CATÓLICOS ALERTA

Defendiendo nuestra fe

LOS MOTIVOS


RR. PP. Alfredo Contreras
Juan Hugo Esquives

Rito Pagano
CARDENAL IVÁN DIAS, ARZOBISPO DE MUMBAL, QUEMANDO
INCIENSO ANTE UNA ESTATUA DE LA DIOSA GANESHA
¿PUEDE SER ESTE UN CARDENAL CATÓLICO?

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¿Qué pasa?

Sin duda, a vistas claras para cualquiera que presume dos dedos de frente nos encontramos en un “momento especial en la Historia del Mundo”. Si bien en otros tiempos se ha visto degradación de creencias y costumbres podríamos decir que el tal grado de descreimiento en que hoy vivimos en el mundo y semejante desenfreno de pasiones como su lógica consecuencia son realmente incomparables.

Dejando por sentado que todo hombre tiene la capacidad de pensar -don maravilloso otorgado por Dios en su naturaleza que lo eleva por encima de los “irracionales”- que según piensa puede llegar a formular conclusiones y que según esas conclusiones puede elaborar principios éticos y morales que definen su comportamiento respecto a Dios y a sus semejantes; es justo concluir entonces que tal estado de “barbarie” en que hoy se encuentra el mundo sumergido es por causa de los mismos hombres; sea ya por elaborar mal los principios en razón de los cuales rige su actual conducta, sea ya porque elaborados de manera correcta no quiere seguirlos de manera voluntaria.

Entran en juego entonces en todo esto que pasa la inteligencia y la voluntad.

¿Por Qué?

Tratemos de discernir la cuestión.

Al Pan “pan” y al vino “vino”. Las cosas como son. La realidad es invariable, no muta, no engaña, es verdadera por sí misma desde el inicio de los tiempos en que Dios le ha concedido la existencia. Cualquier persona íntegra en sus facultades físicas y cabal en su intelecto es capaz de darse cuenta de la “realidad” de las cosas. Vivimos en la “realidad”, somos parte de ella. Sin embargo vivimos en un mundo escéptico, descreído. La realidad para el hombre de hoy ya no es invariable, fluctúa, muta o en el mejor de los casos “evoluciona”, y trata de sobrevivir en su “propia realidad”, “Mi verdad… Tu verdad”… “Según cómo lo mires”…

Esto no es nada nuevo.

Hagamos un poco de Historia.

Remontemos a la Antigua Grecia, más particularmente a su capital Atenas. Cuando este pueblo guerrero luego de algunos triunfos alcanzó su hegemonía comenzó a disfrutar la paz y prosperidad económica conquistadas. Nace así la filosofía –“amor a la sabiduría”-, cuando algunos personajes “ponen a trabajar su mente” ya no en estrategias militares sinó en el estudio de todo lo que hay alrededor suyo. No se preocupaban ellos por la “realidad” de las cosas, puesto que su existencia era “evidente”, de no ser así ni convivirían con ellas ni las usarían. Buscaban ellos el “arjé” (principio) de todas las cosas, su “elemento constitutivo, el vínculo de unión” entre todos los seres, que siendo distintos conforman un todo armónico: “El Cosmos”. Comienzan así a surgir muchos “exponentes”, generando a su vez con el tiempo diversidad de “opiniones” y decayendo al fin la pureza de la filosofía hasta llegar a la aparición de los “Sofistas”, quienes ya nó por amor a la sabiduría sinó por amor al salario de quien mejor “pagara su lengua” defendían ya, hoy una posición y mañana otra haciendo gala de su gran elocuencia, convenciendo y entusiasmando al auditorio en ambas ocasiones aún con argumentos totalmente contrarios, sin necesidad de estar ellos mismos convencidos.

Este “degeneramiento utilitario” del pensamiento y la palabra trajo consigo como consecuencia lógica lo que conocemos como “Escepticismo”. Ante tal diversidad de opiniones contrarias entre sí y delante de aquellos que por interés mercantil las defendían, se duda de la “capacidad de llegar a conocer la verdad”, concluyendo en la cómoda y práctica solución: “Ni sí, ni nó” “Yo no sé”, creyendo así alcanzar la tranquilidad en la “indiferencia”, decayendo como consecuencia lógica la moral de las costumbres.

¿Qué pasa hoy?

Hoy no se duda de la capacidad de la mente para conocer la verdad, es más nos atrevemos a decir que pecamos de orgullo puesto que le damos demasiado valor a nuestra mente, aún concientes de que podemos equivocarnos. Hoy se duda si las cosas “son tales”, se duda de la “realidad misma" aunque en la práctica se convive con ella y como tal; caminar así sobre el suelo, que evidentemente es duro y puede soportarnos; recurrir al sol por su luz y su calor, o al alivio del viento o de una sombra; alimentar nuestro cuerpo para mantener la vida; procurar medicamentos para conservar o recuperar la salud, etc.; en fin, hacemos un sinnúmero de actividades cada día y nos servimos de las cosas que necesitamos para realizarlas, nos servimos de esa realidad y sin embargo vivimos en un “ambiente escéptico”.

Si las cosas son como son, si la realidad de ellas es invariable, entonces ¿Por qué pasa todo esto? ¿Por qué respecto de todas esas cosas unos afirman algo y otros lo niegan? O peor aún ¿Por qué afirmando unos algo no son consecuentes con lo que dicen y se comportan de manera distinta? Se duda hoy así de la Política y de los políticos, de la Educación y los educadores, de la Economía y de quienes son dueños de ella, de la Religión y de quienes la profesan. A la orden del día encontramos diversidad de opiniones, aún contrarias entre sí en estos y muchos otros temas.

Busquemos las causas.

La respuesta es muy sencilla. Hay sólo dos posibilidades: el “error” o el “engaño”. O nos equivocamos de buena fe, o sabiendo que se está equivocado se trata de engañar.

Todo conocimiento tiene por objeto la “realidad”. El objeto propio del pensamiento es la Verdad, la realidad de las cosas; sería absurdo tratar de aprender algo a sabiendas que no es verdadero. Se alcanza entonces la verdad al conocer las cosas “como son”. Así, para que nuestro pensamiento pueda ser dueño de la verdad se necesita una “adecuación” entre la realidad de las cosas y nuestra inteligencia, sin que nosotros podamos agregar nada por ella a la misma realidad.

Si hablamos de “error”, de equivocación, estamos hablando de que esa adecuación entre nuestra inteligencia y las cosas de la realidad no se está dando y que en lugar de una adecuación hay una deformidad, el resultado no es correcto ni verdadero ni cierto, porque no corresponde a la realidad. Entonces si no llegamos a tener un conocimiento correcto de las cosas, de la realidad, es porque en nosotros no se está dando esa adecuación. Así pues el problema no está en la realidad pues “la evidencia es la presencia del ser al espíritu” (Aristóteles) sinó en nuestro juicio: “Al entender entran en juego varios elementos, ya que dependemos de la experiencia sensible: el cansancio, la falta de atención, la enfermedad, la ignorancia, la precipitación, el orgullo, la imaginación” (P. Junget). Además influyen la pereza, las pasiones, las emociones, la ansiedad desordenada. Así entonces si al elaborar el juicio acerca de algo se aplica una inteligencia mal informada o de manera insuficiente es fácil caer en el error. El resultado de ese juicio no es correcto, no corresponde a la realidad, no hay adecuación entre el intelecto y la cosa, no se alcanza la verdad respecto de aquello. No alcanzamos la Verdad por mas buena voluntad que tengamos o estemos creídos que sí.

Si consideramos la otra posibilidad, hablamos de “engaño”, de mentira. Aquí ya no hay error en la inteligencia sinó mala voluntad porque la mentira es “expresar lo que en realidad no pensamos”, se expresa algo distinto a lo que se piensa, el que miente o engaña sabe bien que no es verdad, en él no hay error, sin embargo lo expresa como si fuera verdad y esto ya no entra en el plano del intelecto sinó de la voluntad, hay malicia de por medio, quien miente no está equivocado, tiene la voluntad de engañar.

No hay más posibilidades.

No es posible que dos o más personas puedan tener razón con opiniones contrarias respecto a una sola cosa. Alguno se equivoca o miente.

Podrá decir así alguno que la manzana es verde, otro que es roja y otro amarilla; manzana al fin, una “granby”, otra “red delicious”, otra “golden”; manzanas las tres, esencialmente iguales, sólo variedades distintas. Mas si un cuarto afirma de una pera que es una manzana, evidentemente está equivocado o miente; si me invita alguno a comer un rico “asado” y al llegar me encuentro con una suculenta carga de verduras sobre la parrilla no se podría dudar de lo sabroso de dicha “verdura asada”, pero estaré completamente seguro de que eso “no es un asado”, de que el otro se equivoca o me engaña, puesto que el concepto que tiene de eso no corresponde a la “realidad”; si alguno me dice que todas las cosas que vemos o sentimos son todas “una misma”, basta con sustraerle del bolsillo su billetera para obtener de él mismo el testimonio de su error o para yo estar seguro que me engaña.

O error o engaño. No hay más.

Aquel estado de indiferencia de la Antigua Grecia fue resultado de las más variadas opiniones, no todas verdaderas. Hoy asistimos a un momento especial en la Historia del Mundo. Se duda de todo. Para colmo nos presentan los medios los últimos “grandes descubrimientos” que en lugar de confirmar la verdad de siempre lo único que logran es aumentar mas el escepticismo y la indiferencia general; y como lógico resultado de ello la actual decadencia de creencias y costumbres.

Terminemos.

Si el hombre no piensa, no obtiene conclusiones, si no obtiene conclusiones no puede formular principios, si no logra formular principios no se rige por una norma de vida y de conducta. Tiene entonces solamente dos opciones:

Una. Dejarse convencer cómodamente por quienes se han tomado la libertad de pensar y obrar por él, asimilando una opinión pública ya digerida, no siempre verdadera, siguiendo así una norma impuesta de creencias y conducta a fin de liberar su conciencia en otros.
Dos. No pensar, para no obligarse a vivir bajo ninguna norma de vida y de conducta. ¡”Viva la pepa!”.

Como decíamos al principio, somos los hombres responsables del estado de barbarie en que hoy se encuentra el mundo sumergido; sea ya dejándonos llevar por el indiferentismo peligroso que enajena hoy el ambiente, siendo presa fácil de quienes quieren pensar por nosotros privándonos así de una vida cristiana digna, moral y religiosa; ó por querer deliberadamente ser del grupo de los que no piensan para no tener que llevar una vida cristiana digna, moral y religiosa, indiferentes a Dios, a nuestra conciencia, a la realidad misma, presa aún más fácil de quienes se quieren tomar la libertad de administrar nuestras vidas.

“A río revuelto… Ganancia de Pescadores”.

“Si vosotros perseverareis en mi palabra, verdaderamente seréis mis discípulos: Y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres” (S. Juan VIII, 32-33).