CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

LA IGLESIA, ¿TIENE AUTOCONCIENCIA?
Patricio Shaw


Joannes Vermeer: Allegory of the Faith

“Yo no puedo hacer nada por mí mismo: según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad sino la voluntad del que me envió.” Jn 5, 30.

Estas palabras de N.S.J.C., transferidas a la Iglesia, su Cuerpo Místico y su Extensión, ayudan a comprender si la Iglesia tiene “autoconciencia”: tiene, por supuesto, en sus Pastores infalibles, concienciaacerca de sí misma, pero no conciencia oriunda de sí misma.

Que la Iglesia pueda sacar conciencia sobre sí misma desde sí misma y no desde su Cabeza invisible y visible, y, antes aún, desde el mismo Padre Eterno, es una horrible herejía. Coincide con los modernistas que hacían comenzar toda religión, incluida la Católica, en la inmanencia vital.

Según la Iglesia oye (de Cristo y de los Papas) así juzga acerca todas las materias de Fe, incluida ella misma. Este juicio está formado en Dios, trascendente, inmutable y perfecto.

La Iglesia puede hacer suyas estas palabras compuestas por un poeta italiano:

Santa voce di quel Dio
Che non ebbe prima e poi,
Deh! sublima il canto mio
Nei sublimi fasti tuoi,
Ed in lui, che te già suona,
Di te stessa tu ragiona.

(Santa voz del Dios que no tuvo antes ni después, ¡oh! sublima mi canto en tus sublimes fastos, y en él, que ya suena de tí, razona tú de ti misma.)

En cierto modo, la Iglesia es —¡nada menos!— la Extensión de la “Autoconciencia de Dios” encarnada, pues el Hijo Eterno es el concepto que el Padre tiene de Sí mismo, y la Iglesia, según señala acertadamente Bossuet, es la Extensión de Cristo, el Hijo Eterno encarnado. Según San Agustín, las palabras “Dios es conocido en Judea” (Ps. 75, 2) se refieren místicamente a la Iglesia. Dios con su Palabra que, expuesta acumulativamente por sus Vicarios en el verdadero sentido, es la expresión gratuita y salvífica de su misma esencia, es conocido en la Iglesia mediante la Autoridad Apostólica divinamente autorizada y asistida, que es el centro contenedor virtual de todos los creyentes.

La Iglesia está absorbida en la voz de Dios que le da origen, y Ella misma es Voz de Dios. Es la “convocación de muchos al culto del único Dios verdadero”. “Con-voca-ción” incluye el verbo básico “voco”, asociado a “voz” y a “llamar”. La Iglesia es un llamado siempre igual a sí mismo, de Dios al mundo, parasacar almas del mundo, como se nota en su vocablo original griego, que se deriva del verbo “ek-kaléo”, “llamar selectivamente”, “llamar entresacando”, o “llamar a salirse de donde se está”.

Según varios exégetas importantes pueden atribuirse a la Iglesia misma las palabras: “Yo soy un lirio en medio de espinas” (Cant. 2, 1), y Egidio de Roma comenta que la Iglesia, por gracia, es lirio inmaculado como Cristo lo es por naturaleza (y también es "Luz [Ella] de Luz [Cristo] de Luz [Dios Padre]), y San Ambrosio comenta que como el lirio refulge [luminosamente] entre las espinas, así la Iglesia entre todas las congregaciones humanas —¡ciertamente no “dialogando” con ellas, sino proponiéndoles, como una luz, su propia perfección divina y ya definida y dada —dogmática primero, y moral después— sin nada ajeno absorber ni intercambiar ni consultar!

Contrariamente, Juan Pablo II no solamente pretende derivar y hasta “formar” la conciencia de la Iglesia acerca de sí misma no sólo desde un falso conciliábulo contrario y ajeno a la Iglesia en enseñanza y a fortiorienseñantes, sino aún desde los acatólicos… ¡Qué inaudita blasfemia múltiple! Suenan monstruosas, para quien oye a la verdadera Iglesia fundada en los Apóstoles y sus sucesores y herederos fieles, estas palabras de dicho Anticristo sacadas de su encíclica inaugural “Redemptor Hominis”:

“El Concilio Vaticano II ha llevado a cabo un trabajo inmenso para formar la conciencia plena y universal de la Iglesia, a la que se refería el Papa Pablo VI en su primera Encíclica. Tal conciencia —o más bien, autoconciencia de la Iglesia— se forma ‘en el diálogo’, el cual, antes de hacerse coloquio, debe dirigir la propia atención al ‘otro’, es decir, a aquél con el cual queremos hablar.”

Efectivamente la primera encíclica de Pablo VI, la archi-herética “Ecclesiam suam”, ya identificaba a la Iglesia Católica con el diálogo con el mundo y con el acatolicismo hace casi medio siglo, en 1964…

Si Pablo VI establece una “iglesia” que es diálogo, sacrílegamente practicado en nombre de la Iglesia Católica, con la No-iglesia que incluye a la Anti-iglesia —con lo cual el mismo establecimiento montiniano es Anti-iglesia—, pues entonces estar en la dicho establecimiento que dura hasta hoy —yerba mala nunca muere—, aún aferrándose a tradiciones guardadas personalmente contra el ambiente, es estar en un lugar de alternaciones y tráficos inesperados en lo más decisivo de la vida humana: lo doctrinario; —un lugar que se autodefine y “autoconcientiza” como enemigo de la certeza y de la Gracia sin las cuales no hay Fe sin la cual no hay salvación; —¡un lugar que es el seno de la Prostituta Babilónica que fornica promiscuamente con todos por igual!…

IGLESIA CATÓLICA