CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

LA VERDAD SOBRE LA IGLESIA *
Monseñor Oliver Oravec**
(Noviembre de 1998)


¿Fue Juan Pablo II católico?
¿Es el Vaticano el centro
de una nueva secta?

Introducción

   Ya se han cumplido treinta y tres años de la conclusión del llamado concilio vaticano segundo y veintiocho años de la implementación de la nueva misa y muchos otros cambios en la nueva «iglesia». «Gracias» a que viviéramos en un estado donde el régimen totalitario y en especial la omnipotencia del KSC[1] y la STB[2] nos impedían el acceso normal a eventos mundiales y vaticanos, no teníamos idea de los trasfondos de los cambios radicales de la neoiglesia.

   En aras de la claridad: bajo el concepto de nueva iglesia entiendo la comunidad eclesial que surgió tras la muerte del Papa Pío XII. Esta neoiglesia fue originada por el «papa» Juan XXIII y se arroga sin derecho alguno el nombre de «Iglesia Católica». La Iglesia Católica de nuestros padres continúa su marcha en pequeños grupos en todo el mundo bajo la dirección de sus obispos y sacerdotes. Son los católicos que conservan la Fe de nuestros padres, que fuera legada de generación en generación, de siglo en siglo. La neoiglesia destruyó casi todo lo que era santo y firme en la Iglesia. Es una religión completamente diferente.

   Desconociendo la verdadera situación en el Vaticano, nuestros católicos aceptaron estos cambios como si procedieran del Santo Padre, o del Vicario de Cristo por la obediencia debida a ese oficio. Todo católico fiel sabía que el mismo Espíritu Santo protege a un Papa de errores en asuntos de fe y de costumbres tocantes a la salvación. Además, en los años 50 había sido propia del régimen comunista y los movimientos de sacerdotes «pacifistas» sumisos y colaboracionistas la voluntad de arrancar la Iglesia de la adhesión a Roma viendo que el Santo Padre Pío XII era un luchador intransigente contra el comunismo que devastaba nuestra patria. También por eso Roma y el Papa eran la única esperanza que teníamos para oponer a esta ideología atea que en nuestra nación acarreó puros estragos morales y también económicos de los cuales nos apercibiendo plenamente en este mismo momento. El Papa romano era para nosotros el garante de la Fe católica que nuestra nación siempre tuvo en alta estima. Esa Fe también tuvo la capacidad de unificar a la nación en sus momentos históricos más severos. La nueva fe, en cambio, tiene a la nación polarizada como nunca pudo estarlo en su historia.

   Por eso cuesta muchísimo comprender que desde la muerte de Pío XII los exterminadores mundiales de la fe de los católicos son justamente el Vaticano y sus supuestos papas, y que los cambios de la Nueva «iglesia» no se llevaron a cabo bajo la influencia del Espíritu Santo, sino bajo la influencia de las fuerzas de las tinieblas.

   Porque, ¿de qué otra manera se puede explicar que desde la conclusión del concilio más de ciento veinte mil sacerdotes abandonaron su ministerio y cientos de miles de religiosos su estado? Solamente en los Estados Unidos se otorga un promedio anual de cincuenta mil «anulaciones» matrimoniales, la mayor parte de los cuales son perfectos divorcios. ¿Cómo es posible que la Nueva «iglesia» no tenga ningunas vocaciones sacerdotales en el mundo desarrollado? ¿Cómo es posible que muchos recientes supuestos papas y teólogos reivindiquen impunemente a Lutero, Hus, Calvino, la homosexualidad, los divorcios y muchos otros errores condenados por la Iglesia en el pasado? ¿Cómo es posible que en Ruanda haya habido obispos, sacerdotes y religiosos católicos partícipes de masacres de otros católicos por razones racistas? ¿Cómo es posible que la liturgia católica se haya transformado en un «culto» protestante con palabras de la «consagración» deformadas, cuales Cristo jamás pronunció? ¿Por qué se han cambiado los ritos de ordenación de diáconos y sacerdotes y en particular de consagración de obispos, cuando las pautas de la validez de tales consagraciones habían sido definidas infaliblemente por Pío XII? ¿Por qué se han eliminado las órdenes menores? ¿Cómo es posible que los representantes de la neoiglesia organicen encuentros de oración con paganos que no creen en un Dios personal y que hasta ahora rinden culto a serpientes? ¿Y qué decir de los rezos conjuntos con judíos y otras religiones que odian o niegan a Cristo y su Iglesia? ¿Es pura casualidad que a la liquidación de la antigua Santa Misa latina en la Nueva «iglesia» alrededor del año 1970 siguiera un aumento galopante del terrorismo, la drogadicción, los divorcios, y en particular los abortos? ¿Cómo es posible que alrededor de sesenta millones de niños nonatos sean asesinados por año? En Estados Unidos hasta el año 1969 o 1970 la gente salía tranquila de paseo a las once de la noche, y hoy, con las puertas cerradas con tres cerraduras, tienen miedo de salir a la calle a las seis de la tarde. Nunca hubo en el mundo cristiano tanta homosexualidad, pornografía, enfermedades venéreas, divorcios. ¿Cómo es posible que solamente en Sudamérica decenas de millones de católicos se hayan pasado a sectas?

   Una situación similar se cierne sobre Eslovaquia, cuando pasó de país católico a uno semi-ateo en cuyas metrópolis más niños concebidos son matados que dados a luz, y donde hay más divorcios que matrimonios vitalicios. ¿Cómo es posible que entre los sacerdotes haya habido tantos colaboradores de la STB?

   Quedan muchas preguntas más, pero la respuesta es una sola:

   La dirección de la nueva «iglesia» está bajo el poder de enemigos de Cristo que quieren destruir la Fe católica mediante cambios revolucionarios. En la dirección de la Neoiglesia hay hombres que se ríen de la tradición católica que es obra del Espíritu Santo. La nueva conducción burla y contradice la enseñanza de santos papas del pasado.

   Es una pérdida de tiempo inculpar únicamente a la llamada mentalidad consumista de nuestro entorno y entretanto negarse a ver que es la dirección de la nueva «iglesia» la que hace mucho tiempo no es católica y la que ha causado que el mundo ya no tome a la Iglesia Católica en serio y haya renegado de Cristo y su moral.

   No estamos contra reformas legítimas y derechas en la Iglesia en asuntos no sustanciales, puesto que la Iglesia siempre se ha desembarazado de adjunciones superfluas y de formalismos que obstruían su apostolado. Pero los presentes cambios de la nueva «iglesia» están dirigidos a la sustancia del catolicismo y de sus sacramentos.

   Tampoco queremos afirmar que los representantes de la Iglesia nunca hayan pecado o que no puedan pecar, ya que la historia de la Iglesia testifica que también ellos son simples hombres y necesitan la santa confesión no menos que los demás. No cualesquier pecados excluyen automáticamente de la Iglesia a sus prelados. Pero hoy vemos que en la dirección de la nueva «iglesia» hay hombres que abiertamente enseñan errores condenados por la Iglesia y por lo mismo automáticamente (latae sententiae) se excluyen de la Iglesia Católica y pierden asimismo su oficio sagrado.

   Tampoco queremos ser sectarios fanáticos que ni siquiera saben lo que es sonreír. Un solo deseo tenemos: poder confesar la Fe que han confesado todos los confesores y mártires. Queremos ser partícipes y receptores de los sacramentos que vigorizaron a los católicos por casi dos mil años.

   Es una tragedia que muchos católicos sinceros que nunca estudiaron seriamente su religión o carecieron de los libros y del tiempo para hacerlo, siguen pensando ser miembros de la Iglesia Católica, cuando su iglesia se ha transformado en una neoiglesia —una secta modernista que ilegítimamente se llama «Iglesia Católica». Incluso en la nueva «iglesia» esos católicos reciben «sacramentos» ignorando que los mismos se han alterado tan drásticamente en su sustancia, que en su mayor parte son inválidos. Somos testigos del mayor fraude de la historia de la humanidad, en el cual muchos salen perdiendo.

   En esta obra tocamos varios temas que son actuales por indicar que la Neoiglesia no es la Iglesia Católica como la cual se presenta que sin derecho alguno. En la mayoría de las citas me valdré de Denzinger [Enchiridion Symbolorum], que es reconocido en los círculos eclesiásticos como fuente de la enseñanza oficial de los papas y, en general, del Magisterio de la Iglesia. También haré uso del Código de Derecho Canónico eclesiástico (CIC) con el número correspondiente. Emplearé el acróstico JPII para referirme a Juan Pablo II.

   Para una mejor comprensión de la enseñanza de la Iglesia recomiendo rogar a papas santos para que nos impetren la iluminación del Espíritu Santo. Recomiendo la intercesión de San Pío V y San Pío X. Conviene también pedir a la Santísima Virgen María, y a otros santos teólogos esa iluminación segura del Espíritu Santo.

   Dado que citamos muchas declaraciones oficiales de documentos eclesiásticos y no queremos alterar su significado en eslovaco, el texto de este libro carece en su mayor parte de arreglos literarios.

El «ecumenismo» actual

   En la Confesión de Fe (en el Credo) en la Santa Misa, la Iglesia confiesa: «Creo en la Iglesia una, santa...». Y he aquí que de repente los modernistas, los representantes de la Neoiglesia, y otros enemigos de la Iglesia nos quieren persuadir que la Iglesia está fraccionada y por lo mismo necesita unificarse mediante el llamado ecumenismo. Así se toma a la gente por tonta, haciéndola confesar algo que no debe creer. La Iglesia de Cristo, que es su Cuerpo Místico, no puede romperse ni fraccionarse. Siempre fue y es artículo de fe de la Iglesia de Cristo que esta misma Iglesia fue, es y será siempre una sola, y que ésa siempre fue la Iglesia Católica Apostólica Romana conectada con las Iglesias orientales que confiesan idéntica fe. Que de esta Iglesia hayan apostatado o se hayan separado ciertos católicos para después engendrar sectas, no puede llamarse fraccionamiento de la Iglesia. Ellos unilateralmente apostataron de la Iglesia de Cristo.

   Al ecumenismo no le importa en lo más mínimo la unión de todos los hombres en la Iglesia de Cristo, pero a los que están embriagados de pensamientos masónicos sí les importa fabricar una «iglesia» ecumenista grande que albergue a todas las creencias, errores e ídolos posibles. Lo que les importa es que esa mega-iglesia impida a los católicos proclamar su superioridad y su justicia, e iguale a todos. Esa mega-iglesia global irá olvidando gradualmente la enseñanza pura de Cristo, porque no podrá «ofender» a quienes no la compartan. Estará restringida a los problemas socio-ecológicos de la humanidad, cuales son las drogas, el ozono agujereado, el SIDA y otros. Todo aquel que afirme su catolicismo será silenciado por la autoridad global o por los pseudopapas y será tachado de fanático, intolerante y discriminador de otras religiones. Hoy mismo vemos que el poder mundial contemporáneo está constituido por hombres que odian al catolicismo tradicional en su efigie pura. Los representantes de la nueva iglesia alimentan de ecumenismo aún a religiones de paganos, mahometanos y judíos, para así paralizar por completo la actividad de los católicos.

   Por eso este llamado ecumenismo no tiene nada en común con el afán de la Iglesia Católica porque las sectas protestantes disidentes retornen al seno de la Iglesia de la que se salieron y porque reciban a Cristo hasta las últimas religiones no cristianas. La Iglesia practicó esa unificación por siglos enteros. Lo que este nuevo ecumenismo formula es la eclesiología protestante diametralmente anticatólica.

   Esta iglesia ecumenista debe tolerar la conciencia de los miembros de tales religiones acatólicas cuales aprueban el aborto, la homosexualidad, el divorcio y otros pecados contra la moral de Cristo. Si un católico sincero osa condenar esos pecados, será tachado de intolerante, racista y también antisemita y fascista. Una condena católica de ese tipo no gozará de la tolerancia de esta nueva iglesia y su «papa», porque será atentatoria contra los llamados derechos humanos que importarán más que los divinos.. Hoy mismo esa actitud llamada ecumenista contra los principios católicos es parte integral de códigos penales de países «desarrollados» de Occidente.

   Este tipo de ecumenismo siempre fue el sueño de los peores enemigos de Cristo. Es una tragedia que hoy mismo lo estén realizando, y con la ayuda de la nueva iglesia y los falsos papas. Los católicos siempre se resguardaron contra él, porque quisieron y quieren ser fieles a la misión que les encargó el mismo Dios —Jesucristo: «Id y evangelizad a todas las naciones y bautizadlas»[3] y «enseñadles a guardar todo lo que os he mandado»[4] y «el que no crea será condenado…»[5] Cristo no dijo que sus discípulos tolerasen y tuviesen en estima a otras religiones o que cada secta fuera un medio de salvación, como hoy nos lo hacen escuchar los ecumenistas en la nueva iglesia.

   La Iglesia históricamente abogó por una tolerancia civil en asuntos temporales para conservar la paz en una nación. Pero aquí nos las estamos viendo con una indiferencia religiosa que la Iglesia nunca vaciló en condenar.

   El Vaticano fue fiel a su misión hasta la muerte de Pío XII. En todo el mundo se expandían las misiones católicas, ascendía el número de conversos de otras religiones a la católica, se multiplicaban las vocaciones sacerdotales y religiosas. Una misma liturgia latina unía a todas las naciones.

   Fue particularmente el papa Pío XI quien en la encíclica «Mortalium animos» afirmó claramente la enseñanza de la Iglesia, que a la verdadera unidad sólo se llegará cuando todos los hombres reconozcan a Cristo y acepten a su Iglesia y lo hagan como miembros suyos, participando asimismo de sus sacramentos.

   La Iglesia no puede enseñar ninguna otra cosa, porque tiene presente a su divino Fundador y bajo la conducción del Espíritu Santo no puede engañarse. Todos los 251 papas hasta Juan XXIII estuvieron siempre muy lejos de contradecirse en este punto de doctrina, lo cual fue una prueba de que el oficio papal es una institución divina sin dejar de ser humana. Los representantes de la nueva iglesia que contradicen esta enseñanza no pueden ser verdaderos legítimos papas.

   Tras la muerte del papa Pío XII consiguieron ocupar el Vaticano en sus sitios más altos los enemigos de la Iglesia, quienes con la ayuda de teólogos modernistas y marxistas manipularon y dominaron el llamado concilio vaticano 2˚ con el cual tomó inicio la nueva iglesia que sin derecho alguno usurpa el nombre de católica.

   Esta nueva iglesia (secta) pudo surgir porque mientras el diablo sembraba cizaña, los clérigos y los laicos dormían…

   Esta nueva iglesia bajo la conducción del «papa» ilegítimo Karol Wojtyla (JPII) se alineó entre los enemigos de la verdadera Iglesia, porque con sus acciones escandalosas traiciona la tradición y la enseñanza de todos los papas, doctores de la Iglesia, mártires, y todos los santos.

   Condenamos este falso ecumenismo porque amamos a todos los no católicos y nos importa su salvación. Sólo con la verdad católica podemos ayudarlos a alcanzar la salvación eterna y no con el disparate ecumenista de los grandes méritos de sus religiones deformadas.

   El llamado concilio vaticano 2˚, al decir de Juan XXIII, debía abstenerse de proponer ninguna nueva doctrina y limitarse a ser pastoral. Juan XXIII, Pablo VI y también Juan Pablo II han defraudado a la Iglesia, porque hoy quien no acepta la nueva enseñanza sobre el ecumenismo y la libertad religiosa es tachado de renegado y descreído.

La Iglesia Católica sobreviviente en grupúsculos en todo el mundo, es fiel a su propia enseñanza en lo que hace a afanarse por el retorno de los no católicos a su seno.

IGLESIA CATÓLICA

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  • * Traducción castellana de gran parte de la introducción del libro escrito en eslovaco por Su Excelencia Monseñor Oliver Oravec bajo el título Pravda o Cirkvi (La verdad sobre la Iglesia). http://home.nextra.sk/olinko/26.html Con permiso del autor ha realizado esta traducción castellana Patricio Shaw.
  • ** Oliver Oravec es un obispo católico sedevacantista. Nació en la República Eslovaca, en 1941. Estudió medicina y se graduó como odontólogo. En 1964 entró en un seminario clandestino, cuando Eslovaquia estaba tras la cortina de hierro, bajo control comunista. Fue ordenado sacerdote el 2 de febrero de 1968 en Brno, Checoslovaquia por Felix Davidek, obispo católico en la clandestinidad de Brno. En 1979, al ser denunciado por sus actividades clandestinas, se vio forzado a abandonar su país. Por un tiempo fue miembro de la Compañía de Jesús, hasta que se dio cuenta de que los Jesuitas eran la principal fuente de los problemas de la Iglesia. Se fue a Canadá, en donde ejerció como párroco en Toronto, hasta que abjuró de la misa del Novus Ordo en 1983, y empezó a ayudar a los católicos tradicionalistas de Ontario. Fue consagrado obispo eel 21 de octubre de 1988 en Monroe, Connecticut, por Monseñor Robert F. McKenna O,P, (Nota de la Administración del Sitio)
  • [1] Partido Comunista de Checoslovaquia.
  • [2] Policía secreta comunista checoslovaca.
  •  [3] Mt 28, 19; Mc. 16, 15-16.
  • [4] Mt 28, 20.
  • [5] Mc. 16, 16.