CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

EL CARNAVAL, LOS PLACERES
Y LA VIDA CRISTIANA


24 de febrero de 2020 - A tiempo que loca embriaguez de mundanos pasatiempos parecía haber suspendido todo otro sentimiento que el del fútil placer, frecuentemente peligroso, innumerables almas arden sin tregua en el fuego del infierno, por pecados cometidos en semejantes fiestas, o con ocasión de ellas; muchos religiosos de uno y otro sexo y demás gentes devotas, interrumpen el dulce sueño y se postran entonces mismo delante del Dios de la Majestad, cantando sus alabanzas e implorando sobre ti su misericordia sin medida; millares de almas se despedían de este suelo entre congojas de pavorosa agonía y espeluznante miseria en mísero lecho; Dios y sus Angeles te contemplan atentamente desde los altos cielos; en fin, se deslizaba, corría el tiempo y la muerte aceleraba hacia ti sus pasos que no pueden volver atrás.


¡Cuán lejos viven de ser verdaderos hijos de Dios esos cristianos que hoy y los días siguientes se entregan a la intemperancia y disipación culpable bajo pretexto de que la santa Cuaresma, se va a inaugurar presto! Naturalmente se explica, cómo las ingenuas costumbres de nuestros padres pudieron conciliar con la gravedad cristiana ese adiós a una vida más suave que la Cuaresma venía a interrumpir, lo propio que los goces alegres del convite en la solemnidad de Pascua, venían a comprobar la estricta observancia de las prescripciones de la Iglesia. Tal conciliación es siempre posible, es natural. Pero acontece con frecuencia que este pensamiento cristiano de los austeros deberes, se eclipsa ante las seducciones de la naturaleza depravada; la intención primordial de esos domésticos goces ¿no acabó por no ser más que un recuerdo? Nada tienen que ver con las alegrías toleradas por la Iglesia en sus hijos, tantos profanos para quienes los días de Cuaresma no se cierran con la recepción de los Sacramentos. Y los que se apresuran a solicitar dispensas para esquivar más o menos lealmente la obligación de las leyes de la Iglesia, ¿qué derecho tienen a festejar los días de Carnaval antes de emprender la carrera de la santa Cuaresma, los que lejos de alijerar en ella el peso de los pecados, se quedarán más que nunca atollados en su lodo?

Quiera Dios dejar de enmarañarse las almas en la tela vil de vanas ilusiones. De ansiar se recobren la santa libertad de los hijos de Dios, libertados de los funestos lazos de carne y sangre; es lo que acabadamente entroniza al hombre sobre el pedestal de su primera dignidad. No debiéramos olvidar que vivimos en días tristes, en que la Iglesia excluye los tradicionales cantos de alegría; días en que a todas luces pretende sintamos toda la miseria insoportable de la profana Babilonia que sobre nosotros pesa, quiere se vigorice en nosotros el espíritu cristiano que tiende malamente a amortiguarse.

Si, los deberes o imperiosas, por no decir tiránicas conveniencias, arrastran estos días a los discípulos de Cristo y los envuelven en el torbellino de los placeres mundanos, breguen a lo menos por conservar un corazón recto y empapado muy de veras en las máximas del Evangelio. Canten al Señor en su corazón, cuando halaguen sus oídos los acordes de la música profana; a imitación de la incomparable virgen Cecilia, en análoga circunstancia digan con fervor a Jesucristo : "Consérvanos puros, Señor, y nada empañe la santidad inmaculada y la dignidad que debe en todo tiempo autorizar nuestras personas." Se deben evitar con sumo cuidado las danzas libertinas, donde suele naufragar el pudor, pues serán materia de terribilísimo juicio contra los que las organizan y dan pábulo. Tengan finalmente presentes a su atenta consideración las graves reflexiones que trae a este propósito San Francisco de Sales, diciendo: "A tiempo que loca embriaguez de mundanos pasatiempos parecía haber suspendido todo otro sentimiento que el del fútil placer, frecuentemente peligroso, innumerables almas arden sin tregua en el fuego del infierno, por pecados cometidos en semejantes fiestas, o con ocasión de ellas; muchos religiosos de uno y otro sexo y demás gentes devotas, interrumpen el dulce sueño y se postran entonces mismo delante del Dios de la Majestad, cantando sus alabanzas e implorando sobre ti su misericordia sin medida; millares de almas se despedían de este suelo entre congojas de pavorosa agonía y espeluznante miseria en mísero lecho; Dios y sus Angeles te contemplan atentamente desde los altos cielos; en fin, se deslizaba, corría el tiempo y la muerte aceleraba hacia ti sus pasos que no pueden volver atrás"[4].

ADORACIÓN DE LAS CUARENTA HORAS. — Parece justo, que los tres últimos días precedentes a los rigores de la Cuaresma no trascurran sin aportar algún sustancioso alimento con que saciar el hambre de emociones que espolea a tantas almas. La Iglesia en su maternal previsión ha pensado en remediar esta necesidad, no con frivolos pasatiempos y satisfacciones de nuestra vanidad. A los que todavía alienta el espíritu de fe, tiene aparejada una gran diversión a la par que medio poderosísimo para aplacar la cólera de Dios, exacerbada por los desatinos que estos días cometen los mundanos. Durante estos tres días se manifiesta solemnemente en el altar el Cordero inocente. De lo alto de ese su trono de misericordia recibe los honores y sumisión de cuantos quieren rendirle pleitesía; acepta las demostraciones de sincero arrepentimiento de cuantos se muestran a sus plantas pesarosos de haber seguido el señuelo del enemigo; y El se ofrece al Padre Eterno en pro de los pecadores que, no contentos con olvidar los pasados beneficios, se determinan, al parecer, a ultrajarle en estos días con más descaro que en el resto de todo el año.

La feliz idea de ofrecer un homenaje a la Majestad soberana en satisfacción de las ofensas que los pecadores multiplican estos días de Carnaval, y la piadosa industria de oponer a la vista del Señor irritado a su propio Hijo, mediador entre el cielo y la tierra, se le ocurrió por vez primera en el siglo XVI al cardenal Gabriel Paleotti, Arzobispo de Bolonia, contemporáneo de S. Carios Borromeo y émulo de su celo pastoral. Este, a su vez, introdujo en su archidiócesis y provincia tan saludable costumbre Próspero Lambertiní en el siglo XVIII, puso empeño en hacer revivir la institución de su predecesor Paleotti, y estimuló la devoción al Santísimo Sacramento en su grey estos días de Carnaval; sublimado después a la cátedra de S. Pedro, con el nombre de Benedicto XIV, desparramó a manos llenas los tesoros de indulgencias a favor de los fieles que en los días susodichos, visiten a Nuestro Señor en el Sacramento de su amor e imploren el perdón en pro de los pecadores. Instituida la piadosa práctica comúnmente apellidada "Las cuarenta Horas" exclusivamente en las iglesias de los Estados Pontificios, extendióla al orbe entero en 1765 el Papa Clemente XIII, y desde aquel entonces llegó a ser una de las más espléndidas manifestaciones de la piedad católica. Asociémonos verdaderamente a tan edificantes homenajes. Hagamos por sustraernos, como Abrahán, a las profanas influencias que nos asedian y busquemos al Señor Dios nuestro; demos de mano siquiera por breves instantes, a las distracciones mundanas, y alleguémonos al Señor para merecer la gracia de presenciar, sin menoscabo de nuestra alma, los espectáculos inevitables.

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