CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

CONTRA LA FRATERNIDAD LAICA
MASÓNICO-BERGOGLIANA
Fragmento traducido del Pbro. E. A. Poulpiquet. París 1912


Querer que la humanidad sólo forme un corazón y un alma, ¿no es no chocarse con lo imposible o mecerse de locas quimeras? Sí, si la fraternidad y el amor se apoyan sobre una base exclusivamente laica. La razón es por otra parte fácil de comprender.

El amor compartido o la amistad exige una determinada igualdad. Santo Tomás muestra claramente cómo esta condición es una consecuencia del amor verdadero, de la amistad honesta y virtuosa. Lo establece por un paralelo sugestivo entre el amor de concupiscencia y el amor de benevolencia. El amor de concupiscencia es un amor esencialmente utilitario, considera al otro como un medio. Es necesario pues que otro pueda dar al ser que lo ama de esta manera interesada una cosa de la cual éste está privado, que sea superior, por donde es amado, al que sólo lo ama precisamente en razón de este bien del que desea gozar. El amor de concupiscencia pide pues una determinada desigualdad. Pero este amor, realmente, no merece este nombre: es egoísmo, codicia. La situación es bastante diferente en el amor de benevolencia. Éste consiste en amar a otro no como un medio, sino como un fin, a considerarlo como otro uno mismo. Pero también, para que la benevolencia recíproca entre dos seres sea posible hace falta que sean semejantes, iguales en cierta medida. “Por el hecho de que dos seres son semejantes en la misma forma que participan, pasan a ser uno hasta cierto punto en esta misma forma… es así como el afecto de uno tiende hacia el otro, como a un ser que ya no constituye más que uno con él, y le quiere bien como a sí mismo”. No puedo amar como a mí mismo a un ser que, siéndome completamente diferente, deja por ende de poder considerarse como un desdoblamiento de mi persona. La semejanza, la igualdad son pues —concluye Santo Tomás— la condición y la causa del amor. Similitudo est causa amoris.

Ahora bien, no hay igualdad natural entre los hombres. Desde hace tiempo se demostró la falsedad de esta filosofía corta de vista para la cual la humanidad es un agregado de individuos exactamente semejantes como las espigas de un campo de trigo. Lo contrario es la pura verdad. …

No, el amor verdadero y desinteresado del hombre no es natural al hombre, y esto porque la igualdad, creadora de la semejanza necesaria para fundar el amor de benevolencia, no existe, al menos si se toman las cosas en su conjunto. Similitudo est causa amoris. Tal es la razón profunda que explica la falla de todas las fraternidades sin Dios.

No es pues la humanidad donde habrá que buscar, de hecho o de derecho, la realidad capaz de compensar este desequilibrio natural y restituir esta igualdad, condición necesaria de la fraternidad y el amor universal. Por ese lado, el problema es insoluble. Sólo hay una única realidad delante la cual la ciencia, el poder, la riqueza y toda superioridad humana cualquiera, se nivelan y se borran en la infinita perfección de su ser: DIOS.

Si pues Dios se comunica a todos, si su amor no hace acepción de personas, si todas las almas, participando en estos dones divinos, se encuentran revestidas de un invisible esplendor, habrá allí una base suficiente para una fraternidad sin límites, al mismo tiempo que una realidad capaz de generar un amor universal, profundo y duradero. El fundamento de la caridad fraternal es Dios, el prójimo sólo es agradable en razón de lo que hay de divino en él. Todas estas condiciones, ¿no se encuentran realizadas en la religión cristiana, y sobre todo en el catolicismo que conservó intacto el depósito revelado? Cuanto más el hombre se acerca al Dios del Evangelio, más considera a la humanidad con una mirada simpática y fraternal. No es que el católico comparta el optimismo ciego de algunas filosofías materialistas, pero su fe absoluta en la revelación íntegra de Jesús le permite descubrir, a través de todas las miserias y las fealdades, una realidad que transfigura al hombre. El Verbo que se hace carne da a todos los que creen en el el poder de hacerse “hijos de Dios” (Jn, I, 12). Al contacto de las perspectivas luminosas que el Credo católico abre en el universo, ante sus misterios que relatan y enumeran la extraordinaria intimidad de Dios con el hombre, las divergencias particularistas de la carne y la sangre desaparecen y las almas se igualan y cobran un valor infinito. Y por esta razón el catolicismo garantiza, por sus dogmas, el máximo de sociabilidad verdadera y profunda.

Colaboración del Sr. Patricio Shaw

IGLESIA CATÓLICA