CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

MIÉRCOLES SANTO
Andrés Hamon, Cura de San Sulpicio 


MIÉRCOLES SANTO - Andrés Hamon, Cura de San Sulpicio 

Adoremos a Jesucristo condenado a muerte en el tribunal de Pilatos y admiremos en esta sentencia un misterio de amor los hombres creían satisfacer su odio, y concurrían a los designios de Dios: concurrían al amor del Padre, entregando a la muerte a su Hijo, contento con morir: 1° para salvarnos; 2° para enseñarnos con su ejemplo a conservar la mansedumbre e igualdad de ánimo, a pesar de los juicios injustos del mundo acerca de las pruebas de la Providencia. ¡Gracias, oh Jesús! por esta gran lección! Los Judíos creían que merecíais la muerte y que era necesario que murierais. Por mí ¡oh Salvador mío! por mi vanidad, por mi sensualidad, llegan a ser verdaderas estas palabras. Si estas pasiones merecen la muerte, ya no es posible que vivan. ¡Oh Jesús! hacedlas morir en mí, a fin de que os ame y que no viva sino para Vos.

JESUS SUBIENDO AL CALVARIO

Apenas se pronuncia la sentencia de muerte, cuando se le presenta la cruz al Salvador, se le ordena tomarla sobre sus hombros y subir con ella al Calvario. ¿Quién podría decir el amor con que abrazó esa cruz, por la cual suspiraba desde tan largo tiempo; esa cruz que iba a salvar al mundo y reconciliar la tierra con el cielo; esa cruz que iba a enseñar a todo el género humano la paciencia en los dolores y el camino del paraíso. ¡Oh cruz por siempre amable! yo veo a mi Salvador inclinar sus hombros bajo tu peso y partir para el lugar del suplicio. Yo me pongo en su seguimiento y me digo: ¿Podría, después de esto, llevar mi cruz con impaciencia o mala voluntad? ¿Podría dejar de llevarla de buen grado, sin murmurar y sin quejarme? ¡Oh cruz cualquiera que seáis, o dolores del cuerpo o penas del alma!venid, venid a mí: yo os acepto de todo corazón y os llevaré siempre con valor y resolución, y agregaré aún mortificaciones voluntarias, a fin de parecerme más perfectamente a mi Jesús llevando su cruz. En la meditación de este misterio, los santos suspiraron de amor a la cruz; un San Pablo, hasta llamarla una gracia preciosa; un San Pedro, hasta decir: Regocijaos cuando llevéis la cruz con Jesucristo; un San Andrés, hasta exclamar a la vista de la cruz en que iba a morir: ¡Oh buena cruz tan vivamente deseada!; una Santa Teresa, hasta decir: o padecer o morir; yo no puedo vivir sin la cruz; una Santa Catalina de Sena, hasta agregar: ¡No quiero morir, sino padecer más! Jesús, en el camino del Calvario, encontró: 1° a María, para enseñarnos a acudir a ella en todas nuestras penas; 2° a Simón Cireneo, para recordarnos que todo cristiano puede aligerar el peso de la cruz de Jesús, sea disminuyendo las faltas que pesan tan dolorosamente sobre su corazón, sea llevando cristianamente todas las cruces, que no forman sino una sola con la suya; 3° a las hijas de Jerusalén, que lloraban al ver el triste estado a que había quedado reducido: No lloréis por Mí —les dice— llorad por vosotras. Así es, ¡oh Salvador! cómo os olvidáis de Vos mismo para pensar en nosotros; mientras que nosotros ¡ah! sabemos tan poco compartir, sea vuestros padecimientos, sea los padecimientos del prójimo; no pensamos sino en nosotros mismos y nos olvidamos de todos los demás. Haced que podamos aprovecharnos de la lección que nos dáis.

JESUS CRUCIFICADO

Llegado a la cumbre del Calvario, le quitaron la túnica a nuestro adorable Salvador.

Esta túnica estaba pegada a su ensangrentado cuerpo y, al arrancársela con violencia, se le renovaron todas sus llagas. ¡Oh misterio de dolor! Vedle ahí desnudo delante de todo un pueblo que se burla de El; ¡oh misterio de ignominia! Le dicen que se tienda sobre la cruz, y El se tiende sobre tan duro lecho, bendiciendo a su Padre, por que ha llegado la hora del sacrificio. Se le manda extender las manos y los pies, y El los extiende y deja que sean traspasados por agudos clavos, para expiar el abuso que hemos hecho de nuestras manos y pies, de nuestros afectos y de nuestras obras: ¡oh misterio de obediencia! Después es levantada la cruz y clavada en tierra; este sacudimiento renovó todos sus dolores; el peso de su cuerpo ensanchó las heridas de las manos y de los pies; durante tres horas permaneció suspendido entre el cielo y la tierra. Es el sacerdote eterno, que ofrece su sacrificio por nuestra salvación. Es el maestro supremo que, desde lo alto de esta nueva cátedra, enseña al mundo el desprendimiento y la pobreza, la humildad, la obediencia, la paciencia, la resignación y la conformidad con la voluntad de Dios: ¡oh misterio de amor! Es el amor que se inmola y pide en cambio todo el amor de nuestro corazón. ¡Oh Jesús! ved aquí este pobre corazón que Vos pedís; os los doy; atadlo a vuestra cruz, para que pueda decir como el Apóstol: Estoy clavado en la cruz con Jesucristo. Vos dijisteis: Cuando sea levantado en alto, todo lo atraeré hacia Mí. Cumplid vuestra palabra, Señor; atraedme a Vos y atraed también todo mi corazón; que no viva ya sino para Vos y que sea todo de Vos solo, en la vida y en la muerte.

"MEDITACIONES PARA TODOS LOS DÍAS DEL AÑO", Andrés Hamon, Cura de San Sulpicio, pag. 633. - Ed. Guadalupe, Buenos Aires

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ESPIRITUALIDAD CRISTIANA