cristianos, rogamos y suplicamos a cada uno de ellos en particular por su eterna salvación que tengan como un deber sagrado de conciencia el no apartarse un punto de lo que en esta materia ordena la Sede Apostólica.

   A vosotros, Venerables Hermanos, os pedimos y rogamos con la mayor insistencia que, uniendo vuestros esfuerzos a los nuestros, procuréis con ahinco extirpar este inmundo contagio que va penetrando en todas las venas de la sociedad. Debéis defender la gloria de Dios y la salvación de los prójimos. Si miráis a estos fines en el combate, no ha de faltaros el valor ni la fortaleza. Vuestra prudencia os dictará el modo y los medios mejores de vencer los obstáculos y las dificultades que se levantarán.

   Pero como es propio de la autoridad de nuestro ministerio que Nos indiquemos algunos medios más adecuados para la labor referida, quede bien claro que lo primero que debéis procurar es arrancar a los masones su máscara, para que sea conocido de todos su verdadero rostro; y que los pueblos aprendan por medio de vuestros sermones y pastorales, escritas con este fin, las arteras maniobras de estas sociedades en el halago y en la seducción, la maldad de sus teorias y la inmoralidad de su acción. Que nadie que estime en lo que debe su profesión de católico y su salvación personal, juzque serle lícito por ninguna causa inscribirse en la masonería, prohibición confirmada repetidas veces por nuestros antecesores. Que nadie sea engañado por una moralidad fingida. Pueden, en efecto, pensar algunos que nada piden los masones abiertamente contrario a la religión y a la sana moral. Sin embargo, como toda la razón de ser de la masoneria se basa en el vicio y en la maldad, la consecuencia necesaria es la ilicitud de toda unión con los masones y de toda ayuda prestada a éstos de cualquier modo.

Personificación permanente de la Revolución

Una secta tenebrosa, que la sociedad arrastra a su lado desde hace muchos años, como una enfermedad mortal que contamina la salud, la fecundidad y la vida de la sociedad. Personificación permanente de la c revolución, constituye una especie de sociedad al revés, cuya finalidad , es un predominio oculto sobre la sociedad reconocida, y cuya razón i de ser consiste en la guerra a Dios y a su Iglesia. No será necesario ni ! siquiera nombrarla, pues todos ven en estos datos la masoneria, de la cual hemos hablado particularmente en nuestra enciclica Humanum ge- nus, de 20 de abril de 1884, denunciando sus maléficas tendencias, sus falsas doctrinas, sus obras nefastas. Esta secta, que abarca en una in- mensa red a casi todas las naciones y se coliga con otras sectas que ella mueve con ocultos hilos, halagando a sus afiliados con el cebo de las ventajas que les procura, e imponiendo a los gobernantes sus pro- yectos, unas veces con promesas, otras con amenazas, ha llegado a in- filtrarse en todos los órdenes sociales y a formar como un Estado invi- sible e irresponsable en el Estado legitimo. Llena del espiritu de Satanás, quien, como decia el Apóstol, sabe, cuando es necesario, transfigurarse en ángel de luz, alardea de fines humanitarios, pero todo lo orienta hacia los fines sectarios, y, mientras declara no tener miras politicas, ejerce una amplisima acción en el movimiento legislativo y administrativo del Estado; mientras profesa respeto a las autoridades imperantes e incluso a la religión, pretende como fin supremo (y sus mismos reglamentos lo afirman) el exterminio del imperio del sacerdocio, considerados por ella como enemigos de la libertad.

   Con posterioridad a León XIII siguieron cayendo los anatemas sobre los francmasones. El Código de derecho canónico, en buena parte redactado bajo San Pío X y promulgado por Benedicto XV en 1917, también fulmina la pena de excomunión sobre los que dan su nombre a la secta. No hace mucho, tanto la Santa Sede como el Episcopado alemán recordaron la vigencia de esta norma del Código. Las referencias que damos sobre las condenas de la masonería, desde 1738 a 1983, son muy incompletas. En innumerables oportunidades, tanto los Papas como los obispos reprobaron a esa "personificación permanente de la Revolución".

   Nunca la masonería se ha retractado. Nunca ha hecho el más mínimo mea culpa. Peor aún, se enorgullece de su historia, afirma que su prédica contribuyó a emancipar a la humanidad de las cadenas del Trono y del Altar. Ufánase de sus ideas laicistas, divorcistas, democratistas, disolventes de la moral, y sigue por el mismo camino de siempre, hundiéndose cada vez más en el mal. Eso sí, no tiene ya tanta necesidad de atacar al clero, pues, en general, el aparato eclesiástico, admite mucho de su ideología. Léase tan solo, "Iglesia y comunidad nacional" y "Camino de reconciliación" del Episcopado argentino, y "El renacer de Chile", del chileno, y se hallarán en los documentos citados postulados masónicos.

   Es evidente que no se puede ser católico y masón a la vez. La Religión Verdadera y la secta infernal profesan doctrinas diametralmente opuestas. Pero si se lo ve bajo otro aspecto, el levantamiento de la excomunión tiene cierta lógica. Pues el ser conciliar implica aceptar principios masónicos. El espíritu liberal, permisivo, de ecumenismo irenista, que circula en los ambientes católicos desde el Concilio Vaticano II es precisamente el espíritu masónico, el espiritu del mundo de hoy. La libertad religiosa aprobada por el Concilio es una de las aspiraciones más caras de la masonería, anhelo que fue combatido contra viento y marea por la Iglesia Católica, por los Papas, permanentemente desde que la secta la propuso en los albores de su acción disolvente de la Religión y la sociedad en la primera mitad del siglo XVIII hasta el Concilio.

   El nuevo Código es el Código del espíritu postconciliar. Afirmó et obispo de Temuco, que el antiguo Código tenía normas íncompatibles con el Concilio. Había que hacer, en consecuencia, uno nuevo. Pero nadie alegó nunca que el Código antiguo, obra principalmente hecha bajo San Pío X, tuviera normas incompatibles con la Tradición, las Escrituras, el Magisterio pontificio. ¿Si es tan incompatible el antiguo Código con lo que se predica ahora no habrá en lo nuevo algo o mucho que no calce con normas obligatorias para el cristiano? 

Fidelidad y oración

   Ante la situación presente que hemos tratado de esbozar, ¿cuál es el deber de los católicos? El deber, como siempre es FIDELIDAD. Fidelidad a la Fe de siempre, a la doctrina de siempre que es la mejor forma de afirmar la fidelidad a la Iglesia.

   La nueva Misa, desgraciadamente, como se ha demostrado hasta el hartazgo, no es buena. Tiene varias interpretacio nes. y no contiene la afirmacíón ínequívoca de los dogmas eucarístícos. "Se aleja de manera impresionante, en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Santa Misa"[5] han señalado los cardenales Otta viani y Baccí. En consecuencía, no es lícíto celebrarla. Constatamos algo objetivo, no juzgamos las intenciones de nadie.

   Imploremos a  la misericordia divina, que se abrevie esta prueba. Que Roma vuelva a ser la Ciudad Eterna, retomando lo que la Iglesia hizo siempre y en todos lados.

   El Concilio ha servido para cimentar una situación ambigua;  las nuevas generaciones prácticamente no conocen la doctrina católica íntegra, y las viejas, han comenzado a olvidarla.

   Muchos de los que están preocupados con la situación religiosa y moral estiman de buena táctica la política del freno, combinado con la afirmación de errores en curso, el equilibrio entre progresistas y conservadores. Alegan que la situación es difícil -en eso concordamos- y que más no se puede hacer, lo que no es verdad. Lo que posiblemente no se pueda hacer de repente es borrar todas las novedades perniciosas introducidas en las filas católicas, pero lo que sí se puede, es afirmar siempre y en todos lados la doctrina tradicional sín apoyar nunca a los errores liberales que se acuñaron durante el Concilio. Debemos rezar para que vuelva a la Misa de siempre, y se administren los Sacramentos con los ritos de siempre. Esto es lo que suplicamos a nuestra Santísima Madre la Virgen María. Pedimos a todas las almas de oración, a las religiosas de clausura, a todos los que tienen algo de amor de Díos, a los cristianos en general, que pongan especial empeño en esta intención. Suplicamos que se inicie una cruzada de oraciones, una cruzada del Rosario, para la intención citada. Que, como ya dijimos,  se recurra a la Santísima Virgen quien todo lo puede ante el Altísimo. Que se ofrezcan sacrificios. "Por tanto os aseguro que todas cuantas cosas pidiéreis en la oración, tened fe de conseguirlas, y se os concederán", dice Nuestro Señor Jesucristo y este pedido sí que es santo y justo. 

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  • 1] Segunda eplstola de San Juan, 1, 9-11.
  • 2]  "Asintiendo de todo punto a todos los decretos de Nuestros Predecesores sobre esta misma materia, confirmándolos plenísimamente y como renovándolos por nuestra autorida~, por propia inici.ativa y oa ciencia cierta, pronunciamos y declaramos que las ordenaclones hechas en rito anglicano han sido y son absolutamente inválidas y total- ~e.nte nulas... Esta sentencia es y será siempre válida y en toda su fuerza deberá ser Invlolablemente observada por todos." (Carta Apostolicae curae, del 15 de setiembre de 1896).
  • 3] L'Osservatore Romano, edición francesa, 8 de junio de 1982.
  • 4] Si, si; no, no, Roma, Italia, años VIII, n9 20, 30 de noviembre de 1982