CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA
Número VIII


Fidelidad a la Santa Iglesia N° VIII

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ÍNDICE

BREVES CONSIDERACIONES DOCTRINARIAS

SOBRE LA HIPÓTESIS DE UNA INTERPRETACIÓN
TRADICIONAL DEL VATICANO II

Dentro del estado de crisis generalizada que padece el mundo moderno, una de sus manifestaciones supremas es la crisis religiosa. En el orbe cristiano, es indudable que la crisis religiosa ha estallado en torno del llamado Concilio Va­ticano II, cuya doctrina debe estudiarse con la mayor atención.

Durante el lapso de quince años (1963-1978) en que Paulo VI ocupó el sitial de la Sede Romana, el espíritu y la doctrina del Vaticano II inspiraron una vorágine abolicionista como jamás se había visto en la historia de la Iglesia, a lo cual debe sumarse una persecu­ción sutil, insidiosa y sistemática contra quienes asumían una postura acorde con la Tradición.
Por ello, en los últimos años adquirió especial significación la actitud adoptada por Monseñor Marcel Lefebvre, quien se resistió a celebrar la Misa según el "Novus Ordo" pro­mulgado por Paulo VI y a acatar la línea doctrinaria del Vaticano II [1].

De allí nace su entredicho con las autoridades vaticanas, a raíz del funcionamiento del seminario internacional de Ecóne, configurado según el espíritu tridentino, y de la Fra­ternidad Sacerdotal San Pío X. Todo ello ha sido ampliamente informado por la prensa en general y ha culminado con una suspensión "a divinis" fulminada por Paulo VI.

De una u otra manera, con diversos matices, casi todos los "tradicionalistas" [2] del mundo aplaudimos y apoyamos la resistencia de Mons. Lefebvre.

En rigor, ocurría que a partir del Vaticano II y durante todo el período montiniano, la posición de las autoridades vaticanas era tan claramente nuxk-inisl.i, y la persecución con­tra los "tradicionalistas" tan implacable, que éstos difícilmente tenían otra opción que la resistencia, aunque más no fuera pasiva...

Sin embargo, desde que murió Paulo VI, con la elección y entronización que se ha hecho para ocupar el sitial de la Sede Romana de dos prelados calificados de "conservadores" (Luciani primero, y a su muerte Wojtyla), muchos se inclinan a pensar que el espíritu y la línea doctrinaria de las autoridades vaticanas habrían asumido ciertos rasgos especiales que deberían considerarse atentamente.

Dichos rasgos estarían delineados en torno a la posibilidad de un "acuerdo" con el "tradicionalismo", principalmente con Mons. Lefebvre, que, si se concretase, por el natural prestigio del piadoso obispo francés, se extendería inevitablemente a casi todo el "tradicio­nalismo". Por lo menos, éste es el tono de las informaciones periodísticas de seis meses a esta parte.

El fondo del asunto, evidentemente, reside en saber cuáles serían los términos de dicho "acuerdo".

Según se desprende de las noticias publicadas en nuestro país3, un posible "acuerdo" estaría fundamentado en las siguientes bases:

a) Por un lado, el Vaticano permitiría a Mons. Lefebvre (y por ende a todos los "tradicionalistas") la celebración de la Misa según el rito romano denominado tridentino o de San Pío V, autorizaría el funcionamiento del seminario de Ecóne, legalizaría las obras de la Fraternidad, levantaría las sanciones canónicas, etc.

b) Por su parte, los "tradicionalistas" asumirían la responsabilidad, avalada por las mismas autoridades vaticanas, de llevar a cabo la interpretación tradicional de los textos del Vaticano II, o sea, reinterpretarlos a la luz de la Tradición.

El problema entonces para los "tradicionalistas" —un problema ciertamente de conciencia— reside en saber si un "acuerdo" así es legítimo. Pero esto solamente puede dilu­cidarse a partir de la respuesta que se dé a una cuestión doctrinaria previa: ¿Es posible una interpretación tradicional del Vaticano II?

Esta cuestión precisamente es la que nosotros queremos afrontar en este n? VIII de "FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA". Nos abocamos a ello con la mayor prudencia ("suaviter in modo"), pero también con la mayor firmeza ("fortiter in re"). Procuramos hacerlo según el adagio: "Parcere personis, dicere de vitiis" (prescindir de las personas, decir de los vicios), en la afirmación irre­ductible de la única Fe Católica y de la única Iglesia Católica en que hemos sido bautizados.

I.   NATURALEZA Y ESENCIA DE LA IGLESIA
EN LA TRADICIÓN APOSTÓLICA

La Iglesia es una entidad viviente, es un organismo, cuya existencia sólo pue­de ser concebida con relación al "Mysterium Christi" del que habla San Pablo [4].

En el espíritu de la Tradición Apostólica este "Mysterium Christi" consti­tuye el centro absoluto de toda la esfera universal: la Encarnación del Verbo eterno de Dios en las purísimas entrañas de María, hipóstasis divino-humana, sublime comunicación sensible e histórica, inefable y eviterna, entre la divini­dad y la humanidad, hacia la cual se encuentra ordenada toda la Creación.

Ahora bien; la "Ecclesia" es el mismo "Mysterium Christi" o, mejor dicho, es el "Mysterium plenum Christi", cuya realidad está configurada por la propia hipóstasis divino-humana de Jesucristo, sacerdote eterno ("sacerdos in aeternum secundum ordinem Melquisedec"), quien, por un lado, se ofrece como Víctima de Redención, pero que además, en virtud de la doble naturaleza de su hipós­tasis —"unus et idem" según la fórmula de San Ireneo 5—, es Sumo Pontífice (puente) capaz de establecer una perfecta comunicación entre la Trinidad San­tísima y la congregación de todos los hombres que libremente quieran participar de la Vida Divina.

Esto es la Iglesia: Comunión ("koinonia") divino-humana, sociedad per­fecta, Cuerpo Místico de Jesucristo.

La "Ecclesia", así concebida, vive tanto en el orden celeste cuanto en el orden terreno; su ser late más allá del orbe; su naturaleza incorpora la virtud humana a la plenitud divina, su existencia trasciende todos los evos.

En el orden celeste, la Iglesia participa de la Vida Divina en la gloria beatí­fica de la contemplación trinitaria. En el orden terreno, la Iglesia participa de la Vida Divina a través de la gracia santificante que fluye desde los Símbolos Sacramentales, especialmente la Eucaristía —ágape misterioso—, perfecta reno­vación del mismo Sacrificio Redentor de la Cruz que perpetúa verdadera, real y físicamente la presencia del Verbo encarnado en el tiempo y hasta la consu­mación final de todos los siglos. Sin embargo, previo a esto, la Iglesia en el orden terreno participa de la Vida Divina por la comunión en la Fe que se recibe en el Bautismo.  Sin comunión en la Fe no hay Iglesia en la tierra.

Tanto en la tierra como en los cielos, la Iglesia es una sacrosanta realidad divino-humana. Si bien está compuesta por miembros humanos de por sí imper-leclos, no obslanle, por la comunión de estos miembros con el Verbo encarnado, la Iglesia es una misma y única cosa con Jesucristo. Es el Cristo total que aclama San Agustín'', [6] y también San Hilario cuando dice: "El es la iglesia, porque la contiene enteramente por el Misterio de su Cuerpo" [7].

"El Cristo único es la realización de la más íntima unión de ser y existencia, que sería imposible lograr entre los hombres en el ámbito del orden pinamente natural. Esta unión sobrenatural la realiza la Cruz del Señor; está lograda en la Sangre, en el Pneuma de Cristo.

Todo factor de división, todo lo que separa y divide a los hombres entre sí, ha quedado destruido y superado en la muerte de Cristo, de un modo que no cabe imaginar más profundo e íntimo. Los hombres incorporados a Cristo, los hombres unidos a Cristo, los miembros unidos entre sí vienen a formar un solo hombre nuevo. Los muchos, que estaban divididos, se han convertido en un solo Cuerpo, una sola Persona, ya que la nueva unidad óntica aferra al individuo en lo más profundo e íntimo de su ser y lo injerta en el todo. Esta
unidad es mucho más profunda y fuerte que la que realiza cada hombre en su persona indi­
vidua!. Pues en el único hombre que es el Cuerpo de Cristo, opera la unidad divina del Pneuma; toda separación y toda antinomia ha quedado eliminada en la Persona del Cristo
pneumático"[8]

Con frecuencia, la Patrística y la liturgia también han visto a la Iglesia como "anti-typo" de María: "Arca Dei Vivenüs", "Templo donde la Trinidad es glo­rificada"[9].

"María, que nunca fue de este mundo, en su muerte lo deja enteramente. Mas como en la tierra fue una potencia callada, pero terrible, porque llevaba a su Elijo y era, en medio de la comunidad cristiana, como un arca viviente de la presencia de Cristo, no se perdió en la nada, sino que, precisamente a partir de ese momento, desde el cielo llena con su pre­sencia a la Iglesia" [10].

Esto es algo muy profundo y maravilloso: María, virgen purísima y "Madre del amor hermoso"[11], es en la Tradición Apostólica la figura personal, original, de la Iglesia.

Como María, así la Iglesia posee "un seno más amplio que los cielos mis­mos", ya que en él hospeda a "Aquel que los cielos no pueden contener" [12].

La Iglesia, como María, es la Ciudad Santa, el ámbito inviolable e insusti­tuible de la Teofanía, aquella sublime realidad fuera de la cual no hay salvación, porque sin la iglesia, como sin María, no existe posibilidad de comunicación con la divinidad.

La Iglesia, Una y Santa, conforme el Símbolo de Nicea, es una realidad absoluta ("católica"), que perdura en el despliegue de la Tradición Apostólica, que no admite división o imperfección alguna, que no se confunde con su orga­nización jurídico-canónica (aunque la necesite temporalmente), que no se con­funde con el Vicario Romano (que representa a Jesucristo pero no es Jesucristo), que no se confunde con la historia (aunque esté presente en el mundo), pues no es del mundo sino de la eternidad y de la gloria, donde reina Jesucristo resu­citado, que es su Cabeza.

La Iglesia es en la tierra una anticipación escatológica de la Ciudad Celeste, la cual se encuentra ya realizada, incoativamente, de modo misterioso y sacra­mental, en Ella. Es decir, que la Iglesia misma es ya —"hic et nunc"— la Ciu­dad Celeste, solamente que a nosotros nos falta aún trasponer los umbrales de la muerte para contemplarla en su divina magnitud.

Esta es la Iglesia en la que fuimos bautizados. Y cuando nosotros procla­mamos nuestra FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA, nos referimos a esta Igle­sia, UNA, SANTA, CATÓLICA y APOSTÓLICA, concebida según y conforme esta Doctrina Tradicional que profesamos sostenidos por el poder de la Fe.

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EL CONSEJO DE REDACCIÓN DE FIDELIDAD A LA SANTA IGLESIA DESEA DEJAR BIEN EN CLARO QUE ESTAS BREVES CONSIDERACIONES DOCTRINARIAS SOBRE LA HIPÓTESIS DE UNA INTERPRETACIÓN TRADICIONAL DEL VATICANO II, EN MODO ALGUNO IMPORTAN JUI­CIOS MORALES SOBRE LAS PERSONAS QUE ADOPTAN POSTURAS DIFERENTES DENTRO DEL LLAMADO "TRADICIONALISMO". SOLAMENTE PRETENDEMOS ABRIR UN AMPLIO DEBA­TE DOCTRINARIO QUE, EN MEDIO DE LA CONFUSIÓN MODERNA, ESCLAREZCA EN ALGUNA MEDIDA LA INTE­LIGENCIA DE LA FE CATÓLICA Y APOSTÓLICA QUE PRO­FESAMOS, SIN LA CUAL NO HAY SALVACIÓN.

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[1] Ver la Declaración firmada por Mons. Marcel Lefebvre en Ecóne el 21 de noviembre
de 1974 que tomó estado público a través de la revista "Itineraires", n° 189. Cf. "Un obispo
habla", Ed. Nuevo Orden, Bs. As., 1977.
[2] Colocamos siempre entre comillas el término "tradicionalista" para resaltar que nos
vemos forzados a usarlo como una concesión al lenguaje común de hoy en día. Pero a
nuestro entender no es correcto hablar de "católicos tradicionalistas" ni de "católicos pro­
gresistas", pues lo primero es una tautología y lo segunda una contradicción; es de la esen­
cia del ser católico la fidelidad a la Tradición Apostólica. De otro modo no se es católico
sino hereje.

[3] Ver sobre todo "La Razón", 29 de enero de 1979, pag. 12, y "Somos", N° 127 del 27 de febrero de 1979.
[4] Col. 4, 3.
[5] Cf. BAC 300.
[6] In Ps. 88, I, 7.   Cf. BAC 246.
[7] In Ps. 125, 6.
[8] Dom Odo Cassel, "Misterio de la Ekklesia", Ed. Guadarrama, Madrid, 1964, págs
155/56
[9] San Juan Damasecno, "Homélie sur la Nativité de Notrc Dame tres sainte, la Mere
de Dieu et toujours vicrge Marie".   Les Edilions du Cerf, París,  1961, pág. 75, n?  10.
[10] Dom Odo Cassel, "María como tipo de la Ekklesia", op. eit., pág. 461.
[11] Eclesiástico 24, 24.
[12] Crisipo de Jerusalén, Or. in S. Mariam Deiparam.   Cf. BAC 8.