CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

LA IGLESIA EN EL SIGLO XIX
Patricio Shaw


Basílica del Pilar de Buenos Aires

Para descargar en formato PDF, pulse AQUÍ

Infalible es que el Jefe Primero de la Iglesia en ella tenga discípulos fieles y manifiestos; Él nos dijo que para su gloria Le serían formados por el Espíritu Santo.

Y cuando Él [el Paráclito] venga, convencerá al mundo en orden al pecado, en orden a la justicia y en orden al juicio[1]. […] Él os enseñará todas las verdades… Él Me glorificará: porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará. [2]

Ni poco ni leve fue aquello que, en orden al pecado, la justicia y el juicio de Dios, el mundo oponía a Dios Santificador en el siglo llamado de las revoluciones. Tras la Revolución Francesa —cuyos fermentos irreligiosos ya venían obrando desde el Renacimiento y en el Iluminismo ya habían destruido creencias y costumbres antes de destruir instituciones— todo el orden social cristiano sufría persecución múltiple, radical y sin precedentes, así en el ámbito de los hechos como en el de las ideas. En éste último, el ataque anticristiano fue más insidioso que en el «Siglo de las Luces», en cuanto invadió cuestiones sociales y nacionales aptas para suscitar vivas pasiones. Muchísimo fue destruido de las pasadas centurias de la Cristiandad, y lo que no, quedó minimizado, oprimido u obscurecido. Igualdad en las leyes, servidumbre en las costumbres, implacable monopolio anticristiano y antihistórico en la enseñanza. Bien pudo decir un renombrado autor católico francés: «Antes de la Revolución en Francia podíase preguntar dónde no estuviese la Iglesia; ahora la pregunta es dónde esté».

El mundo del hombre europeo que, bajo la bandera del positivismo o del romanticismo, se jactaba de haber superado tradiciones inmaduras o tiránicas, fue él mismo un mundo de ingenuidad, creencias ciegas, y disposición irreflexiva a ver en cada subversión de la ley y del orden el comienzo de una nueva y mejor orientación para la Humanidad. Aquel mundo que conservaba algo de brillante engendraría otro con mucho de horrible, transformador universal del triunfalismo en la angustia. La absolutidad del hombre y la autosuficiencia de la vida eran dos graves absurdos que terminaron haciéndose sentir por fuerza de la Primera Guerra Mundial. Entonces quedó sepultada, con millones de vidas, la ilusión de que la civilización occidental moderna y laicista era perfecta y racional, y de que eran sabios y benignos sus dirigentes. Y la combinación inestable que fue la irreligión fastuosa del siglo liberal y de la belle époque, no cedería a la Religión, sino a la irreligión más puramente banal.

* * *

Con lo dicho y con todo, la Doctrina de la Salvación en tiempos del ministro de Dios cuya obra nos ha interesado, se volvió más explícita, más gloriosa y más accesible a todos, incluidos quienes más la resistían. Hízose objeto de redoblada fe no solamente lo sobrenatural abstracto, sino sus expresiones concretas, avivándose el interés en los milagros, en los santos, y en la Edad Media. Muchos autores católicos llevaron adelante, cual luminosas antorchas, la apologética y la rehabilitación del Catolicismo. El cardenal Luis Eduardo Pie, por ejemplo, con holgada lucidez y contra todas las objeciones liberales, demostró la posibilidad, oportunidad, conveniencia y necesidad de que los pueblos y gobiernos se constituyan decididamente cristianos. Muy coherente, señaló que negar la divinidad de Jesucristo sobre ellos es negarla absolutamente.[3]

Una verdad no universalmente percibida se impone a la recta razón: el orden es una condición de todo lo posible y pensable, incluido aquello que se aparta de él. Desde la antigüedad griega se lo concebía en política de manera semejante a la recta ubicación de los astros en astronomía y de las facultades humanas en psicología: donde los hombres no ocupan su puesto natural, se destruye la coordinación de las partes y se deshace la unión de la sociedad. Requeríanse desiguales las partes de un todo para éste lograr su bien, que es la integridad[4], y para haber criaturas que reflejasen el poder divino de transmitir bondad[5]. Y, de hecho, con relación a otros, el hombre es por naturaleza dependiente y desigual en todos sus atributos, excepto la conciencia; y ésta misma no se despierta ni se desarrolla sino a partir de la sumisión total a lo que otros hacen, quieren y son. Y aún entre hombres adultos es natural y necesaria la desigualdad, pues la naturaleza tiende a la conservación de los mismos mediante la relación entre el sabio destinado a prever lo conveniente a ese fin, y el simple destinado a implementar las previsiones del sabio[6].

La aberración de la naturaleza que es anteponer el «yo» a los lazos y deberes sociales y culturales —que son principalmente morales—, se había hecho regla política con la Revolución Francesa y regla cultural con el Romanticismo. Llegado este punto histórico, lo inferior —ignorancia, inmadurez, incertidumbre, indisciplina— pasó a ser «superior»: supuestamente fresco, vital y renovador. Lo formado y lo intelectivo sobraban y estorbaban: era en lo material y sensitivo que se encumbraba el Ser.

Occidente quedó expuesto a las influencias más subversivas, que se incubarían en su organismo como una lenta y progresiva enfermedad. La «Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano», negando por principio toda desigualdad de derechos entre los seres humanos, negaba la autoridad en cuanto tal. Socavada la autoridad, sufrieron igual fortuna la moralidad pública, la cultura, la identidad patria y, por eminencia, la Revelación Cristiana. La desautorización pública de la Iglesia y del Estado cristiano fue también la de todo lo respetable, todo lo grandioso, y todo lo imperativamente ejemplar, que, fuera de núcleos particulares y privados, quedó reducido a facetas estéticas destinadas a perdurar hasta la destrucción de la belle époque en la Primera Guerra Mundial.

Ante este turbio panorama de una sociedad humana privada de todo apoyo y fundamento sólido, algunos católicos se empeñaron en restaurar el orden anterior; otros, en diseñar uno nuevo, pero contrario e inmune al espíritu revolucionario. Entre estos últimos haremos mención especial de dos grandes santos Teresita de Lisieux y Juan Bosco. Ambos suscitan admiración perdurable por su genialidad, su fecundidad, y su adecuación al ideal católico.

* * *

La Segunda Revolución Industrial trajo oleadas de materialismo y acentuó el alejamiento público de todo cuanto asegurase la sublimidad. En el mundo católico cundía el desánimo y la desorientación: parecía cada vez menos realizable la elevación y expansión del espíritu. Santa Teresita curó el aprieto que sufría la grandeza cristiana dándole una renovada y eficacísima realización independiente de circunstancias y coyunturas de vida. Llamada «la pequeña vía», y también «infancia espiritual», veía el corazón de Dios abierto a pobres y débiles, y veía la existencia humana más banal y opaca abierta a la plenitud de la presencia e influencia divinas. Ella visualizaba la santidad como un amor filial que se abandona con audaz confianza en la bondad paterna de Dios y busca con minucia la primacía y el triunfo de la Caridad divina. Y mediante la aplicación literal e integral de su principio de infancia espiritual, se eleva en pocos años a altísima perfección, y esto de un modo que ilumina y subyuga un mundo de almas. La diferencia con cualquier sentimentalismo fácil es clara. La función del sufrimiento en la vida y doctrina de la santa demuestra la perfecta identidad entre su «caminito de amor» y el camino estrecho predicado por Cristo. Ella vivió hasta el límite el misterio de la miseria humana y de la fuerza divina. El Papa San Pío X la calificó «la santa más grande de los tiempos modernos».[7]

* * *

Otro genio innovador en cuanto a métodos de compensar los males revolucionarios del siglo XIX fue San Juan Bosco en la esfera educacional. Allí, donde el antiguo uso era sujetar de manera distante e impersonal a los educandos, él introdujo, para prevenirles faltas, un desvelo omnipresente y personal. El santo pedagogo piamontés se concentró en dos funciones: la defensiva, que vigila y neutraliza los defectos de los educandos y aparta de ellos todo escándalo, y la incentiva, que los interna en experiencias positivas, sublimes y connaturales y así promueve y sostiene su crecimiento espiritual, intelectual y profesional. Para ambas funciones el educador salesiano tiene de paradigma y fuerza motriz la divina Caridad para reflejarla aliándose con su «parte por educar» y asegurarla en un ambiente de confianza mutua y de respeto a reglamentos. Para San Juan Bosco el método preventivo requiere lo que sólo un católico puede lograr: educar con totalidad de convicción, de empeño, y de compenetración de las necesidades y flaquezas de los educandos. El Oratorio de San Juan Bosco en Turín sacó a muchos jóvenes de profundas miserias morales, psicológicas y sociales, y dio a sus vidas una orientación decididamente católica hasta el heroísmo.

* * *

Pasemos por alto numerosos focos de santidad de Italia —entre ellos, el portentoso apóstol de la Preciosísima Sangre, San Gaspar del Búfalo, en Roma— y trasladémonos del radio turinés al napolitano: allí veremos brillar, en el último cuarto del siglo XIX, a toda una cuadrilla de «apóstoles de los pobres y marginados». Destácanse entre ellos dos figuras: María Rosa Carafa Traetto —cuyas revelaciones él citó— y Bartolo Longo —cuyas obras él representó en Malta. Este abogado de temperamento vivo y audaz, convertido de doctrinas y prácticas anticatólicas extremas, en 1876 inició una de las maravillas del Catolicismo: el santuario de Nuestra Señora Reina del Rosario de Nueva Pompeya. Multiplicados hasta lo inverosímil los milagros y los donativos, resultó una imponente basílica reluciente en oro y mármoles puesta bajo directa jurisdicción pontificia. [8] La pintura mariana, antes tosca e insignificante, milagrosamente adquirió un encanto inefable y conmovedor, e introdujo cientos de miles de fieles en la devoción del Santo Rosario. Bartolo Longo propagó libros edificantes y la revista multilingüe «El Rosario y la Nueva Pompeya», que influiría sobre generaciones de devotos en todo el mundo.

* * *

La Iglesia tiene su Sol, y éste es la Eucaristía. Por ésta como Sacramento descienden a los fieles todas las gracias de la Encarnación redentora; como Sacrificio, asciende por ella a la Santísima Trinidad todo el culto de la Iglesia militante. Sin la Eucaristía, la Iglesia Militante estaría sin Cristo.

La Iglesia tiene en común con el Verbo Encarnado la finalidad, la obligación y la función de enseñar a todos los hombres la Verdad, de gobernarlos y dirigirlos rectamente, y de ofrecer a Dios el Sacrificio agradable y aceptable.[9] El Sacrificio y Sacramento de la Eucaristía brilló como nunca antes en la Historia de la Cristiandad entre mediados del siglo XIX y del XX. Este feliz fenómeno es descrito así por el Papa Pío XII:

Las majestuosas ceremonias del Sacrificio del Altar se hicieron más conocidas, comprendidas y apreciadas. Con una recepción más difundida y más frecuente de los sacramentos, con la belleza de las oraciones litúrgicas más plenamente saboreada, el culto de la Eucaristía pasó a ser considerado por lo que realmente es: la fuente de la genuina devoción cristiana.[10]

Los benedictinos dirigidos por Dom Prosper Guéranger rescataron y revivieron en Francia la antigua liturgia latina obscurecida por el jansenismo y el racionalismo. Nació así el pujante Movimiento litúrgico, de promoción y defensa de la letra y el espíritu de la Eucaristía-Sacrificio, de todos los ritos oficiales de la Iglesia, y del canto gregoriano. Este movimiento culminó con las sabias legislaciones litúrgicas del Papa San Pío X.

Por su parte, San Pedro Julián Eymard, fundador de la Orden del Santísimo Sacramento, supo recoger y potenciar lo más exquisito que todos los anteriores siglos cristianos habían realizado, ensayado y ansiado para la gloria de la Eucaristía-Sacramento. Si para muchos la Sagrada Eucaristía es lo supremo yuxtapuesto a otros aspectos de la vida cristiana, para él la Eucaristía es todo. No ciertamente porque suprima todo lo demás, sino porque él lo ve todo dentro de la esfera de irradiación de la Persona misma de Jesús. En sus propias palabras, «La divina Eucaristía es suficientemente grande y poderosa para bastarse; todo debe salir de ella y volver a ella».

Conocidas integralmente las necesidades de todas las categorías de almas y comprendida la influencia y fuerza que para ellas tiene la Eucaristía, en 1852 escribió: «Ahora hay que ponerse manos a la obra, salvar las almas por la divina Eucaristía, y despertar a Francia y Europa, aletargadas en un sueño de indiferencia porque no conocen el don de Dios: Jesús, el Emmanuel eucarístico. Es la antorcha del amor por llevar a las almas fieles y que creyéndose piadosas no lo son por no haber establecido su centro y su vida en Jesús en el Santo Tabernáculo.»

El gran santo francés consagró a la Eucaristía alma, prédica, instituciones vivas y comprometidas, y por fin la «trama» de una red de fuego de la que no escapase rincón del mundo ni de la actividad humana privada y pública. Además, tomó de la Eucaristía inspiración para hacer y proponer un sacrificio radical heroico de la propia personalidad y del propio «yo», como escribe en 1865:

«[…] debo ser aniquilado a todo deseo, a todo interés propio, y no tener más que los de Jesucristo que está en mí para vivir aquí para su Padre. Y es para estar así en mí que Él Se da en la Santa Comunión. Es como si el Salvador dijera: “Al enviarme por la Encarnación, el Padre me cortó toda raíz de busca de mí mismo, al no darme la persona humana, sino uniéndome a una persona divina a fin de hacerme vivir para Él: así por la comunión tu vivirás para mí, porque yo estaré vivo en ti. Llenaré tu alma de mis deseos y de mi vida que consumirá y aniquilará en ti todo lo que te es propio; en tanto grado que sea yo quien viva y desee todo en ti, en lugar de ti. Y así tu serás el cuerpo de mi corazón; tu alma, las facultades activas de mi alma; tu corazón, el receptáculo y movimiento de mi corazón. Seré la persona de tu personalidad, y tu personalidad será la vida de la mía en ti.”»

El Papa Pío XI lo tituló «El Apóstol de la Eucaristía».

En varias décadas de antes y después del cambio de siglo se propagó por todo el orbe católico la adoración estrictamente perpetua, y se dio inicio a los congresos eucarísticos internacionales.

En aquellos tiempos florecía el «Catolicismo social» brotado en el segundo cuarto del siglo con el ardiente empeño de evangelizar la sociedad y en ella hacer valer los principios cristianos en todos los niveles. Aleccionados por duras experiencias, los católicos transcendieron las reacciones instintivas y concretas a aspectos o hechos revolucionarios aislados, a fin de reflexionar y enfrentar de manera positiva, concienzuda y global los nuevos retos lanzados por la Revolución anticristiana en todos los campos, y dedicarse de manera plena y metódica a la defensa de la Iglesia.

Las revoluciones europeas de 1848, por las reacciones que provocaron, influyeron decisivamente para la recuperación de los principios ortodoxos referentes a Dios, el hombre y la sociedad, lo cual aportó nuevo apogeo a los textos de Santo Tomás de Aquino. Su filosofía, la perenne y la de la Iglesia, venció en colegios y seminarios católicos las varias y arraigadas inconsistencias racionalistas, destacando que el concepto del ser en cuanto ser el hombre no lo tiene ni encima ni adentro, sino que lo alcanza reflexionando sobre todas las cosas que son y pasan en el mundo, y en dicho concepto halla fundados los primeros principios que rigen simultáneamente la realidad y el pensamiento.

* * *

En la misma época que el individualismo caprichoso y crítico comenzaba a desestabilizar el mundo civilizado, la Iglesia se destacaba como Bastión de la Verdad revelada por la pujanza incólume y creciente del papado. En 1832, el Papa Gregorio XVI, promotor entusiasta de la actividad misionera, condenó en términos inequívocos el indiferentismo según el cual el alma puede conseguir la salvación eterna profesando cualquier creencia, con tal que las costumbres se ajusten a la norma de lo recto y honesto, y emitió el siguiente oráculo sobre la libertad de conciencia[11]:

[…] ¡qué muerte peor hay para el alma que la libertad del error!, decía ya San Agustín[12]. Porque ciertamente quitado todo freno que retiene a los hombres en la senda de la verdad, y abalanzándose ya su naturaleza hacia el mal, con verdad decimos que está abierto el pozo del abismo[13] del cual vio subir San Juan el humo que obscureció el sol y salir las langostas que invadieron la amplitud de la tierra. Porque de allí nacen la turbación de los ánimos, la corrupción de los jóvenes; de allí se infiltra en el pueblo el desprecio de las cosas santas y de las leyes más sagradas; de allí, en una palabra, para la república, la peste más grave que cualquiera otra: la experiencia, ya desde la más remota antigüedad, lo ha comprobado en las ciudades que florecieron con las riquezas, el imperio y la gloria y que cayeron con sólo este mal, a saber: la libertad inmoderada de las opiniones, la licencia de los discursos, la avidez de lo nuevo.

El Papa Pío IX[14] retoma dicho párrafo y le aporta la siguiente continuación:

Ahora bien: al sostener estas afirmaciones temerarias, no piensan, ni consideran, que proclaman la libertad de la perdición[15]; y que si se permite siempre la plena manifestación de las opiniones humanas, nunca faltarán hombres que se atrevan a resistir a la verdad y a poner su confianza en la verbosidad de la sabiduría humana; vanidad en extremo perjudicial, y que la fe y la sabiduría cristiana deben evitar cuidadosamente, con arreglo a la enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo.[16] […] allí donde la Religión se halla desterrada de la sociedad civil, y se rechaza la doctrina y la autoridad de la revelación divina, la verdadera noción de la justicia y del derecho humano se obscurece y se pierde, y la fuerza material ocupa el puesto de la justicia y del legítimo derecho. […] ¿quién no ve, quién no siente perfectamente, que una sociedad sustraída a las leyes de la Religión y de la verdadera justicia no puede tener otro fin que el de resumir y acumular riquezas; ni otra ley, en todos sus actos, que el indomable deseo de satisfacer sus pasiones, y de buscarse sus conveniencias?

La justicia segura exige reprimir lo que en el cuerpo social reprime la afirmación voluntaria de Dios, supremo Legislador y Juez. Y la misma inteligencia, en la sociedad como en el individuo, pide rechazar los ataques a su sustento, que no es otro que la Verdad.

El Papa Pío IX condenó perspicazmente en el «Syllabus» todos los principales errores de la época, de los cuales el octogésimo y último, que resume los precedentes y precisa su espíritu[17], está contenido en la siguiente proposición:

El Romano pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna.

La Iglesia, cuya Fe es una en el tiempo, cree y lleva necesariamente a creer esta sentencia.

En 1878, León XIII, destinado a enfrentar y refutar varios principios subversivos sembrados en la Cristiandad,  asumía el eclesiástico mando. El 13 de octubre de 1884 oyó una conversación misteriosa en la que Cristo daba a Satanás cien años de especial poder para intentar destruir la Iglesia Católica. La reacción inmediata del Santo Padre fue componer la «Oración a San Miguel Arcángel» y mandarla recitar después de todas las misas rezadas del orbe:

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla; sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes; y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.

El Papa León XIII no escatimó ocasiones de promulgar las doctrinas de Santo Tomás. Las aplicó a la solución y confrontación de problemas modernos en sus luminosas, abarcadoras y sólidas encíclicas sobre cuestiones sociales, gobierno, libertad humana, constitución y derechos de la Iglesia, Sagrada Escritura, Acción Católica y educación. Dio gran impulso a la devoción del Rosario y de Nuestra Señora de Nueva Pompeya, tan cara a nuestro admirado teólogo.

El Papa San Pío X condenó el modernismo como la suma de todas las herejías. La afirmación perniciosísima del carácter evolutivo del dogma católico conducía de hecho a su destrucción completa y a la supresión de todo elemento sobrenatural. Este gran Papa fomentó la renovación espiritual del catolicismo, especialmente en los ámbitos de la liturgia y el canto sagrado. Extinguió los últimos restos de jansenismo y revivió el fervor de los católicos instándolos a la comunión diaria.

* * *

El siglo XIX demostró perentoriamente, y como ningún otro, que donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia[18]. Fue por muchos títulos, al decir del Papa Pío XII[19], «el siglo de las predilecciones marianas». La Madre de Dios regaló a los católicos maravillosas manifestaciones y enseñanzas a través de impactantes acontecimientos sobrenaturales. El descubrimiento en 1842 del Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen de San Luis María Grignion de Montfort, dio a la devoción mariana, además de óptimos fundamentos teológicos, también suprema expresión: la esclavitud y entrega amorosa plena, entera y heroica a la amada Madre.

En 1830 aparecióse la Santísima Virgen a Santa Catalina Labouré. Erguida, con un globo a sus pies y la serpiente subyugada bajo su talón, en sus manos elevaba suplicante a su Hijo un pequeño globo —alegoría del mundo, de Francia, y de cada alma. Repentinamente cubiertos sus dedos con gemas resplandecientes, la Virgen dijo: «He aquí el símbolo de las gracias que yo derramo sobre las personas que me las piden»; y en torno suyo apareció escrito en letras de oro: «Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos». Aquí se resume la victoria de Nuestra Señora sobre el mal, puesto que su Inmaculada Concepción es el principio del fin del pecado en el corazón humano y, por extensión, en la familia y en la sociedad. Una vez aprobada y difundida, la medalla revelada —cuyo reverso mostraba ambos Sagrados Corazones, una M entrelazada con una Cruz, y doce estrellas— trajo incesantes curaciones, protecciones y conversiones. Entre estas últimas causó gran impacto la del judío Alfonso de Ratisbona, que se haría ferviente sacerdote y fundaría la Orden de Sion para la conversión de su pueblo.

La iglesia parisina de Nuestra Señora de las Victorias, fundada en el siglo XVII, fue un intenso y significativo foco de gracias para los católicos de los tiempos de Monseñor Luis Vella. Es donde el Padre des Genettes, divinamente inspirado, consagró en 1836 su parroquia al Inmaculado Corazón de María y en cuestión de días vio deshelarse décadas de indiferentismo y de prédicas frustradas. Las gracias irradiadas de ese templo mariano a cada punto cardinal se plasmaron en una archicofradía mundial. Relacionáronse con esta iglesia, a título de cofrades, devotos o peregrinos, el beato Marcelino Champagnat, Santa Teresita de Lisieux, San Antonio María Claret, y San Juan Bosco.

En 1840 la Madre de Dios propuso un nuevo escapulario, de color verde, que de un lado La mostraba sosteniendo su corazón con ambas manos, y del otro, en las palabras de la vidente Sor Justina Bisqueyburu, «un corazón ardiente de rayos más deslumbrantes que el sol y transparente como el cristal» de una espada traspasado y rodeado de la jaculatoria: «Inmaculado Corazón de María, rogad por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte». El escapulario, aprobado por la Iglesia, despertó la Fe o la Gracia en grandísimos incrédulos, pecadores y hasta sacrílegos.

Estas manifestaciones del Corazón Inmaculado son etapas de un plan divino que recibiría nuevo énfasis en Fátima, donde María reveló que Dios quiere instaurar esta devoción en el mundo para la salvación de muchas almas. El Corazón de la Madre de Dios propone de modo completo, concentrado y vivísimo la Gracia de Nuestra Señora en toda su plenitud y todas sus efusiones —en otras palabras, todo por lo cual y en lo cual Ella es más Ella, y más Madre nuestra. Esta devoción tiene concreción sublime y efectiva en el Rosario, que revive episodios llenos del protagonismo más personal y santo de la Virgen, y Le dirige la oración que decidió de todo cuanto para Ella más fue, es y será.

En 1846, en La Salette, Francia, un dúo de pastorcitos vieron una dama a la vez cargada de aflicción y resplandeciente de dignidad y hermosura. Llevaba vestiduras reales bordadas con los instrumentos de la Pasión. Todo era pura lumbre. Llorosa, Ella les dijo que la impenitencia del pueblo la forzaría a soltar el pesado brazo de su Hijo. Multiplicáronse los milagros y, al año de la aparición, Francia vio la mayor peregrinación desde la hecatombe revolucionaria. La Iglesia aprobó el culto y mandó edificar un santuario para cuya atención instituyó una orden religiosa especial. San Pedro Julián Eymard y San Juan Bosco fueron devotos cabales de la Salette. No lo fue menos el escritor maltés venerado nuestro.

En 1854 el Papa Pío IX proclamó el histórico dogma de la Inmaculada Concepción saciando una expectativa milenaria, y dando mayor raigambre a los derechos y efectos de la Verdad revelada sobre las naciones, como lo comentaría el Papa San Pío X medio siglo más tarde:

si las gentes creen y confiesan que la Virgen María, desde el primer momento de su Concepción, estuvo inmune de todo pecado, entonces también es necesario que admitan el pecado original, la reparación de la Humanidad por medio de Cristo, el Evangelio, la Iglesia —en fin, la misma ley de la reparación. Con todo ello desaparece y se corta de raíz cualquier tipo de racionalismo y de materialismo y se mantiene intacta la Sabiduría cristiana en la custodia y defensa de la Verdad. [20]

En 1858, en una gruta en Lourdes, aparecióse repetidamente una Señora hermosísima a Santa Bernardita, hasta revelarle su identidad: «Yo soy la Inmaculada Concepción», confirmando el dogma solemnemente proclamado en Roma cuatro años antes, e indicándonos, en su impecabilidad de origen, la que el Señor quiere de nosotros al final.

* * *

Es claro que en el siglo XIX la Ciudad de Dios florecía de fe y de maravillas de vida espiritual en medio de terribles cataclismos. Tuvieron entonces cumplimiento patético dos realidades opuestas, paralelas, y desiguales descritas por el profeta Rey:

Bramaron y alborotáronse sus aguas, a su furioso ímpetu se estremecieron los montes. Un río caudaloso alegra la Ciudad de Dios; el Altísimo ha santificado su tabernáculo.[21]

-------------------------------------------

IGLESIA CATÓLICA 2017

--------------------------------------------------------------------------------------------

[1] Jn 16,8.
[2] Jn 16,13–14.
[3] El cardenal Luis Eduardo Pie fue leído y encomiado por los Papas Pío IX, León XIII, San Pío X, Benedicto XV, y el propio San Pío X, que lo consideraba un maestro. Su primera encíclica retoma los puntos principales de la primera carta pastoral del obispo francés.
[4] Cf. Santo Tomás de Aquino, Contra Gentiles, III, cap. 94 nº 10.
[5] Cf. ibid., II, cap. 45, nº 4
[6] Ver el Comentario de SANTO TOMÁS DE AQUINO a la Política de ARISTÓ-TELES, lib. 1 l. 1 nº 11.
[7] Comentario de SAN PÍO X en 1914 a un obispo misionario que le obsequió un retrato de la santa.
[8] Bartolo Longo rodeó el santuario de una «ciudad de caridad» habitada por huérfanos de naturaleza y «huérfanos» de la ley, donde desmintió el dog-ma positivista de la irreversibilidad de la delincuencia hereditaria. Fue una obra cristiana entonces inaudita e impensable.
[9] Papa PÍO XII, encíclica «Mediator Dei».
[10] Ibid.
[11] Encíclica «Mirari vos», 1832.
[12] SAN AGUSTÍN, Epist. 166, cap. 2.
[13] Ap 9,3.
[14] Encíclica «Quanta Cura», 1864.
[15] SAN AGUSTÍN, Epist. 105 (alias 166).
[16] Papa San LEÓN Magno, Epist. 164 § 2.
[17] MONS. HENRI DELASSUS, La Conjuración Anticristiana.
[18] Rom 5,20.
[19] Encíclica «Le Pèlerinage de Lourdes», 1957.
[20] Encíclica «Ad diem illum».
[21] Sal 45,4–5.